jueves, 31 de diciembre de 2015

Resumen Abismal del 2015 Cinematográfico

TOP TEN 2015
10. ‘Sicario (Sicario)’, de Denis Villeneuve.
El descubrimiento de una pila de cuerpos humanos en descomposición escondidos detrás de los paneles de yeso de una casa suburbana de Arizona abre el detonante de una película que observa su desarrollo desde la mirada de una jefa de la unidad de secuestros y rescates del FBI que se mete de lleno, junto a un enigmático consultor de oscuro pasado, en el laberinto que supone la guerra de la droga entre los cárteles y las fuerzas gubernamentales en ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México. Estos son los mimbres que Taylor Sheridan (guionista de ‘Hijos de la Anarquía’) pone al servicio de Villeneuve para esbozar su más ambiciosa producción en Hollywood. La séptima cinta del cineasta canadiense, mucho más consciente de su complejidad de lo que en realidad resulta, profesa un poder de fascinación por la brutalidad y la violencia extrema que impregna la atmósfera de un filme que escarba en la tentacular red de intereses diluida en los límites entre el bien y el mal, la ley y el crimen y cuya única tramitación proviene de la misma cloaca de la que proviene el origen del problema.
A pesar del carácter estereotípico que parecen manifestar los roles que desfilan por el relato, a Villeneuve, como un efecto recurrente en su filmografía, le interesa ir alternando la importancia de sus personajes dentro del relato para describir en juego de espejos sobre la descomposición moral en uno y otro lado de la aduana. Como sucediera en ‘Traffic’, de Steven Soderbergh, aquí no existe el efectismo ornamentado para trasmitir la crudeza de ese vértice de oscuros intereses para mostrar una realidad paralela que existe la frontera de dos mundos opuestos y subsidiarios. El objetivo no es tanto recalcar el lado más lóbrego del problema, sino introducir al espectador en la maquinaria, el desarrollo y las consecuencias del tráfico de drogas que se nutre de la ética dudosa, impulsos violentos y una organización que va más allá del ámbito criminal.
9. ‘Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron)’, de Roy Anderson.
Uno de los aspectos más sugestivos de una película tan inquietante como la de Roy Anderson es su divergencia ante cualquier tipo de complicidad con el espectador, que puede rehusar por su estética antipática y fría a la hora de construir una opinión sobre esos dioramas con los que se muestra el choque existencial y orquestado entre la comedia y la tragedia. Curiosamente, esta película de cruel y simbólico título es el cierre de otra trilogía formada por ‘Canciones del segundo piso’ y su prolongación ‘La comedia de la vida’. Con una extraña cinemática ilusionista, de semblante blanquecino e inexpresivo, Anderson pone al espectador en la incómoda situación de enfrentarse a tres formas distintas de afrontar la muerte mediante una comedia negra que esconde una turbulenta monotonía de estudiado hieratismo, como si se tratase de la sugerencia sensitiva de las estáticas esculturas de Duane Hanson o del salmantino Enrique Marty. La muerte como culminación absurda y vulgar de la vida es el resultado de la infección de una sociedad enferma y carente muchas veces de sentido y valores.
‘Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia’ es una surreal obra de cámara compuesta por una sucesión de milimétricas secuencias con atributos estéticos que recuerdan a los ‘tableaux vivants’ franceses y que mezclan desesperación, nostalgia, impiedad o soledad para definir el cinismo canalizador como invitación al pensamiento a través de la historia de esos dos perdedores que venden de artículos de broma enfrentados a la muerte como signo del destino de todo ser humano. Un grotesco y pesimista filme que combina de forma magistral la dramaturgia trágica con un sentido del humor que camina entre el filo de la frialdad y el estatismo, lo sarcástico y perverso, la vacuidad y lo trascedente… La existencia en sí misma. Un compendio incomprensible y absurdo, como la vida misma.
8. ‘It Follows (It Follows)’, de David Robert Mitchell.
Con resonancias de la obra magna del cómic ‘Agujero Negro’, de Charles Burns, el prometedor Robert Mitchell sustituye patologías biológicas por miedos personificados en “algo” que te persigue. Manteniendo el trasfondo sexual como metáfora de una enfermedad vírica, se remite así a aquellos años de miedo por otro tipo de contagios que recuerda bastante al estigma global que era la enfermedad del SIDA durante los años 80. En ese estrato, la narración de terror adopta un tono de abstracción que hermana la dimensión tradicional de épocas pretéritas con la psique adolescente configurada dentro el Siglo XXI. De ahí, que se haya aludido a maestros del terror como John Carpenter o Wes Craven a la hora de elogiar una película tan fascinante a la hora de explorar ese purgatorio de terrores e inseguridades que se da entre la infancia y el mundo adulto. Mediante un cuidado proceso de planificación que renueva formalmente los nuevos signos del género, precisamente, volviendo a las raíces de lo más básico, ‘It Follows’ representa con inteligencia y gran dominio del medio los principios constitutivos y constituyentes del universo del terror vinculados al el eros y el tánatos.
Como una alegoría flexible y sutil de esa angustia adolescente plagada de traumas sexuales que se adhieren y pueden ser crónicos y sin cura; como esa protagonista que se ofrece a tres jóvenes en un yate o su eterno enamorado, recorriendo los suburbios más infectos de Detroit en busca de putas desdentadas para quitarse de encima una maldición desconocida o enfrentarse al terror en una piscina anmiótica y enfrentarse al pasado y la pérdida. Esta obra de culto desentierra, mediante una sensibilidad fuera de lo común, un enigmático viaje de desafectos emocionales vinculados a las nuevas tecnologías, representados de forma eficaz y ambigua con la generalización de la ausencia paternal, donde estos hijos de nadie viven en las afueras suburbiales de una ciudad como Detroit, que representa el paradigma de la crisis y que es el lugar de donde emerge el Mal.
7. ‘Citizenfour (Citizenfour)’, de Laura Poitras.
Siguiendo la intencionalidad argumental y el estilo destructivamente crítico tras el 11-S que impusieron ‘My country’ y ‘The oath’, esta tercera parte de una trilogía redondea esa impecable voz crítica de Laura Poitras en su voluntad por desmitificar una nación autoproclamada como la gran potencial internacional, desmontando sus valores y sacando lo peor de su orgullo mundial. En una habitación de un hotel de Hong-Kong, junto a los periodistas Glenn Greenwald y Ewen MacAskill, Poitras dibuja un perfil minucioso de Edward Snowden, un ex analista de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad), cuyas confesiones sacaron a la luz las macabras prácticas de espionaje por parte de esta organización que ha vulnerado todos los derechos ya no sólo de las entidades espiadas con carácter y objetivos geopolíticos, si no de cualquier persona de a pie que utilice las nuevas tecnologías. Destapado y perseguido por antipatriota y delator, este ‘whistleblower’ (o alertador) va destapando con su confidencia cómo la NSA rastrea entre miles de millones de metadatos obtenidos en sus actividades de espionaje indiscriminado utilizando nuevos modelos de vigilancia online, centralizando el acceso a datos intervenidos masivamente por distintos organismos y países.
El resultado es una impresionante obra de investigación tan valiente como necesaria, que se posiciona como documento histórico y hegemónico y sirve como advertencia al mundo. ‘Citizenfour’ saber crear, a través de las revelaciones de Snowden, una tensión narrativa y un tempo interno que la hacen tan apasionante como un gran ‘thriller’ de Hollywood de espionaje. La gran diferencia con cualquier superproducción es que esto no es ficción. A través del retrato de este hombre que renuncia a sus privilegios por una cuestión de ética y pone en riesgo su vida prescindiendo de su seguridad y libertad, Poitras revela un escalofriante análisis sobre cómo la sociedad libre es en realidad una tela de araña tejida con mentiras y delitos ocultos que afectan a toda un mundo absorbido por el individualismo de las redes sociales y la comunicación 2.0 que impone el ogro capitalista en el que vivimos. Puro cine de terror que afecta de una manera muy directa al ciudadano moderno que no es más que una marioneta en manos de un coloso que prometió libertad y democracia y ha devuelto su promesa convertida en todo lo contrario.
6. ‘Inherent Vice (Puro vicio)’, de Paul Thomas Anderson.
La caleidoscópica ‘Inherent Vice’ vuelve a revelar que Paul Thomas Anderson sigue empeñado en ejercer de virtuoso cronista de la historia de Estados Unidos con esta adaptación de la novela de Thomas Pychon. En ella, Larry ‘Doc’ Sportello, un detective hippie y fumeta, se complica la vida al investigar el caso propuesto por una antigua novia al revelarle el plan de la ex mujer de su multimillonario amante para meterlo en un psiquiátrico y quedarse con su dinero. En su camino se cruzará otro, el de un misterioso e intrigante músico, que abandonó a su familia y que ha fingido su propia muerte. Mediante estas dos líneas argumentales, la mirada alcaloide de un estupendo Joaquin Phoenix va transitando, casi de forma etérea, dejándose llevar por la psicodelia de los procelosos años 70 yanquis de la costa californiana, bajo una voz narrativa evocativa con ecos del ‘noir’ y del ‘hardboiled’ que recorre callejones narrativos insondables y formula una introspección confusa y surrealista, pero perfectamente trazada.
A pesar de lo elusivo de una trama difícil de procesar, que parece reordenarse en sectores de paréntesis alucinatorios y de los estrambóticos encuentros con los personajes relacionados y ajenos a la doble investigación, Thomas Anderson logra sintetizar el puzzle dialéctico y traducir la inspiración del caos y la prosa lisérgica de las páginas de la novela de Pychon con una conducta casi orgánica, mediante sus hipnóticas imágenes de puro cine visceral capaz, sin temor a diseccionar épocas y universos ajenos con un destreza visual y una maestría compositiva sólo al alcance de los grandes maestros de la historia del cine norteamericano. Esta vez, desgranando el trasfondo histórico americano a modo de tragicomedia que confronta dos movimientos antagónicos como son el idealismo antimaterialista y la globalización de control social que acaba por fagocitar y subvertir cualquier tipo de activismo y que dio al traste con la contracultura estadounidense en pleno apogeo de la época.
