domingo, 7 de febrero de 2016

XXX Premios Goya: La noche de ‘Truman’ y otra gala para el olvido

Ya en la anterior edición Dani Rovira, cómico de moda gracias a los taquillazos de ‘Ocho apellidos vascos’ y secuela, insistió a la platea en la celeridad de sus discursos de agradecimiento. Es una petición lógica en este tipo de saraos dada la duración de los mismos. También el año pasado él, que ganó el Goya al mejor actor revelación, se extendió mucho más que muchos compañeros de profesión a la hora de agradecer su premio, cuando instantes antes había metido prisa al personal con un ocurrente discurso para retribuir el esfuerzo colectivo y apoyos familiares en menos de treinta segundos.
Lo que ya no es de recibo es la parcialidad en el tiempo de corte aplicado a los premiados cuando sus monólogos (de discutible efectividad) fueron lo más dilatado de la noche. Fueron muchos los que se quedaron sin poder ni siquiera dar las gracias y, por si fuera poco, también se dictaminó esta norma de la cisura verbal a Natalia de Molina, ganadora a la mejor actriz principal. Muchas veces, en estas entregas el dinamismo se confunde con la falta de respeto a la familia del cine. Y anoche, se hizo una injusta demostración de esta norma hasta cierto punto comprensible.
No obstante, el evento se extendió hasta las más de tres horas, en un desarrollo arrítmico y con altibajos que persevera en la errónea obstinación de comenzar la fiesta del Cine Español con un número musical. Año tras año, la gala de los Goya no encuentra un signo propio y repite un patrón al estilo Broadway más desacertado que otra cosa. Eliminar los números musicales de las canciones nominadas en función de este tipo de entrada no ayuda ni al formato ni a la narrativa televisiva buscada. Por si fuera poco, este año, se han incluido un par de números de magia a cargo del ilusionista Jorge Blass, que resultaron tan descafeinados y fuera de lugar como poco vistosos.
Con una escenografía que no invita a lo espectacular ni a jugar con la variación de elementos visuales, Rovira tuvo sus momentos divertidos, sobre todo interactuando con los actores en el patio de butacas, pero excediendo el tempo de sus monólogos, dejando algunos momentos sonrojantes como ese ‘running gag’ acerca de lo bien que se come en su Málaga natal dirigido a los intérpretes foráneos ganadores de un Oscar Tim Robbins y Juliette Binoche. Un efecto ‘Bienvenido Mr. Marshall’ en toda regla. Lo que parece que funciona siguen siendo las siempre eficaces puyas a los políticos presentes, a lo que no fue ajeno el ministro de cultura en funciones Iñigo Méndez de Vigo, que se vio lisonjeado y alabado por su supuesto currículo ante la estupefacción del personal y el regodeo del representante del Partido Popular. Una muesca lamentable y servil. El resultado final dejó un poso de ostracismo autocomplaciente que deja a un lado el humor y el espectáculo para convertir la velada en una entrega de galardones funcional y aséptica.
La gala comenzó con un fallo de sonido que dejó en evidencia la logística del acontecimiento, aunque Rovira supo salir airoso del trance y proseguir como si nada hubiese sucedido. Pablo Alborán, esa estrella de la canción soporífera, recibió el primer Goya a su primera colaboración cinematográfica con ‘Palmeras en la Nieve’, agradeciendo a “sus seguidores y su fans”, junto a Lucas Vidal, el joven compositor que repetiría instantes después premio a la mejor banda sonora por ‘Nadie quiere la noche’. El premio al mejor actor revelación dejó una de las imágenes más virales de la noche que encendió los memes y los chistes en las redes sociales: la de un muy conmovido Daniel Guzmán al borde de las lágrimas al ver cómo el debutante Miguel Herrán recogía su cabezón con un emotivo discurso. La cinta de Isabel Coixet, que a priori no entraba como una de las ganadoras, empezó a cosechar estatuillas (banda sonora, maquillaje y peluquería y más tarde dirección de producción y vestuario). En el lado opuesto, ‘La Novia’, con doce candidaturas, comenzaba su palmarés con el premio a la mejor fotografía para Miguel Ángel Amoedo y se tuvo conformar con un sólo Goya más, el de la veterana Luisa Gavasa a mejor actriz de reparto.
Entre números de magia y algo de sosería con algún apunte de brillantez de la verborrea del anfitrión, la cadencia de los Goya encontró dos momentos a destacar; la aparición de Antonio Resines, que hizo de contrapunto a todos los presidentes que ha desfilado con su discurso de fondo (siempre con la piratería y desde hace un par de años con el IVA cultural) teñido de algo de desparpajo y humor que en su recta final cayó en un cariz plañidero que restó fuerza la reivindicación en beneficio de la industria del cine patrio. De hecho, en los aledaños, Tim Robbins, siempre un beligerante contra la política hipócrita, había dejado una frase rotunda contra el tratamiento del cine por parte del último partido gobernante: “sé que los españoles lucháis contra las fuerzas del mal. Conocemos su cara y cómo combatirlas”. Un buen ejemplo de cómo atizar con palabras más allá de lo políticamente correcto.
