sábado, 17 de septiembre de 2005

Lapiceros

La palabra lápiz siempre me había evocado el instrumento arcaico por el cual se obtiene algún fruto artístico o matemático en forma de palabra, dibujo o computación matemática utilizados en diversas materias, ya sean algebraicas, lingüísticas o artísticas. Un lápiz, hasta hace poco, era para mí (y supongo que para todos) una familiar herramienta compuesta de madera y grafito con la que he pasado muchos de mis mejores momentos creativos (hasta el descubrimiento del maldito y adictivo Pilot G-1), siendo H2 y HB las dos clases más conocidas que diferenciaban los nostálgicos lapiceros.
Desde ayer, tengo una nueva concepción de la palabra lápiz. La razón es que he adquirido un Pen-Drive USB de 256 Mb. Ahora ese HB y H2 han sido sustituidas por indescifrables términos demoníacos como módulo usb-storage, usb-uhci, insmod o modprobe, dpkg… La habitual hoja, cuaderno o libreta se ha suplantado por el ineluctable ordenador, por el universio binario que nos absorbe vertiginosamente. Ni siquiera Henry Mill imaginó nunca que un buen día su célebre máquina de escribir iba a ser postergada en la oxidación de su concepto, casi humillado por todos aquellos que escribimos. Ahora un lápiz, amigos, es un artefacto de memoria con diversa capacidad para almacenar información. El lápiz ha pasado de proveer datos a acumularlos. Y desde ayer, tengo un pequeño lápiz de memoria USB. Lo necesitaba. Así, de repente. Obligado por las circunstancias. Hasta el diskette (el mítico ‘floppy’ de 3 y 1/2) ha pasado a mejor vida. La moda tecnológica impera y te arrastra consigo.
El mundo se está transformando en un escenario absorbido por ‘aldea planetaria’, que poco tiene que ver con la concepción socioevolutiva de Tehilard de Chardin, incluso se está alejando por momentos de la visión global de McLuhan. Observando a mis compañeros de clase con sus respectivos USB-Pen Drive (este tipo de lápiz ya instaurado hace tiempo) he visto cómo los valores, lenguajes y cosmovisiones se han homogeneizado, resultado, principalmente, de la revolución tecnológica que ha tenido lugar en nuestros tiempos y se está expandiendo sin freno.
He mirado con nostalgia mi viejo portaminas antes de deshacerme de él y me he resignado a admirar un pequeño mecanismo (que incluso trae una correa para lucirla en el cuello –el colmo del horterismo tecnológico-) con el que tengo a mano mis más importantes escritos y creaciones y donde puedo guardar todos mis datos sin necesidad de cuaderno ni del arcaico lápiz. Entre este chismito este y yo se ha creado una extraña e inmediata retroalimentación, un buen rollo de la hostia, un absurdo ‘feedback’ de dependencia informática a pequeña escala.
El futuro ya está aquí. Y no me había dado cuenta.

jueves, 15 de septiembre de 2005

Review 'Princesas'

