martes, 29 de marzo de 2016

Locky, el virus que encriptó una década de mi vida

Seguro que os habrán contado historias de gente que, afectados por un virus informático, han perdido determinada información valiosa, documentos de extrema valía personal o material fotográfico de un largo periplo de su vida. A estas alturas, permanecemos ajenos a estos dramas con la constante advertencia de un posible contagio que dé al traste con aquello que guardamos en nuestro ordenador o dispositivo informático. Cuando uno lo vive en primera persona no deja de lamentarse y de pensar en pluscuamperfecto con el temido “si hubiera…”, signo de que bajamos la guardia pensando que somos cautos a la hora de proteger nuestros datos y documentos.
La verdad es que nunca es suficiente la alerta en este tipo de imprevistos. Ni siquiera con varias copias de seguridad instaladas en otros discos duros externos. Hace un par de semanas un virus llamado Locky entró en el hardware de mi ordenador y en menos de quince minutos fue capaz de encriptar años de textos y archivos con una rapidez fulminante. Había cifrado guiones, artículos, ideas, bocetos, ensayos, relatos, documentos personales de gran valor sentimental… eso tan terrible que se escucha de vez en cuando, pero instalado en mis archivos. La rapidez de reacción hizo que el virus no encriptara la totalidad de todos los archivos.
¿Qué es Locky? Pues un virus que entra a través de un correo electrónico que contiene un archivo adjunto comprimido y que es, en realidad, un programa malicioso. En este caso, advertía sobre la revisión de un envío postal, algo que hace dudar debido a la actividad de compras en diversas tiendas on-line. Con un encabezado que sugería la información sobre un envío, el texto rezaba lo siguiente: “Estimado cliente. Su pedido será enviado en breve, le pedimos disculpas por los inconvenientes. Por favor, revise la factura en el archivo adjunto para comprobar que es todo correcto”. Y casi sin querer, uno cae en la trampa, máxime si se espera la llegada de alguna compra.
Con el doble click se activó un protocolo de macros que descargaron el virus bloqueador en el sistema. La empresa de seguridad estadounidense Trustwave, través de su blog Spiderlabs, ya avisaba hace poco del grado nocivo de este virus: “Se han emitido cuatro millones de mensajes de ‘spam’ con este malware en los últimos siete días. 200.000 emails en sólo una hora. Esta categoría de malware representa en su conjunto el 18% del total de spam que llega a nuestras bandejas de entrada”. Resulta, además, que este virus proviene de la misma ‘botnet’ que hace un tiempo estuvo infectando miles de sistemas con otro malware llamado Dridex o Bugat para robar dinero de las cuentas bancarias de usuarios y entidades de todo el mundo. Se trata de virus denominados ‘ransomeware’ y su poder de búsqueda es tan potente que en poco tiempo puede cifrar más de 160 tipos de archivos distintos, incluyendo discos duros, códigos fuente y bases de datos.
Bajo un código polimórfico que puede variar su funcionamiento según opera con una estructura de firmas, el virus tiene como objetivo codificar los archivos mediante un cifrado AES, lo que impide al usuario el acceso a la información guardada. Es así como Locky cambia el nombre y la extensión de todo archivo original que encuentra a su paso, sustituyéndolos por otros cifrados de cada uno de los archivos de los discos HDD o SSD pertinentes. Una vez que el virus ha hecho su trabajo, se autodestruye. El objetivo de los ‘hackers’ no es otro que secuestrar los archivos de sus víctimas para pedir un rescate por ellos. En todas las carpetas en las que el virus ha operado se instala un documento de texto con las indicaciones específicas para recuperar la información. En él se pide dinero en forma de ‘bitcoins’, una criptodivisa creada por Satoshi Nakamoto en 2009 ajena a bancos y gobiernos.
Cada una de estas monedas virtuales cuesta 372 euros (415 dólares) y los ciberdelincuentes exigen un pago indefinido de este dinero electrónico por una clave que supuestamente permite abrir y recobrar los archivos cifrados. A un usuario normal le cobran entre medio y dos ‘bitcoins’. Sin embargo, según la NBC, “al Centro Médico Presbiteriano de Hollywood, infectado por Locky el pasado febrero, los atacantes pidieron 9.000 ‘bitcoins’ por valor de 3,7 millones de dólares para desencriptar todas sus bases de datos”. Con esta forma de extorsión, los delincuentes están trazando un plan estratégico que se extiende por todo el mundo con 4.000 nuevos casos de infección por hora, llegando a los 100.000 por día.
