martes, 28 de julio de 2015

‘El quimérico inquilino (Le locataire)’: El conspiratorio descenso a la locura

Un hombre permanece sentado en una corroída silla del Jardín del Palacio de Luxemburgo, bajo el frío de invierno de París. Observa a unos niños que juegan con unos barcos junto al estanque. Uno de ellos comienza a llorar desconsoladamente porque, a simple vista, su barco se ha alejado mucho de la orilla. Una joven que parece su madre llega para consolarle, hablándole y tratando de que el infante se calme. El hombre se estremece, vigilando atento la situación. La chica desaparece de plano, mientras el hombre se levanta directo al pequeño. Éste le mira absorto. Inesperadamente, el hombre le increpa: “Filthy litlle brat! (¡Pequeño y sucio mocoso!)”. Y sin más, le propina una terrible bofetada y se marcha por donde ha venido, dejando al niño llorando ante lo bizarro de la situación. Es el punto de no retorno de la locura de un hombre en pleno proceso de paranoia y conflicto de personalidad. Roto y confuso por los acontecimientos que se le han venido encima en los últimos días.
¿Quién es este hombre? Se trata de Trelkovsky, el protagonista interpretado por Roman Polanski en ‘El quimérico inquilino (The Tenant)’, la que es, hasta el momento, su mayor obra maestra como director. Trelkovsky es un joven empleado de banca que busca un apartamento de alquiler en la céntrica Rue des Pyrénées. En el momento de echarle un vistazo al piso, la portera le cuenta que la antigua inquilina, Simone Choule, es una mujer que permanece en coma al haber intentado suicidarse saltando al vacío por la ventana. Interesado en la salud de la misteriosa mujer, cuando entra a vivir en el apartamento los sucesos se precipitan hacia un aparente complot del propietario y los vecinos para que él también siga los pasos que lo llevarán a un demencial suicidio siguiendo los pasos de Choule.
‘El quimérico inquilino’ comienza con un planteamiento social, en el que Polanski presenta un problema que se repite a lo largo de los años, del de la difícil búsqueda de una vivienda de alquiler céntrica y en condiciones, para transformarla rápidamente en una progresiva pesadilla claustrofóbica y malsana. Su estilo grotesco, directo y sucio provoca el imaginario desasosiego de una angustia atmosférica opresiva y turbia gracias al ojo fotográfico de Sven Nykvist, que es perfecta para exhibir un sádico e incómodo humor negro, donde lo surreal y macabro es introducido en un marco realista que termina por incitar a la confusión y al terror.
El mejor filme de Polanski se perpetúa a lo largo de su metraje con una trastornada excentricidad, que tiene su inicio en el modo en que la portera del inmueble, interpretada por la gran Shelly Winters, se descojona al mostrarle a Trelkovski las consecuencias en el mobiliario vecinal que ha dejado la caída de Choule en su intento de suicidio y sacudiendo la retina del espectador la primera vez que vemos la momificada figura de Choule lanzando un desgarrador grito de pavor ante la visión de Trelkovski y la que será la personificación de la sexualidad carnal y sugerente en el rostro de la hermosa Stella (Isabelle Adjani), mujer con la que Trelkovski no puede terminar de consumar el acto sexual, por mucho que ambos lleven la situación al extremo. Todo resulta turbador dentro del marco progresivo de sus encuentros, desde ese primer contacto, con la incursión de un fragmento de ‘Operación dragón’, protagonizada por Bruce Lee, que incluye esa secuencia tan febril como erótica en la que Stella calienta a Trelkovski ante la mirada lasciva de un voyeur accidental hasta el clímax que pone punto y final a su relación, con el pequeño polaco perdiendo la razón y destrozando el apartamento de la joven absorbido por la locura de su oscura y terrible metamorfosis.
