jueves, 11 de febrero de 2016

Review 'Los odiosos ocho (The Hateful Eight)', de Quentin Tarantino

Los espectros de un pasado inextinguible
La octava película de Tarantino sigue perteneciendo a un cine estamental e identificativo basado en la referencia y nueva desmitificación del ‘western’ clásico, pero a la vez acercándose a un prisma mucho más personal que acaba rompiendo las barreras que imponen la modernidad y los perfiles genéricos de su anterior obra.
El comienzo de ‘Los odiosos 8’ impone algunas diferencias que traicionan, en cierta manera, esa reiteración a la que se le insinúa a Quentin Tarantino en sus películas. Una figura estatuaria de Jesucristo clavado en la cruz bajo las notas de la primera partitura original para uno de sus filmes, compuesto, como no podía ser de otro modo, por Ennio Morricone, simboliza esa pétrea efigie de un impasible Dios que será testigo inmóvil de un infierno sanguinolento en medio de la nada. Los créditos dejan ver cómo una diligencia se acerca lentamente por un gélido paraje que avecina una fábula de roles abandonados a una suerte incierta en medio de una ventisca de nieve.
Tarantino no pretende con ello ni mucho menos abandonar los aspectos más determinantes del multigénero (o al menos impregnarlos de una personalidad irrefutable), pero sí incide en la reinvención de su pasión cinéfila desde la formulación más precisa de las fuentes inspirativas hacia un prisma mucho más personal que acabe rompiendo las barreras que imponen la modernidad y los perfiles genéricos en la difusión de mixturas que no sean las impuestas por el propio cineasta. De este modo, la audacia blasfema con la postmodernidad que se le achaca ya no es tanto una revolución cinéfila de un imaginario cinematográfico referencial y reverencial, sino de un cine más personal afincado en los límites de la autoría.
Tarantino va más allá en esa sublimación de los clásicos, en la que la intertextualidad genérica se orquesta a través de la filmación en Ultra Panavision 70 mm., un formato de ratio de 2,76: 1 utilizado en los años 50 y popularizado en la década de los 60 y que aquí es utilizado como un arma innovadora procedente de otra metodología de representación propia de otro tiempo, lo que potencia el poder mediador de la imagen dentro del proceso de construcción de un sentido fílmico de este ‘(anti)western’ narrado con la acostumbrada disposición de capítulos dentro de la carrera de Tarantino.
En ‘Los odiosos 8’ pertenece por disposición en el espacio y el tiempo al género por antonomasia del cine americano, pero estipulado como un juego de metamorfosis conceptual donde conviven varios subgéneros, adoptando motivos narrativos y visuales a los que revertir para su traviesa visión de proponer una película diferente en su nueva (des)mitificación del ‘western’ clásico, cuyas raíces germinan en el ‘Río Bravo’ de Howard Hawks hasta hacer una estela de referencias inacabables que evoca a Budd Boetticher, Nicholas Ray, Anthony Mann o a referentes más contemporáneos como Sam Peckinpah y, sobre todo, John Carpenter o Sergio Corbucci, de los que resucita el espíritu medular de ‘La Cosa’ o ‘El Gran Silencio’, respectivamente.
Filmada parcialmente alrededor de Telluride (cerca de Wyoming), el octavo filme de Tarantino se ubica “seis, ocho o doce años después de la Guerra Civil”, lo que dota de una ambigüedad al tiempo concreto, dentro de un estado conservador anclado en idealismos pretéritos que concreta a la perfección ese trasfondo de suciedad ética que envuelve el posterior tejido argumental. La diligencia del silente prólogo transporta a un cazarrecompensas llamado John Ruth al que apodan ‘La Horca’ (Kurt Russell), que escolta por el entumecido itinerario a una fugitiva llamada Daisy Domerque (Jennifer Jason Leigh) para entregarla a la justicia en dirección al pueblo de Red Rock. En su camino, dará con un ex soldado afroamericano de la Unión también reconvertido en cazarrecompensas, Marquis Warren (Samuel L. Jackson) y más tarde con Chris Mannix (Walton Goggins), un paleto sureño que asegura ser el sheriff de la población a la que se dirigen. Una tormenta de nieve les obliga a parar en la mercería del Minnie, un albergue para caravanas en la que se encuentran alojados Bob (Demian Bichir), un encargado provisional mexicano, el verdugo Oswaldo Mobray (Tim Roth), un viejo cowboy llamado Joe Gage (Michael Madsen) y un silencioso general confederado Sanford Smithers (Bruce Dern).
