sábado, 16 de abril de 2016

NBA 2015-2016: El adiós de “La Mamba” y el año del récord de los Warriors

Sin duda alguna, este final de campaña en la NBA ha deparado instantes que deben ser recordados como históricos, tanto por su caldo sentimental como su trascendencia global a nivel deportivo. Como un azote a la memoria y al paso del tiempo, Kobe Bryant cerró su carrera con Los Ángeles Lakers después de veinte años liderando el mítico equipo angelino. Lejos queda aquel 1996 en el que la estrella en ciernes debutó siendo el ‘rookie’ más joven en jugar en la liga profesional y que en sólo dos años pasó a ser el jugador referente de un equipo donde la sombra de Shaquille O’Neal era tan alargada. Con Phil Jackson llegaron los títulos en 2000, 2001 y 2002. Después llegaría la batalla de egos entre los dos colosos de aquel histórico equipo y el posterior declive que se vivió con aquel frustrado ‘fab-four’ ante Detroit con un superequipo también integrado por Karl Malone y Gary Payton.
Tras unos años siendo un referente en la anotación y el espectáculo del mejor basket del mundo, en un momento de cambio y estilo de juego en la NBA, aquella gesta en 2007 con sus 81 puntos en un partido ante los Raptors definían el intervalo del antes y el después del devenir de un baloncesto profesional a unos niveles de fisicidad en los que Bryant respondía con el ‘old style’ heredado de su pasión idólatra por imitar todos y cada uno los movimientos de esa deidad que siempre será Michael Jordan.
Llegarían dos anillos más, con la llegada de un hermano blanco como Pau Gasol en un ‘back to back’ en 2009 y 2010 fue cerrando su carrera con un equipo difuso, carente de piezas fundamentales que fraguó sus peores registros con la marcha del español y la lacra de las lesiones que amenazaron la continuidad de “la Mamba” en lo más alto de las estadísticas. La carrera de un icono gestado en las postrimerías de un baloncesto legendario dejaba el Staples Center anotando 60 puntos contra los Jazz, ante la mirada de un Jack Nicholson retirado de la esfera pública y de rostros de la ciudad del oropel, con el apoyo y la admiración de todo planeta. El antiguo 8 y el actual 24 de los Lakers dejaba escrita su propia leyenda trazada con un estilo y cualidades dignas de los nombres de oro en los fastos del baloncesto.
La metrópolis californiana se queda sin su héroe, ese guerrero cansado y tocado que deja el testigo a una nueva generación de un equipo clásico que necesita urgentemente una reestructuración. Kobe ha demostrado a lo largo de estas dos décadas ser no sólo el único heredero de Jordan, sino el emblema de la competición y el ídolo de una generación de chavales convertidos en hombres que no han conocido la NBA sin el rostro cínico e inconformista de Bryant, de su demoledora actitud en la pista, de su ambición y su acrobático arte con el balón.
MVP de la temporada 2008, dos medallas de oro en los JJ.OO. de Pekín 2008 y de Londres 2012, los mencionados cinco anillos de campeón de la NBA, 18 veces en el quinteto titular del All Star (15 de ellos de forma consecutiva), ha jugado 48.618 minutos en los que ha anotado 33.643, situándose en tercer lugar en toda la historia por detrás de Kareem Abdul-Jabbar (38.387) y Karl Malone (36.928), ha metido más de 50 puntos en 25 partidos a lo largo de su carrera, nueve veces elegido en el mejor quinteto defensivo… Y se va con esos 60 puntos que suponen la anotación más alta de la temporada. Los ‘flash-backs’ de tantos instantes de gloria quedarán como legado de una carrera monumental e irrepetible. Kobe se ha ido y ahora el relevo tiene un rostro y un nombre propio. Y todos sabemos quién es.
