lunes, 15 de febrero de 2016

All Star Toronto 2016: Lo de siempre… a excepción de unos concursos memorables

Desde hace algunos años, el All Star Game se ha visto afectado por el signo de una modernidad en la que la competitividad ya no es un reclamo en un fin de semana marcado por la futilidad de un encuentro que sirve como escaparate y reunión de los mejores jugadores de la liga de baloncesto más importante del universo. Parece ser que, lejos de aquéllos choques de emoción de finales de los 80 y principios de los 90, en la actualidad se opta por la pasividad del juego defensivo en función de un dudoso espectáculo basado en la prodigalidad del físico y en la actitud indiferente a la hora de saber quién lanza desde más lejos y encesta en el aro rival con virguerías y suntuosidades.
Lo de anoche constató, por enésima vez en las últimas ediciones de esta velada cada vez más insubstancial, que el All Star de la NBA es simplemente un ejercicio de pavoneo de un baloncesto que poco tiene que ver con el concepto que se aborda cada día en las jornadas de temporada regular de la competición, excluyendo el factor de pugna que en este caso se anula por un dudoso paseo de superestrellas que ejercen de neutrales espectadores con respecto a las jugadas de ataque rival.
El frío dato revela lo siguiente; el combinado del Oeste anoche intentó la friolera de 75 triples (con 31 aciertos) y el Este se sumó a esta fiesta desde el fuera del perímetro con 53. 19 de ellos fueron procurados por un Paul George que estableció el récord de esta disciplina con 9 canastas desde los 7.25 m. Si el año pasado la actitud se basó en la desidia total de la defensa con la obstinación anotadora como único fin, esta 65ª edición de la cita se fraguó con otro horroroso y circense partido que llevó a establecer una cota de anotación situada en un marcador final de chiste abultado. Lo de este año ha prolongado la parodia de un baloncesto tomado en serio en que se ha convertido esta reunión de superestrellas de la canasta. La cadencia bostezante de ambos conjuntos por sumar de forma desmedida puntos sin freno y sin ningún tipo de competición, donde la parsimonia de nulidad defensiva y permisividad ofrecen un show carente de interés, volvió a pulverizar el récord de puntos de la historia de este sarao baloncestístico ¿El resultado? Un 173-196 para el Conferencia del Oeste que dejaba esa estela de negligencia en la que sería absurdo analizar cualquier jugada o movimiento táctico más allá del postureo que se vio ayer en el Air Canada Centre.
Lo único destacable, entre tanto lanzamiento de tiro triple, ‘alley hoops’ consentidos y despreocupación ha sido esa sexta participación de nuestro Pau Gasol, grande entre los grandes, único jugador internacional del evento y único participante de raza blanca. Un orgullo que pasó desapercibido como tantos otros grandes nombres de la NBA. También es de débito subrayar que en los últimos dos minutos, los jugadores del Oeste, bajo las coordenadas de Greg Popovic, evitaron que George, arrebatara el récord de puntuación a Wilt Chamberlain obtenido en el All Star de 1963 quedándose a un solo punto. El año pasado Russell Westbrook (el MVP de esta edición por segundo año consecutivo) se quedó a dos puntos de esta marca.
Por supuesto, se superó la mayor anotación combinada (absurdos 369 puntos) y de jugadores por encima de los 20 puntos (nada menos que 9). La intensidad en el juego brilló por su ausencia, en una chufla donde cualquier tiro a canasta estaba libre de marca y la indiferencia de todos los integrantes de ambos equipos marcó un show bochornoso hasta para los Globetrotters. Basta ver las estadísticas para ver los tapones globales de todo el encuentro: tan sólo ¡dos! tapones en juego (Carmelo Anthony y Kyle Lowry). Una estadística muy significativa del paripé de este choque cada vez más comercial y, por qué no decirlo, innecesario.
Quedará para los fastos de lo nostálgico como el All Star homenaje y despedida de Kobe Bryant, auténtico protagonista de este encuentro pese a que a sus números estuvieron alejados de toda brillantez lastrada por su condición física. No obstante, el mundo se rindió al recuerdo del que ha sido uno de los mejores jugadores de la historia de la NBA. Kobe diciendo adiós y alguna que otra imagen, como Westbrook levantando el trofeo de mejor jugador de un All Star por segundo año consecutivo, primero de la historia de la NBA en lograr esta gesta en solitario, fueron el signo de un encuentro para olvidar.
