domingo, 31 de julio de 2005

Extra Verano (IV): Cita cinematográfica esta noche, en La 2

Corría el año 1999 y por aquel entonces ya era un sufrido colaborador de prensa acreditado en el Festival de Cine de San Sebastián, el evento cinematográfico al que más afecto he tomado a lo largo de todos estos años. Corría la 47ª edición del certamen donostiarra y tras el que, posiblemente, haya sido el viaje en tren más divertido, surreal y apoteósico de toda mi vida (algún día lo narraré aquí con todo lujo de detalles), me sumergí en el Festival con dos de mis mejores amigos en la actualidad y compañeros de profesión en aquel momento, Fernando Bernal y Raúl S. Pedraz.
El inicio del festival fue de lo más titubeante, con películas horrorosas, muestras infames de falta de talento, desdeñables desde cualquier punto de vista, con largos intervalos para dormirse en una sala, tan sólo pudiendo acudir a las obras clásicas de John M. Stahl y la sabiduría cinéfila de Bertrand Tavernier (objetos de sendas retrospectivas) como páramo fílmico entre tanta bascosidad. El poco interés que despertaron las películas vistas a lo largo de cuatro largos e inacabables días de cine desprendía un halo pésima calidad que parecía no acabar nunca. Hasta que asistimos a un simple fenómeno que llegó a nuestros ojos a modo de panacea.
El título de esta pequeña obra que despierta esta absurda nostalgia es ‘Bobby G. Can’t Swim’, película debut de John-Luke Montias, cinta absolutamente independiente (con ese innegable sabor del legítimo concepto ‘indie’), una historia mínima que retrata el mundo de los pequeños ‘dealers’ y las prostitutas del Hell’s Kitchen de Nueva York, todo ello desde una perspectiva diferente, donde los pequeños instantes de la vida de este pobre diablo tienen una trascendencia vital en la narración. De cadencioso ritmo, bien contada, con una historia más que interesante y muy honesta con cada segundo que pasa en el filme, ‘Bobby G. Can’t Swim’ cuenta el problema que le surge a Bobby Grace, un pequeño traficante de droga interpretado por el mismo Montias, al que tan sólo le queda una hora para encontrar 30.000 dólares o perder la vida.
Recuerdo que antes de la proyección, asistimos a ese séptico producto perpetrado por Juanma Bajo Ulloa bajo el título ‘Pop-Corn’ y el mismo John-Luke Montias, un tipo campechano, simpático y humilde apuntaba que su película había costado la mitad que el corto que acabábamos de padecer, sin entrar a valorar su calidad, pero a su vez dejando claro el cariño y el esfuerzo con la que había sacado adelante su primera película. ‘Bobby G…’ es una pequeña joya que no esperaba encontrarme nunca más, como esas películas de festival a las que uno ama durante largos años, esperando volver a tropezarse con ella, como un extraño y efímero amor que a veces nunca vuelves a reencontrarte en tu vida (algo parecido me pasa con una película asiática llamada ‘Mizu no naka no hachigatsu’, de Yoichiro Takahashi –también vista en San Sebastián-).
Pero el destino ha querido que esta misma noche, de madrugada, La 2 de TVE emita, supongo que en V.O.S.E., esta pequeña película que, desde el Abismo, os invito a descubrir esperando que, al menos, os llegué de la misma manera como nos llegó a nosotros en Donosti hace seis años. No estamos ante una obra maestra, tal vez ni siquiera sea una gran película, pero lo que sí es cierto es que este filme evoca recuerdos personales y alimenta la leyenda que sugiere que las pequeñas cosas son las que persisten en la memoria, casi siempre, debido la modestia de sus designios. Y en ése aspecto, ‘Bobby G. Can’t Swim’ es un buen ejemplo de ello.
Si podéis, vedla, grabadla, robadla. Pero no os la perdáis.