Desagraciadamente, los afectados por Locky no podremos recuperar los archivos encriptados por el momento. Y si es que hay una futura solución, parece que no será pronto. Existen, por tanto, tres únicas opciones.
  1. La primera es ceder al chantaje y pagar los ‘bitcoins’, algo que desaconsejan rotundamente por evitar dar continuidad a estos delitos y sufragar así el desarrollo de este tipo de software. Eso, y que nadie garantiza que todos los archivos se restauren.
  2. Otra es que una empresa de recuperación de datos intenté reestablecer la información. Aunque desde Clínica de Datos ya avisan sobre la complejidad de este proceso: “al tratarse de un virus nuevo requiere algo de tiempo, siendo este virus tan agresivo que difiere del malware tradicional en que es capaz de mutar de cifrado para que se imposible acceder a ellos si no es por medio de la clave del hacker”. Sabemos que este método de recuperación también es muy elevado, aunque fiable.
  3. La última es esperar a que, pasado un largo periodo, se pueda descifrar la encriptación y poder recuperar los datos. Es recomendable, por tanto, guardar todos esos archivos con la extensión del virus aguardando una buena noticia por si acaso.
Respecto a esta última alternativa, para algunos miembros del conocido ForoSpyware, fundado por Marcelo Rivero, si Locky ha irrumpido en tu sistema “corres el riesgo de perderlos para siempre y es probable que si te ha afectado de un modo íntegro, tengas que formatear el PC y comenzar desde cero”. Sin embargo, el experto en seguridad informática Juan Carlos Castro Ortiz abre un resquicio a la esperanza asegurando que “es posible que se descifre el patrón de firmas que usan para encriptar y desencriptar, por lo que a medio-largo plazo se pueda recuperar la información”.
La mayoría de software de seguridad de hoy en día no puede proteger en su totalidad los sistemas informáticos de este tipo de virus ‘ransomeware’. Hay que andarse con mucho ojo. Por cierto, los que defendían la idea de que los ordenadores Mac y su gama Apple eran infranqueables a este tipo de virus, deben saber que el destructivo Locky ha logrado transgredir ese férreo muro, como lo ha hecho con Windows, OS X o Linux. “En España (señala Castro Ortiz) no existe una campaña activa de Locky por el momento. En Francia, por ejemplo, ha sido distribuido haciéndose pasar por un correo que incluía una supuesta factura adjunta de uno de los principales operadores de telefonía de internet. Esto sí es una campaña de distribución activa que multiplica el número de infectados de forma increíble”. También señala que “de momento, el número de infecciones es "bajo" y "tolerable", teniendo en cuenta que el número de contagios es escaso debido a la taxonomía del correo, que se encuentra en inglés y bajo un remitente no familiar de la víctima”.
Pero ojo a esto último. En mi caso el texto estaba en castellano, por lo que el temor que suscita este ‘ransomware’ de que en nuestro país se difunda bajo el nombre del algún operador de telefonía, agencia de mensajería y logística o multinacional de gran calado popular no es tan descabellado.
Finalmente a uno no le queda más remedio que asumir el error de abrir el e-mail y aprender una dolorosa lección que a buen seguro no volverá a suceder. No se trata de asustar a nadie, sino de crear una conciencia colectiva sobre los riesgos de este tipo de ataques informáticos. La semana pasada fui yo, pero mañana podríais ser cualquiera de vosotros. La opción más segura y eficaz de cara a este problema sigue siendo no descargar ningún archivo adjunto sin haberlo escaneado con un buen antivirus, evitar enlaces extraños y, sobre todo, no abrir correos de desconocidos. Tampoco estaría de más habilitar la funcionalidad de control de cambios de Microsoft Office y deshabilitar los macros de forma predeterminada. Con ello, sólo espero que mi pérdida de diez años de textos sirva de aviso a otros que estén a tiempo de salvaguardar sus archivos y documentos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Review 'Spotlight (Spotlight)', de Tom McCarthy

El Demonio sin rostro
‘Spotlight’ escarba, a través de testimonios de víctimas de abusos sexuales, en el suceso destapado por The Boston Globe a principios de siglo que sacó a la luz cientos casos por parte de clérigos que extendió su gravedad a un patrón global solapado por la alta cúpula de la jerarquía católica.