5. ‘‘Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia) (Birdman)’, de Alejandro González Iñárritu.
Desde su primer plano, ‘Birdman’ evidencia que no es una película corriente. La cinta de Iñárritu se asienta sobre las inseguridades de un artista en busca de su identidad, intentando escapar del encasillamiento que ha absorbido su vida y obsesionado por complacer a crítica y público, rastreando una alternativa distinta de éxito y de su renacimiento en las entrañas del St. James Theater de Broadway. Tiene mucho de oscura sátira relacionada con el universo actoral y el negocio del cine, aumentada por la realidad que adopta un metadiscurso que no distingue, como no podría ser de otro modo, entre la comedia y la tragedia, la ilusión y la realidad. El entramado de ‘Birdman’ expone así el delirio de un hombre que ansía alcanzar tanto la comunión entre espectadores y crítica, como la dignificación de su trabajo y conciliar también las voces discordantes que enfrentan su pasado; la de Raymond Carver, hombre que supuso el ideal artístico de su infancia y la voz de Birdman, ajeno a sus aspiraciones de dignificación como actor y autor respetable.
La ganadora del Oscar a mejor película de 2014 es la construcción de una abstracción mental que acaba por alejar a su protagonista de la fantasía de triunfar en el mundo del teatro por otra netamente virtual que recompensa y reconcilia al hombre con un final mucho más cruel que el miedo al fracaso. Se trata de la transición de hombre a pájaro, de actor teatral a superhéroe comercial, un ave que abre la jaula y entiende el significado pueril de la existencia. Es entonces cuando resuenan las palabras llenas de verdad de su ex mujer al confesarle que dentro de su delirio como artista siempre “confundió ser admirado con el ser amado”.
4. ‘The Assassin (Nie yin niang)’, de Hou Hsiao-Hsien.
Tras ocho años alejado de las cámaras, el cineasta de culto Hou Hsiao-Hsien rehúsa de los dramas realistas a los que tiene acostumbrado al conocedor de su cine, para abordar un género como el ‘wuxia’ de artes marciales, con una historia ambientada en la China del Siglo IX. Con ella reconvierte el lenguaje de ese cine celérico basado en las luchas de espadas y cuerpo a cuerpo en algo propio, llevado a un terreno lingüístico propio. Su planteamiento se acerca a un fascinante híbrido de la caballería asiática de diestros guerreros y soldados y un cine más contemplativo, donde las emociones se delegan hacia un doble estrato de sentimientos y pugna metafórica. Hou Hsiao-Hsien descompone cualquier artificio espectacular mediante una complejidad narrativa que esconde un efecto metafórico que interioriza el entorno y lo atávico respecto a los personajes que lo pueblan.
La historia en la que la joven Nie Yinniang (Shu Qi) se enfrenta a su pasado y a sus raíces para cobrarse venganza contra el gobernador es una elegante y poderosa obra que encuentra un equilibrio encontrado en los colores y texturas en cada tiro de cámara, en cada encuadre, que busca en su composición la conjunción perfecta de sus bellas imágenes estéticas a través del perfeccionismo de departamentos como el cardinal vestuario de Wen-Ying Huang o la grandeza visual que impone la fotografía de Ping Bin Lee. Como una danza entre el poder expresivo de la calma y el dinamismo de la lucha, la coreografía de ‘The Assassin’ traza un pictoricismo de resonancias poéticas con una dialéctica que asume tanto la importancia de la raigambre asiática como la del propio autor tras una obra majestuosa.
3. ‘Whiplash (Whiplash)’, de Damien Chazelle.
‘Whiplash’ es la adaptación del cortometraje homónimo que el propio Chazelle ha logrado convertir en un filme de culto sobre un tema universal que intenta dar respuesta a complejas cuestiones sobre la naturaleza del artista; ¿un genio nace o se hace? ¿Se necesita más que talento para alcanzar la verdadera grandeza en cualquier disciplina? Con ellas, se indaga en la gnosis de la autoexigencia enfermiza, en esa obsesión tan yanqui (y cada vez más globalizada) de la cultura del triunfo, de la superación personal y el miedo al fracaso, que adopta un cariz de patología sobre las bondades supremas de la competitividad. Se trata de un mosaico sobre personalidades obsesivo-compulsivas que sufren por llegar a culminar los sueños alcanzados por medio de la excelencia, sin importar el agotamiento de la fuerza interior empujada a través del dolor.
Uno de los aspectos invisibles que atribuye a ‘Whiplash’ esa condición de película excepcional es la destreza de un cineasta que apura la utilización del ‘scope’, que sabe aprovechar con gran refinamiento los primeros planos, los cortes en relación a los instrumentos, metaforizando por medio de la imagen los vacíos o miradas que efectúan una concepción narrativa con implicaciones que superan lo descriptivo. Película visceral y compleja, ‘Whiplash’ materializa una poderosa disección sobre la obsesión malsana de llegar a cumplir los sueños y que funciona con la precisión de una orquesta de jazz, sin dejar espacio para la improvisación cuando, de forma contraria y paradójica, el género del jazz es tan proclive a la espontaneidad creativa para preguntarse si vale la pena tanto sacrificio.
2. ‘Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road)’, de George Miller.
No estamos ante la continuación lógica de sus antecesoras, sino que recoge ese páramo distópico gobernado por deshumanizados seres con tendencias sádicas en un territorio sin ley. El contexto de esta nueva superproducción se sigue fijando en ciudad descentralizada y autárquica en medio de la nada, poblada por bandas de crueles merodeadores. ‘Mad Max: Furia en la carretera’ es una película que no elucida sobre preguntas relacionadas con los personajes pretéritos que asolan la conciencia de Max, ni el significado etéreo del Valhalla, ni porqué Furiosa perdió su brazo izquierdo, ni por qué la Tierra Verde ahora está poblada por figuras grises que caminan con zancos sobre el lodo y pervive en la oscuridad plagada de cuervos. El guión no acude a la justificación para describir esa titánica cacería humana ante el chirriante rugido de motores, si no que escudriña sutilmente ese espíritu del ‘Ozploitation’ que articulara un poco conocido género australiano de finales de los 70 y principios de los 80.
La gran baza es su aparente sencillez, porque bajo esa especie de ‘freakshow’ con un exceso de ingredientes que rozan lo surreal y lo grotesco (el guitarrista eléctrico colgado a modo de marioneta o la percusión que acompaña los ataques), se esconde un extraño halo de película de autor, tan personal como identificativa. Como un homenaje deformado de ‘La diligencia’, de John Ford o de ‘Raíces profundas’, de George Stevens, la nueva y alucinógena entrega de Miller es un ‘western’ futurista que renuncia con reciedumbre a admitir los métodos y los códigos propios del género. Con una pulsión operística cimentada en la energía y adrenalina, esta cuarta parte de ‘Mad Max' es una orgía destructiva de un caos de poderosa sugestión, una espectacular experiencia visual de alto octanaje con el genuino sabor de un cine perdido.
1. ‘Del revés (Inside Out)’, de Pete Docter y Ronnie Del Carmen.
El refuerzo colectivo y la retroalimentación con el proceso iterativo de Pixar han dado como consecuencia quince largometrajes en los que el espectador ha vivido auténticos torrentes de sentimientos con pluralidad de matices a través de las aventuras de juguetes, insectos, peces, superhéroes, coches, monstruos, una rata, robots, un octogenario y un niño… A estas alturas, nadie pone en duda la capacidad visionaria de un sello propio (por mucho que Disney asome primero en los créditos) que ha puesto de manifiesto unos valores con los que han sabido transmitir su conceptualización del entretenimiento infantil, transformándolo en una filosofía única con la que abordar terrenos en la animación que nunca antes se habían emprendido por lo aparentemente irracional de tamaños desafíos.
‘Del revés (Inside Out)’ constata esa mágica combinación de imaginación, ingenio, brillantez y temeridad que sigue superando barreras y haciendo imposible adjetivar tanto potencial fílmico. Con un sentido lúdico y profundo, estamos ante una hermosa aventura y nada complaciente, que impone una realidad más allá que la de un examen de proceso de maduración. En algo aparentemente irrealizable como plasmar nuevos límites inexplorados ciñéndose a cinco emociones que protagonizan el filme; la ira, el asco, el miedo, la tristeza y la alegría, que se coordinan dentro de la personalidad de Riley, una niña de once años. Docter y Del Carmen, recuperan la doble perspectiva impuesta por la marca de la casa; hacer reír a los niños y llorar a los padres, esta vez sin esa reconocible tenue moralina, desplegando una inventiva sin fronteras y sin perder de vista numerosos hallazgos en la creación de magia visual y sensibilidad emocional al sondear las cuestiones más profundas sobre lo que importa en la vida.
DIRECTOR 2015
George Miller (‘Mad Max: Furia en la carretera’).
Tras una larga espera de treinta años, el regusto por los viejos clásicos con aroma de modernidad volvió a la gran pantalla con una película como ‘Mad Max: Furia en la carretera’, tras uno de los rodajes (seis meses en Namibia y Sudáfrica) y una de las post-producciones más largas de los últimos años. El resultado no ha podido ser más sorprendente; no sólo ha revelado a este director de setenta años ha vuelto a lo más alto con su universo más conocido como una agradable recuperación, sino que su regreso a los páramos desérticos ha devuelto a un Miller ajeno a las modas del ‘blockbuster’. Ha sido capaz de rehabilitar el espectro contextual de un apocalipsis abstracto dentro de un futuro árido de dunas sinuosas. Sólo un director como él podía orquestar un mundo inhumano con personajes llevados por los instintos más primarios de supervivencia, asemejándolo a un cuadro de El Bosco, con estética acre de desazón anticipatoria.