Golden State Warriors: La Nueva Era
Por supuesto, no es otro que Stephen Curry. Superado el dinamismo físico de esa era transitoria de LeBron James, el otro acontecimiento que ha marcado el final de esta temporada ha sido el imposible récord establecido por la franquicia de Golden State Warriors, que le ha arrebatado a los Chicago Bulls de la 1995-1996 aquella marca supuso dos cosas; por un lado la consagración del que sería considerado como uno de los mejores equipos de la historia (si no el mejor), y, por otra, la apoteosis de la figura demiúrgica de Michael Jordan en el zénit de su carrera como inalcanzable mito de todos los tiempos. Los de Seve Kerr (integrante de aquella hazaña única) lograron el pasado miércoles llegar al increíble 73-9, en una memorable y escandalosa demostración de poder ante unos Memphis Grizzles que vieron otra marca de locura, la del propio Curry, que superó los 400 triples anotados en una misma temporada.
Estos Warriors están destinados a alimentar los anales de una NBA cuya podadura se esgrime en un cambio radical de juego, de estrategia y de alucinación que abren una nueva dimensión a la mejor liga del mundo y a un estilo de juego que destroza cualquier vía de éxito antes vista. Los de la Bahía de San Francisco imponen con su demoledor juego un eslabón que se aleja del ‘one hit wonder’ que muchos auguraban tras el triunfo del campeonato obtenido el pasado año. Los números dan la razón a la lógica de una nueva potestad dentro de la liga; estos Warriors son capaces de perpetuar durante años esa inmortalización de la gloria con armas que sutilizan la grandeza del juego colectivo y versátil, desde el juego en ataque letal caracterizado por el acierto sin límites en el tiro exterior, la producción combinada de juego grupal, con una efectiva composición del bloque defensivo que genera un juego determinante dentro y fuera de la pintura. Estos Warriors producen un juego basado en la continuidad del eje Curry-Thompson-Green, apoyado en la contributiva aportación del resto de excelentes jugadores para los que los retos van en función de una fiesta a modo de pandilla que sabe conectar fuera del vestuario, algo inaudito en las grandes franquicias. El elemento diferenciador reside en ese espíritu de compañerismo que parece haberse diluido en le resto de la liga con la llegada de los nuevos tiempos.
Los de área de la Bahía de San Francisco comienzan un nuevo período en el que la sensación generalizada es que estamos ante un logro imposible de repetir, haciéndose un lugar entre las dinastías más legendarias de todos los tiempos. Ese ‘small-ball’ desenfadado y divertido, definido en la verticalidad y el ritmo endiablado, basado en el contraataque derivado de una estudiada defensa asfixiante de la línea exterior, sin un pívot claro y fundamentado en la velocidad y la efectividad de la anotación imponen un nuevo esquema que, hasta el día de hoy, ejerce su hegemonía en la mejor liga baloncestística del mundo.
Falta saber si con estos elementos, los Golden State Warriors obtendrán ya no sólo su segundo anillo consecutivo, sino el hecho de establecer un antes y un después en la NBA. De momento, su imprevisibilidad y una identidad diferenciadora del resto de franquicias están redactando un tiempo señero desde el Oracle Arena. Están escribiendo presente y el futuro de este deporte, marcando a fuego su época, su momento. Esta es la era de los Warriors. Y, como esas dos décadas de carrera de Kobe Bryant, vamos a tener el privilegio de haber vivido. Que siga el espectáculo. Y disfrutemos mientras podamos.