Cine social adulterado
Fernando León decepciona con su complaciente historia de prostitutas con un ramplón didactismo que pretende revestir al filme de una trágica trascendencia no lograda.
Era ciertamente difícil mantener el sortilegio de tres películas tan especiales como las que componían la pequeña y formidable filmografía de Fernando León de Aranoa hasta el momento. La soledad del fingido simbolismo familiar en una ilusoria composición de realidad y ficción en ‘Familia’, tres adolescentes de un suburbio madrileño que pasan el tiempo aceptando su incierto futuro en medio del fárrago veraniego en 'Barrio' y, sobre todo, esa gran película acerca de seres humanos desplazados que se levantan cada día con el duro objetivo de la supervivencia en un mundo sin trabajo de ‘Los lunes al sol’, ponían muy difícil el listón cinematográfico de un director que parecía dominar un terreno muy comprometido como es el drama urbano, el realismo social aderezado con un toque de humor característico e inconfundible.
Pero todo se ha frustrado con ‘Princesas’. Sus anteriores obras han supuesto un efímero oasis personal dentro del actual cine español que últimamente opta por disfrazar la triste realidad de sus productos para dedicarse a denunciar la piratería. León de Aranoa, desprovisto de la magia y astucia de sus anteriores cintas, vuelve a incidir en el lado oscuro de los más desfavorecidos que perviven en una sociedad acostumbrada a aislar lo incómodo, esta vez narrando la rutinaria vida de una joven llamada Caye en su tortuoso pero aceptado ejercicio de la prostitución de bajo saldo, en una cotidianidad que se ve alterada por el fortuito encuentro con una compañera de profesión, la inmigrante dominicana Zulema, que conllevará a compartir todo tipo de experiencias y fraguará entre ellas una amistad basada en la amarga vivencia de su profesión y en la sucesión de confidencias existenciales.
A pesar de que la propuesta pueda parecer atractiva y sugerente teniendo en cuenta la sensibilidad realista de su director, ‘Princesas’ no es más que un fraude argumental e intencional del que se desprenden situaciones que procuran adoptar un tono documental contiguo al ‘cinema verité’, pero que al pasar por el filtro costumbrista y a veces cómico de Aranoa se fragmenta en simples situaciones dibujadas desde el más sonrojante tópico. El tema de la prostitución no es más que una excusa, un telón de fondo para remitir a los peores defectos de las películas anteriores del cineasta madrileño. Saturada de excesos literarios, de rimbombantes y ornamentales diálogos que pretenden un inalcanzada trascendencia, ‘Princesas’ adquiere un prototípico tono desmedido, subrayado e innecesario que, una y otra vez, acaba cayendo en un conformismo complaciente que asume sin retraimiento una descarada superficialidad con la que se reflejar un tema tan duro como el que se está tratando. A Fernando León la prostitución y sus verdaderas y metafóricas ‘princesas’ no le interesan más que como fácil recurso para narrar una historia viciada de arquetipos imaginarios que viven en un entorno articulado en un dramatismo moralizante creado a partir de situaciones sin sentido, de personajes mal dibujados y de una impertinente búsqueda de la complicidad del espectador que incluye algún guiño cómico o situaciones efectistas. Un menoscabo que ha estado presente en esa perspectiva de León de reflejar de forma edulcorada y eficaz los problemas situados en ese hipotético ideal de realismo con el que el director pretende jugar con el espectador.
Sólo así es posible que Fernando León pretenda filtrar así una hermosa historia de amistad entre dos putas que poco tienen en común con la motivación en la disyuntiva laboral de la realidad. Mientras que Zulema acapara el prototipo de inmigrante que se prostituye para enviar dinero a su hijo pequeño mientras soporta el abuso de cuantos se cruzan en su camino, Caye, en uno de los personajes más pretenciosos que ha dado el cine español en sus últimos años, se dedica a la profesión más antigua del mundo simplemente porque quiere operarse las tetas y no quiere acabar de la misma manera que su simplista familia. En ese ambiente de irrealidad impostada, de absurdo, en todo caso, ‘Princesas’ despliega todo tipo de sentimientos impuestos y pomposos, imposibles de aceptar en un submundo como el que se nos muestra en pantalla, aceptando todo tipo de concesiones en un mundo de sueños incumplidos como el que se pretende mostrar. No es lógico así, que una persona que no sabe quién es Bill Gates y tenga la cabeza llena de pájaros sea capaz de recitar una perorata reflexiva y filosóficamente existencial acerca de Dios, de la vida y de las aspiraciones humanas con una ilustrada erudición injustificada.
‘Princesas’ no es una buena película. No tiene grandes momentos, ni un texto lúcido, ni siquiera creíble. Cae torpemente en la reiteración de diálogos, en la innecesaria utilización de recursos ya vistos en su cine, como esa soledad alineada de algún personaje, en este caso la madre de Caye que se inventa un admirador secreto para paliar así la muerte de su marido. Como en su momento lo fueron el abuelo de su corto ‘Sirenas’, Paco Algora en ‘Barrio’, dando vida al padre desligado del mundo real por la drogadicción de hijo o el Amador interpretado por Celso Bullago en ‘Los lunes al sol’, abandonado por su mujer, pero fingiendo un inexistente viaje temporal. Además, Fernando León insiste en una habitual comicidad de momentos de brillantez dialoguista, enfocados a aquellos en los que Caye comparte sobre el oficio en una peluquería (refugio de humor y de distensión narrativa), con diálogos que procuran la sonrisa y la confabulación con el público, recurriendo a un personaje drogadicto como foco humorístico (Miss Metadona) y acabando por caer en lo grotesco con secuencias de pobre vigor argumental (como la clase de sexología que imparte Zulema, los continuos desencuentros de Caye con su “Príncipe Azul” o el ignominioso paseo en limusina gracias a una inaceptable y veterana prostituta de lujo ministerial).
Pese a las logradas interpretaciones de Candela Peña (que además tiene una polémica secuencia de falsa felación con un pene de goma supuestamente real) y <Micaela Nerváez (que comienza hablando como Antonia San Juan para ir dando enjundia al único personaje salvable de todo el filme), no existe un enfoque racional de la problemática que se trata, no hay sustancia ni aparición del lóbrego, duro y despiadado mundo de la prostitución, sólo un barniz de embellecido embozo que ni siquiera es capaz de disimular las composturas de una película fallida en todos sus conceptos que acaba incluso con la impudicia de desacertar con el maniqueísmo de su final e impactante epílogo. Incluso en el plano formal, Fernando León recurre a una inquieta y molesta cámara en mano que provoca un constante mareo visual, en su corrompida finalidad de llegar al universo realista de sólidos preceptores del género como Mike Leigh o Ken Loach. ‘Princesas’, que ha sido una de las grandes decepciones del último cine español, termina perdiéndose en la apatía sin rumbo, por un mar de desventurados soluciones y planteamientos de infortunado simplismo.
Miguel Á. Refoyo © 2005