Miller ha regresado al género de acción con gran inspiración a la hora de poner en imágenes un frenesí que supura acción sin límite, mostrada casi a la velocidad a la que circula la aniquilación moral y espiritual que vertebra la tetralogía. Si hay algo que galvaniza la sustancia de la saga y que alcanza aquí su cota más apoteósica, es el ritmo infernal que propone la cinta. Y ello le ha llevado no sólo a convencer en su resurrección de ‘Mad Max’, sino a convencer a público y crítica hasta el punto de empezar a recibir alguno de los premios más importantes del año a mejor director y colocarse como uno de los favoritos de cara a las apuestas de los Oscar.
ACTOR 2015
Michael Keaton (‘Birdman’, ‘Los Minions’).
Cuando en la pasada edición de los Oscar, Eddie Redmayne subió a buscar el premio por ‘La teoría del todo’, el enésimo biopic con personaje desvalido y con algún tipo de síndrome que convierte el drama en paroxismo, se rumoreó que Keaton guardó un papel con el discurso de agradecimiento. La realidad es que a pesar de que el protagonista de ‘Los miserables’ se haya convertido en el chico de moda, Michael Keaton demostró con Riggan Thomson, su personaje en ‘Birdman’, ser el alma mater de un reparto en estado de gracia. Su asombrosa capacidad interpretativa, precisamente, reside en la desnudez emocional con la que moldea a un personaje inolvidable que se alza entre la redención y el olvido y que Keaton captura brillantemente en su angustia y locura.
Keaton es ese actor histriónico y demencial que proviene de la comedia y parecía haber terminado sus días en producciones inadecuadas a un talento descomunal. Esta nueva oportunidad interpretando brillantemente al ídolo caído que intenta sobreponerse al peso del personaje que lo hizo famoso, llamémosle Batman, Bitelchús o cualquier otro rol de los 80, década en la que su estela era la de una estrella interpretativa en toda regla, ha llegado con la madurez de un actor que puede hacer lo que quiera dentro de Hollywoood porque tiene algo que ni Redmayne ni muchos otros actores de nuevo cuño poseen: veteranía, valentía y nada que perder. Keaton es un icono y ahora está en una posición diferente. Y eso juega a su favor.
ACTRIZ 2015
Jessica Chastain (‘El año más violento’, ‘La desaparición de Eleanor Rigby’, ‘Marte’, ‘La cumbre escarlata’).
Desde hace tiempo viene siendo uno de los rostros más solicitados del último cine de Hollywood. Sin hacer mucho ruido, y a base de talento e interpretaciones de elogio, Jessica Chastain ha dejado de ser una promesa para constatar su solvencia entres las mejores actrices de su generación. Su capacidad de metamorfosis y su versatilidad al frente de cualquier papel, ha hecho de ella un inconfundible reclamo que está caracterizando su emergente carrera por la audacia que muestra a la hora de seleccionar sus papeles. Desde que Terrence Malik la eligiera para formar parte de su regreso al cine en ‘El árbol de la vida’, la filmografía de Chastain no ha hecho más que transmutar su imagen desglosando una dimensión interpretativa muy destacable alternando papeles en cintas independientes hasta ‘blockbusters’ donde su dedicación y singularidad en un universo marcado por lo efímero de la fama.
Chastain ha estado presente en cuatro grandes películas de 2015, diversificando géneros y personajes, desplegando esa magia con un esplendoroso rostro cuyo secreto es una transformable sencillez y credibilidad a través de la emoción que aporta al abanico de personajes a los que da vida. En pantalla puede ser un personaje voluble y apocado, pasando por una entrañable figura matriarcal, una mujer de acción agente de la CIA u otra deshecha por una tormentosa ruptura sentimental o la esposa de un hombre de negocios que rehúsa a ser el arquetipo de mujer florero. Chastain tiene un futuro con las puertas abiertas. El cierto aire a Julia Roberts, su descaro y esa inconfundible piel de porcelana y melena de fuego la convierten en un referente femenino que da prioridad a su estatus de actriz todoterreno más allá que el de la estrella cinematográfica en la que se ha convertido. Y ésa es la clave de su éxito.
PELÍCULAS DESTACADAS
- ‘Ex Machina’, de Alex Garland.
- ‘La mirada del silencio (The Look of Silence)’, de Joshua Oppenheimer.
- ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza (Star Wars: the Force awakens)’, de J.J. Abrams. (Leer crítica).
- ‘Misión imposible: Nación secreta (Mission: Impossible - Rogue Nation)’, de Christopher McQuarrie.
- ‘La casa del tejado rojo (Chiisai Ouchi)’, de Yôji Yamada.
- ‘Mandarinas (Mandariinid)’, de Zaza Urushadze.
- ‘Maps to the Stars (Maps to the Stars), de David Cronenberg.
- ‘Bernie (Bernie)’, de Richard Linklater.
- ‘La oveja Shaun: La película (Shaun the Sheep Movie)’, de Richard Starzak, Mark Burton.
- ‘Corazones de acero (Fury)’, de David Ayer.
- ‘Dheepan (Dheepan)’, de Jacques Audiard.
- ‘Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron. The Avengers 2), de Joss Whedon.
- ‘Langosta (The lobster)’, de Yorgos Lanthimos.
- ‘Calvary (Calvary)’, de John Michael McDonagh.
- ‘The Guest (The Guest)’, de Adam Wingard.
- ‘Foxcatcher (Foxcatcher)’, de Bennett Miller.
- ‘National Gallery (National Gallery)’, de Frederick Wiseman.
- ‘El Club (El Club)’, de Pablo Larraín.
- ‘Lejos de los hombres (Loin des hommes)’, de David Oelhoffen.
- ‘El Clan (El Clan)’, de Pablo Trapero.
- ‘El puente de los espías (Bridge of Spies)’, de Steven Spielberg.
- ‘Conducta’, de Ernesto Daranas.
- ‘Love & Mercy (Love & Mercy)’, de Bill Pohlad.
- ‘The Imitation Game (Descifrando Enigma)’, de Morten Tyldum.
- ‘Mr. Holmes (Mr. Holmes)’, de Bill Condon.
- ‘Mientras seamos jóvenes (While We're Young)’, de Noah Baumbach.
- ‘Una chica vuelve a casa sola de noche (A Girl Walks Home Alone at Night)’, de Ana Lily Amirpour.
- ‘Yo, él y Raquel (Me & Earl & the Dying Girl), de Alfonso Gomez-Rejon.
- ‘Marte (The Martian)’, de Ridley Scott.
- ‘La cumbre escarlata (Crimson Peak)’, de Guillermo del Toro.
- ‘Pride (Orgullo)’, de Matthew Warchus.
- ‘El año más violento (A Most Violent Year)’, de J.C. Chandor.
- ‘Phoenix (Phoenix)’, de Christian Petzold.
- ‘White God (Feher isten)’, de Kornél Mundruczó.
- ‘Eden (Eden)’, de Mia Hansen-Løve.
PEORES PELÍCULAS
- ‘Cincuenta sombras de Grey (Fifty Shades of Grey)’, de Sam Taylor-Johnson.
- ‘Rey Gitano’, de Juanma Bajo Ulloa.
- ‘Mortdecai (Mortdecai)’, de David Koepp.
- ‘El maestro del agua (The Water Diviner)’, de Russell Crowe.
- ‘El destino de Júpiter (Jupiter Ascending)’, de Andy y Lana Wachowski.
- ‘Lost River (Lost River)’, de Ryan Gosling.
- ‘Annie (Annie)’, de Will Gluckr.
- ‘ma ma’, de Julio Medem.
- ‘The Interview (The Interview)’, de Evan Goldberg y Seth Rogeng.
- ‘Cenicienta (Cinderella), de Kenneth Branagh.
- ‘Cuatro fantásticos (Fant4stic)’, de Josh Trank.
- ‘Entourage (El séquito) (Entourage), de Doug Ellin.
DECEPCIONES
- ‘Nightcrawler (Nightcrawler)’, de Dan Gilroy.
- ‘Big Eyes (Big Eyes)’, de Tim Burton.
- ‘Alma salvaje (Wild)’, de Jean-Marc Vallée.
- ‘Lío en Broadway (She's Funny that Way)’, de Peter Bogdanovich.
- ‘La teoría del todo (The Theory of Everything)’, de James Marsh.
- ‘El Francotirador (American Sniper)’, de Clint Eastwood.
- ‘Pixels (Pixels)’, de Chris Columbus.
FUTURAS ‘CULT-MOVIES’
- ‘Tomorrowland: El mundo del mañana (Tomorrowland)’, de Brad Bird.
- ‘Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows)’, de Taika Cohen y Jemaine Clement.
- ‘Kingsman. Servicio secreto (Kingsman. The secret service)’, de Matthew Vaughn.
- ‘Babadook (The Babadook)’, de Jennifer Kent.
- ‘Red Army. La guerra fría sobre el hielo (Red Army)’, de Gabe Polsky.
- ‘Operación U.N.C.L.E. (The Man From U.N.C.L.E), de Guy Ritchie.
- ‘Tusk (Tusk)’, de Kevin Smith.
CINE ESPAÑOL’
- ‘Truman’, de Cesc Gay.
- ‘Musarañas’, de Juanfer Andrés y Sofía Cuenca.
- ‘El desconocido’, de Dani de la Torre.
- ‘Anacleto’, de Javier Ruíz-Caldera.
- ‘Requisitos para ser una persona normal’, de Leitica Dolera.
- ‘Mi gran noche’, de Álex de la Iglesia.
- ‘Los miércoles no existen’, de Peris Romano.
- ‘A cambio de nada’, de Daniel Guzmán.
- ‘Atrapa la bandera’, de Enrique Gato.
- ‘Los héroes del Mal’, de Zoe Berriatúa.
- ‘Tiempo sin aire’, de Samuel Martín Mateos, Andrés Luque Pérez.
- ‘Sicarivs: La noche y el silencio’, de Javier Muñoz.
- ‘Regresión (Regression)’, de Alejandro Amenábar.
- ‘Negociador’, de Borja Cobeaga.
