sábado, 4 de junio de 2016

Muhammad Ali: se ha ido “el más grande”

(1942-2016)
“Soy tan rápido que anoche antes de acostarme apagué la luz y me metí en la cama antes de que la habitación estuviera a oscuras”.
Más allá de la figura deportiva, del hombre… Cassius Marcellus Clay Jr. pasará a la historia como una leyenda, como uno de esos inextinguibles mitos con un eminente hueco dentro de las páginas de la Historia. Todo porque Clay, al que todos hemos conocido como Muhammad Ali fue mucho más que un boxeador y que el mejor campeón que ha conocido el universo del boxeo. Dentro y fuera del ring el aurea de revolucionario que forjó su destacada figura siempre estuvo presente desde que en 1960 ganara la medalla de oro en los JJ.OO. de Roma con una sucesión de victorias por K.O. que hasta ese momento habían pasado desapercibidas. Su carisma le llevó a ser una de las personalidades más destacadas en el ámbito sociocultural de una época en la que Clay dictaba las reglas con una gloria ganada puñetazo a puñetazo, pero también con una retórica y filosofía que, bajo el estigma de líder mediático, logró persuadir a las masas con su obstinado ímpetu por defender la igualdad racial en lucha contra el régimen político adocenado y pétreo contra alzamientos de voz como la de este insurrecto campeón.
Su estilo seguía los preceptos de Sugar Ray Robinson y de su célebre “libra por libra”, con un movimiento en el cuadrilátero basado con rápidos movimientos que buscaban la victoria por la vía rápida, definida en una marca ofensiva tan potente como su ‘jab’ y directo con la derecha. Así fue escribiendo su hazaña histórica frente a Patterson, Cooper, Liston, Frazier o Foreman. Hablar de Muhammad Ali va más allá del cuadrilátero, ya que siempre que mencionemos su nombre, sin quererlo, estamos hablando de un hombre transformado en deidad a golpe de “rope a drope” y que, según sus palabras, logró sacudir al mundo. Un adalid de ese bofetón de verdades y coherencias que defendió durante su vida desde su privilegiada posición de héroe mundial gracias a un físico portentoso. Fue campeón del mundo de los pesados con sólo 22 años, en febrero de 1964, en un combate en el que Sonny Liston tiró la toalla. Fue cuando, vinculado a la ideología rebelde y radical de Malcolm X, Cassius Clay dejó de llamarse por su nombre para, abrazando la Nación del Islam, pasar a ser Muhammad Ali.
Y ahí arrancó su hazaña vital y contestataria contra las injusticias del sistema; se negó a ir a la Guerra de Vietnam, insubordinación por la que pasó cinco años inhabilitado, perdiendo su título y cinturón de campeón. Sin embargo, regresó con una única idea: “flotar como una mariposa y picar como una avispa” y recuperó su cetro en 1974 en Kinshasa, Zaire, respaldado con ese céfiro de defensor de los derechos raciales, protector de la coherencia humanista con frases y apotegmas que legitimaron su condición de provocador. Contra un George Foreman que había ganado, nada más y nada menos, que cuarenta combates consecutivos, protagonizó el histórico ‘Rumble in the Jungle’ celebrado el 30 de octubre de 1974 en Zaire, se elevó a los altares del pugilismo mundial con aquel ‘knockout’ en el octavo round que le llevó a ser una leyenda bajo el grito de “bumaye”. Suponía su tercer título de los pesos pesados y a su vez la consecución de un glorioso imperio que sólo tendría otro objetivo deportivo: derrotar con su vigencia de campeón a Joe Frazier, con el que protagonizó una larga y polémica dialéctica fuera de los rings.
Desde aquel instante, aquellas fuerzas de la naturaleza se reunieron en el no menos trascendental ‘Thrilla in Manila’ de Filipinas en 1975. Fue el primer evento retransmitido en versión de pago por la HBO y supuso un cruento espectáculo de golpes, asfixia y calor que dejó como ganador a un Ali que, sin saberse vencedor de la pelea, cayó al suelo fulminado como su rival. Épica deportiva en estado puro. Contra todo pronóstico, Ali elogió a su contrincante de una forma inusitada y pidió perdón públicamente por la arrogancia verbal con la que había tratado a Frazier durante años (le llamaba “Magilla, el gorila”). Después de aquello, perdió su reinado ante Leo Spinks en Las Vegas. Pero como en las grandes gestas de superación, lo volvió a recuperar contra el mismo rival en un recordado combate en Nueva Orleans, aunque no recibió el título porque Ali anunció su retirada.
Ahí zanjaba su proeza dentro del cuadrilátero: 61 combates disputados, 56 victorias (37 por KO) y sólo 5 derrotas. Sólo tres años después fue diagnosticado con la enfermedad de Parkinson, que nunca desvirtuó al genio del ring, si no que le erigió como una figura pública en constante demostración de un espíritu de lucha y superación humana extraordinarios. El boxeador fue siempre un icono que desafío los límites, que se encumbró con su controvertida arrogancia para abandonar ese estatus de altanero dómine cuando su figura continuó haciéndose grande, después de abandonar el deporte y subrayar su grandeza de epopeya transmutando su nombre en inmortal.
Muhammad Ali quedará en nuestras retinas como el mejor boxeador de todos los tiempos, contrastada su efigie casi superheróica con aquel hombre domesticado y enfermo que encendió la llama Olímpica en los Juegos de Atlanta de 1996, el mismo que fue nombrado por la ONU mensajero de la paz al iniciarse en nuevo milenio y que fue condecorado con la Medalla Presidencial a la Libertad. Más allá de eso, Ali será recordado como el más grande y por ser uno de los contribuyentes de que el deporte contemporáneo haya alcanzado diversas cotas de grandeza. Se ha ido EL MEJOR, EL MÁS GRANDE.