domingo, 11 de septiembre de 2005

Pulp Fiction

El genéro denominado como ‘Pulp’ tiene su origen en un tipo específico de publicación basada en el folletín decimonónico, con un formato ‘digest’ más reducido que un libro y por lo general parvo en calidad de impresión y papel.
Literatura de solemne influencia en cineastas y escritores, el ‘pulp’ se caracterizó por una insolente facilidad de lectura con contenidos en los que prevalecían el suspense, la acción abastecida de suculento ‘hardboiled’, el misterio y la ciencia-ficción.
H.P. Lovecraft, Kirk Shaw, Clark Ashton Smith, R. E. Howard, E. R. Burroughs, Dashiel Hammet, Maxwell Grant, Manly Wade Wellman, Fredric Brown o Harlan Ellison entre otros fueron algunos de los emisarios de este género proscrito y consagrado con injusta demora en el tiempo.
Uno de los atractivos de esta modalidad literaria eran sus portadas, ilustrativas de lo que se iba a encontrar dentro de sus empobrecidas páginas.
Aquí os dejo una galería con algunas de ellas.

Ración de violencia

viernes, 9 de septiembre de 2005

Loca alcaldía de Salamanca

He aquí a un hombre sin complejos, el impertérrito adalid del Archivo Histórico de Salamanca.
He aquí a un hombre dotado con el don de la palabra, disfrutando de la festividad y algarabía de las Ferias salmantinas que tienen lugar en estas fechas en la capital del Tormes, ostentando innegable actitud jaranera.
He aquí al alcalde de Salamanca. Nuestro destacado miembro representante de una alcaldía más ‘Nerd’ y caricaturesco en muchos kilómetros a la redonda.