LO MEJOR… DE OTROS AÑOS
- 2004.
- 2005.
- 2006.
- 2007.
- 2008.
- 2009.
- 2010.
- 2011.
- 2012.
- 2013.
- 2014.
Y hasta aquí otro año de cine. Otro año de blog. Del resto, mejor no hablar. 2016 puede traer varias cosas. Entre ellas, la renovación de la imagen o final del Abismo a otros estratos impuestos por el ‘branding’ o ya veremos. El hecho es que sigamos luchando por lo creemos. No son buenos tiempos para nadie (mentira, salvo para unos pocos), así que perpetuemos la pugna ante los desafíos y procuraremos ser felices con poco, con nada. Habrá que seguir escribiendo, trabajando en nuevos proyectos o dejando todo por una razón vital que este año ha dado luz preferente por encima de ambiciones y sueños. Ahora mi hijo Iván es lo primordial y él es la razón máxima para vivir, sufrir y morir. Y a ello me dedicaré hasta el resto de mis días.
FELIZ 2016 a todos.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Especial Navidad: 'Los Goonies (The Goonies)', de Richard Donner (1985)

Los Goonies nunca dicen “muerto”
“Jamás traicionaré a mis amigos del muelle de Goon. Estaremos siempre unidos hasta el fin del mundo, a través del cielo o el infierno y de cualquier guerra nuclear. Amigos como nosotros estaremos siempre unidos. En cualquier ciudad, en cualquier país, en cualquier bosque o en el culo del mundo. Porque estoy orgulloso de ser un Goonie”.
Durante años, treinta concretamente, cuando alguien se refiere a ‘Los Goonies’ se establece un vínculo emblemático que despierta un sentimiento a medio camino entre la inocencia de aquel cine esgrimido como como verdadero motor del espectáculo y los valores que reivindican la grandeza de la vida y la aventura. Con tres décadas a sus espaldas, el filme dirigido por Richard Donner sigue atesorando cualidades de clásico y una superlativa calidad atemporal, como el viaje a lo analógico, determinado a un tiempo pasado que siempre parece (y en realidad fue) mucho mejor. Si existe una película generacional que marcara de una forma inconfundible la forja de toda una infancia y adolescencia durante la década de los 80, ésta es, sin duda alguna, ‘Los Goonies’, que formalizó y abanderó uno de los cúlmenes comerciales como productor de Steven Spielberg.
Por eso, cualquier referencia a la esencia de aquel filme tan importante devuelve el recuerdo y una sensación de nostalgia que trasfigura al adulto que la descubrió entonces en un niño que recupera la vocación aventurera de la búsqueda del tesoro de Willy “El tuerto”. Un referente de cine familiar que formuló una ecuación perfecta a la hora de vincular afinidades e inquietudes a través de la infalibilidad de sus aventuras, la fantasía y la diversión en aquel entorno pesquero de Astoria, Oregón, donde se desarrollaban las hazañas de este grupo de chavales que impusieron la máxima del valor de la amistad como elemento de progresión de toda una inolvidable hazaña cinematográfica.
El clásico por excelencia del género adolescente va más allá que de los arquetipos y clichés y se plantea y percibe desde su inicio, asentada en la memoria colectiva, como un estado de ánimo que franquea distintos estratos; desde una desapacible y aburrida tarde de lluvia, el hallazgo de un desván olvidado, un mapa del tesoro y el desafío de lograr una gesta imposible para que el mundo adulto que les espera a la vuelta de la esquina no sea tan voraz e injusto como se les propone.
En un sentido de innegable lucidez, se trata de una certificación cinematográfica de la hazaña infantil sobre el misterio que rodea barcos piratas y tesoros enterrados como reflejo el enfrentamiento a la madurez que impone la post-adolescencia y que, de paso, delimita un forma concreta de hacer y ver películas, circunscrito a la fascinación por el descubrimiento de lo extraordinario. La puerta de entrada a esa era nostálgica de una cinematografía perdida que ya no volverá vino apadrinada por un Spielberg cuyo lenguaje y edictos imponían un código propio, enérgico y emotivo como experiencia excepcional en itinerarios que responden a un ‘know-how‘ reconocible entre espectador y productor, planteados en un escenario de escapismo e incredulidad con un objetivo concreto: atraer a públicos de todas las edades.
Si algo enfatizó el éxito de ‘Los Goonies’ fue la eliminación de los límites entre las películas dirigidas hacia niños y el público adulto, en una mágica fusión que orbitaba cruzando muy distintos elementos comerciales, globalizando un sentimiento de empatía universal en el que el propio cine se presenta como un epítome de artefactos filmográficos con los que jugar de forma lúdica. De este modo, aquellas películas pergeñaron un cúmulo de virtudes donde el hipertexto maridaba diversos componentes genéricos como el cine de acción, piratas, comedia, fantasía ‘teenager’ y toda la raigambre de implicaciones, referencias y significados de un universo soñador como vía existencial del cine comercial que dejó huella en los fastos del ‘box office’ de aquellos añorados y emergentes años.
En busca del tesoro, de un guionista y un director
‘Los Goonies’ insufla la esencia del sentido vital de la aventura por descubrir, sin renunciar a un una desesperación forzada por la necesidad que suscita un curioso reto que implica una serie de pruebas y obstáculos que un grupo de jóvenes deben superar para salvar su hábitat e introducirse así en una vivencia extraordinaria. Todo ello, bajo la perspectiva de ese mundo maliciosamente sentimental instituido por Spielberg y que Donner tan bien supo transcribir en imágenes desde una fantasía conceptual infantil que respeta tanto el género que se olvida de los cánones impuestos para abordarlo ajeno a cualquier tipo de infravaloración posterior. Cualquiera que hoy niegue los valores y grandeza de este filme, estará desestimando la importancia y alcance como fenómeno colectivo que la ha encumbrado hasta el clásico de culto que es y representa.
La historia se basa el deseo expreso de Spielberg de constituir un fragmento de la esencia de su labor iniciática como productor durante los primeros años de los 80. Se empezó titulando ‘The Goon Kids’ y la labor como desarrollador del guión cayó en manos de Chris Columbus, con el que el “Rey Midas” ya trabajaba con más proyectos simultáneos que devinieron en grandes éxitos financieros como ‘El secreto de la pirámide’ o ‘Gremlins’. El entonces el joven Columbus afianzaba con su estilo una modulación de la emotividad despojada de falsedad o benevolencia, haciendo que la integridad de sus guiones no se vieran coartados con la corrección política de aquéllos años sin declinar la condición familiar de sus historias. Desde su rodaje, mucho se habló de la elección de Richard Donner como director. Tras convertirse en un veterano realizador de series de éxito (‘Dimensión desconocida’, ‘Superagente 86’, ‘El agente de la CIPOL’, ‘La isla de Gilligan’, Perry Manson’, ‘El fugitivo’, ‘Ironside’, ‘Canon’, ‘Las calles de San Francisco’ o ‘Kojak’), sus primeros pasos cinematográficos le estabilizaron como un valor seguro. ‘La profecía’, ‘Superman’ o ‘Lady Halcón’ convencieron a Spielberg como una excelente opción para su pequeño capricho de carácter infantil.
Donner era un experto cineasta a la hora de desenvolverse con inteligencia en cualquier faceta del cine de acción, sabiendo manejar tempos y un conciso montaje para conferir a la historia una vertiginosidad más que eficaz. ‘Los Goonies’ asigna una pauta firme a la hora de proporcionar una cuidada línea de diligencia y entretenimiento dentro de una narración que se solapa de forma recurrente a la sensibilidad dinámica de Spielberg y Columbus dentro de la película. Pese a que Donner no le entusiasmaba dirigir a un grupo de chavales adolescentes y que la historia se alejaba de sus pretensiones como cineasta, aceptó el desafío.
Su destreza en el manejo y equilibrio entre comedia y acción, evidencia su ulterior estilo a la hora demostrar de forma visual la identidad fílmica en ese catálogo de estereotipos que formulan los personajes con un propósito de identificación con el público a través de la cadencia en la que se estructura. Donner sabe manejar los límites del cine adolescente, pero se permite transgredir con gran facilidad a otros géneros que inspira todo el caldo de cultivo que configura un conjunto equilibrado y coherente sin concesiones al puerilidad infantil.
La historia es bien conocida por todos. Ubicada en Astoria, Oregón, una pequeña ciudad portuaria en la desembocadura del río Columbia, a dos horas de Portland, un grupo de chavales que se hacen llamar Los Goonies encuentran en un desván lo que parece ser el mapa de un tesoro articulado en torno a una leyenda local acerca de un pirata medieval llamado Willy “El Tuerto”. Tal hallazgo se configura como la única salida para conseguir salvar el barrio en el que viven este grupo de amigos, donde un promotor inmobiliario está a punto de hacer efectivo un desahucio para derruir los edificios y construir un exclusivo club de golf. Si hay una cosa que funciona a la perfección dentro de la película y que permite entender el éxito es la complicidad inmediata que se establece entre público y personajes, esgrimida con una recurrente sutileza. Bastan un par de imágenes o una frase para describir las diversas personalidades y características de los miembros del grupo.
Sean Astin, Jeff Cohen, Corey Feldman, Jonathan Ke Quan y John Brolin personificando a aquellos inolvidables personajes que siguen presentes en el imaginario colectivo; el chico con ortodoncia y problemas de asma Mikey Walsh, el fantasioso e inocente Lawrence Cohen “Gordi”, el cínico y parlanchín Clark Devereaux “Bocazas”, un asiático inventor de todo tipo de ‘gadgets’ Data y un atlético y modélico hermano mayor Brand... Y cómo olvidar a la chica guapa de turno Andy Carmichael (Kerri Green) y su amiga intelectual Steinbrenner (Martha Plimpton) o a ese icono del cine de la época llamado Sloth (John Matuszak) y a los siniestros y a la vez entrañables componentes de la familia Fratelli, Jake (Robert Davi), Francis (Joe Pantoliano) y Mama (la recordada Anne Ramsey). El entusiasmo de un elenco formado prácticamente por un grupo de amigos pre-adolescentes, la fantástica química que desprenden en pantalla y la inercia emocional resultante que sustentan la acción en manos de Donner transmiten de forma equitativa un contagioso sentido del humor que se zambulle sin limitaciones en el sentido más absoluto de la maravilla de acción siempre directa y cuidada, tan característica en la iconografía del cine de los 80 y establecida en el oficio de un director de corrección irreprochable.