A estas alturas, el conocimiento de miles de escándalos de pederastia en el seno de la iglesia rebela el enquistado y propagado padecimiento en las entrañas de esta milenaria institución con millones de adeptos. Según los versículos 19:14 del capítulo de Mateo en la Biblia, Jesucristo exhortaba aquello de “dejad a los niños se acerque a mí y no les impidáis que vengan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos”. Una monserga malentendida que ha servido para que el abuso sexual por parte de la cohorte sacerdotal se haya saldado con miles de mártires que han caído en la redes de un patrón global solapado por la más alta cúpula de la jerarquía católica.
El Vaticano, escudado en la argucia de encubrimiento que se extiende a múltiples y diversos niveles, sigue esgrimiendo hoy en día que los obispos no deben ser obligados a denunciar el maltrato a menores, dejando en mano de las víctimas o sus familiares la decisión de requerir medidas policiales y jurídicas al respecto. Mientras tanto, dentro de esta oscura red piramidal se dedican a seguir amedrentando a sus fieles bajo las consignas de un dogma amenazador que ha conseguido construir una coraza chantajista con los casos de pederastia de la Iglesia.
‘Spotlight’, reciente ganadora del Oscar a la mejor película de 2015, recoge el valiente testigo de cineastas como Amy Berg, directora nominada en 2006 por su documental ‘Líbranos del Mal’, que narraba el escalofriante caso de Oliver O'Grady, un párroco que sodomizó a cientos de niños mientras se escondió sin éxito en la defensa de los altos mando de la iglesia americana o ‘An Open Secret’, que no abandona la temática para sumergirse en otro terrorífico acontecimiento como son los abusos sexuales cometidos en los castings de Hollywood por reconocidos profesionales del medio. Tom McCarthy, junto al guionista Josh Singer, adaptan a la gran pantalla un hecho real acaecido entre 1999 y 2002, cuando el equipo de investigación periodístico del diario The Boston Globe llamado Spotlight destapó el escándalo enmascarado de abusos a menores en la archidiócesis de la ciudad, que trató de ocultar la información llegando a un acuerdo extrajudicial con las víctimas para silenciar sus acusaciones.
Con la llegada en 2001 de Marty Baron, el nuevo editor del periódico, se recuperó la investigación que sacó a la luz la sistemática iniquidad de eclesiásticos pederastas a través de 600 casos de abusos, topándose con la negación por parte de las altas esferas políticas y sobre todo católicas dentro de los círculos más selectos de Massachusetts. Finalmente, The Boston Globe consiguió que 249 sacerdotes fueran llevados a juicio por graves delitos sexuales, a pesar de que la red católica silenció muchos de ellos.
Sobre un tema tan espinoso, ‘Spotlight’ ejemplifica una estructura que se ciñe a la línea de investigación del equipo periodístico a través de testimonios de víctimas que esgrimen sus recuerdos de una inocencia arrebatada, sin deleitarse en el dolor o traicionar la verdad en su traslación cinematográfica. Dentro de las pesquisas de los reporteros, se evidencia el duro trabajo no sólo por la resistencia de la Iglesia y sus aliados en los tribunales, la justicia y el gobierno, sino también porque muchos de los violados por curas y sacerdotes se mostraron reacios a revivir aquel denigrante capítulo de sus vidas.
La cinta de McCarthy acerca al espectador a ese trabajo de campo de unos miembros del equipo obstinados en escarbar en un lodazal de oscuras confesiones mediante traumas psicológicos con el fin concreto de garantizar los derechos civiles de información y libertad de expresión. Si hay algo que subraya la voluntad de verismo del filme es que nada se sale de la pauta del realismo que persigue en todo momento. Aquí nadie subestima el valor de una pregunta directa por decreto del guión, sin evasiones de la autenticidad del tenebroso fondo que se denuncia. Los periodistas son humildes trabajadores de la información que se dejan la piel y parte de su vida por cambiar el mundo en busca de reflejar lo que sucede más allá de las apariencias y la falsa legalidad.