Polanski es capaz de transmitir la enfermedad con desequilibrada maldad, zarandeando el filme con un humor negro insostenible, lleno de desequilibrada psicología que evoluciona hacia la perturbación más abyecta. El mórbido ambiente va arrastrando al espectador a través de imágenes imborrables, como ese diente escondido en un agujero de la pared tras un armario, en continuo aumento hacia la demencial psicopatía que va empapando su esencia con un sugerente éter venenoso, la visión amenazante de los vecinos, intimidantes y “normales” a la vez, que llevan al aprensivo Trelkovski a meterse en una obsesiva espiral de identificación con la antigua inquilina del piso. Un personaje incorpóreo que se alza como la gran protagonista de la función.
Una presencia constante, espectral y enigmática llamada Simone Choule, haciendo que su espíritu se apodere de él en un proceso de pérdida de identidad que termina por asumir su personalidad ficticia para travestirse física y psicológicamente con esta desconocida mujer, llegando hasta unas consecuencias totalmente insanas y fatales. Trelkovski comienza a caer en sus redes con la fascinación de un fetiche como es una bata de raso, a la que sigue el fisgoneo de sus enseres personales, comenzando la locura identificativa en la extraña visión de aquellos hombres y mujeres que utilizan el baño común, detenidos en el tiempo, mirando congelados hacia ningún sitio.
En el bar de la esquina, a Trelkovski parecen imponerle las mismas costumbres que seguía Choule, sustituyendo sus habituales cigarrillos Gauloises por los Marlboro que fumaba la difunta inquilina en un cambio de hábitos sutil y terrorífico. Polanski sabe invertir muy pronto la normalidad de Trelkovski en un descenso a los infiernos, que nace en una Iglesia, la del funeral de su futuro ‘alter ego’, cuando se escucha subjetivamente un sermón acusatorio del cura que despierta el sentimiento de culpa de Trelkovski. Va creando insólitas visiones que se dan en el edificio, como la basura que va cayendo por las escaleras para luego, en su regreso, descubrir que ha desaparecido, el ruego que le hace una vecina con su hija discapacitada para evitar que la desahucien, esa portera le entrega la correspondencia de Choule y sobre todo la temible Sra. Dioz que, llegado un momento de paroxismo mórbido, le intenta estrangular en el rellano del portal cuando es él mismo quien se agarra el cuello.
Pero si algo llama la atención del entramado críptico de ‘El quimérico inquilino’ es ese inquietante trasfondo de civilización egipcia, en el trance onírico de Trelkovski hacia el aterrador baño común, en el que descubre inscripciones y jeroglíficos de esta ancestral cultura y desde dónde se puede ver a él mismo observándose desde su habitación. Pero también en la figura de ese ex novio llorica que le confiesa que no pudo decirle a Choule que la amaba o el otro conocido que le prestó el libro ‘El Romance de la Momia’ y que aparece en casa de unos amigos de Stella durante una fiesta. Es el engranaje perfecto para el devenir en paranoia de Trelkovski, en el alcance contemplativo de la locura del nuevo y quimérico inquilino con imágenes que perturban por lo lóbrego y atractivo, como esa cabeza que bota como un balón apareciendo y desapareciendo en la ventana o las manos que intentan sujetarle entre el armario y la ventana. Un entramado perfecto, un guión paradigmático sobre la conspiración imaginaria y que ayudan a entender un pilar básico en la obra de Polanski: la pérdida de la identidad, que va dejando una sucesión de hechos que termina por desembocar en la obsesión que distorsiona un entorno corregido por el espejismo de una mente enferma. Cuando la claustrofobia mental abre al subconsciente la posibilidad confundir realidad y la locura. Una cinta memorable en la que la transformación psíquica del personaje evoluciona hacia una transformación morbosa y peligrosamente atractiva.
