miércoles, 24 de febrero de 2016

Review 'El Renacido (The Revenant)', de Alejandro González Iñárritu

La mitología fronteriza de una aventura mística
Iñárritu narra una historia de venganza y supervivencia captada casi a través de estímulos sensoriales y que, bajo su lúcida poética y fotografía, atiende a la responsabilidad histórica de una genealogía territorial escrita con sangre y traición.
El año pasado Alejandro González Iñárritu abordó un certero golpe de efecto en su filmografía a través de la gran ‘Birdman’, una disertación subterránea que abordaba la endeble frontera que separa la realidad de la ficción e identificaba a su vez los contornos del significado del arte y la vida. En estos dos últimos términos se mueve, en un estrato radicalmente distinto, su última e inesperada película, ‘El Renacido’, titánica obra de cámara, casi una experiencia cinemática y visceral sobre la agónica aventura fraguada en la épica de un hombre enfrentado a la supervivencia y el extraordinario poder del espíritu humano. De este modo, el director de ‘Amores perros’, detalla el crudo retrato de la condición humana a través de la hazaña del legendario explorador Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), que fue brutalmente atacado por un oso y dado por muerto por los miembros de su propio equipo de caza y que sobrevivió durante semanas en las Montañas Rocosas bordeando el río Missouri, en la región de los actuales estados de Dakota del Sur y Montana.
Basado en la novela de Michael Punke de título homónimo, Iñárritu y su co-guionista, Mark L. Smith, inspiran su relato en esa figura que roza lo mitológico, la de un guía contratado para ayudar a una gran banda de cazadores de pieles en los fríos parajes entre Nebraska e Iowa del año 1823. Glass ha dado lugar a otras versiones sobre su particular aventura y vivencia. ‘El hombre de una tierra salvaje’ (1971), de Richard C. Sarafian, la canción ‘Six Weeks’, de Monsters and Men o literariamente ‘Lord Grizzly’ (1954), de Frederick Manfred y la mencionada ‘The Revenant’, de Punke en 2002.
En una desafiante pertinacia por sobrevivir, Glass sobrevivirá a ese ataque de un enorme grizzly a través de un itinerario de dolor que roza lo inconcebible, viéndose inmerso en la pesadilla de traición de su equipo y guiado únicamente por la voluntad y el amor a su hijo arrebatado a manos de uno de los componentes de la expedición. Sólo así, este hombre superará los golpes de la naturaleza y de múltiples adversarios hasta llegar a Fort Kiowa y poder ejecutar su venganza en forma de sangrienta redención. Por supuesto, esta línea narrativa no impone ninguna novedad en lo que podríamos llamar un ‘western’ germinal que hace extensiva su mirada a los planteamientos de Michael Blake en su novela ‘Bailando con lobos’ dirigida en 1990 por Kevin Costner y que suponían un retroceso (entonces innovador) a las raíces más primordiales del género.
‘El Renacido’ comienza la epopeya presentando a la familia interracial de Glass, instaurada en el respeto y el amor de fraternidad étnica y multiculturalidad que supuestamente representa Estados Unidos, pero que seguidamente es fragmentada por la intransigencia violenta del colono, como una muestra violenta y cruel del carácter atávico de la esencia humana. Siguiendo esa responsabilidad paternofilial más primitiva, tras el ataque de los militares británicos, el guía interpretado por DiCaprio pronuncia unas palabras dirigidas a su hijo, que ha superado la embestida al su poblado con graves quemaduras en la cara con un lema que supone la fuerza motriz que vehicula toda la película: "Mientras respires, hay que luchar”.
A partir de ese momento, se impone un grado de narración sobre el primitivismo instintivo como herramienta eficaz dentro de una trama tan básica como reconfortante, que disecciona de forma magistral un ataque por parte de los Arikara en un largo plano secuencia en el que los indios asaltan a los cazadores mercenarios en una coreografiada y muy compleja secuencia llena de desafíos que exhibe con orgullo y algo de autocomplacencia mucho de lo que se va a narrar a partir de ese instante y que encuentra su extensión en el agónico ataque del oso. Ambas ‘set pieces’ formulan esa doble analogía dentro del filme; la de unos nativos acometiendo al grupo donde se encuentran Glass y su hijo (que han sido parte de un reducto indio) y la del grizzly agrediendo salvajemente al protagonista con el único fin de salvaguardar a sus oseznos con el incentivo paternal que se transfiere al ansía de venganza del ‘frontiersman’.
Mediante la pormenorización visual de esos parajes de montañas escarpadas y fríos horizontes, Iñárritu va construyendo una fábula asentada en el lirismo de una violencia que abarca gran cantidad de matices, con los que concede todo tipo de alegorías sobre esa resurrección de Glass. La pérdida del vástago provocará, mediante recurrentes metáforas, su vuelta a la vida en varias etapas del filme. Desde su germinación desde la tumba de regreso a la vida desde la tierra, pasando por un embravecido río visto como un itinerario vital o el renacimiento desde las entrañas de un caballo para continuar ese camino místico y moral de venganza y salvación del alma.
Con ello, la naturaleza se transforma en un elemento de deidad natural, como ya proyectaba la locura de Werner Herzog en ‘Aguirre, la cólera de Dios’ o ‘Fitzcarraldo’. El vasto entorno se transforma en un brutal laberinto que casualmente empequeñece a sus habitantes humanos y, bajo el signo poético de las huellas cinematográficas de Terrence Malick, Glass va avanzando en su camino atormentado por pasajes alucinatorios hacia un estado beatífico mediante visiones y voces susurradas que perpetúan un discurso sobre los peligros del nuevo mundo y de ese exterminio genocida en las tierras indias del noroeste de Estados Unidos con el rostro inmaculado de Powaqa (Melaw Nakehk'o), la esposa pawnee asesinada a manos de los colonos.