jueves, 8 de septiembre de 2005

Dossier TERRY GILLIAM

El enloquecido creador de fantásticos mundos
Este oriundo de Minneapolis nacido en 1940 no es un director al uso, se sale de todos aquellos catálogos que incluyan en su glosario extravagantes visionarios megalómanos con transformadoras ideas en el Séptimo Arte. Terry Gilliam va más allá, destacándose por una rebeldía y una originalidad muy difíciles de encontrar en el Hollywood actual, lugar del que él dista tanto en ideología artística y en perspectiva formal y conceptual. Gilliam tiene un estilo de cine muy definido, casi obsesivo por las grafías de experimentación basadas en el aparente histerismo que encierra su sarcástica mente llena de influencias.
En una mítica entrevista que mantuve con él hace ya siete años con motivo de la retrospectiva de su carrera en el 48º Festival de cince de San Sebastián (tal vez la que más he disfrutado ejerciendo la profesión periodística), Gilliam aseguraba: “recuerdo con especial cariño la miscelánea fantástica de Meliès y los clásicos del cine mudo como ‘El moderno Sherlock Holmes’, de Buster Keaton, pero mi influencia más importante fue ‘El ladrón de Bagdad’, de Michael Powell y Ludwig Berger, ya que fue un filme muy obsesivo porque durante años tuve varias pesadillas relacionadas con la película. Después me interesó el cine de aventuras, el cine épico, el cine bíblico... Lo que más me interesaba de todas ellas era la posibilidad de descubrir otras civilizaciones y otras épocas, lo que suponía para mí como un viaje en el tiempo. Sin embargo, supe que el cine algo más que entretenimiento cuando, siendo aún un crío, vi ‘Senderos de gloria’, de Stanley Kubrick. Luego en la Universidad descubrí películas de Kurosawa, Fellini, Buñuel o Bergman... que cambiaron para siempre mi percepción del cine. Creo que de todos he ido adquiriendo influencias, de manera inconsciente. Es como si fuera un gran pastel al que le fueran cayendo pequeños adornos en forma de resortes tanto cinematográficos, televisivos, como de cómics y dibujos animados”. Palabras que apuntan la dirección de toda su amalgama referencial.
Cuando uno tiene la oportunidad de conocer a una figura como Terry Gilliam observa que su supuesta extravagancia y locura se contraponen a la profusa amabilidad y encanto personal que desprende cuando se habla con él, como metamorfosis del enloquecido creador de imágenes quiméricas.
Tras el batacazo personal y económico que supuso la frustrada ‘The Man Who Killed Don Quixote’, película inacabada con desgraciada producción que encontró el desastre en forma de inundaciones que destruyeron los decorados, dañando los equipos de filmación y el actor principal (Jean Rochefort) enfermó seriamente dando como consecuencia la cancelación del proyecto, Gilliam ha tenido más suerte con ‘Los hermanos Grimm’, cinta que recupera el propósito imaginario de un director acostumbrado a la enloquecida creación de imágenes quiméricas. Formado artísticamente en los Estados Unidos, ilustrador de revistas y creador de la ‘cut-out animation’ (una revolución formal en el mundo de la animación que sirvió para romper con la perfección armónica de la Disney), Terry Gilliam se hizo famoso gracias al celebérrimo grupo cómico británico Monty Python, con el que interpretó y realizó todas las películas de este inolvidable e histriónico colectivo inglés y que hoy representan uno de los mitos más indelebles de la historia del humorismo y el cine.
Incluso a la hora de referirse a los Python habla de ellos como los preceptores de un tipo específico de humor “los británicos son fabulosos a la hora de reírse de sí mismos, no como los americanos que se ríen de los demás, aunque últimamente parece que se están dejando de tanto prejuicio y lo están haciendo francamente bien. Los ingleses tienen una perspectiva diferente, pero también es cierto que son demasiado rígidos y la experimentación es escasa” corroboraba (y supongo que mantendrá) Gilliam.
De su portentosa inventiva han nacido películas como sus iniciáticas ‘Jabberwocky’ o ‘Los héroes del tiempo’, ambas de una fantasía desbordante pero también llenas de poesía novelesca, el fundamento más importante a la hora de analizar la médula de sus ensueños, de sus magistrales locuras con gran influjo de clásicos como Stevenson, fábulas de Esopo y en muchas ocasiones de la Biblia. De esas primeras películas se extrae un determinado entorno, ideal para la representación de sus fantasías cinematográficas, un contexto de mitos y leyendas como lo es la Edad Media. Una época por la que Gilliam ha sentido siempre una especial predilección, devenido en obsesión por todo lo que rodea a esta etapa, a los demonios que surgen de la imaginería medieval de la surgen monstruos literales antes que abstractos.
Pero tal vez sea ‘Brazil’, fábula social y surrealista de gran influencia ‘orwelliana’, en la que el humor satírico adorna las imágenes de pesadilla, su película más prodigiosa e imborrable. La Ciencia-Ficción y sus expertos estudiosos han sentido la necesidad de comparar esta obra con el ‘Blade Runner’ de Ridley Scott, tal vez, por una analogía estética, pero que Gilliam niega a toda costa diciendo “... que ambas han influido sobre la ciencia-ficción posterior, de eso no cabe ninguna duda. ‘Blade Runner’ me encanta porque es una película hermosa, pero al final sólo es eso, visualidad. Ridley Scott no está inclinándose por ninguna posición en concreto y si te das cuenta los dos finales de ‘Blade Runner’ son sardónicos. ‘Brazil’ no cae en el mismo error, porque recoge la esencia del cine, además, toma una actitud política, no como en ‘Blade Runner’. En ‘Brazil’ se va a algo concreto, a algo específico, hay una representación que posee verdadero significado”. Una opinión poco compartida que proporciona un apasionante debate acerca de estas dos películas futuristas que formulan dos formas de ver los años venideros, inmersos en un sutil ‘how know’ tecnológico, pero en el que predomina dos puntos de vista opuestos; una deshumanización con espacio para la esperanza y la impávida distopía social, respectivamente.