Pero si hubo un momento a recordar fue la entrega del Goya Honorífico al gran Mariano Ozores de manos de sus sobrinas Adriana y Emma. Un director emocionado que no olvidó agradecer su éxito a una lista de intérpretes trascendentales para nuestra cinematografía y sobre todo a ese público que hizo de sus películas auténticos fenómenos de taquillas. Con noventa y una películas a sus espaldas, el cineasta ha sido durante años infravalorado y vilipendiado por la nueva crítica y varias generaciones que no han sabido reconocer la valía de un artesano de la comedia que elaboró una filmografía al servicio de la demanda del público, creando un género propio que identificó y relacionó el humor y la sátira a un sentido vital de narrar historias y reflejo de la España de la época. Un Goya merecido que la platea le devolvió con una sonora ovación y dejó la imagen del respeto con todos los asistentes de pie en un largo aplauso. Ozores se merece esto y mucho más, porque es uno de los grandes de nuestro cine.
Antes, Javier Cámara abría con el correspondiente al mejor actor de reparto la lista de premios que irían a parar a la gran triunfadora de la noche, ‘Truman’, una colosal obra con un inconfundible estilo a la hora de profundizar en los miedos y las bondades del alma humana. También el Goya a la mejor película extranjera fue a parar a la francesa ‘Mustang’ de Deniz Gamze Ergüven, cinta que no se ha estrenado en salas, lo que pone en entredicho las bases de la Academia a la hora de premiar un filme internacional. Por el contrario, ‘El Clan’, de Pablo Trapero se hacía con todos los honores y reconocimiento con el de mejor película iberoamericana. ‘Anacleto’ y ‘El desconocido’ no se iban de vacío y lograban sendos Goya a los mejores efectos especiales y mejor sonido (ésta además el de montaje), respectivamente.
La noche se estaba alargando y entraron las prisas, cortando de raíz los agradecimientos de los departamentos con más de una persona deseando dar las gracias, haciéndose evidente en el Goya al mejor corto documental ‘Hijos de la Tierra’, de Axel O’Mill Tubau, Patxi Uriz Domezáin o entre otros la de mejor diseño de vestuario (‘Nadie quiere la noche’) . El primero se quedó sin decir nada, mirando absorto cómo la retahíla sin sentido del segundo, que consumió el tiempo del discurso. Sería la tónica a partir de ese momento de la noche. Joan Manuel Serrat cantó ‘Los fantasmas del Roxy’ e Irene Escolar hizo buenos los pronósticos al llevarse el de mejor actriz revelación por ‘Un otoño en Belín’.
Tras uno de los momentos álgidos de la presentación de Rovira, al protagonizar un dueto musical junto a Berto Romero adaptando una canción de Mecano con ‘Nariz contra nariz’, la recta final tuvo como protagonistas al equipo de Gay y su magnífica ‘Truman’. Después de que ‘Atrapa la bandera’, de Enrique Gato (mejor película de animación) o Fernando León de Aranoa sumara un premio más a su colección de Goyas (mejor guión adaptado con ‘Un día perfecto’), Cesc Gay y Tomàs Aragay recogieron el galardón al mejor guión original.
Natalia de Molina cerró la diversidad con el Goya a la mejor actriz principal en un discurso de nuevo cercenado por las prisas. También es cierto que tras esta inesperada interrupción, Ricardo Darín improvisó con cordura y elegancia en un discurso como ganador al mejor actor principal en los límites del tiempo determinado por ese guión inconexo y baldío. Volvería a subir de nuevo Cesc Gay, dos veces. Una como director, agradeciendo el talento de sus compañeros y competidores y otra, con todo el equipo arropando a su productora Marta Esteban, como la mejor película española de 2015. Respecto al reparto de premios, nada que objetar. ‘Truman’ acabó siendo la gran triunfadora de la gala con cinco goyas (película, dirección, actor protagonista y de reparto y guion original. Seguida de ‘Nadie quiere la noche’, de Isabel Coixet, con cuatro (música original, maquillaje, dirección de producción y diseño de vestuario) y dejó el sinsabor a Paula Ortiz y su equipo de ‘La novia’, que partía con doce nominaciones y se llevó dos Goya pasando a ser la gran “derrotada” de esta edición para olvidar.