‘El quimérico inquilino’ es una magnífica composición de miedos y temores, realmente intemporal que traduce mediante la alineación de un individuo el comportamiento humano normal en una pesadilla apócrifa, mediante la sutilidad con la que se exagera y se transforma la realidad en insana fantasía de locura y complot, asedio y la locura. En el fondo, una crítica mordaz de una sociedad parisina profundamente conservadora e hipócrita, donde la apariencia esconde monstruos dispuestos a acabar con aquel que no cumpla las normas. Una visión siniestra del ser humano que tiene su mejor aliado en la música angustiosa de Philippe Sarde. Una película que se cierra con la incógnita de la reencarnación estimulada por la perspectiva conspiratoria, de cómo Simone Choules pudo tomar el cuerpo de Trelkovski para volver a suicidarse, de cómo una posible metempsicosis ha transmigrado el alma de la suicida para sumirle en un laberinto pesadillesco del que el protagonista no podrá salir jamás.

martes, 21 de julio de 2015

Review 'Del revés (Inside Out)', de Pete Docter y Ronaldo Del Carmen

Érase una vez… la vida
Siguiendo sus habituales cánones de maestría, la factoría Pixar vuelve a crear otra propuesta compleja y arriesgada sobre el sentido universal de los sentimientos a través de una pirueta imposible protagonizada por las propias emociones.
Incluso antes de que comience ‘Del revés’ (desafortunada transcripción de su título original ‘Inside Out’), Pixar evidencia el punto cardinal de sus historias con un cortometraje musical titulado ‘Lava’, la historia de un volcán en erupción perdido en el océano que es capaz de cantar canciones de amor y expresar de un modo coherente y realista emociones, soledad y deseo de amar. Un pequeño aperitivo que afianza la importancia del engranaje y modelo de trabajo denominado “Braintrust”, conformado por creativos y ejecutivos como John Lasseter, Andrew Stanton, Brad Bird, Pete Docter o Lee Unkrich, entre otros, que han hecho que el cine de animación recuperase su estatus de arte cinematográfico y evolucionara hacia un nivel que parece no encontrar nuevos peldaños en la excelencia. No se trata de humanizar lo imposible, ni de redundar en ideas afines a la compañía, se trata, como designio creativo, de construir un espíritu reconocible desde una cierta visión antropológica, con un sentimiento colectivo basado en la mejora.
Y es lo que ha ido erigiendo a través de su sello. El refuerzo colectivo y la retroalimentación con el proceso iterativo han dado como consecuencia quince largometrajes en los que el espectador ha vivido auténticos torrentes de sentimientos con pluralidad de matices a través de las aventuras de juguetes, insectos, peces, superhéroes, coches, monstruos, una rata, robots, un octogenario y un niño… A estas alturas nadie pone en duda la capacidad visionaria de un sello propio (por mucho que Disney asome primero en los créditos) que ha puesto de manifiesto unos valores con los que han sabido transmitir su conceptualización del entretenimiento infantil, transformándolo en una filosofía única con la que abordar terrenos en la animación que nunca antes se habían emprendido por lo aparentemente irracional de tamaños desafíos.
Es así como ‘Del revés’ abre un nuevo pliegue en la modélica construcción narrativa de sus guiones, suponiendo un innovador giro en la artesanía revolucionaria que magnifica la animación para llevarla a una privativa esfera donde las reglas del entretenimiento y la imaginación parecen no tener límites. Bajo las órdenes de Pete Docter (‘Up’, ‘Monsters, S.A.’) y la codirección de Ronaldo Del Carmen, la nueva película de Pixar se las ingenia no sólo para evocar esa grandeza de espíritu cuya capacidad para sondear el profundo conocimiento de la naturaleza humana es asequible, sino para lograrlo mediante la sorpresa narrativa que no renuncia jamás a la fe infantil, donde cualquier mundo inimaginable es posible, incluso alternativas paralelas que suplanten lo terrenal, como sucede aquí. Los nuevos límites inexplorados se ciñen a cinco emociones que protagonizan el filme; la ira, el asco, el miedo, la tristeza y la alegría, que se coordinan dentro de la personalidad de Riley, una niña de once años, con la misión de dar forma a su vida exterior y reaccionar en su convivencia con el mundo, con la rutina, con su afición al hockey sobre hielo y con los cambios que supone una inesperada mudanza de Minnesota a San Francisco, dejando atrás las experiencias de sus primeros años de vida.