Después, y considerado como el gran fracaso de Gilliam, llegaría ‘Las aventuras del Barón Munchausen’, una recreación de la versión de Josef Von Baky que Gilliam plasmó con demasiada plasticidad e infantilismo y que le supuso una particular de ‘La puerta del Cielo’, de Cimino o un conato de ‘Apocalypse Now’, de Coppola ¿La explicaión? Fue una película con un presupuesto de 23 millones de dólares de presupuesto inicial que debido a uno de los rodajes más aparatosos y accidentados de la historia a 46 millones en una catártica aventura que estuvo a punto de acabar con la carrera comercial de Gilliam. Su Barón Munchausen simboliza el sueño kamikaze de un soñador que acabó carbonizado ante los ojos de una industria que, desde entonces, ha temido cada proyecto en que se ha embarcado.
La última etapa de Gilliam, más enloquecida si cabe, invoca más que nunca los demonios de la mente, ya que con sus últimas obras ha explorado en el tema de la locura, en el universo de lo que rodea el desequilibrio mental y sus derivaciones en el mundo real. De esta fructífera e interesante etapa actual han surgido dos de sus mejores películas: la actualizada fábula medieval ‘El Rey Pescador’ y la demencial ‘Doce monos’.
Las dos películas que redimieron la comercialidad del cine de Gilliam y le consagraron como el director más personal de un Hollywood aprensivo a su entelequia fílmica, un director capaz de unir en su perspectiva fantástica lo mejor del cine actual con el barroquismo cruel y materialista de épocas pasadas, en mundos de héroes, errabundos ‘homeless’ con delirios religiosos, excéntricos e incongruentes personajes que simbolizan desde el ‘downshifting’ ochentero y la necesidad de una infalibilidad esperanzadora hasta la particular visión de ‘La Jeteè’, de Chris Marker, en su apasionante ‘deja vù’ de viajes temporales en dos juegos de espejos que provocan una lectura oscura y pesimista que dan como consecuencia el mejor y más visionario Gilliam, adyacente a un enfoque narrativo más trágico, de luminosa narración con desquiciadas sublecturas acerca de la futura podredumbre que simboliza la decadencia y devastación del propio ser humano.
Su última cinta hasta la llegada de los Grimm, la polémica ‘Miedo y asco en Las Vegas’ no fue muy diferente. Artísticamente suicida, Gilliam expuso una representación de la perturbación (en este caso con la ayuda de los psicotrópicos) no como catarsis o vía de escape al mundo físico, sino como una síntesis de la felicidad humana en su estrato más perturbado al adaptar a un literato tan insurrecto y radical como Hunter S. Thompson, el creador del periodismo denominado ‘gonzo’. La intención que se desprende de esta inclasificable película es un halo de radicalidad que cae por momentos en lo grotesco (en gran parte, por el efectismo visual utilizado por Gilliam). Pero también es un filme que no deja indiferente a nadie. La ciudad de Las Vegas está mostrada en la película como una metáfora de la América confusa que siempre ha existido, ya que, según el propio cineasta “Las Vegas hace salir lo peor y lo mejor de la gente”. ‘Miedo y asco en Las Vegas’ es un viaje de fragancia alucinógena que, como bien definió el crítico Brannon Moore “es una película que unos pocos adoran y a la que rinden culto y otros la odian. Todos están en lo cierto”. Algún día daré más detalles de aquélla mítica entrevista en la que incluso bailé con valls con el gran maestro.
Pese a las malas críticas que ha recibido Gilliam en su nueva y mastodóntica propuesta ‘El secreto de los hermanos Grimm’, recoge algo por lo que merece la pena acercarse a verla, un aspecto que tampoco sumergida en el trasfondo ideológico que encierra el conflicto histórico en la que la superstición y la mitología que batallaban con el racionalismo y las ideas modernas. “Me atrajo el antagonismo que aparece entre los que creen en la fantasía y los que defienden las ideas de la Ilustración, que acabó convirtiéndose en una doctrina bastante rígida al no creer en nada misterioso”, apunta Gilliam. “Introdujimos esa realidad en la historia. Es un conflicto que sigue vigente incluso hoy en día y que sigue siendo lo que más me interesa hoy en día. Enfocar la fantasía desde diversas perspectivas”.
Toda una declaración de principios que seguirá perpetuando en sus siguientes proyectos, de nuevo colosales y temerarios, como el propio Terry Gilliam. Con su nueva película ‘Tideland’, la historia de una niña que trata de evitar a su padre drogadicto refugiándose en un mundo de amigos imaginarios y con algún que otro rumor que apunta que ‘El hombre que mató a Don Quijote’ pueda retomarse con la ayuda económica de Johnny Depp y Charles McKeown, Gilliam sigue teniendo en mente varias locuras como la adaptación de ‘Teseo y el Minotauro’ con una concepción del clásico mitológico muy bestial y ‘The defective detective’, una comedia feroz que tiene influencias del cine de Gilliam pero que, debido a lo costoso del proyecto es difícil que vea la luz, pero que supone esa grandiosa película maldita del cineasta, una suerte de 'Napoleón' de Kubrick, que lleva casi toda su vida intentando sacar adelante.
Sea como fuere, Terry Gilliam es hoy en día uno de los pocos cineastas que pueden llegar a ser considerados como genios dentro del caprichoso sistema de producción hollywoodiense que teme las ideas megalómanas de este clásico del cine fantástico que mañana estrena ‘El secreto de los hermanos Grimm’.