La leyenda de Willy “el tuerto”
Dentro de ese viaje heroico que constituye el periplo hacia la salvación de su entorno y de la manutención de su día a día, la figura del pirata Willie “el Tuerto” posee un sortilegio especial y definitorio dentro de las aventuras de ‘Los Goonies’, como una especie de prolongación de nuestros deseos aventureros que envuelven cierto aire de inocencia perdida. El antiguo mapa español que la pandilla encuentra en el desván de los Walsh se nutre del espíritu de Exquemelin o Defoe o de las hazañas y fábulas retratadas por Robert L. Stevenson, Emilio Salgari o Julio Verne, entre muchos otros. De hecho, el Jolly Roger, la bandera negra grabada con una calavera y dos fémures cruzados significó parte del logotipo con el que abre el filme de Donner.
Rescatado del Siglo XVII, William B. Pordobel habría sido un bufón desterrado de la corte española al que le faltaba un ojo que perdió en una lucha a espada. Willie se convertiría con el paso de los años en un ingenioso hidalgo de mar convertido en bucanero sin escrúpulos que siguió la ley del más fuerte viajando en grandes galeones y saqueando todo lo que encontraba a su paso. Según la tradición, siguió la estela de grandes figuras de la piratería como Barbanegra, Anne Bonny, Francis Drake, John Hawkins, Piet Hein, Henry Morgan o Jack Rackham, que ante la amenaza de confiscación de toda su fortuna por parte de la corte hispana, escondió su barco llamado El Infierno en una cueva muy lejana, donde rutas subterráneas e inaccesibles hicieran prácticamente imposible su acceso. Por si fuera poco, levantó una serie de trampas mortales en las cavernas de los alrededores para asegurar que nadie le robara sus múltiples tesoros. La épica medieval confiere esa concepción esotérica a un tesoro casi mítico dentro del género de aventuras que presenta a su vez un personaje invisible pero trascendental en el devenir de la aventura “goonie”: Chester Copperpot (a quien pone rostro Keenan Wynn), un arqueólogo cuya desaparición en la década de los 30 se vinculó a la búsqueda del tesoro de Willy. Un rol simbólico, cuyo esqueleto descompuesto y su cartera con un cromo de béisbol de Lou Gehrig es ya todo un símbolo dentro de la mitología del filme.
La importancia de la galera medieval es crucial dentro de la historia, también lo fue dentro del rodaje. Una réplica de modelo del navío construido para ‘El halcón del mar’ (1940), de Michael Curtiz, con Errol Flynn como corsario inglés Geoffrey Thorpe, fue el decorado más costoso y espectacular de la cinta. Dentro de la historiografía anecdótica del filme, se insiste en que a los actores se les prohibió la entrada al plató del barco en ningún momento del proceso constructivo del enorme ‘set’. El propósito por parte de Donner estaba claro: captar la reacción de los rostros de los chicos al descubrir por primera vez el navío de Willie “El tuerto”, de la misma forma que Ana Torrent descubría boquiabierta al ‘Franskenstein’ de James Whale en la película de Víctor Erice ‘El espíritu de la colmena’.
La mirada inocente a través de un niño es algo que sustenta la idea fundacional de Spielberg como argumentista y Columbus como guionista, la de la búsqueda del sentido de la diversión y la sorpresa, la actualización de la cueva en ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, de Mark Twain, la inspiración de búsqueda de un tesoro con las referencias ya mencionadas, el “monstruo” de buen corazón que remite al Quasimodo de Victor Hugo con la figura facial de ‘El jorobado de Notre Dame’, de William Dieterleo en esa relación espiritual que se va estableciendo entre Mickey y el pirata Willy “El Tuerto” que no es otra cosa que una reminiscencia que la que se producía entre Jim Hawkins y Long John Silver en ‘La isla del Tesoro’, de Robert Louis Stevenson…
Un “oscuro” cine infantil contracorriente
‘Los Goonies’ se rodó en riguroso orden cronológico, lo que facilitó que los jóvenes actores fueran descubriendo, con grandes dosis de libertad a la hora de improvisar, las aventuras que afectaban a sus personajes, manteniendo durante los cinco meses de rodaje la constate espontaneidad real que se confiere de sus imágenes. Spielberg estaba impulsando su productora Amblin con el apoyo de Frank Marshall y Kathleen Kennedy, que se tradujo no sólo en una autonomía de producción para el cineasta, si no en la oportunidad de abrir casi un nuevo subgénero dentro del cine comercial de la época. Sus historias basadas en la acción, la experiencia infantil, la fantasía, la aventura y la ciencia ficción reiteraba una exploración obsesiva de la vida de los barrios suburbiales, donde el protagonismo de niños y jóvenes con problemas familiares o afectivos veían alterada su vida con la irrupción de un elemento fantástico capaz de cambiar por completo su destino. Todo ello encajaba con esta historia cuyo guión cayó en manos de un jovencísimo Chris Columbus, que en dos años se convertiría en uno de los guionistas más prometedores de Hollywood. Con veintiséis años y una película comprada por parte de un gran estudio, ‘Rebeldes temerarios’ (1984), firmó tres películas para la Amblin de Spielberg: ‘Gremlins’ (1984) y ‘El secreto de la pirámide’ y ‘Los Goonies’ (1985).
La personalidad de Columbus tenía un efecto añadido que beneficiaba los propósitos de este tipo de películas; además de controlar todas las facetas del cine familiar, le caracterizaba un estilo subversivo a la hora de salpicar sus historias con una oscuridad contestataria al fácil carácter edulcorado con el que se podían haber planteado aquellas producciones comerciales. Si algo no se le puede achacar a ‘Los Goonies’ es que en ningún instante cae en la moralina dentro de la aventura. Con una ráfaga de anécdotas, diálogos y palabras malsonantes que hoy en día quedan muy lejos del estándar "PG" (que sugiere la compañía de un adulto para los menores de 13 años) impuesto por Hollywood, Spielberg apostó en aquellos tiempos (luego, la cosa cambiaría) por tratar al espectador infantil de un modo inteligente, encauzando su historia con la personalidad necesaria sin traicionar al estilo del sello que proporcionó algunas de las proyecciones de nuestros sueños infantiles más recordadas por todos.
Obviamente, eran otros tiempos y esa vulgaridad incorporada a algunos diálogos bajo una estela descubierta de golpes de humor ingeniosos era el paradigma de un cine juvenil planteado sobre un espejo de la realidad despojado de meliflua pretensión. Columbus, además de generar un perfecta montaña rusa de situaciones a modo de ‘truffle shuffle’ (el “supermeneo” de Gordi), delimitó un propósito muy concreto al encender el entusiasmo del espíritu infantil creado para el deleite por el genuino entretenimiento. La confección de sorpresas y enigmas, ese estrato de plataformas de videojuegos tan de la época, la resolución de puzles como un engranaje de Rube Goldberg (y que tiene su visualización en el instante en que Mikey y “Bocazas” abren la puerta del jardín a Gordi) no estaba reñida con un espíritu contestatario que expuso una inusitada libertad indiferente a la circunspección insubordinada a cualquier tipo de responsabilidad que no esté inmersa en los parámetros de la diversión familiar del sello Amblin.
Sólo así es posible que en un momento de la película se juegue con la traducción de “Bocazas” a Rosalita (Rosanna en la versión patria), la nueva asistente hispana (italiana en el doblaje español) de los Walsh, inventando una retahíla de atrocidades que emergen de forma sarcástica en esa inventada y libre traslación que hace referencia a todo tipo de drogas e instrumentos de tortura sexual. Tampoco faltan chistes gráficos y fálicos con un facsímil de una escultura del renacimiento y durante el desarrollo de la historia no escatiman en mostrar cadáveres congelados, intenciones de tortura infantil desde un prisma amenazante nada complaciente de la aventura, siempre al filo de lo insorteable de la función, que se disfraza de cine familiar representado por personajes estrafalarios llenos de personalidad y diálogos inteligentes. Al fin y al cabo, la adolescencia era y sigue siendo una época de rebeldía donde la transgresión de las normas impone un camino de autoconocimiento.
El vigente drama de fondo
‘Los Goonies’ además de sostener una hermosa fábula sobre los valores de compañerismo y la amistad, donde el carácter simbólico de la fugacidad de la infancia amplía su sentido a la aventura como una negativa a crecer, es también un choque frontal con la realidad más cruel. No hay que olvidar que la película de Donner comienza con un miedo compartido y asumido por unos chavales que temen la desubicación y su separación para el resto de sus vidas. La tragedia del desplazamiento de poblaciones locales con rentas modestas a favor de proyectos mastodónticos que no responden al interés general no es algo actual. Lamentablemente, es un drama cuyo ciclo jamás se cierra. Vista hoy en día, ‘Los Goonies’ actualiza su subtrama de fondo con más fuerza que nunca. La posibilidad de paralizar un desahucio como utopía infantil suponía un tema bastante oscuro e inaudito dentro de aquel universo suburbial donde las bicicletas circulaban libremente por las tranquilas carreteras de los barrios residenciales de los 80.
La infancia marca la pauta y el trasfondo iniciático en el que los traumas deben ser superados se insinúa aquí en un impacto vital convertido en el rostro de un especulador inmobiliario de compraventa de terrenos residenciales para convertir una pequeña ciudad portuaria en un inmenso club de golf que suponía el arranque perfecto para aferrarse al inmovilismo de unas raíces que han creado unos vínculos a punto de romperse para siempre.