McCarthy y Singer, lejos de cualquier tipo de idealización o heroísmo, enfrentan al público a un demonio sin rostro, a un enemigo encubierto que permanece en todo instante en la sombra, sin ninguna representación acusatoria de los altos estamentos católicos más allá de un sacerdote que evidencia la cobardía y el mutismo cómplice de sus acólitos. La personificación del mal, en este caso, es sutilizado como un escorpión venenoso escondido y seguro en la penumbra, esperando picar e infectar a crédulos infantes que verán rota su vida mientras otros devotos católicos giran la espalda y prefieren negar la evidencia, los mismos que imploran compromiso y fe eclesiástica y rezan cada noche por sus intereses. ‘Spotlight’ no es abrasiva e hipócrita con un tema tan delicado. Cuando se destapa el asunto, el Globe recibe del departamento de comunicación de la diócesis de Boston una respuesta que evidencia esa cortina de humo que esconde los pecados y rehúsa cualquier refutación: "No tenemos ningún comentario al respecto".
En consecuencia, se deja entrever hasta qué punto la iglesia es más impenetrable que otros cenáculos como el gobierno federal o influyentes ‘lobbies’. Su poder va más allá, debido a que la insularidad y trascendencia en la sociedad responde a cuestionamientos morales implantados en lo sobrenatural de la Biblia. Cuando Sacha Pfeiffer, una de los componentes de Spotlight le pregunta a una víctima por qué dejó que el cura abusara de él con su consentimiento, su respuesta no deja lugar a dudas: “¿Cómo se le puede decir "no" a Dios?”. Todo el entramado bostoniano del momento va desvelando cómo una cantidad ingente de sacerdotes y curas se aprovecharon de niños procedentes de hogares con carencias económicas y familias fragmentadas, sin obviar cómo el periódico no fue capaz de publicar tal ponzoñoso y patógeno universo hasta que no consiguió la justificación acerca del conocimiento de la jerarquía de la iglesia sobre la magnitud de los hechos y su ocultación.
El periodismo como requisito de libertad para cualquier sociedad
En todo el entramado inculpador, McCarthy nunca cae en el sensacionalismo o un discurso maniqueo sobre una realidad que emerge como un cadáver en un río a medida que las piezas van encajando como un complejo puzzle a modo de tela de araña que enfrenta al equipo de investigación a abogados representantes de decenas de víctimas silenciados por órdenes judiciales de confidencialidad o a otros bien distintos que callan por orden expresa de sus protegidos presbíteros. ‘Spotlight’ se limita a adaptar unos hechos reales fundamentados y contrastados, con intersticios silenciosos que equilibran la intensidad y el impacto emocional que proviene no tanto de ninguna imagen gráfica, sino de la narración oral de las víctimas, sin tener que recurrir a ‘flashbacks’ demonizadores ni a recursos visuales escabrosos más allá de los rostros impotentes e indignados de esos hombres y mujeres que fueron despojados violentamente de su infancia y que viven en el silencio y la renuncia sometidos a una tortura de por vida.
En el aspecto atmosférico, McCarthy y su director de fotografía Masanobu Takayanagi, aportan un sentido de clásico de la complejidad y del tempo fílmico, sin adornarse con malabarismos ni estéticos ni coreografías innecesarias en un cine frontal cuya fotografía afila su visualidad escudada en tono monocromático que persigue la cotidianidad y el naturalismo de lo que se cuenta. Con ello, ‘Spotlight’ aprovecha a la perfección ese estupendo catálogo de protagonistas intercambiables, en el que cada reportero sigue la pista de diferentes derivaciones de un laberinto enmarañado y cruel, sin ahondar en sus conflictos ajenos a la investigación más allá de alguna sutil pincelada de su vida privada.