viernes, 29 de julio de 2005

Extra Verano (III): 'Some Kind of Monster', obra de culto documental

La crepuscular visión de una leyenda musical
Hace mucho tiempo que lo tenía en reserva y por fin lo vi hace un par de días. Recuerdo que Eugenio Mira sintetizaba una secuencia del solemne documental ‘Some kind of Monster’ como elucidario de un trabajo visual tan descomunal y megalómano como análogo a lo que se cuenta. Lars Ulrich, miembro fundador de Metallica, uno de los mejores grupos de rock de la historia, arrogante y estúpidamente filosófico en sus fingidos apotegmas, está tumbado en un sofá mirando la obra ‘Profit 1’, del genial Jean Michel-Basquiat. Ulrich, consciente de ser un ignaro artístico, se pregunta porqué el cuadro no tiene la misma cantidad de pinceladas en un extremo que en otro. Atribuye, en su incapacidad de análisis, que la obra puede que no esté “terminada”, comparando el trabajo del cuadro a lo que él siente cuando termina un disco, sobre la posibilidad de que esté o no acabado. Tal vez reflexionando sobre el momento presente de Metallica.
Esta reflexión y muchas más dan un sentido casi antropológico de un grupo inigualable, del proceso creativo, de cómo Metallica como concepto ha absorbido la vida de sus integrantes y ha quedado por encima de ellos, mitificando su magnificencia más allá de los problemas, las disputas y malas rachas del elenco humano que lo constituye. ‘Some Kind of Monster’, el documental de Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, es una profundización en la vida de la banda de rock más exitosa de las últimas dos décadas, en un recorrido que transita sobre los problemas personales y profesionales que se produjeron mientras grababan su primer trabajo en estudio tras un paréntesis de cinco años y que daría como consecuencia ‘St. Anger’, el último disco de Metallica hasta el momento. Lo que los directores del documental proveyeron como una ‘obra encomio’ ensalzadora de la leyenda del grupo (tal vez para demostrarse a sí mismos la ostentación de la banda sin uno de sus pilares) se transformó por arte del destino en un excelente e imponderable ‘reality show’ de dos horas y media donde en vez de constatar la magnanimidad de un grupo antológico, el engreído Lars Ulrich, el genuino James Hetfield y el estoico Kirk Hammett (todos guiados en su nuevo disco por el productor y amigo Bob Rock) intentan salvar a toda costa una banda que ha vendido más de 90 millones de álbumes en todo el mundo.
Es un viaje al infierno de unos artistas carcomidos por sus demonios, adicciones y difíciles relaciones durante dos décadas que, evidentemente, han ido haciendo mella en tres hombres que han cambiado la esencia del ‘rock and roll’ por problemas mucho más humanos y maduros como los que se pueden evidenciar en este documental de culto.
Casi tres años de grabación, 1200 horas de imágenes y una portentosa capacidad para armonizar lo trascendente con lo absurdo, la seriedad con la fortuita comicidad de lo problemático, vinculando la gravedad y lo inconsecuente, Berlinger y Sinofsky muestran el valor de un trabajo aceptado por los chicos de Metallica para ofrecer al mundo cómo los trapos sucios y la capacidad de no renunciar a un mito donde ellos están impregnados de una comprensible deidad sirven esta vez para sacar al grupo del insondable ocaso en una nueva etapa de expectativa y furia, cual Ave Fénix procura reverdecer su imagen pública, a pesar de una lasitud encontrada a través de tantos años de convivencia.
El itinerario comienza con la retirada del bajista Jason Newsted de un grupo que abandonó en 2001 tras 15 años en Metallica, funesta eventualidad como punto de partida de una serie inagotable de contrariedades que van en aumento a lo largo de ‘Some Kind of Monster’. Ulrich ha llegado a un momento de autoconvencimiento de gloria musical, subvirtiendo su condición de mortal para convertirse en un infausto sofista del absurdo, adoptando una pose que transforma sus momentos en pantalla en lo mejor del documental, haciéndonos ver que en su circunspecta actitud se oculta un grotesco personaje capaz de llevar a los tribunales a Napster, dejarse llevar por la opinión de un padre sacado de una novela de Hunter S. Thompson o aceptar un careo con Dave Mustaine en el que éste devasta la memoria de Ulrich echándole en cara todo el resentimiento acumulado en veinte años e incluso menospreciar a cualquiera que se le ponga por delante con su ademán despectivo, egoísta y mezquino.
Por su parte, James Hetfield intenta relegar su relevancia dentro del grupo, conocedor de su colapso creativo, yéndose a cazar osos a Rusia, marginando a su familia, a su grupo y a él mismo, lo que da como consecuencia la aceptación de sus problemas con el alcohol y las drogas en un proceso que resulta uno de los puntos clave del documental; la madurez de un hombre que vuelve a la carga sabedor de que las cosas ya no son lo mismo. Un hecho que Kirk Hammet, estoico, silencioso y observador (posiblemente el miembro más coherente del grupo) tiene asumido desde el comienzo de la película, lanzando comentarios envenenados sobre su condición de proscrito como parte fundamental de Metallica (“así me he sentido yo los últimos 15 años” reprocha a Hetfield cuando éste no puede asumir el cargo de líder debido a programa de desintoxicación).