De tal manera, ‘El Renacido’, aunque lo parezca (y en el fondo, pueda serlo), no es tanto una historia concentrada en un hombre contra la naturaleza, a pesar de que la intención simbólica que exhibe Iñárritu proponga la preeminencia del espacio natural a los personajes, instaurados en instintos y conflictos básicos, sino más bien en otra en la que el hombre se enfrenta contra el hombre en dos estratos. Primero, el individual, el del rol de DiCaprio contra sí mismo y su entorno y, por supuesto, enfrentado a ese antagonista que es John Fitzgerald (Tom Hardy), hacia el que volcará su mística resurrección con el fin de desagraviar a su unigénito.
La génesis de una nación instaurada sobre la violencia
Si nos atenemos a esto, todo el entramado de la pormenorizada expedición por esa inexplorada génesis del nuevo continente se asentaría en una ideología monolítica de retorno al estado arcaico y embrionario referente a la irracionalidad, a lo salvaje, a los instintos básicos de protección y agresividad que van desfilando por su denso metraje en oposición a los furibundos componentes naturales que también muestran su cara más voraz, como esos animales que imponen su ley (el ya citado oso o los lobos atacando a un rebaño de bisontes), el desafiante río y su poder indómito, el meteorito que cruza el cielo o el alud de nieve final. En la otra cara de la moneda, Fitzgerald no es un villano al uso, puesto que renuncia a su humanidad con el único fin de sobrevivir, actuando con egoísmo en contra del interés colectivo. Es capaz de anular cualquier valor ético y moral si como resultado consigue el usufructo propio, como idea simbólica del capitalismo moderno.
Llegados a este punto, no cuesta demasiado distinguir una disertación sobre la paulatina instauración de las bases de un continente instaurado en la falsedad de una noción de progreso alejada de la benignidad histórica, evocando un pasado escrito con sangre, traición y violencia. Iñárritu entrelaza en su historia de venganza y supervivencia poética con otra que atiende a la responsabilidad histórica de otra genealogía territorial bien distinta, la de una historia basada en guerras entre civilizaciones para evidenciar que esa nación constituida sobre la libertad y las oportunidades también proviene del germen del terror y el caos envolvente devenida en instructiva y cruel coerción occidental hacia las tribus indígenas y su hábitat.
Dentro de su parte técnica, hay que reconocerle a ‘El renacido’ la capacidad inmersiva con la que Iñárritu capta la simulación de esa aventura que se percibe casi a través de estímulos sensoriales, como una vivencia más que como la reflexión sobre la vida que se expone. Sin negar que las connotaciones de pretensión megalómana del cineasta mexicano al orquestar esta épica aventura, lo explícito, la brutalidad fetichista y sanguinolenta bajo la apariencia de honestidad son particularmente impresionantes. El engranaje fílmico que mueve el proyecto, su ejecución, coordinación y planificación rebelan el astuto empeño de un cineasta en forma de constante búsqueda de la majestuosidad formal y discursiva que ya evidenció en ‘Birdman’ y que aquí supera elevando su dominio del medio a un nivel superior. No sólo en el producto final, sino impulsando a su equipo a límites similares a los vividos por el personaje, en constante lucha contra los elementos.
Todo en esta película forma parte de un desafío contra lo convencional. Empezando por la limitación de filmar únicamente con luz natural o de rodar toda la película en orden cronológico. De esta voluntad, el estilo y el sentido de la ambición artística cuajan en un logro que nunca distrae la atención de lo que está contando, dejando una bella fábula sobre un escenario perfecto para la consecución de su intensidad artística. A este extraordinario horizonte de perceptiva belleza contribuye Emmanuel Lubezki, un director de fotografía al que habría que calificar por menos como un autor capaz de ejercer como responsable de gran parte de la grandeza del filme.
Como si reprodujese un lienzo de Albert Bierstadt, “El Chivo” (como se le conoce en el ámbito cinematográfico), trabaja con esa luz natural para una dotar de mayor realismo los parajes, capturando con impresionante profundidad de campo en esa innovadora Arri Alexa 65mm algunos fenómenos naturales que en pantalla lucen abrumadoramente hermosos. No sería extraño que el próximo domingo, el fotógrafo azteca se hiciera con su tercer Oscar consecutivo tras ‘Gravity’ y ‘Birdman’.
Aunque si tenemos que hablar de Oscar, emerge con fuerza la figura de un DiCpario que parece obstinado en la consecución de ese ansiado premio en forma de estatuilla de la Academia. La determinación llevada al límite en su personificación casi animal de este mito de la leyenda americana con corazón nativo evidencia un sorprendente compromiso con el papel. No obstante, tanto Will Poulter como Domhnall Gleeson y, sobre todo, un descomunal Tom Hardy, no necesitan arrastrarse por el fango, gemir de dolor y sucumbir al infierno natural para estar a su altura.
‘El Renacido’ es una colosal aventura que deja exhausto al espectador a través de un lenguaje icónico convertido en imborrables imágenes. Una reflexión existencial sobre el lugar que ocupa el hombre en el mundo por medio de su Historia y su relación con el medio en el que convive, sobre la inhumanidad del hombre hacia el hombre que construye el mito fuera de la racionalidad como perspectiva que incuba los fantasmas pretéritos de América, de cualquier historia, de la necesidad de desagravio ante la iniquidad generada por el ser humano en su faceta más animal. Estamos ante la mejor película de Iñárritu hasta el momento. Pese a compartir la grandilocuencia con la tipología de superproducción de acción, este filme se aleja del concepto ‘mainstream’ para acercarse a la tipología de arte y ensayo. Una magnífica obra de una belleza ponderativa que encuentra su sentido en sí misma.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2016