martes, 6 de septiembre de 2005

Juliette & The licks: pasión por el rock

“Impresionante, qué show, coreé las letras como un poseso y no pude apartar la mirada de la Lewis. Era toda actitud, una mezcla de Iggy y Jagger, un sonido tremendo y una voz que asusta. Este grupo puede ser lo máximo en los próximos años. De momento no defraudan a nadie. Juliette protagonizó uno de los momentos mas memorables del festival, cuando en mitad del ultimo tema (‘Search & Destroy’, de Mr. Iggy Pop) se lanzó al público y estuvo navegando y soportando tocamientos varios al menos cinco minutos. A eso se le llama actitud”.
Son las palabras de mi gran amigo Jose “Jimbo”, un versado entendido musical que acudió al Azkena Rock Festival de Vitoria-Gasteiz y pudo ver en directo a esta Juliette & The licks que, con todos los méritos, se ha convertido en uno de los grupos revelación de este año. Aunque esto último sea falso, ya que lleva años bregando en el panorama del actual rock n’ roll (Juliette Lewis ya dio el primer aviso cuando cantó dos canciones del último disco de Prodigy). Lo más asombroso de todo es que una actriz dotada con el talento para la canción como Juliette Lewis haya aparcado tanto tiempo esta faceta ya conocida por aquéllos que hagan memoria y recuerden la sensitiva interpretación de la canción ‘Hardly Wait’, de PJ Harvey que se marcaba en ‘Días Extraños’, el ‘Born Bad’ ‘a capella’ que Oliver Stone destacó en la banda sonora del guión destrozado de Quentin Tarantino o el asombroso talento que desbordada sobre un karaoke del espléndido documental ‘Full Tilt Boogie’, de Sarah Kelly, un extenso ‘making of’ sustentado en las desapacibles experiencias con los sindicatos de cine norteamericanos que provocó el rodaje de esa pieza de culto en que se ha convertido ‘Abierto hasta el amanecer’, de Robert Rodriguez.
Todos recordamos con cierta turbación libidinosa la ingenua Danielle Bowden (el personaje más célebre de Juliette Lewis) chupando de forma erótica y progresiva el dedo de Bobby De Niro en ‘El cabo del miedo’, de Martin Scorsese, su gran impulso como futura musa del cine independiente, la oportunidad de oro que selló la imagen de adolescente morbosa que la ha ido apolillando durante todos estos años en un encasillamiento procedente de su imperturbable aspecto juvenil que aún mantiene. Su relación con Brad Pitt a principios de los 90, películas como ‘Kalifornia’, ‘¿Quién ama a Gilbert Grape?’, la nefasta ‘Natural Born Killers’, ‘The Basketball Diaries’ o la mencionada ‘Abierto hasta el amanecer’ hicieron de esta actriz un mito sexual de púberes instintos. Su adicción al alcohol y las drogas, la errónea trayectoria que tomó su filmografía y la incapacidad de reconducir su vida profesional dejaron a la Lewis en el olvido.
Pero tras el tregua del fracaso llega la meritoria redención, que en el caso de Juliette se ha personificado en un estupendo grupo musical (que componen Todd Morse, Kemble Walters, Paul III y Jason Morris) con un par de discos que representan su ideal de música, toda una declaración de principios que recuerda, inevitablemente (y admitido por la propia actriz), a grupos como The Stooges, The Hives, Animals, Kinks, Pretenders, solistas como PJ Harvey, Patty Smith y cierto aire rebelde del punk neoyorquino de los 70. Todo un ejercicio de antropología rockera. Los credenciales que que ofrece la banda del momento.
Salvaje, rasposa, saturada de energía, insolente, pasional… son algunos de los adjetivos que contrarrestan las imperceptibles carencias de un grupo que, en su trasfondo, es algo simplón. También ha acertado la Lewis con ese estilo punkarra y desenfadado para disimular sus limitaciones como cantante. Pero a pesar de ello, esa citada pasión, la que le ha hecho proponerse triunfar como estrella del rock, es la consecuencia de que Juliette & the Licks asimilen a la perfección sus influencias y desprendan una energía fuera de lo común. ‘Like a Bolt of lighting’ y ‘You’re Speaking my Language’, su último disco es el resultado de de este interesante grupo. Un grupo que es una realidad con futuro y no un capricho en forma de comitiva musical que la actriz ha reunido para jugar a ser cantante. Esto es mucho más serio.

Cuestionable Premio Príncipe de Asturias

Este hombre sin cuello acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias.
Este otro demiurgo del deporte nunca lo ganó (habiendo estado nominado en varias ocasiones).
¿Qué tipo de descrédito tienen unos premios considerados unos de los más importantes del mundo cuando galardonan y distinguen a un hombre que aún no ha ganado nada?
¿Dislate, enflaquecimiento por el deporte de moda, acto de barrer para casa…?
La polémica está servida.