Un grupo herido que, al igual que un matrimonio en crisis, no duda en contratar los servicios de un terapeuta que armonice los continuos enfrentamientos y el momento de tribulación por el que atraviesa el célebre grupo. Del memorable recuerdo de ‘Seek & Destroy’ pasamos a ver a unos veteranos roqueros exponiendo sus problemas ante el psiquiatra Phil Towle, un doctor que cobra 40.000 dólares al mes por seguir la evolución de una maltrecha relación de dos líderes natos como son Hetfield y Ulrich en una lucha de egos inabarcable. Una sombra transformada en una presencia demasiado poderosa, involucrándose incluso en el nuevo disco de Metallica (obviamente, acaban despidiéndole). En ‘Some Kind of Monster’ no hay lugar para la épica, ni para la contemplativa exégesis de la leyenda histórica de Metallica. ‘Some Kind of Monster’ es la demostración de cómo los componentes de una banda consumida por el paso de los años aparca las diferencias, contiene el insulto y la violencia en un superfluo esfuerzo por seguir siendo el mito que todos recuerdan.
Los tres componentes son conscientes de la situación, pero veneran lo que son, contrariamente a que ninguno de los tres disfruta con el proceso creativo como lo hacían antaño. “Analizar y aliviar las tensiones en la banda”, se oye en varias ocasiones de la boca del Dr. Towle. Pero ‘Some Kind of Monster’ no es una película que se sumerja en la psicología de un grupo que lucha por su supervivencia, si no que dejando a un lado esa involuntaria parodia en la que muchas veces caen de forma inconsciente, (sólo hay que escuchar la frase de Ulrich “Tenemos que demostramos que se puede hacer música agresiva sin energía negativa”), representa la peor pesadilla de un grupo de rock que vuelve a la vida cuando la cadena MTV les dedica un homenaje y revela el significativo núcleo de la actual existencia de Metallica: la aceptación de que su actual momento no es más que un negocio, que la alienación de la fama les ha convertido en ‘freaks’ enflaquecidos por una quimera que no es ni de lejos lo que era, trascendenetalizando todo su entorno hasta el paroxismo.
Sólo cuando la cadena MTV les propone ese homenaje, accediendo a la categoría de vendible producto ‘mainstream’ (algo que ya visible desde el LP ‘Load’) y el forzado ‘casting’ del nuevo bajista que encumbra al portentoso ex bajista de los Suicidal Tendences Robert Trujillo (al que le ofrecen, de entrada, un millón de dólares en mano por una continuidad familiar contratada) es cuando los demonios del grupo se hacen patentes: Metallica se ha convertido en un producto comercial, echando de menos los viejos tiempos al recordar varias veces al malogrado bajista Cliff Burton, que sigue estando muy presente en espíritu, llevando a Ulrich y Hetfield a preguntarse “qué haría Cliff si estuviera aquí a la hora de tomar alguna decisión”. La determinación del título del nuevo disco (‘St. Anger’), el fabuloso epílogo con el grupo grabando el nuevo ‘video-clip’ en la prisión de San Quintin (San Francisco) y la reaparición para la nueva gira en el Network Associates Coliseum de los Raiders ante 100.000 personas pretende conferir un halo de magnificencia y honestidad final que no reside en el lanzamiento como tal del disco ‘St. Anger’ y la aparente superación de las adversidades, si no en toda la intencionalidad, a veces consciente, a veces no, con la que los autores del documental se aproximan al proceso creativo de canciones como ‘Frantic’, ‘St. Anger’, ‘All Within My Hands’ o ‘Some kind of monster’. Como analogía queda la auténtica introversión que está subvertida en el mensaje final: mientras Metallica sufre y padece por su condición de leyendas para lanzar su último disco al amparo de la cadena más multitudinaria y de moda de los últimos tiempos, Jason Newsted disfruta en un pequeño teatro tocando con entelequia y sin preocupaciones con su nueva banda ‘Echobrain’.
El caso es que, por mucho que desfallezca Metallica, nadie podrá despojarnos del recuerdo de la epopeya musical que se creó siguiendo los pasos de influencias como Iron Maiden, Misfits, Diamond Head y, por supuesto, los Motorhead. Metallica ha sido uno de los grupos más grandes de la historia de la música con sus míticos temas ‘No Remorse’, ‘Seek&Destroy’, ‘The Four Horsemen’, ‘For Whom The Bell Tolls’, ‘Creeping Death’, ‘Fade To Black’, la impresionante ‘The Call Of Ktulu’, ‘Master Of Puppets’, ‘Welcome Home (Sanitarium)’, ‘Blackened’, ‘Harvester Of Sorrow’, 'One' (posiblemente, mi tema favorito de Metallica), ‘Enter Sandman’, ‘Sad But True’, ‘Nothing Else Matters’...
Sólo viendo ‘Some Kind of Monster’ la pregunta que Ulrich se hace mirando su cuadro de Basquiat tiene sentido: “¿cuándo es necesario que algo acabe? ¿Cuál es el significado de “finalización? ¿Metallica es un grupo acabado?".