miércoles, 13 de abril de 2016

El paso del tiempo y Phil Collins

"Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hayamos llegado".
(Francisco de Quevedo).
La vida transcurre rauda ante nuestros ojos y el ciclo de vida impone el inexorable paso del tiempo como causa y efecto de la existencia humana. Como reflejo de ello, el fotógrafo Patrick Balls ha tomado como ejemplo a Phil Collins para, a través de la actualización fotográfica de las portadas de sus discos, evidenciar el pasado y el presente, mostrando el transcurso temporal visible en el antes y el ahora del rostro del cantante.
Algo que Camilo Jose Vergara también muestra en su proyecto ‘Trackin time’, atendiendo a la trasformación urbana en diversas ubicaciones norteamericanas como Los Angeles, Harlem, Detroit o South Bronx, donde ha ido repitiendo la misma foto en el mismo espacio tomadas en diversas décadas con el objetivo de mostrar el cambio evolutivo que también sufren las ciudades con el paso del tiempo.

martes, 5 de abril de 2016

Final NCAA 2016: "el mejor final de la Historia"

Una final de la NCAA, la liga universitaria estadounidense, es, ya de por sí, un evento que paraliza todo el país y se transforma en el foco de aquéllos amantes del baloncesto que saben que este partido es una cita ineludible. Tanto es así, que la propia NBA no tiene jornada el día que se enfrentan las dos facultades que han merecido jugar el colofón de esta ‘march madness (locura de marzo)’ cuya Final Four proclama al mejor conjunto universitario del mundo. Este año los elegidos para la gloria eran Wildcats de Villanova y los Tar Heels de Carolina del Norte.
Más allá del duelo, más allá de la pizarra o de los favoritismos y especulaciones, del impresionante primer tiempo de los Tar Heels desde el perímetro y de la poca circulación en asistencias del balón por parte de los Wildcats, más allá de la recuperación del equipo de Radnor en el segundo tiempo, confiados ante la universidad con la que Michael Jordan (que asistió en persona al evento) se proclamó campeón. Más allá de todo eso, hay que quedarse con uno de los finales más apasionantes y espectaculares que ha dado la historia no sólo del torneo, sino del baloncesto moderno. Ya se ha llamado “el mejor final de la historia”. Puede resultar exagerado, pero no es para menos.
Pongámonos en situación. Quedan 13,5 segundos y Josh Hart encesta los dos tiros libros que colocan a los de Villanova con un 74-71 que pone todo a favor para su equipo. El tiempo muerto por parte de Carolina es inmediato. Cuando salen a la pista, el desajuste parece evidente y Marcus Paige, en un alarde de valentía improvisada, decide lanzar a canasta en un rectificado imposible y anota un triple estratosférico con sólo cuatro segundos para la conclusión. La prórroga estaba servida. Los aficionados de los Tar Heels enloquecen. Michael Jordan no puede creerlo y lanza los brazos al aire.
Sin embargo, no todo estaba escrito. Ahogados por el tiempo, el base Ryan Arcidiacono, a posteriori elegido MOP (Most Outstanding Player) de la final, sube la bola sorteando a todo rival que se le pone por delante para pasar el balón a Kris Jenkins que, con un segundo para finalizar el encuentro, lanza sin oposición en un triple que desmontó de forma fulminante las esperanzas y alegría recién adquiridas por los Tar Heels. Villanova era el nuevo campeón de la NCAA y el NRG Stadium de Houston devolvía la corona a un equipo que no ganaba desde 1985, en una final donde la universidad de Georgetown plagada de estrellas cayó ante esta institución conducida por el legendario entrenador Rollie Massimo que, emocionado, asistió desde la grada a este final de infarto.
El contraste de rostros reflejaba la atroz antítesis de este tipo de finales. La épica del ganador dejaba así las lágrimas y el sufrimiento del que había perdido la final cuando unos segundos antes habían acariciado la prórroga. Roy Williams se quedó sin su tercera corona. Desde 1983, nunca una final se decidió en el último segundo, cuando los N.C. State de Jim Valvano vencieron a los Houston Cougars de Clyde Drexler y Akeem Olajuwon en una última jugada en la que Lorenzo Charles falló un triple lejano que cogió en el aire Dereck Whittenburg y la machacó hasta el fondo en el último suspiro. Aquella final es Historia del baloncesto. A partir de hoy, todos recordaremos como la sangre fría de Kris Jenkins dio la gloria a los Wildcats de Villanova en un partido memorable.