lunes, 5 de septiembre de 2005

El regreso del Abismo llega con cumpleaños

Se acabó. Este post supone el fin de mis vacaciones sin descanso, es hora de dejar atrás lo que por norma suele ser tiempo de soslayo, del típico buen rollo que trae consigo el veranito, de la brisa calenturienta, de las ganas de no hacer nada más que tomar cerveza fría y hacer el vago. En mi caso, no ha sido así. Si María Teresa Campos vuelve a las mañanas de Antena 3 en su pugna catódica con Ana Rosa, Buenafuente regresará como líder en solitario, Jack Malone se reincorpora con nuevas misiones de búsqueda, los políticos reaparecen con sus insidiosas y soporíferas arengas y los ‘bloggeros’ de todos los ámbitos exhuman sus mejores ideas para dar lo mejor de sí mismos en un nuevo curso de la ‘blogoesfera’, yo no voy a ser menos. Es la hora de volver a darle caña al Abismo e impulsar un poco la enardecida prontitud de actualización que ha venido caracterizando el constante hálito del Abismo a lo largo de su corta vida. Todo esto tras un estío de duro trabajo, de falta de tiempo libre y de sacrificio que ha venido dado, en gran parte, por renovar este espacio y por malograr el lapso de ocio en función de la persistente consagración por conseguir sacar adelante proyectos que se resisten, negándose así el siguiente peldaño de mi progresión profesional. A pesar de ello hay que evitar la debacle moral para aumentar las ansias de superación.
Desde hoy el Abismo vuelve de nuevo a la carga para procurar llenar vuestros momentos de absurdo hastío con este desordenado pasquín internauta, estrambótica página que atiende al envite del divertimento, determinado por una extraña ralea que encuentra su objetivo en la congregación de contenidos dispares, buscando siempre la calidad, pero por encima de cualquier objetivo, pretendiendo amenizar al que se pase por estas líneas habitualmente.
Y qué mejor que empezar la nueva temporada festejando, nada más y nada menos, el cumpleaños de esta esfera de esparcimiento refocilante, de absurdo pasatiempo sin pretensiones eruditas. Un festejo que se irá alargando durante esta semana con un 'post-recuerdo' de los mejores momentos del Abismo (en el fondo, la típica excusa para sacar un post sin trabajar mucho en él).
Sí, amigos, tal día como hoy, hace 365 días, nació sin ningún empeño de estabilidad ‘Un Mundo desde el Abismo’, un entrañable espacio creado desde la insensatez, la irresponsabilidad y la precipitación de un impulso atribuido al anhelo de reanudar una de las mayores pasiones terrenales que uno puede encontrar en esta vida; la irracional propensión casi fanática por la escritura, por traducir en palabras una inopinada subjetividad, casi siempre desacertada por mi desmañosa falta de criterio, en gran parte atribuible a un creador gordo y con barba influenciado por un enfermizo eclecticismo, en la voluntad por conseguir un difícil e insolente esparcimiento. La idea inaugural del weblog era volver a sentir la libertad de escritura en todos los sentidos, extendida ésta a cada uno de los temas que fueran posibles, desgranando los hechos, eventos, creaciones y demás materias que han desfilado por aquí desde una maltrecha perspectiva de un pobre periodista y guionista que ha encontrado en la adicción a escribir su perniciosa penitencia. El Abismo, más que un weblog puesto al día con estrafalario ímpetu exaltado (hasta cinco post en un mismo día), es un arduo ejercicio de entrega y disposición tan agobiante y satisfactorio como lo pueda ser el darle la educación a un hijo problemático.
Un año en la que he perdido la cuenta de los posts que han tecleado estos rechonchos dedos, de cuántas páginas he leído, ojeado y visitado para transferir aquí los más actuales, divertidos e intrascendentes temas habidos y por haber. Con ese imperturbable ímpetu reanudo este abisal terreno de diversidad heterogénea celebrando el primer aniversario de un weblog que pertenece a todo aquel que acuda aquí a disfrutar de los sinsentidos y dislates de ocio que, en alguna que otra ocasión, emerge por este pequeño ecosistema abisal e infracultural.
De momento, y para celebrar el primer año de ‘Un Mundo desde el Abismo’ sólo puedo avanzar que en breve (en colaboración con mi novia Myrian, benefactora binaria en el terreno de diseño y estructuración de la página) lanzaremos la revolucionaria y espectacular ‘Versión 3.0’ de esta página. Una versión que alterará y transformará con sus mejoras y apoteósicas novedades el mundo de los weblogs con sus innovadoras primicias. Os aseguro que con ello habrá un antes y un después dentro de la reciente historia de la blogoesfera. Con esa ambiciosa promesa (lanzada así, con infalibilidad; es decir, con dos cojones) conferida por un largo y duro trabajo que está a punto de dar sus frutos queda inaugurada la nueva temporada del Abismo.

jueves, 1 de septiembre de 2005

Extra Verano (y IX): Review 'American Splendor'