De este modo, los preceptos de esta película adeudan un compromiso con el ‘thriller político’ de los años 70, sobre todo con ese sentido corrosivo de la inmediatez por mostrar la labor y frustración humana involucrada en la producción de un periodismo veraz, como el de Alan J. Pakula en la referente ‘Todos los hombres del presidente’, pero también cercana a cintas tan distintas como ‘Yo creo en ti’, de Henry Hathaway o ‘Veredicto final’, de Sidney Lumet. ‘Spotlight’ es, además, una obra de brillantez interpretativa al servicio de la historia, en la que McCarthy confía en sus actores todo el potencial dramático que logra un culmen colectivo donde todo su elenco brilla con intensidad; desde Michael Keaton a Mark Ruffalo, Rachel McAdams, John Slattery, Stanley Tucci o Liev Schreiber. Todos están sensacionales y a un nivel superlativo.
No se trata de desacreditar o cuestionar la fe o las creencias arraigadas al folclore fanático instauradas en el conservadurismo más retrógrado, sino de evidenciar la necesidad de hacer valer la libertad y protección de la infancia sin necesidad de temer a una doctrina esgrimida en valores que esconden los intereses de una institución parasitaria que fundamenta su grandeza enarbolada en una economía institucional tan poderosa como irreductible. ‘Spotlight’, en ese sentido, deja ver cómo la lealtad y sometimiento instituyen pactos inescrutables que impiden que los grandes poderes puedan ser derruidos por parte de cualquier jurisprudencia.
Más allá de las críticas y negaciones de las evidencias que han movido a contar esta historia, se trata de una radiografía reveladora que ampara el cuarto poder y la primera enmienda para lanzar un aviso sobre los medios de comunicación y el periodismo de investigación, que no deben ser un lujo, sino una necesidad para todas las sociedades. Por mucho avance tecnológico y multiplicación de voces subjetivas, no debe perderse ese ‘stablishment’ mediático que continúe en su lucha hurgando de forma profesional en la verdad dentro de ese nuevo modelo de comunicación más plural y disperso. Y más, en estos tiempos de “leyes mordazas” empeñadas en vulnerar la libertad de expresión y restringir gravemente derechos fundamentales y principios jurídicos.
Por mucho que la cara amable y artificiosa de la Iglesia imponga con su aceptación la temática y denuncia de la película a través de comunicados para intentar lavar la imagen de pedofilia con una intención de cambio para erradicar los abusos sexuales, ‘Spotlight’ deja una vía de advertencia con una inacabable lista final de delitos semejantes en multitud de países de todo el mundo en los que se exenta de la ley bajo la excusa de ser hombres de Dios. Con esa negligencia, gente como cardenal Bernard Law, uno de los principales acusados de encubrir a cientos de pederastas en Boston, fue enviado clandestinamente a Roma, donde reside con todos los lujos bajo la férrea protección de las altas esferas de la Santa Sede. Peter Saunders, miembro de la comisión vaticana contra la pederastia, señalaba a tenor de casos como este la pasividad del pontífice Jorge Mario Bergoglio, contradiciendo su apócrifa proclamación al decir que “Dios llora por los abusos sexuales de los niños”. Seguramente sea cierto. Al igual que a buen seguro también llora cuando se mira el exorbitado presupuesto operativo del Vaticano, sus beneficios fiscales, ayudas subvencionadas y exención de impuestos en la casi totalidad del mundo católico que opera con libertad bajo los límites de la ley.
McCarthy ha conseguido poner sobre la mesa esa cultura de la ‘omertà’ de la mafia dentro del catolicismo, un estamento que bien podría representar a la Iglesia que protege a individuos que expresan, escudados en una creencia, su confusión al diferenciar entre la actividad sexual consensuada entre adultos y el abuso infantil de niños desprotegidos. Es otro de los graves males del sistema, que seguirá dejando que diáconos y clérigos marquen con su ignominia a pequeños inocentes que podrían ser cualquiera de nuestros hijos y que nunca tendrán una vida normal por esta causa. Y por mucho que se quiera, esta lacra inhumana del catolicismo institucional nunca podrá ser redimida. Llegados a este punto, es donde la denuncia de esta magnífica película es tan sólida e irrebatible como implacable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2016