Los niños crecen de repente con conceptos que ni siquiera entienden: “¿qué son esos papeles?”, pegunta Mikey, “asuntos de papá” le responde su hermano mayor. “Están deseando que llegue mañana para hipotecar todos los… cómo se llame” esgrime Data sin tenerlo muy claro. “Ojalá que cuando tiren nuestra casa se les caiga encima”, dice Brand. “Y que les pille las pelotas”, finaliza el pequeño de los Walsh, impotente ante lo que se les viene encima. El plano de Mikey mirando cómo los agentes inmobiliarios hacen planes sobre los muelles de Goon y echando un último vistazo al lugar que le ha visto crecer y deberá abandonar en breve impone la crudeza de base, el forzado desalojo de las esperanzas de aquellos ciudadanos de clase media que se ven ante un verdadero villano como es la injusticia hipotecaria que hace de la adversidad una imposición y lastre vital. Una motivación tan contundente, que la aventura posterior sólo hace que reforzarse en esa idea.
De ahí, que cuando los protagonistas encuentran un pozo de los deseos lleno de monedas y crean en un primer momento que se trata del tesoro que no encontró Chester Copperpot, todos comienzan a llenar sus bolsillos. Pero Stef les recrimina su acción, asegurando que cada moneda simboliza un deseo de todas las que han lanzado su moneda al pozo. “Bocazas” coge una al azar y confiesa que ésa precisamente era su deseo y no se ha cumplido, así que por eso se las queda todas. Sus absortos compañeros de aventuras miran cómo ambos hostilizan en una pugna que se detiene con la aparición de Troy (Steven Antin - que alcanzaría posteriormente fama televisiva al dar vida al detective Savino en ‘Policías de Nueva York’-), que les abre la posibilidad de renunciar a su peligrosa búsqueda del tesoro de Jack “El tuerto” por salvaguardar sus vidas al instante. La pregunta que se sugiere es: ¿a qué precio?
En ese instante es cuando Mikey les abre los ojos para porfiar en su afán por salvar Goondock con uno de los monólogos más entrañables y evocados de nuestra generación: “La próxima vez que veáis el cielo, será el de otra ciudad. La próxima vez que hagáis un examen, será en otro colegio. Nuestros padres quieren lo mejor para nosotros, pero ahora tienen que hacer lo que les conviene a ellos. Porque es su momento. Su momento… Allí afuera. Y aquí abajo está el nuestro. Nuestro momento está aquí. Y todo esto acabará en el instante en que subamos al cubo de Troy”. En los instantes de crisis no hay que perder la ilusión y bajar los brazos no es una opción como base fundamental para continuar erguido ante los obstáculos.
De hecho, en ‘Los Goonies’ se da por hecho que los malos de la función son los Fratelli, esa familia de criminales organizados por la cabeza pensante de la familia, un remedo de Ma Barker, que les ha inculcado el egoísmo y la ambición destinadas al fracaso en un entorno disfuncional y amenazante que no deja de ser una caricatura del maleante perseguidor del héroe. La inocencia con la que están construidos los hermanos Fratelli y su madre castradora es tan evidente que el mismo apellido viene a significar lo mismo su idioma de origen (hermanos). El verdadero antagonista es el mencionado Troy Perkins. En una esfera más importante que su padre o la familia de delincuentes italianos. Él es el verdadero malvado de esta película.
Porque Troy es la representación del niño rico malcriado que mira con desprecio a los que viven por debajo de su estatus, que conduce un descapotable rojo y se aprovecha al máximo de las oportunidades ofrecidas por su cómoda posición en la vida. Es tan mezquino e inútil que cuando un imprevisto se cruza en su camino, como estar sentado en el wáter del club de tenis leyendo un número de ‘Guns & Ammo’ y se invierte la presión de las cañerías disparándole hacia arriba, no puede más que gritar llorando a su padre. Los Goonies tiene una significación contraria. Ese cubo del pozo sería la aceptación de la supeditación a esta calaña de gente y la negación supone la lucha por los sueños. Por cuando Andy, una niña pija que entiende los valores del grupo de amigos, acepta seguir pugnando por el sueño de conseguir el tesoro Troy grita de esa forma tan desgarradora. Alguien de su posición privilegiada se ha pasado al enemigo, a los pobres y gente de bien. En eso, ‘Los Goonies’ confirieron una educación sentimental basada en la dignidad de las personas, más allá de la ficción y de la acción que empapa la película.
Un clásico de culto y una cinta generacional
Como la magdalena de Proust, ‘Los Goonies’ lleva consigo una carga emocional relacionada con el pasado, con un contexto muy concreto que se hace demasiado basto en la memoria y que ofrece una perspectiva definitoria de una etapa muy concreta de nuestra vida que incluso se vuelve incómoda cuando trata de valorarse con una perspectiva adulta que pueda acabar por usurpar el espíritu de los personajes y de la esencia misma de la película. Hoy en día, aquel espectador que vio la película producida por Spielberg con la edad adecuada, en un tiempo determinante ante sus aspiraciones comerciales, no puede dejar de recordarla como la gran película de aventuras que cambió nuestras vidas y capturó los corazones de millones de personas que siguen evocando a los Fratelli, las grutas subterráneas, el esqueleto de Cooperpot, el “resabalasuelas”, “las pinzas del peligro” o los “rayos cegadores”, el tesoro escondido y aquel monstruo digno de ser amado como algo tan íntimo como mítico.
‘Los Goonies’ posee algo que pocas películas tienen en su interior, un elemento cohesionador básico y cultural que evidencia el porqué de su importancia como disertación de filosofía juvenil: no importan sus estereotipos, los miedos compartidos, los lugares comunes que interactúan de forma común en nuestra memoria… la infancia perdida y la juventud de una legión de seguidores que desentierran el afán de superar el desafío que nunca logró Chester Copperpot convierten al adepto defensor de este filme en un “goonie” que pervivirá como parte de un paradigma generacional más allá del paso del tiempo.
Un edicto melancólico que no oculta su deuda con el cine promulgado por Spielberg y que sufraga esa imposible asignación a los que aman la imperfección de un cine que ya no se hace. ‘Los Goonies’ forma parte de nuestras vidas, como también Sloth (John Matuszak) y su “cara como hecha un lío”, que dio a entender cómo dos seres rechazados pueden hermanar su alma desde el entendimiento mutuo, de cómo un ser deforme puede robarle el corazón a un niño entrado en kilos. Tampoco cómo llegada la hora del interrogatorio a Gordi ante los Fratelli, que le obligan a contar todo desde el “el principio” exhorta una de las más estrafalarias y memorables confesiones que se recuerden en el cine moderno. Las referencias de ese vuelo en bicicleta de Brand en homenaje a ‘E.T. El extraterrestre’ y el logo de Amblin, Mikey saliendo a recoger un quinqué evitando por milímetros ser aplastado por una piedra como ofrenda a Indiana Jones, el Sheriff evidenciando que las mentiras fantasiosas de Gordi cuando éste, reclamando su ayuda, alude a esas “aquélla broma de los bichos que se multiplicaban cuando se les echaba agua encima” no puede evitar pensar en ‘Gremlins’ o el significativo cuidado con el que definieron una época concreta; desde la canción de Cyndi Lauper ‘The Goonies 'R' Good Enough’, pasando por las revistas Mad que aparecen en instantes puntuales de la cinta o el videojuego Cliff Hanger del inicio. Por si fuera poco, el diseño de producción es expansivo y ha soportado de forma excepcional el paso de tiempo, así como la mirada sombría y espeluznante de la fotografía de Nick McLean o la magistral e inmortal banda sonora de Dave Grusin.
Por mucho que sus actuales propietarios no quieran, la casa Cannon Beach ubicada en la 368 -38th Street de Astoria, desde la que se aprecia Haystack Rock y los verdes parajes de Ecola State Park, o la cárcel de Clatsop County de donde se fugan los Fratelli seguirá siendo un lugar de peregrinación por tantos y tantos adeptos al filme y, auspiciado por la propia comunidad portuaria, que decretó el 7 de mayo como "Día Oficial de los Goonies" desde 2010. Tal vez no sea una película perfecta o que, con cierta perspectiva, haya sido fruto de un recuerdo atesorado en nuestra memoria como algo único. Y en cierto modo lo sea. Porque es una película que nos pertenece a una generación que es capaz de eliminar la presunción acerca de aquello que dice acerca de la nostalgia como algo poderoso y embaucador para ejercer un cambio de percepción sobre aquello que añoramos. Por eso, el filme de Donner es tan valioso y tan colectivo para cierto sector de la población mundial. De ahí que a nuestros ojos sea película excepcional, inalterable y atemporal. De ahí, que ‘Los Goonies’ sea nuestra película.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Review 'Star Wars: el despertar de la Fuerza (Star Wars: the Force awakens)', de J.J. Abrams

Continuismo reverencial
J.J. Abrams resucita el universo galáctico de Lucas en una majestuosa cinta que sirve de puente vinculante, muy próximo al ‘remake’, a una nueva generación de personajes que resetean el producto para encaminarlo hacia un nuevo y esperado horizonte argumental.
Sin el logo y la fanfarria de 20th Century Fox, pero sí con el de LucasFilms Ltd. y esas inmortales letras azules sobre fondo negro con el lema “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana….” (Nunca entenderé el porqué de los cuatro puntos suspensivos), es muy fácil incitar al espectador a rescatar de su memoria sensaciones cinematográficas que hoy en día son difíciles de conseguir. La compra de la factoría de George Lucas por parte de Walt Disney Company hacía presagiar dos cosas; primero, que se darían prisa por revivir la saga galáctica con nuevos títulos. Segundo, que el emporio quedaba en buenas manos, las de Kathleen Kennedy, como presidente y productora ejecutiva de esta nueva andadura de ‘Star Wars’. El hecho de que el director elegido, J.J. Abrams, heredero directo del espíritu comercial y cinematográfico de Lucas y, sobre todo, de Steven Spielberg, tuviera la última palabra en el montaje final, también ofrecía esperanzas ante un producto con cierta dignidad y calidad en la resurrección de uno de los fenómenos más taquilleros de la historia del Cine.