Crónica urbana de un derrotismo aceptado
Bajo su melancólica comicidad, ‘American Splendor’ no deja de ser un milagroso drama humano dotado con la ingeniosidad del talento estructural de sus creadores.
Con cierta perplejidad y habiéndome dejado caer a estas alturas por la languidez de una bochornosa pérdida cinematográfica en pantalla grande, la semana pasada estrenaron en Salamanca con varios (muchos) meses de retraso ‘American Splendor’, la 'película-documental' de culto dirigida por la pareja de documentalistas Shari Springer Berman y Robert Pulcini que se centra, de forma muy diferente a las monótonas adaptaciones de cómics surgidas actualmente en un Hollywood creativamente decadente, en la vida y obra de Harvey Pekar y su creación 'American Splendor' (por favor, no dejéis de visitar su weblog). Pekar era (y es) un empleado de un hospital local de Cleveland (Ohio) que tras conocer al mito del cómic ‘underground’ Robert Crumb decidió guionizar para las viñetas sus propias vivencias, reflejando de un modo satírico el estilo de vida de la clase obrera americana con todas sus imperfecciones y defectos. Con ello Pekar se convirtió en un autor de culto durante los años 80.
Lo primero que llama la atención de este sugestivo título es la experimental estructura de su historia para divulgar la profundizada dependencia entre autor y obra, realidad y ficción, cómic y cine, en una sinergia entre estos dos artes tan desiguales y complejas que fundamentan ejemplarmente su trascendencia en la vida, en el modo de percibir la existencia desde su particular prosapia. De este modo, coexisten en ‘American Splendor’ dos películas diferentes, dos modos de ver la misma historia, la de Harvey Pekar, el lacónico y pesimista creador del cómic original que da nombre a la película en su visión documental, y otra, en la trama de ficción, adaptando la vida del guionista de cómics bajo la impronta de un actor en estado de gracia como es el entrañable Paul Giamatti (paradigma de la caracterización del ‘loser’ sin futuro del cine moderno). Con este efecto de metalenguaje se establece una correlación entre la película de ficción y el formato de historieta (marcado por el cómic y la vida real de su creador –que aparece en varios momentos del filme-) dando como consecuencia que cada uno de ellos sirva como soporte y reflejo del otro. En este sentido, es espléndido observar cómo Spinger Berman y Pulcini han traducido la fragmentación de las viñetas del cómic y el cine a esa verdad tangible que es la vida del propio autor.
Autorreflexiva, inteligente, espectadora de lo cotidiano, que por momentos recuerda, inevitablemente al ‘Crumb’ de Terry Zwigoff, ‘American Splendor’ se presenta como un sencillo relato que, sin recurrir a la deconstructividad de sus elementos lingüísticos y cinéticos, trasciende cualquier atisbo de gravedad, sin mensaje explícito o fábula moral de superación (ni de ningún tipo), para mostrar dentro del filme al Pekar tal y como es, como él mismo se define ante la cámara o como quiere presentarse (lo mismo da), retratándole sin embozos deliberados, ofreciendo la posibilidad de comparar el grado de verosimilitud de la adaptación de lo que Pekar ha venido reflejando en las viñetas y su extravagante personalidad. Shari Springer Berman y Robert Pulcini lo único que han hecho es capturar en imágenes los recuerdos, anécdotas y digresiones de un personaje anónimo que antes que reconocido en pequeños círculos subculturales simboliza un pequeño milagro ‘underground’ que la cultura americana ha concedido al mundo. Un estatus que ni el propio protagonista alcanza a comprender, sin darle ningún tipo de trascendencia a su trabajo, sus logros y su peculiar actitud ante la vida. Pekar es un audaz antihéroe que no necesita de un villano para enfrentarse a sus propios problemas interiores y sociales. Un pequeño hombre que supera como bien puede su difícil existencia y su inclasificable posición en el mundo, con sarcástico pesimismo, derrotista pesadumbre y ácido desabrimiento con los que trata muchos de los temas que desfilan por esta obra de culto, de verdadera independencia ante cualquier fórmula preestablecida en el cine actual.
Por lo tanto, ‘American Splendor’ es además de la vital reflexión que Pekar hace de sí mismo respecto a su obra, trasladándose ésta inmejorablemente al cine, una crónica urbana sobre la vida misma, donde lo absurdo y lo patético se dan la mano en una imposible unión para abordar la trascendencia existencial de algunos momentos del filme (como el cáncer que Pekar define como “el final”). Situada en un nivel transgresor sin entorpecimientos cogitabundos, la cinta, a medio camino entre el documental y ficción, cautiva por la comicidad con la que se asume la vida de un fulano marginal, contestatario y crítico con la sociedad que mira con sorna los valores de la sociedad norteamericana y que admite con un insolente conformismo su ostracismo diario, sus esperas en la cola del supermercado, sus desafectivos compañeros de trabajo y su extraña relación de pareja con Joyce Brabner (también interpretada solemnemente por Hope Davis). Sobre el cansancio que le produce la sociedad, en definitiva. Algo que afecta al propio Pekar, que queda en su biográfica adaptación cinematográfica como un ‘outsider’ que encuentra sus valores en la honestidad consigo mismo, en el cinismo de saberse un perdedor (en el fondo ganador) que autoasume su lugar en un mundo empañado por la aburrida rutina, todavía trabajando como empleado del hospital, pero conocedor también de que posee la autoridad de contribuir con su satírica mirada en forma de cómic contagiado de mala hostia a una vía de escape para los que, como él, se sienten recluidos en la normalidad y el hastío, la monotonía y decepción.
Por cierto, no voy a pasar por alto ese ‘freak’ demencial que es Toby Radloff, el abanderado y adalid de los ‘nerds’ que llegó a popularizar y personificar la máxima imbecilidad televisada por la MTV, cadena que más grandezas y miserias ha destapado en la modernidad audiovisual que asola las modas de medio mundo.
Miguel Á. Refoyo © 2005