Lo que podría ser un intrincado desafío insostenible a la hora de mostrar en pantalla, como es el de establecer un complicado conjunto de reglas definiendo las personalidades de los roles y este nuevo horizonte interior de la niña, se determina bajo sutiles pinceladas, ágiles fragmentos de la vida de la pequeña y su relación con sus padres y con su día a día en apenas cinco minutos. Algo que, por otra parte, recuerda a la hermosa síntesis de ‘Up’, en la que una prodigiosa elipsis repasaba una vida plena de amor y vivencias, sueños comunes y truncados de esa pareja formada por Carl y Ellie. Con asombrosa sencillez, ‘Del Revés’ repite esta fórmula para constituir de inmediato un vínculo emocional entre el espectador y los personajes e iniciar una aventura apasionante.
El viaje por este mundo intrínseco es mostrado como espacio perceptivo que explora un ciclo vital ineludible mediante unas emociones que gobiernan el flujo de la conciencia para moldear el modo en que se reacciona ante la percepción del mundo y sus obstáculos, pero también en la forma de expresarse, responder o reflexionar ante algunos de los momentos definitorios de la vida. En ese sentido, una película de riesgo como esta, no traiciona sus planteamientos y cuestiona desde el primer instante el orden simbólico dentro del género. Así, nos encontramos cómo las emociones ejecutan su labor desde el pensamiento racional, cuando se presupone que éstas siempre han sido enemigas de la racionalidad, consideradas elementos de alteración en las relaciones sociales.
Desde “la Central” de Riley, a modo de una cabina espacial de control, los sentimientos antropomórficos se enfrentan al desafío de asumir un cambio vital hacia el desarraigo, un primer mal día imborrable en la nueva escuela o una prueba deportiva catastrófica que marcan la deriva con la carencia de la alegría y la tristeza, perdidas en un mundo de recuerdos del pasado que van acumulándose según su importancia dentro de la mente. Con esta premisa se establece un doble periplo; el de una desmotivada Riley y su apática conexión con su nuevo entorno y el de estas dos últimas emociones, que van a asimilando el funcionamiento y la forma en que el mundo afecta a la optimista inocencia de los primeros años de la niña, encaminado hacia un imprevisible cambio de personalidad motivada por su crecimiento sentimental.
‘Del revés’ supone una montaña rusa de multiaventuras que sostiene, precisamente, en la curiosa relación a modo de ‘buddie movie’ entre alegría y tristeza, dos conceptos antagónicos destinados a entenderse y a luchar por el mismo fin común, alejados de las otras tres emociones que no saben reaccionar ante los cambios, al igual que la propia Riley. Es decir, asumiendo ese cambio de vida y la pérdida de la estabilidad con miedo, ira y asco. En este periplo, van transitando nociones de una brillantez apabullante que no dejan de aparecer en el desarrollo de la historia, creando de paso un vocabulario y una dialéctica comprensible para adultos y niños a la hora de plantear temas como la química del cerebro o la depresión situacional. Desde los recuerdos esenciales que activan con sus distintos aspectos islas de personalidad temáticas que aglutinan los factores importantes sobre los que se sustenta el bienestar (las payasadas, la honestidad, la amistad, el deporte o la familia), pasando por el subconsciente de miedos ocultos, el vasto páramo de experiencias enterradas en el olvido, el tren del pensamiento y esas introspecciones abstractas que originan una increíble metamorfosis que pasa por las fases artísticas de lo digital a lo figurativo… describen dispositivos relacionados con la mente infantil con una inspiración imaginativa en un estrato de ocurrencia increíble. Y de entre todos ellos, uno circunscrito a Fantasialandia, Bing Bong, el amigo imaginario de niñez olvidado y perdido en la memoria que se revela determinante dentro de la fabulación como epicentro modélico de personaje característico de Pixar, que nutre la esencia fantástica de sus películas y que, unido a la recreación psicológica de las demás emociones, da como resultado una estructura de valores universales respecto a la narración.