Tras innumerables conjeturas e interpretaciones, ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ se ubica tres décadas después de ‘El Retorno del Jedi’, estableciendo un cosmos continuista al contexto y situación de aquélla primera trilogía. Luke Skywalker (Mark Hamill) ha desaparecido en algún lugar de la Galaxia. El Imperio ha desaparecido, pero en su lugar ha tomado importancia la Primera Orden, que amenaza los edictos de equidad y justicia de la República resurgente que ahora opera bajo el nombre de Resistencia. La búsqueda del Jedi es el detonante del filme, cuyo paradero es escondido en un pequeño androide biesférico a través de un mapa estelar que será la clave en la aventura especial.
Más allá de aquellas reediciones, nuevos montajes o incluso la precuela antojadiza de Lucas, el carácter serial de los mimbres que fundamentaron el éxito de la saga se mantienen dentro de esta nueva aventura galáctica, sin caer en la desmitificación que impone los avances tecnológicos del cine actual y recurriendo a un sentido clásico donde los efectos especiales están al servicio de la historia y no viceversa. A partir de ésa idea, Abrams confecciona un filme que posterga los matices transformadores de los episodios I, II y III para ceñirse a los preceptos de esa especie de credo secular que impusieron los tres primeros filmes a finales de los 70 y principios de los 80. Tanto es así, que lo primero que se percibe dentro de esta ambiciosa aventura es un acentuado sentido extensivo, más próximo al ‘remake’, velado en su estructura argumental del primigenio filme de 1977 que dio inicio al negocio, que a una ruptura y renovación del mito ‘Star Wars’.
Se repite e invierte la ambigüedad moral, las relaciones paternofiliales, la pugna entre el bien y el mal y el sentido de justicia contra las fuerzas opresoras de carácter autocrático. Los elementos arcaicos y conocidos por todos se reemplazan por otros más modernos pero igual de reconocibles; el sobrino de un granjero de humedad aquí pasa a ser Rey (Daisy Ridley), una recolectora de chatarra que, como el joven Skywalker, está destinada a descubrir La Fuerza. El planeta Jakku es un duplicado de Tatooine, el mercenario cínico que era Han Solo, pasa a ser el Stormtrooper disidente FN-2187 o Finn (John Boyega). No falta BB-8, un droide que reformula a R2-D2, destinado a satisfacer las ventas del ‘merchandaising’ y dentro de la trama un rol capital al poseer información vital en su interior. El oscuro Darth Vader encuentra su facsímil en un heredero ‘sith’ llamado Kylo Ren (Adam Driver), al que le vincula algo más que la simple sucesión y que se somete a la doctrina del Líder Supremo Snoke (Andy Serkis), lo que venía siendo una versión moderna del siniestro Emperador. Tampoco falta un nuevo Yoda, aquí metamorfoseado en Maz Kanata (Lupita Nyong'o), una vieja pirata espacial a la que los protagonistas encuentran en una réplica exacta del tugurio que era Mos Eisely y que se encuentra en Takodana, una copia del planeta Yavin.
Son tantos vasos vinculantes entre ambas películas que podría decirse que la película de Abrams es un ‘reboot’ que sirve de puente entre la trilogía de los 80 y ésta, que apenas hace referencia a la franquicia creada por Lucas a principios del milenio, sin referenciarla más allá de algún concepto visual o ese plano de uno de los siete planetas de la República observando su inminente final. Como si Abrams fuera consciente de los errores de una prolongación que incluía desperfectos como Jar-Jar Binks o la teoría maldita de los midiclorianos, entre muchas otras trabas. Aquí, todo gira en torno a los cimientos y fundamentos de la saga, con guiños al ‘Episodio III’, sin duda alguna, la mejor película de las precuelas. Pero hasta ahí llega esa compensación a la osadía de su creador por resurgir su negocio que muchos seguidores aún no le han perdonado a Lucas y que se merece más respeto del mostrado pasado el tiempo.
Entre lo clásico, lo legendario y la nostalgia
Si algo se ha acatado escrupulosamente en ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ es la búsqueda de una línea que no traicionara en ningún instante los orígenes del universo cinematográfico de antaño para recurrir a un juego de concordancias entre lo clásico y esta nueva apertura a una nueva (o al menos, eso parece) infraestructura que replantease un sentido de fidelidad.
El propósito es articular una estrategia basada en reedificar prudentemente la demanda de los fans más prosélitos, pero alejada de cualquier coacción en base a narrar una fábula que apela a lo legendario, a la nostalgia y al niño que todos llevamos dentro, sabiéndolo sacarlo y ponerlo al frente de una conexión con la nueva era cinematográfica. En el momento en que entra en escena el Halcón Milenario y aparecen Han Solo y Chewbacca, se amplifica hasta extremos indecibles esa mediación tan evidente hacia la melancolía generacional, que revive de un modo casi extático la mitología compartida por tantas generaciones.
De ello, se aprovecha Abrams para confeccionar su nueva aventura espacial, añadiendo irónicamente un hecho que supone el mayor hallazgo del filme: los protagonistas, de una forma muy sutil, son presentados como auténticos ‘fans’ del paganismo instituido por Lucas, sugiriendo en voz baja acontecimientos pretéritos que todos conocemos y aludiendo con admiración a Han Solo, los Jedis o Luke Skywalker como leyendas fabulescas que entroncan los preceptos remotos para llegar a este reseteo que sustrae innumerables imágenes recurrentes como el antiguo casco de los pilotos rebeldes, el sable láser de Luke (y su posterior recuperación con la Fuerza en una secuencia con nieve), el ajedrez holográfico de Chewbacca en el Halcón Milenario, los cameos del almirante Ackbar o Nien Nunb y la fugaz aparición semienterrados en el desierto de sendos Destructores Estelares Imperiales o del icónico AT-AT, que se une al protagonismo que toman los ya míticos X-Wing o los Tie Fighters.
El guión de Lawrence Kasdan (fundamental en el éxito de esta película), Michael Arndt y el propio Abrams presentan legado que impone algunas distinciones que abordan evidentes significaciones reivindicativas y actualizadas más propias de los tiempos que corren, como que el protagonista sea de raza negra y supere cualquier inconveniente y empatizar como un héroe de forma instantánea o que el Jedi destinado a cambiar el signo de la historia sea una mujer valiente, fuerte y llena de recursos, abanderando con su interesante personaje la lucha en contra de un género que tradicionalmente ha sido demasiado caritativo e tendencioso con los personajes femeninos.
Normalizada esta teórica y subyacente sofisticación temática cabe destacar a Kylo Ren y su personalidad fanática que circunscribe la herencia reflectora de Darth Vader, vinculado a los mismos estigmas y aprensiones testamentarias, como el hecho de proceder de la estirpe de los Jedis catequizados al Lado Oscuro. Su presentación no puede ser más definitoria. Cuando se enfrenta a Lor San Tekka (Max Von Sydow, de nuevo un duplo antecedente, en este caso de Obi Wan Kenobi), un antiguo aliado de la Nueva República y de la Resistencia, concreta el origen del oscuro villano de esta trilogía: “La Primera Orden vino del Lado Oscuro. Tú No”, le dice, abriendo la intriga sobre el devenir del sucesor fanático de Vader.
En ese estrato, ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ preserva y radicaliza los cánones imperiales predecesores y conforma una nueva cofradía tirana que vuelve a utilizar la demagogia política y los planes tecnológicamente sofisticados para, en este caso, promover una perceptible imagen de fascismo de primer orden adoptando un sorprendente enfoque encaminado a la limpieza étnica interplanetaria. La República democrática que, mediante el miedo y la amenaza de la guerra, delegaba en un imperio tiránico y quedó inscrito de forma simbólica y nostálgica en aquellos sables de luz considerados “un arma noble para tiempos más civilizados”, dejan paso a un discurso jalonado de una democracia orientada a una dictadura. Actualizando sus estigmas, Abrams y sus acólitos dejan entrever los riesgos de ciertos extremismos tan actuales.
La Estrella de la Muerte, símbolo de aquella idea imperialista de la intimidación como método de gobierno, ha corregido su índole a un nuevo emblema de terror como es la impresionante ‘Starkiller’, un malévolo sistema que ha aprovechado el vacío de poder dejado por el Imperio para erigir su espectro de terror directamente construido sobre un planeta, cuyo líder es supremo dictador con imagen de holograma del tamaño del monumento a Lincoln con la estirpe digital de Lord Voldemort que manipula al enmascarado Kylo Ren para completar la obra de Darth Vader. La presentación de esta Primera Orden, abiertamente fascista, se transfiere al círculo reconocible del nazismo, presentando al General Hux (Domhnall Gleeson) en un discurso devastador ante miles de tropas formadas escuchando un discurso que recuerda a los documentales sobre el Tercer Reich de Leni Riefenstahl y que van más allá de los antecesores Darth Maul o el Conde Dooku.
J.J. Abrams compone mediante una elegante coreografía un vademécum de nostalgia sintética llevada a contravenir a George Lucas y su revolución digital al optar por rodar en 35 mm para recrear una textura similar a la de la trilogía original, que encuentra en la fotografía de Dan Mindel una aliada para dotar de singular añoranza la visualidad perdida de aquel cine clásico de aventuras que busca encontrar y devolver el ingrediente crucial de las tres películas originales de la franquicia y que no es otro que la diversión. La ventaja es que el creador de ‘Lost’ sabe sortear las limitaciones de la propia naturaleza del folclore espacial y lo desarraiga de la fecundidad moderna y abusiva de efectos visuales generados por GCI, dando un toque retro y postmoderno que logra prevalecer la precisión por una apuesta dramática donde sus personajes arquetípicos desprenden una sentimental confrontación melodramática alimentada por las emociones que parecía extinguida en este tipo de cine.