lunes, 25 de julio de 2005

Extra Verano (II): La heroica gesta de los siete Tours consecutivos

Lance Armstrong: Demostración de proeza humana
Hubo un tiempo en que la leyenda atestiguaba que ningún ciclista podría ganar siete Tours de Francia consecutivos. Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain habían logrado cinco máximas victorias en la ronda francesa, pasando a formar parte de los elegidos, del olimpo de un deporte intenso donde el límite físico parece no existir.
Ayer, un hombre extraordinario, un superhéroe del deporte, alcanzó la gloria que sólo han merecido unos cuantos privilegiados en los fastos del deporte. Ayer, Lance Armstrong (Austin, Texas, 18 de septiembre de 1971), se convirtió por méritos propios en el mejor ciclista de todos los tiempos. Hay quien refutará esta teoría advirtiendo épocas pasadas. Hay quién, sin falta de razón, proclamará a Merckx como el gran astro del deporte de la bicicleta. Pero ni siquiera el mitológico corredor belga fue capaz de anunciar su retirada varios meses antes de ganar su último Tour. Todas las leyendas mencionadas fracasaron en su intento de dejar el ciclismo en el pináculo, no pudiendo dejar su cetro transformados en imbatibles guerreros. Sólo Armstrong ha sido capaz no sólo de hacer realidad la hazaña, sino que además se va como el único corredor que ha ganado el Tour la imposible cifra de siete veces de forma consecutiva. Una proeza que se antoja inverosímil para las generaciones venideras, que ahora podrán soñar con ganar una carrera que durante los últimos años ha tenido un dueño indiscutible, un hombre con un afán de superación ilimitado capaz de desafiar y vencer a la leyenda del Tour, la carrera más dura del circuito ciclístico internacional.
En su propia epopeya, quedará el terrible cáncer testicular con metástasis pulmonar y cerebral que padeció en 1996, enfermedad que superó gracias a una complicada intervención quirúrgica y un agresivo tratamiento de quimioterapia, pero también gracias a una fuerza de voluntad inhumana, hazaña mental y física que refleja la capacidad del cuerpo humano para adecuarse al entrenamiento físico, por muy quebrado que éste pueda parecer. En 1999, Armstrong se presentó pletórico de moral y su director Johan Bruyneel le convenció de que el milagro era posible: vencer el Tour de Francia. Y así fue. Arrasó. Seis años después, Armstrong ha ganado aquélla carrera y seis más, con una ejemplar potestad. A punto de cumplir 34 años, Armstrong es también el ciclista más mayor que lo gana desde que Gino Bartali lo consiguiera en 1948.
Cuando el 18 de abril de 2005 anunciaba en Georgia en rueda de prensa que se retiraba después de intentar su último asalto al Tour, pocos dudaban de que este superhombre lo consiguiera. Una idea que muestra a qué nivel de confianza ha llegado una opinión general malacostumbrada que, lejos de reconocer el denuedo y la gesta, se ha habituado a sus continuadas conquistas sin precedentes, con el ímpetu del campeón que quiere ganarlo todo, sin dar tregua a un rival que ha tenido que batallar mucho para ganar las etapas (sobre todo las de montaña) en las que el inalterable líder ha estado presente para la victoria final.
Ayer, en el podio de ganadores de los Campos Elíseos, con el Arco del Triunfo de fondo, un refulgente Armstrong escuchó por última vez las notas del himno de Estados Unidos después de recibir su último ‘maillot’ amarillo de manos de Bernard Thévenet, otro grande del Tour. Tras esto, Armstrong lanzó uno de las más bellas loas de amor al ciclismo cuando expresó la frase que pasará a la historia por definir su esfuerzo ante los incrédulos que poner en tela de juicio un deporte tan duro como lo es el ciclismo: “Lo siento por los cínicos, por los escépticos que no creen en el ciclismo, que no creen en los milagros”. Y acostumbrados a glorificar lo mediocre, es de recibo conferir al soberano su sitial en la historia. Pasará mucho tiempo para otro deportista, más allá del ciclismo, demuestre lo que Armstrong dejó claro ayer; que además de pasar a ser uno de los mejores deportistas de la historia, por encima de cualquier juicio de tipo competitivo o atlético, lo conseguido por el americano es un indiscutible ejemplo de superación y un aliento de esperanza para muchas personas que han visto en él un ejemplo a seguir.
Por todo ello: ¡Gracias, Lance!