‘Los odiosos 8’ no volverá a salir al exterior exceptuando en un par de flashbacks que obligan a un ‘drawing-room mystery’ o juego de salón y cantina para ir entrelazando un pequeño cluedo de confrontaciones en una historia inflexible que se concentra en un único espacio donde los estándares de su cine afloran con mayor pujanza. No es nuevo en el último cine de Tarantino. Hay dos antecedentes que marcan ese ejercicio fílmico que eclosiona aquí con todo el sentido cinematográfico de un único espacio; en ‘Malditos bastardos’ se ubicaba en el sótano de un bar clandestino nazi y en ‘Django Desencadenado’ durante una cena en Candyland. Ambos casos sirven son una muestra de ‘set-pieces’ con efluvios teatrales que constatan la búsqueda del director por encerrar a sus personajes en un entorno cerrado para abordar una situación de aislamiento y desazón.
A modo de rompecabezas coral y claustrofóbico, se concentra lo que parece ser un juego de sospechas o resolución de un crimen que apunta a un personaje concreto, descubriendo con sus diálogos una tensión en constante crescendo. La gran baza de Tarantino es que consigue evitar caer en la tentación de dirigir su narración hacia un juego de ‘whodunit’, porque lo que le interesa es ir ciñéndose a los patrones del western y diluir su esencia hacia otros cánones bien diferentes, ya que se hubiera que conectar ‘Los odiosos 8’ en un género concreto atendiendo a su estructura, respondería a la raigambre del cine de terror. A tenor de lo propuesto, aquí tenemos a nueve personajes (que no ocho) recluidos e incomunicados en medio de la nada, un hecho que generará una espiral de violencia adyacente a ese género, donde todos son culpables y fagocitados por sus propios fantasmas. Incluso el personaje femenino va manifestándose paulatinamente en una especie de bruja hechicera que maneja la situación en beneficio propio que acaba con un semblante terrorífico embadurnado de sangre ajena.
La vertiente más política de Tarantino
Se podría decir que, desde un punto de vista estilístico e intencional, ésta es la película más íntima de su autor desde ‘Jackie Brow’, cuya construcción se depura desde la tensión entre sus personajes principales hasta su discurso final lleno de simbologías y descontextualizaciones, con un crudo sentido del humor y elipsis morales que toman de referencia estereotipos y caricaturas cercanas al ‘cartoon’ y hablar, de forma soterrada, de misoginia, racismo, nihilismo y provocaciones varias para ponerlas en constante relación, confrontando la moralidad y rigorismo en una oscura reflexión que escava en las raíces morales de una violencia hacinada en un estrato humano que busca una verdad expuesta de un modo frontal, poniendo al espectador frente al lado más desagradable de esa pugna adversaria entre los hombres de la Unión y los ex confederados.
Es también ‘Los odiosos 8’ la propuesta con más trasfondo político en la filmografía de Tarantino, que se muestra incisivo al conferir una atmósfera tóxica que impregna el total de la película, proyectando las animadversiones de sus personajes, obligados a lograr alianzas incómodas, como si, en el fondo, el director de ‘Pulp Fiction’ estuviera tratando de hablar sobre ese extraño mosaico multicultural que conforma la sociedad estadounidense y la oscura historia que sustenta un conflicto moderno que viene de muy lejos. El ideal americano es una farsa construida a lo largo de los siglos sobre un país autoproclamado libre sobre la mentira de las causas perdidas y que, sin duda, tiene sus raíces en las ansiedades que responden al mito de la inextinguible ocupación y el inexistente sueño americano que se perpetúan hoy en el capitalismo y la xenofobia.