Hasta que no se dé con un sentido propio del espectáculo ajustado a nuestro cine, rompiendo corsés convencionalistas y remedos extranjeros y se asuma la grandeza del talento hacia una voz propia, los Goya están destinados a reiterar errores. Falta un poco más de improvisación, de humor, de energía, de guión libre para ofrecer lo que algún día, esperemos, suceda: la cristalización de una gala que satisfaga y sorprenda a partes iguales. De momento, se eterniza en ese “quiero y no puedo” aparte del palmarés y la gran cosecha del cine español que se viene dando desde hace décadas, por mucho que se consiguiera un 25,8% de ‘share’ en audiencia.
LO MEJOR
- El reconocimiento a Mariano Ozores, que durante años ha sido ultrajado por un cine que llenó salas y respondía a la demanda del público convirtiendo cada comedia en un taquillazo.
- Ricardo Darín, un actorazo tan elegante como vibrante en todas las facetas de la profesión.
- Lo bien que agradece los premios Cesc Gay, un maestro a la hora de alabar el trabajo colectivo y reivindicar el trabajo de grupo e individual de forma enérgica y fugaz. Todo un ejemplo.
- Algunos chistes y dardos de Rovira, en especial los relacionados con Lola Flores y el ‘crowdfunding’, el paso de esos treinta años de ceremonia, pero sobre todo la frase relacionada con el IVA cultural del PP: “Si no bajan el IVA de un yate, a mí me da igual porque no tengo yate. Pues lo mismo le pasa a Montoro con la cultura”.
- Inma Cuesta, sencilla y bella, reconociendo de entrada que si no ganaba ya habría más oportunidades, admitiendo y reconociendo el talento de sus compañeras nominadas. Finalmente ganó De Molina.
- La elegancia de la veterana Luisa Gavasa, que también dio una lección de glamour en los premios Feroz.
- La asistencia de Tim Robbins, Juliette Binoche, Javier Bardem o Penélope Cruz entre otros, que se acercaron al Hotel Marriott Auditorium de Madrid para darle lustre a esta trigésima celebración de los Premios. Otra cosa es si valió la pena.
- Que este año no hubiera actuaciones musicales a cargo de Miguel Poveda y Alex O'Dogherty.
- Antonia Guzmán, abuela de Daniel Guzmán, nominada como mejor actriz revelación por ‘A cambio de nada’ reveló que iba vestida por ella misma y su hija “que se han dedicado toda la vida a la costura”. Grande.
- Úrsula Corberó.
LO PEOR
- La rectitud de los presentadores, ajustándose a un guión encorsetado a la hora de nombrar a los nominados y entregar el premio.
- Un guión que dejó la sensación de dilatación innecesaria en los monólogos del anfitrión, muchas veces sin ritmo, con algunos chistes que no funcionaron.
- El poco partido que le sacaron a la celebración de las tres décadas que cumplían los premios. Otro de los ejemplos y culmen de la insipidez y desgana del montaje del show.
- Los números de magia. Con todo el respeto y admiración hacia Jorge Blass.
- Ese insospechado homenaje al maestro Luis Buñuel con los tambores de Calanda, posiblemente para despertar del letargo provocado por la gala a asistentes y espectadores.
- La polémica que se ha generado en torno al ninguneo en la alfombra roja a los guionistas, principales valedores del cine y que explica muy bien Ángela Armero, Presidenta del Sindicato ALMA.
- Que el Goya Honorífico a Marino Ozores no viniera de manos de Andrés Pajares y Fernando Esteso
- Los políticos, independientemente del partido al que corresponden, que asistieron a la gala y se hicieron protagonistas de una noche que no les pertenecía. Pdr Snchz, Albert Rivera, Pablo Iglesias, Íñigo Méndez de Vigo, Manuela Carmena; Cristina Cifuentes, Alberto Garzón y Patxi López no sobraban, pero sí el excesivo caso mediático que se les hizo.
- La sonrisa de plástico de Isabel Presyler, orgullosa de su flamante maromo Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura y presentador de los premios de guión.
- Yolanda Ramos, presentando el premio a maquillaje y peluquería, cuando precisamente era algo que deberían haber cuidado un poco más a la hora de salir al escenario.
- El peinado de Victoria Abril, rozando lo estrambótico y lo ridículo. A la fiesta de lo barroco, se unió el atuendo medieval de Óscar Jaenada.
- La selección y edición de las fotos del ‘Inmemorian’ fue nefasta, cutre y casi un agravio a los profesionales que se fueron para siempre en este curso cinematográfico.
- Planos que no estaban a foco en muchos momentos de la (siempre) estupenda realización por parte del equipo de RTVE.
- La falta de ‘sketchs’, de vídeos de humor, de buen rollo. Algo que se viene repitiendo desde hace algunos años.
- Que Resines no cantara un rap.
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