sábado, 23 de julio de 2005

Extra Verano (I): Inolvidable recital de Maceo Parker

Hacía ya muchos años que no disfrutaba un concierto con la intensidad con la que me recreé en una de las mayores y apoteósicas funciones musicales vistas en esta ciudad en mucho tiempo. El pasado miércoles asistí a un memorable recital de uno de los nombres más importantes de la música contemporánea: Maceo Parker.
La pequeña plaza de San Román, acostumbrada a albergar a músicos de culto, de percusión étnica o jazzística se llenó para presenciar al maestro en pleno estado de gracia. Jamás había visto tanta gente en un recinto abarrotado de un público heterogéneo de todos los estratos, distinta fauna social y de diversos gustos musicales para rendir pleitesía a un genuino maestro, de los que ya no quedan en este mundo viciado de fama efímera y de arbitrarios reconocimientos. Su volcánica forma de tocar el saxofón y su incendiaria pasión dejaron para el recuerdo una de esas inolvidables y antológicas actuaciones en directo que han transformado a este veterano músico nacido en 1943 en Kinston (Carolina del Norte) en un auténtico demiurgo del jazz, el ‘rhythm & blues’, pero sobre todo, en uno de los padres del ‘funkie’ moderno.
Conocido injustamente por ser el director musical de la banda de James Brown durante décadas, siendo el responsable directo de que aquélla fuera la insuperable máquina del ritmo inigualable, Maceo es una de esas piezas fundamentales sin las que la música no sería lo que es. El ‘funk’ le debe mucho. Un hombre que ha tocado a lado de Marvin Gaye y Ben E. King, que ha sido cimiento fundamental en la adoración de los Parliament de George Clinton o con The Horny Horns, de Bootsy Collins y Fred Wesley y abrigar con su apoyo a otro padrino de la música, aquel artista sin nombre que vuelve a llamarse Prince, tiene el suficiente prestigio como para levantar el aplauso, el baile desenfrenado y la exaltación de un público que se entregó a una banda que tiene como característica principal presentarse como una apisonadora sónica capaz de persistir en su frenesí bailable y diversión durante más de tres horas sin que el público desfallezca y quiera más, como una extraña e inexplorada adicción. Sus conciertos son famosos por no dar un solo respiro a su público, pudiendo llegar a durar hasta cuatro horas de enardecida música sin freno, momento en el que Maceo Parker y toda su familia ‘funky’ logran una glorificación impecable.
La elegancia del saxofonista y su manera de ganarse al público merecen todos los elogios del mundo. La banda de Maceo es grande en muchos sentidos y como él lo sabe no duda en ofrendarles todos los aplausos a ellos, obsequiándoles con gritos jaleados al espectador, haciendo referencia al fundamento de su éxito. “What about the band?” gritó varias veces, arrancando así muchos más aplausos dirigidos a su gran familia ‘funkie’. Como bien ha señalado en varias ocasiones su música es “un 2% de jazz y un 98% de puro funk”. Y vaya si lo es. Basta sumergirse en la escena, dejarse llevar y deleitarse de sus enérgicos ‘grooves’ para que entregarse a una experiencia que pone los pelos de punta.
Con la esencia de los grandes, con la sustancia artística que hicieron grandes a Hank Crawford, Cannonball Adderley y King Curtis, Maceo realizó un ejemplar recorrido a su discografía que fue desde el ‘Shake Everything You’ve Got’ como himno, su particular y engrandecida pasión en ‘Soul Power’ que transformó sobre el escenario en ‘My baby loves you’ franqueando el recuerdo de James Brown cantando una impresionante versión de ‘Sex Machine’. Él asegura que de James Brown lo aprendió casi todo lo que hace falta saber en el negocio del espectáculo, adiestrándose en un mundo de agotadoras giras por todo el planeta. Sus dos primeros discos en solitario con su grupo ‘Maceo & All The Kingsmen’ (‘Doing Their Own Thing’ y ‘Funky Music Machine’) ya dejaban patente que el talento con el saxofón sólo era una parte de la grandeza del genio. Durante la década de los 80, formó parte de la fundación del ‘hip hop’ y del ‘acid jazz’, poniendo de moda sus inconfundibles ‘samples’ en abundantes grabaciones de una época tan añorada como aquélla.
Su música encuentra sus raíces en John Coltrane, Charlie Parker, Sonny Stitt o Cannonball Adderley, pero siempre con un propósito de transformación en la que su música se desvía hacia otro sentido estilístico propincuo al ‘funky’, una relación que le emparenta a los James Brown, Ray Charles y todos aquellos saxofonistas que marcaron una ilustre generación formada por Hank Crawford, David "Fathead" Newman o King Curtis. Sus siguientes discos ‘Roots Revisited’ (10 semanas en el Nº 1 de las listas de Bilboard), ‘Mo´ Roots’, ‘Southern Exposure’ y sobre todo ‘Life On Planet Groove’ consolidarían su carrera en solitario con un sonido mas sólido y un estilo más que personal, cuya formula fusionaba el jazz y el ‘funk’ como nadie antes lo había hecho.
En ‘Funkoverload’ Maceo dio a conocer a su hijo Corey Parker, heredero del talento de su progenitor, sólo que orientando su arte musical al ‘hip hop’, haciendo que su ‘rap’ tenga un sentido que hoy pocos alcanzan. ‘Dial: M-A-C-E-O’ recogió su faceta adaptador de magníficas versiones de temas de Paul McCartney, Ani DiFranco, Prince y The Isley Brothers. Una carrera musical apuntillada por sus dos últimos y colosales discos ‘Maceo by Maceo’ y el reciente ‘School’s In!’, que manifiestan que la madurez no es más que un aliciente para vigorizar su sentido del espectáculo, su ritmo pegadizo, su saber hacer.
Una admirable capacidad profesional justificada en el concierto ofrecido el pasado miércoles en Salamanca. “We love the groove!”, gritaba Maceo en su enfático show de impecable factura en la que todos sus componentes brillaron con luz propia. Destacó el gigantesco Rodney “Skeet” Curtis con su bajo eléctrico, un tipo con una imagen a medio camino entre La Cosa y Forest Whitaker, además de la batería del inagotable Jamal Thomas y Morris Hayes en los teclados. Los abundantes solos de todos ellos tuvieron su punto álgido con Bruno Speight y su potente guitarra que dejó paso a Ron Tooley a la trompeta y Greg Boyer al trombón (una sección de viento marcada por una distintiva vena jazzística), convenciendo al respetable con su elegante pericia. También hubo tiempo para que los coristas se lucieran. Martha High, ofreció un recital en su canción en solitario con su desgarradora voz y Corey Parker dejó claro que el ‘hip hop’ también puede encontrar su causa en el jazz.
Parker no sólo toca el saxo. Canta, baila, dirige a su banda, es un ‘showman’, transfiere a su grupo la seguridad que sólo puede legar un líder nato. Un espectáculo sólido y contundente. Maceo Parker y su banda se ganó el respeto y el cariño de un público volcado en un concierto irreprochable dentro de una mágica noche difícil de olvidar.

martes, 19 de julio de 2005

To be continued...