Articulada sobre una subversión indistinta, es como si Tarantino justificara su condición de autor capaz de crear cine de entretenimiento sin dimitir en su empeño de alternar ese cúmulo de referencias culturales y debates morales sobre la política racial en los Estados Unidos, como una extensión de lo que dibujó en ‘Django desencadenado’, pero a un nivel de profundidad mucho más coherente sobre una segregación profundamente arraigada a la nación que sigue afectando a los EE.UU. en la actualidad. Se trata de una intención casi teologal por mostrar cómo el paso del tiempo no cauteriza una serie de heridas que permanecerán abiertas, por mucho que se intente enmendar con aparentes lenitivos sociales. De ahí que tanto el exceso como finalidad y escenario sean utilizados para sacudir la conciencia del espectador, siempre obligado a formar parte del estrambótico encierro de personalidades antagónicas forzadas a participar en un siniestro juego de alianzas y complicidades.
Sometida la narración al fuera de campo, Tarantino es consciente de que en su ‘tour de force’ contextual la claustrofobia anida tanto en las cuatro paredes de la mercería del Minnie bajo la expectativa de que algo suceda como elemento externo para poder avanzar en los objetivos individuales de cada uno, cosa que, por supuesto, no sucede. Reincide con ello en un metodismo digresivo, con una esperada representación formal compuesta de diálogos plagados de contrapuntos, donde las palabras son utilizadas como armas, esgrimiendo el verbo como un exhaustivo instrumento capaz de sobrepasar la esfera escénica.
Incluso fuera de subtexto, con un cariz de adulteración dentro de la narración. Ejemplo de ello es ese polémico ‘flashback’ antojadizo en la que Warren le cuenta al viejo Smithers cómo mató a su hijo y le sometió a una humillación vejatoria como venganza del hombre negro segregado ante la potestad tiránica del hombre blanco. No es algo ajeno al discurso ‘tarantiniano’, ya que remita directamente a un enfrentamiento verbal con idéntica esencia entre Vincenzo Coccotti y Clifford Worley (Christopher Walken y Dennis Hopper) en su guión de ‘Amor a quemarropa. Puede que se sea cuestionable la incursión la visualización de esta fábula a modo de secuencia, pero lo cierto es que en este tipo de conductas suicidas, es donde el cine de Tarantino encuentra un concepto narrativo y un valor de ser más allá del prejuicio.
Respondiendo a esto, el nivel de fidelidad a su obra por parte del cineasta es incontestable. Su megalomanía de trasfondo manierista busca la constante provocación, que dota a su cine de una perversión exhibicionista del ritmo narrativo mediante de unos diálogos que alcanzan aquí otro estrato de un minimalismo formal, que explora la puesta en escena como herramienta de construcción y diseño de su propio universo para concentrar las imperecederas posibilidades que proponen los elementos más básicos del lenguaje cinematográfico. Desde su propia perspectiva, la planificación fragmentada y la libertad de la cámara, se alejan de la supuesta teatralidad que se le achaca a la nueva propuesta del maestro de Knoxville, encontrando un sello identificativo donde pervive un imaginario representativo de esa autoparodia referencial que desencadena un ritual de la justicia cuyos ideales se acaban resbalando a través de unos dedos manchados de sangre, llevada por la habitual dosis de violencia hasta el paroxismo. La exacerbación sangrienta consolidada con la fatalidad proyecta desde la perversidad del sistema de justicia al poder cegador de la naturaleza humana instaurada en el egoísmo y codicia.
Bendito exceso que corrobora esa facilidad por demoler ideologías caducas a través de impactantes imágenes generadas por la vacuidad de las mismas, por la necesidad de transmitir mediante el exhibicionismo sanguinolento la ambigüedad que mueve los peones de este ajedrez sin un ganador final. ‘Los odiosos 8’ prioriza la comedia perversa y cruel sobre el mosaico dialógico de desconfianzas y mentiras instituidas en una retórica sobre la redención y el castigo de sus personajes, espectros en medio de la blanca nieve profanada en las entrañas de un recinto de putrefacción.
Odiosos personajes avocados a un desenlace elegíaco que escora la desesperanza de esa falsa carta de Abraham Lincoln como una promesa de un mañana improbable, de un futuro/presente inscrito en la misma infamia de los antepasados obligados a entenderse. Tarantino se muestra inexpugnable e intransferible con una película cercana a las tres horas de metraje capaz de generar un discurso moral y político propio, encaminado a generar un estado de autor total.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2016