No todo ha sido malo
Poco se puede decir del Rising Stars disputado en la madrugada del viernes entre los ‘rookies’ y los ‘sophomores’ de Estados Unidos y los representantes internacionales de la mejor liga del mundo. Casi por inercia, el choque reflejó esa apatía demostrada en el All Star de los mayores por ofrecer muchos puntos y nulo juego. Ganó el combinado estadounidense. Pero poco importa dada la exhibición de canastas a granel sin ningún tipo de sentido conceptual del juego en equipo o la imposición defensiva de cualquier rango.
Si hay algo por lo que se recordará este fin de semana de las estrellas es por la sorpresa que deparó la noche del sábado con los concursos individuales que otrora habían perdido su relumbrón de antaño. El show arrancó con el NBA Skills Challenge, el concurso de habilidades renovado para generar algo más de interés que en anteriores años. Eliminado el desafío de las Estrellas, resultó un evento ágil y entretenido que enfrentó en su final al más bajito de la liga, Isaiah Thomas y a la gran sensación de los ‘rookies’ de esta temporada, Karl-Anthony Towns. Y fue el pívot de los Timberwolves, ganando el desafío con gran soltura, el que demostró tener una destreza y potencial que le señalan como una de las grandes figuras de futuro de la liga.
Sin embargo, el plato fuerte estaba marcado por los otros dos acontecimientos clásicos en esta noche; Foot Locker Three-Point Contest y Verizon Slam Dunk contest. La edición pasada del concurso de triples de toda la vida había reverdecido su interés con la inclusión de Stephen Curry, que ganó mostrando su superioridad frente al resto. Repetía este año convertido en el MVP de la pasada temporada y en el mejor triplista de la liga (y visto lo visto, de la historia de la NBA). Frente a él, su compañero y ‘splash brother’, Klay Thompson, como máximo aspirante en una pugna donde competían expertos como James Harden, JJ Redick, McCollum o Middleton. En la final a tres se coló un ‘rookie’, Devin Booker, que vio como los 23 puntos de Curry fueron superados por los 27 puntos de Thompson, que se llevó el trofeo a casa contra todo pronóstico.
Pero sobre todo, este All Star Weekend ha estado marcado por el concurso de mates que venía con la vitola de pugna por destronar a Zach Lavine que había impulsado un evento que parecía destinado a su desaparición por la escasa innovación y repercusión dentro del show de basket universal que supone esta fiesta deportiva. Nadie esperaba ese duelo en la cumbre entre Lavine y Aaron Gordon. Los otros dos participantes, Drummond y Will Barton, asistieron al que ha sido, con toda probabilidad, uno de los mejores concursos de mates de la historia. La sucesión inacabable de mates, a cual más sensacional y espectacular, desafiando a la ley de la gravedad, ha dejado imágenes de vuelos para la posteridad. La épica de una rivalidad insuperable se forjó con valoraciones máximas que respondían a la grandeza de lo visto.
Un doble desempate dilucidó con cierta polémica al ganador. Lavine repetía título como mejor ‘matador’ del All Star, pero en la memoria colectiva quedará ese mate de Gordon con ayuda de Stuff, la mascota de los Orlando Magic, en un imposible salto sobre ambas piernas con un giro completo sobre sí mismo para dejar boquiabierto al mundo entero. Tal vez mereció ganar. Lo más justo hubiera sido un trofeo ex aequo. Lo cierto es que nadie esperaba que el concurso de mates, tan devaluado desde hace años, fuera a suponer la más destacado y espectacular de un fin de semana tan olvidable como espectacular. Es la esencia de la NBA, que muestra el lado más mercantil y el espectáculo más sugestivo de un deporte apasionante. En cualquier caso, el All Star forma parte del show. Y si nos deja enfrentamientos como el de Lavine-Gordon seguiremos pegados a la pantalla para disfrutar de una ceremonia única.
Por siempre: We love this game!