Ha llegado ese ineludible momento para el respiro, el lapso de tiempo necesario para descubrir las irremediables vías de escapes de la cotidianidad y exigencia a la que conlleva actualizar cada día del año un weblog como este Abismo que se ha convertido en parte fundamental de mi vida. Es la hora de la despedida momentánea, de las merecidas vacaciones, del cierre de una maravillosa temporada que han avivado durante casi un año mis ansias de contar, de escribir, de relatar, de transferir mis inquietudes al espacio de la ‘blogoésfera’. Hablo, por supuesto, del necesario descanso del guerrero.
La actualización del blog a diario, el reajuste de nuevos posts, de historias, críticas y demás van haciendo mella en el ánimo. Cuando la diversión de la escritura se restaura en obligación y este entorno abismal te pone a su servidumbre, uno cae en el riesgo de aborrecer la rutina o cansarse de una idea tan privilegiada como es la de tener una bitácora seguida por cientos de lectores. Ésa coacción espiritual es muy peligrosa. Y como no quiero que ‘Un mundo desde el Abismo’ se desvanezca para siempre como han hecho muchas otras páginas, recurro a la provisional ociosidad como forzosa evasión a este conflicto. Postrado en una constante incomprensión de mi materia gris, comprometida a crear diariamente la historia reciente de un weblog renovado con ingentes cantidades de información, me hacen establecer una tregua, un descanso para poder retomar algunas obligaciones que he ido extraviando en el camino de la absorbente atención que han requerido estas líneas cotidianas. Estoy cansado, he de reconocerlo.
He determinado que este breve descanso expire con la celebración del primer cumpleaños del nacimiento de ‘Un mundo desde el Abismo’, que tuvo el día 5 de septiembre de 2004, un domingo cualquiera, después de mucho meditar la idea decidí crear un espacio que se ha ido haciendo grande y prestigioso gracias a vosotros, los que cada día visitan este lugar de anarquía cultural y meníngea. Hasta el 5 de septiembre, por tanto, emplearé mi tiempo en dejar las horas inmerso en la lectura, preparando mis dos próximos cortos (uno de ellos, en 35 mm. –con lo que eso conlleva-), discurrir acerca de nuevos proyectos de guión de largometrajes, buscar (sobre todo esto) trabajo, disfrutar de mis amigos y amigas del placentero estío veraniego. Desde hoy quiero aborrecer el calor desplomado en el sofá, viendo todas aquellas películas que tengo en reserva, quiero volver a escribir algún relato, volver a la olvidada prosa, leer los weblogs abismales (que tenéis a vuestra disposición en la última columna de la izquierda que servirán como paliativo en mi ausencia), desengancharme de esta adicción internauta, regocijarme con las pequeñas cosas que te ofrece la vida. En definitiva, divertirme.
Por supuesto, dada mi facundia escrita, no será fácil que desaparezca. Por ello no será una ausencia total, sino muy parcial. Habrá intervalos de actividad. Es decir, que desde hoy y hasta el 5 de septiembre el silencio y el vacío del Abismo se verá alterado con algún que otro post en forma de eco estival, alguna aguardada crítica (no podría dejar de escribir sobre ‘Sin City’, por ejemplo, o del concierto de los Kronos Quartet que veré este mismo viernes), alguna noticia relevante, algún que otro link imprescindible… Todo ello con una parsimoniosa cadencia desde la despreocupación, sin agobios ni imposiciones de ningún tipo.
El Abismo cierra por vacaciones, cierto es. Pero no se va, sólo frena un poco el ritmo. Por lo que lo mismo mañana tenéis aquí otro post, otra crítica u otro divertido enlace. Me conozco y tal vez esto sea un amago, un simple síntoma de cansancio y antes del 5 de septiembre recupere la frenética actividad que conlleva insuflar vida a este weblog. Tal vez.
Sólo quiero daros las gracias (una vez más) por haber estado ahí cada día, siguiendo las reflexiones subjetivas de un pobre diablo que creó este espacio irreflexivamente, sin saber sabe muy bien a qué espectativas respondía el inicio del Abismo. Gracias a vosotros, el Abismo tiene un lugar de privilegio dentro del mundo ‘blogger’.
Seguid conectados a este insondable mundo porque aquí no se ha acabado nada. Tenéis el mítico ‘El fondo del Abismo’ para bucear en los insondables pots que quedaron olvidados en la memoria. En septiembre os espero con sustanciosas novedades, la vieja tradición abismal y mucho más (y mejor) de lo que aquí estáis acostumbrados a encontrar. Ya habrá tiempo de recuperar las visitas que se vayan perdiendo en este paso de aparente ociosidad.
Un saludo muy grande a tod@s y gracias por todo, otra vez.

Review 'House of Wax'