La importancia de la palabra “agridulce”
Sin embargo, ‘Del revés’ va más allá en su descriptivo funcionamiento de la parte más importante de la materia gris, con esa metodología reductiva para acercarse a esta experiencia emocional sorprendentemente sofisticada. Si a priori, este viaje al fondo del pensamiento plantea una dirección de pleno respeto hacia lo turbulento e importante que es la vida interna de un niño, más lo es el valiente acercamiento a la gradual desaparición, casi imperceptible, de la infancia y su paso a la adolescencia por medio de la aceptación de la frustración y la tristeza que no se pueden evitar por mucho que se quiera. Frente al carácter alegre y esperanzador, se impone la realidad que determina el crecimiento, dejando que la memoria vaya perdiendo recuerdos en la insignificancia y abrir un proceso de madurez con nuevas facetas de la identidad de la niña.
¿El resultado? Lograr transmitir que la felicidad y la alegría no lo es todo en esta vida, condicionado por duros trances y dramas personales necesarios para evolucionar como personas. De un modo continuista, ‘Del revés’ muestra ese paso complejo de la infancia a la adolescencia marcada por la pérdida del sentido de pertenencia a un lugar, de la pérdida de los amigos, de la rutina ante un vendaval de novedades que generan un estado contrario al carácter marcado. La felicidad, parece querer decirnos el filme, se construye con momentos de tristeza, aquéllos que motivan una aceptación de la pérdida y la necesidad de conectar con los demás para superar los trances.
En definitiva, reanudan el discurso acerca del difícil viaje hacia el mundo adulto, sin obviar temas espinosos orientados al público más pequeño sin necesidad de recurrir a factores exógenos que representen a un villano corporeizado más allá de los miedos infantiles de la niña que pasan desapercibidos dentro del cómputo vital que se expone. Tampoco se esquiva una progresión gradual hacia un tono oscuro y grisáceo que se apodera del cromatismo en conjunción al devenir de los acontecimientos, de las decisiones reales de los personajes marcadas por las emociones. Al fin y al cabo, se está hablando de la vida como un trasformación personal terriblemente triste, pero feliz al mismo tiempo, instruyendo sobre el valor de la palabra “agridulce”. Crecer significa ir perdiendo alguno de los recuerdos más felices y haciendo que otros que lo eran pasen a ser dolorosos. Por eso la nostalgia siempre apela a la amargura de lo perdido.
La cinta constata esa mágica combinación de imaginación, ingenio, brillantez y temeridad que sigue superando barreras y haciendo imposible adjetivar tanto potencial fílmico. Con un sentido lúdico y profundo, estamos ante una hermosa aventura y nada complaciente, que impone una realidad más allá que la de un examen de proceso de maduración del mismo modo que manifestó recientemente ‘Boyhood’, Richard Linklater. En algo aparentemente irrealizable como plasmar el cerebro de una pre-adolescente, Docter y Del Carmen, recuperan la doble perspectiva impuesta por la marca de la casa; hacer reír a los niños y llorar a los padres, esta vez sin esa reconocible tenue moralina, desplegando una inventiva sin fronteras y sin perder de vista numerosos hallazgos en la creación de magia visual y sensibilidad emocional al sondear las cuestiones más profundas sobre lo que importa en la vida.