Pese a que en la renovación del clásico de ciencia ficción puede parecer excesivo el recurso a lugares comunes y cierta tendencia a un voluble terreno nostálgico, es justo reconocer la armonía y el dinamismo de Abrams, que ofrece instantes que superan a cualquier momento precedente, como ese primer encuentro entre Han Solo y la general Leia Organa, que desprende una magistral sacudida emocional capaz de transmitir, mediante esa imagen de Harrison Ford y Carrie Fisher avejentados, una congoja generacional imposible de asumir en cualquier otra película. Otros ejemplos son ese duelo nocturno de espadas láser en la nieve que evoca las influencias del cine samuráis o frases calcadas y conocidas de anteriores cintas (“tengo un mal presentimiento, “que la fuerza te acompañe”…), que derivan en un honesto y hermoso divertimento que no olvida tampoco sus toques de humor e ironía como en el momento en que esos dos stormtroopers caminan por un pasillo y al escuchar la explosión de ira de Kylo Ren, dan media vuelta, disimulando para evitar problemas.
‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ contiene en su naturaleza un reciclado escapista que empuja a reflexionar sobre si en las sucesivas entregas se optará por esta reincidencia en la reordenación de los componentes básicos o se erigirá un comienzo hacia un progresivo catálogo de lugares inexplorados. Pese a sus defectos, que los tiene (y muchos), la apuesta de Abrams no decepciona en las expectativas y auspicia un magnífico sentido del espectáculo en esta suntuosa resurrección y reciclaje del espíritu inicial de George Lucas.
Un artefacto con patrón clásico que articula su eficacia en un regodeo sobre el mito galáctico tan emocionante como visual. Un acercamiento a lo conocido, a la entidad del bien y el mal, la lucha por la justicia, el determinismo del viaje del héroe instituido como profecía y la verdadera índole de la Fuerza. Sea como fuere, esta nueva trilogía promete una estupenda prolongación de este nostálgico ‘space-opera’ que reúne en su primera puesta de largo los elementos necesarios para acaparar la concordia del espectador recién llegado y del fan de toda la vida con el legado de ‘Star Wars’, en el que no podía faltar la batuta musical de un genio histórico como es John Williams. Todo un logro que deja con ganas de más.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

viernes, 18 de diciembre de 2015

'Star Wars': ha llegado el momento

Durante el último año, ha prevalecido la importancia de un acontecimiento fílmico muy por encima de los demás. ‘Star Wars: el despertar de la fuerza’ emergió después de la compra en 2012 de Lucasfilms por parte de Disney por 3.125 millones de euros. Desde ese momento, era cuestión de tiempo una resurrección del mito galáctico y el universo creado por George Lucas. Tras designar como director al nuevo prodigio del espectáculo comercial J.J. ABrams, la maquinaria no hecho más que incentivar las expectativas del colectivo afín a la saga, en el que la mitomanía alcanza una dimensión pletórica y universal dentro de los contornos del cine fantástico. Desempolvar y reverdecer los estigmas de una de las sagas más taquilleras de la historia era un deber por parte de una factoría acostumbrada a exprimir sus gallinas de los huevos de oro hasta agotarlas.
De este modo, ha llegado el momento de volver a asistir al mayor acontecimiento cinematográfico de los últimos tiempos, a ese híbrido de géneros salpicado por el sci-fi, la aventura, la acción, el drama y el romance. Las generaciones que vivieron la revolución del cine de Ciencia-Ficción hace ahora treinta y ocho años dese la primera trilogía y una década desde su continuación están a punto de ver recompensado el deseo de otra ración estelar de apoteosis. Ha llegado la hora de dejar la doctrina, la estética llana, el dramatismo y una visión existencialista del cine defendido por resignados conceptos academicistas por otros más trascendentales como son la creación de sueños y la diversión basada en el grandioso espectáculo sólo al alcance de aquellos que siempre han visto en esta Saga una forma de cambio radical en las estructuras cinematográficas con la irrupción del ‘Episodio IV: La Guerra de las Galaxias’. Una generación que creció bajo el influjo de un mundo engendrado por Lucas, que ofrendaría al Séptimo Arte con un sentido drásticamente diferente, confiriendo a la noción de diversión que todos tenían hasta la fecha un aire distinto, combinando la fábula sociopolítica futurista con unos efectos especiales que se configurarían como el inicio de una conmoción digital que desde entonces (y gracias a la todopoderosa ILM) no ha parado de evolucionar.
Desde que Lucas estrenará en 1977 la primera (en realidad cuarta) entrega de esta legendaria odisea, no sólo le otorgó una nueva dimensión estética y conceptual al género, sino que irrumpió de tal manera en la iconografía cinematográfica colectiva que se convirtió en una auténtica y genuina seña de identidad generacional pasando a formar parte de la cultura popular internacional, adquiriendo adeptos allá por donde se estrenara la utopía galáctica. El fenómeno ‘Star Wars’ ha extendido durante décadas esa ensoñación contagiosa a multitud de generaciones posteriores que siempre han tenido como referente del cine de aventuras este universo espacial desde su infancia, extendiendo esa pasión de padres a hijos.
Bajo la oscuridad de un sueño planetario, tan sólo acompañado por el reflejo luminoso del proyector, millones de personas alucinaron con las aventuras del ingenuo Luke Skywalker, el mercenario Han Solo, su peludo amigo Chewbacca, la sensual Princesa Leia y los simpáticos droides Rd2-D2 y C3-Po. Los ‘fans’ y espectadores recuerdan aquella frase con letras azules sobreimpresionadas sobre fondo negro que servía como prólogo de la trilogía “Hace mucho tiempo. En una galaxia lejana, muy lejana...” como una de las máximas más representativas de su cultura visual, de una visión colectiva que marcó las vidas de sus espectadores para siempre. Una iconografía particular bajo la vasta sombra de su odisea en forma de trilogías que hoy puede analizarse como una auténtica gesta histórica dentro de la Historia del Cine.
Además de acrecentar su mitología sin cesar desde su apertura sin ver erosionada por el tiempo su trascendencia proverbial, la Saga ‘Star Wars’ ha creado auténticas efigies dentro del Séptimo Arte. Por eso no es de extrañar que el siniestro casco negro de Darth Vader (alegoría perfecta del Lado Oscuro de la Fuerza y que en esta séptima entrega cede su continuismo a nuevos villanos) posea un poder tan brutal equiparable al símbolo de Coca-Cola, los aros de los Juegos Olímpicos o la Estatua de la Libertad. Se trata de una experiencia al borde de la contemplación que siempre se ha vivido a través del cine y de un potente foco de marketing basado en todo tipo de muñecos, naves, gorras, camisetas, tazas... con motivos ‘starwarsianos’. Y es que, si por algo se caracterizó la millonaria Lucasfilms fue por incluir en el contrato con la Fox la disposición de los beneficios de explotación del ‘merchandaising’, término que cambió su sentido con la saga galáctica gracias a sus millonarios beneficios. Un mundo de rentabilidad que ha alimentado la nostalgia de los millones de seguidores de la Fuerza y del Reverso Tenebroso, confiriendo a la temática legendaria de Lucas una dimensión equiparable a toda una religión seguida por los más acérrimos defensores de la Saga más seguida del cine contemporáneo.
Desde el mismo instante en que todos los seguidores de la Trilogía Galáctica supieron que a través de Disney, la saga recobraba su espíritu contando con los personajes de las primeras entregas, se desató el fervor por estas fábulas iconográficas e inmortales. Ajena a la tipología de los ‘blockbusters’ actuales, Abrams pretende reflotar esa forma perdida de ver (y sentir) el cine, como si de contar un cuento se tratara. ‘Star Wars: el despertar de la fuerza’ aspira a lograr el mismo impacto visual de sus antecesoras que recuerde al punto de inflexión convertido en referente inevitable dentro del cine que supusieron, sobre todo, las tres primeras entregas. El folletín galáctico prolonga su vestigio con los héroes carismáticos envejecidos por el paso del tiempo, dejando el testigo a otros intérpretes que verán marcada su carrera con su participación en esta nueva etapa de ‘Star Wars’ en un film cuyo hermetismo ha conferido una enigmática esfera de comentarios y suposiciones sobre el devenir de un argumento mantenido en secreto hasta el día de hoy.
Ya ha llegado por tanto el espectáculo con mayúsculas, la diversión, la espectacularidad visual, la infancia perdida, la lucha entre el Imperio del Mal y los Jedis... Con esta tercera parte de la trilogía se acaba el renacimiento de una mitología que durante casi treinta años ha seguido constante en nuestra retina colectiva creciendo constantemente. Es la hora de desempolvar los viejos sueños infantiles, de dejarse llevar por la magia del cine, de asistir a una proyección con el designio de descubrir algo que todavía no se ha visto hasta el momento. Ubicada treinta años después de que se produjera la batalla de Endor, la galaxia se ha transformado en algo muy diferente. La Alianza Rebelde ahora se denomina ‘Resistencia’ que sigue en su lucha por la libertad y la justicia contra los soldados del Imperio Galáctico, ahora bajo las consignas de un lado oscuro llamado ‘Primera Orden’. Sin el Emperador y Darth Vader, el absolutismo de los sith en la galaxia sigue su siniestro curso en la historia. Por si fuera poco, los jedis están prácticamente extinguidos bajo la orden la ‘orden 66’, lo que ha convertido a esta raigambre en un mito y leyenda perdido.
En este contexto, Abrams destapa el tarro de las esencias, sugiriendo de nuevo un retorno irónico a los mitos clásicos que devuelven esa transmisión generacional de la esencia jedi, del recuperado fenómeno con continuidad a medio plazo. Ha llegado el momento del inicio de una nueva perspectiva sobre la legendaria pasión galáctica. Todo el mundo está invitado a este nuevo viaje hacia lo desconocido. Ha llegado el momento, por tanto, de desempolvar la nostalgia y disfrutar de este nuevo acontecimiento bajo las imperecederas notas de John Williams.