Terror derretido
El español Jaime Collet-Serra debuta con una película que a pesar de sus errores reúne los elementos necesarios para que ‘House of Wax’ sea una interesante propuesta ‘gore’.
Desde que Tobe Hooper desencadenará una nueva entelequia cinematográfica acaparada en la violencia paisajística dotando a su magnífico ‘body count gore’ ‘La Matanza de Texas’ con un perspectiva física y humana, lo que se dio en llamar la ‘Deep America (o América Profunda)’, la mala conciencia norteamericana frente al medio labriego, se ha cebado a menudo en estos lugares inhóspitos rurales, deformados por un escenario insano donde se perpetúan todo tipo de crímenes impensables en un núcleo urbano; caníbales sin escrúpulos, disecadores de seres humanos, matarifes retrasados con motosierra… Todo es válido si por ello se refrenda un género que, pese a sus balbuceos con el fracaso del cine moderno, sigue proporcionando obras como este ‘remake’ de ‘House of Wax’.
Mucho y poco (infrecuente pero cierta dicotomía) ha cambiado la historia que antes plasmaron en la gran pantalla Michael Curtiz y André de Toth. En su actualización, los elementos se han transformado de una gótica visión clásica a la reiterada reinvención con componentes ‘teenagers’, con el imprescindible nimbo de cultura pop sazonado con barbarie y sadismo para que los ‘gore hounds’ no echen en falta el factor prometido en este tipo de productos de rápido consumo. Por supuesto, no existe el inolvidable profesor Henry Jarrod (interpretado por el añorado Vincent Price), aquél escultor enloquecido cuyas figuras de cero atraían por su realismo tenebroso, pero sí un museo de cera terrorífico. En cambio, la funcionalidad de la readaptación permite desdoblar el personaje en dos hermanos, simbología de Caín y Abel, con un espléndido arranque que emboza una idea que se va velando hasta finalizar la cinta.
La historia sigue siendo la misma de siempre: un grupo de jóvenes guapos y algo imbéciles que viajan por los áridos escenarios campestres se ven forzados (ya sea por absurda curiosidad o por un desperfecto mecánico, como es el caso) a meterse en una terrible boca de lobo que suele representarse en una inquietante casa, gasolinera u otra sugerente mansión donde reside el ‘pyschokiller’ de turno. ‘House of wax’, en su principio, no aporta nada nuevo, pudiendo definirse como un insolente duplicado de películas recientes como ‘Las casa de los 1.000 cadáveres’ o la versión de Marcus Nispel del clásico de Hooper. Sin embargo, la austeridad con la que se presentan los mecanismos de la narración juega a su favor a lo largo del desarrollo de una trama que, aunque previsible, va ganando en interés según avanza la película. Así, el punto de arranque, a medio camino entre el delirio y el facsímil, no deja de exhalar un reconfortante céfiro de serie B, simple y estimulante; un grupo de jóvenes se encamina de Gainville a Baton Rouge para presenciar un partido de fútbol americano, hasta que en su camino se cruza ‘La Casa de Trudy’, un museo de cera de un pueblo tan extraño como fascinante.
Lo demás, no hace falta explayarlo. Lo que más llama la atención de esta nueva versión no es su razonada bagatela argumental, si no la desaparición de cualquier intención de fina ironía. En ‘House of Wax’ no hay humor, ni guiños (salvo cinéfilos), ni intención de que nadie caiga bien (todos los personajes que van apareciendo resultan bastante antipáticos y odiosos). La acción, que cae súbitamente en el buscado estereotipo exagerado, convierte en cómplice del sufrimiento ajeno a un espectador que acude a un arsenal de secuencias sádicas bañadas en sangre, infundidas por una crueldad a veces abusiva (un dedo amputado, tobillos seccionados de cuajo, bocas cerradas con pegamento, rostros arrancados en vida…). Pura y extraña mezcla de acción y ‘slasher’ con paraje cadavérico y solitario, ‘asesino-artista’ y blanquecinas víctimas pasto de un aterrador pueblo transformado en macabro museo ‘grandguignolesco’. El cóctel perfecto en una obra de esta idisiosincrasia.
Aunque Jaume Collet-Serra no puede evitar pagar su tributo con todo un catálogo de convencionalismos del cine de terror actual, haciendo que lo que prometía una saludable revitalización, bien es cierto que el cineasta catalán sabe que en su ‘opera prima’ se debe prestar la mayor atención a la lógica de su conseguida atmósfera, devenida en perfecta sincronía de su portentosa dirección artística, diseño de producción, selección musical y cierta sofisticación narrativa.
Collet-Serra, acostumbrado a dirigir ‘spots’ publicitarios no reniega de su dominio de la imagen sobre el discurso, convirtiendo este ‘mood’ en un factor clave para que su cinta vaya de menos a más, apoyándose en una enfática narración, consecución de un macabro éter de elementos góticos y ejemplar trama que en ningún momento se preocupa de trascendentalizar el supuesto ejercicio de introspección social configurada desde la competitiva, perversa y resentida actitud de los asesinos contra el ser humano (al que no dudan en convertir en muñecos de cera).
A pesar de ellos, la sofisticación y el ilusionismo del guión escrito por los gemelos Chad y Carey Hayes cae el ostracismo de lo pedestre en vez de sugerir lo que palpita dentro la segunda parte de la cinta (la mejor y más espectacular). Se trata de ese enfrentamiento cainista entre dos concepciones de actuar, del homenaje manifiesto al clásico del cine enfermizo ‘¿Qué fue de Baby Jane?’, de Robert Aldrich, con la que ‘House of Wax’ comparte el hipnotismo de un intercambio de roles de Caín y Abel que se producía con Baby Jane Hudson y su hermana Blanche y que aquí tiene su equivalente en los siameses Vincent (en claro homenaje al gran Price) y Bo, pero también transmutado al bando indulgente, a los hermanos Carly y Nick Jones (Elisha Cuthbert y Chad Michael Murray, respectivamente).
En vez de adentrarse en esa interesante gradación consanguínea, la acción y el desacierto con el que mueren algunos de las jóvenes víctimas, van dragando el filme prolongando su duración de un modo innecesario en un final enardecido por la cera derretida en una casa que se hunde en sus cimientos, como alguno que otro tramo de un filme irregular pero de apreciable empaque.
‘House of Wax’ es un divertimento y hemoglobínico ejemplo de formulismo intrascendente que no escapa a los convencionalismos ni a la funcionalidad de sus propuestas pero transgresora en su vena ‘gore’ y cautivadora por la consecución de un clímax bastante logrado con muertes por doquier para explotar una violencia que inyecta los más escabrosos elementos del género a través de escenas expuestas con gran estilo visual. Cabe reseñar, ante todos los comentarios vertidos en contra de ella, la capacidad de ese amago de ‘actriz-modelo’ que es Paris Hilton, entre otras cosas por la autoparodia, sugiriendo una secuencia alusiva al famoso vídeo de la ‘fellatio’ nocturna en una de las habitaciones de su millonario progenitor.
Miguel Á. Refoyo © 2005

domingo, 17 de julio de 2005

David Fincher: Spots Publicitarios (IX)

El evento deportivo más importante de Estados Unidos es, como bien es sabido, la célebre Super Bowl. Los anuncios que se emiten en el descanso de este multitudinario partido son los más onerosos de todo el año. Las agencias de publicidad producen su trabajo más prominente para captar adeptos al producto mediante un cheque casi en blanco.
La marca deportiva Nike lanzó uno de sus mejores anuncios con ‘Gamebreakers’, rodado por David Fincher en 2003 y que supone su mejor y más espectacular ‘spot’ hasta la fecha. Fincher demuestra que no hay ninguna limitación a su prodigiosa perspectiva fílmica, ningún plano es imposible en su cabeza. No le asusta la postproducción (en esta caso el CGI) para hacer que lo inverosímil se haga factible.
Un cineasta capaz de sofisticar las cualidades del fútbol americano haciendo parecer a sus jugadores auténticas bestias sobrehumanas, definiendo un perfecto ambiente de enfrentamiento, acrecentado el contexto del juego, de la Super Bowl, desafiando a la física y poniendo cámaras donde es imposible situar la visión de éstas.
De cualquier modo, es inútil seguir escribiendo sobre ello cuando podéis ver directamente el vídeo y juzgarlo vosotros mismos.

El regreso de Conan

Eso de que ‘Conan, el bárbaro’ puede volver al cine está dejando de ser una murmuración para conformarse como sugestivo proyecto de cara a un futuro inmediato. A pesar de que el reparto no estará encabezado por Arnold Schwarzenegger, la Warner sigue empecinada en que la película vea su materialización en la gran pantalla.
Jeff Robinov, el gran pez gordo de la Warner y el responsable de que Chris Nolan haya resurgido el mito de ‘Batman’ con gran éxito espera obtener los mismos resultados con el personaje creado por Robert E. Howard.
Los rumores apuntan a que Robert Rodríguez podría hacerse cargo del proyecto. Ya veremos dónde acaba todo esto.

sábado, 16 de julio de 2005

Subway

Desde que tengo uso de razón una de mis filias más reconocidas es el fanatismo paroxístico que siento por el metro, por esos sinuosos túneles subterráneos con paredes compuestas de enormes pedregales en los que siempre he imaginado que han sucedido terribles y fascinantes e indefinidas historias de toda índole.
Os dejo un curioso link a todas las placas identificativas de los diversos logos de metros de todo el mundo.

Solidaridad en la muñeca

El lazo o el pin solidario ya no se llevan. Han quedado anticuados. Ahora, el último grito, como icono de la modernidad, son las pulseras solidarias. Unas pequeñas ajorcas de silicona que simbolizan, con cada color, el apoyo a una causa adherida a la lucha de algún mal común como el cáncer, la violencia infantil, el hambre, etc.
El origen tiene lugar el 17 de mayo de 2004, cuando Lance Armstrong hizo pública su idea solidaria con el lanzamiento de las pulseras ‘Livestrong’ para contribuir a la ayuda en la investigación del cáncer y a las personas que, como él, padezcan o hayan padecido algún tipo de cáncer. Poco más de un año después, su fundación ha vendido 40 millones en más de 50 países.
Ejecutivos, deportistas, actores, modelos, políticos y como consecuencia de ello la sociedad en masa se unió rápidamente a esta noble deferencia con los que sufren y padecen hambre, enfermedades, violencia o cualquier tipo de injusticia. Poco después se convertiría en una moda mundial, en una novedosa fuente de ingresos para las ONG's y su altruista filantropía con las más desinteresadas causas a favor del bien. Pero lo que en principio parecía una excelente campaña se ha ido desvirtuando progresivamente dado que, se quiera o no, se ha truncado en una fuente de negocio muy rentable, así como en una nueva vía de promoción de las marcas que las crean, como en el caso de las ‘Livestrong’, fabricadas por Nike, multinacional que somete a niños en Tailandia que cobran 80 euros al mes por trabajar 54 horas semanales. De hecho Nike, aprovechando el sincero prototipo del ciclista norteamericano sacó otra pulsera de silicona, esta vez blanca y negra, contra el racismo, apoderándose de nuevo de las muñecas de deportistas, actores y demás personajes famosos.
Hay que reconocer la honorable iniciativa de Armstrong, pero también es cierto que en su difusión y resonancia se ha sacado de su contexto inicial, adulterando la idea genérica. Ahora, las pulseras derivadas de la amarilla en la lucha contra el cáncer han originado un marketing aparentemente solidario que tiene en su fondo una convencional vena consumista y fetichista de una gran parte de la población mundial que luce la pulsera no por el significado o importancia que pueda tener, sino por estar al día, actualizado en su imagen de cara a los demás. Lucir una pulsera de silicona apoyando alguna causa (no en todos los casos, por supuesto) ha pasado a ser un simple efugio para satisfacer la conciencia y, de paso, estar a la última.
En menos de un año han surgido como el moho en perpetua humedad pulseras de todos los colores para toda causa justa; rosas de Share Beauty Spread para el cáncer de mama, los brazaletes rojos contra el SIDA (que perdieron su efecto cuando se convirtió en absurdo emblema de la candidatura de Madrid 2012), modelo azul claro como eslogan contra el maltrato infantil, la azul oscura para la defensa del Archivo Histórico de Salamanca (hay que ser paleto para lucir ésta), la azul y blanca que diseñó Unicef para ayudar a las víctimas del tsunami, la naranja utilizada como símbolo antitabaco, la verde clara en apoyo a los aquejados de distrofia muscular, la blanca contra la pobreza, la fucsia utilizada contra la fibrosis quística…

Se ha acabado desvirtuando el contenido de la pulsera lanzada por el famoso ciclista, sobre todo con la aparición del mercado negro, de la venta ilegal y fraudulenta de estas cintas para las muñecas. No importa que sean ilegales, importa tenerla y que la gente perciba nuestra solidaridad determinada a la apariencia, como casi todo en este mundo. La sumisión a los símbolos, arbitrarios por definición, han degenerado en sus buenos pero indefinidos propósitos.
Pronto tendremos una pulsera de algún que otro color con un lema de la SGAE contra la piratería. Si no, al tiempo.