‘Del revés’ incluso se permite el lujo de burlarse de algunas leyes de la narración cuando los personajes tienen que recurrir, literalmente, a "manuales del cerebro” para saber qué hacer. Sin dejar espacios a los tiempos muertos o acciones innecesarias, la dinámica del filme expresa, de forma paradójica, cómo importa más la experiencia y no la imaginación, produciendo varias capas invisible a su discurso psicológico, como el hecho de diversas interpretaciones acerca del género de las cinco emociones según varíe el personaje que abre una diatriba más profunda e interesante sin dejar omisiones pragmáticas en cuanto a la perspectiva argumental que viene ofreciendo Pixar a lo largo de los años. Una obra maestra que deja la etiqueta y condición genérica de excepcional película de animación para convertirse, con todo merecimiento, en un clásico instantáneo que permanecerá en nuestra memoria y quedará para siempre en ella, como ese ‘jingle’ del anuncio de chicles Triple Dent Gum dentro de la mente de Riley.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

martes, 14 de julio de 2015

Algo se muere en el alma…

“Hay que superar los malos tragos. La birra continúa y hay que beberla”.
(Anónimo).
Hay veces en esta vida que sufres percibiendo que un mal día, algo que te hace feliz desaparecerá de repente. Ese instante de pérdida para el que no estás prevenido es muy difícil de asimilar. Enfrentarse a la dura realidad de que algo que forma de tu vida diaria, con lo que disfrutas y aplacas otras cuestiones mucho más trascendentales, se esfuma de tu existencia dejando un dulce recuerdo no es tan fácil de digerir como lo eran las miles de latas que he engullido. “Mientras haya una Aurum bien fría, los problemas serán menos problemas”, solía decir, autoengañándome ante la castastrófica situación personal que vivimos.
Se había convertido en un lema vital, en un signo emblemático dentro de esta casa, de todos los que han pasado por aquí y que han catado el néctar propio de este hogar. Los que me conocen bien saben que mi idilio con esta cerveza de marca blanca de los supermercados Eroski va más allá de la fidelidad y la predilección incondicional. Se dice que la tristeza es lo que uno siente al saber quiere algo y que sufre por perderlo. Y esa coyuntura ha llegado si avisar, imponiendo un cruel adiós.
Ya a finales de 2013, el baquetazo de la crisis anunciaba un derrumbe parcial de la empresa, originada por la pérdida de las aportaciones subordinadas financieras emitidas por Fagor y Eroski, lo que obligó a la cadena de supermercados a tener que cerrar el 38% de sus supermercados; 144 vendidos a DIA por 135,3 millones. Algo que obligó a su red a abogar hacia el franquiciado si quieren poder pagar sus deudas. Desde hace dos días, Salamanca se ha quedado sin Eroskis. Y sus empleados sin trabajo. Además de esa tribulación por este terrible infortunio laboral (que realmente es lo que importa), a nivel personal he sentido un dolor especialmente profundo por la pérdida de mi cerveza favorita, la de todos los días, la que me ha acompañado en los últimos once años.
No estaba preparado para esta pérdida tan drástica. Soy un fulano muy arraigado a costumbres inamovibles y no sobrellevo bien los cambios drásticos. Tendré que hacerme a la idea de este menoscabo y continuar adelante aplicando a mi fervor cervecero una gran capacidad de resiliencia. Es difícil aceptar este nuevo revés que no es más que la metamorfosis siniestra de otros desarreglos mucho más profundos que me afectan en un entorno más terrenal. Cuando abra el frigorífico, ya no reposarán una ristra de Aurums esperándome con esas gélidas gotas para deshacerse y resbalar por su borde metálico, destinadas a proporcionarme ese instante de desconexión con el rostro menos amable del día a día. Cuando mire al cielo, será con otra marca de lúpulo en mi mano, a la que no podré profesar un apego tan especial.
Cerveza Aurum, has sido una gran consorte que ha iluminado mi alma en los peores trances y tu pérdida emplaza una herida emocional que tardará en curarse. Te echaré de menos, compañera de fatigas, de viajes y de muchas e inolvidables alegrías, celebraciones y brindis sinsentido. Antes o después, nuestros caminos volverán a encontrarse. Hasta entonces… a ver quién te sustituye. Será duro trance. Sólo me queda dar las gracias a la fábrica de Font Salem (Grupo Damm) que ha hecho posible que en la última década, mis sorbos de cerveza se hayan hermanado a la identidad característica de una cebada tan barata y no por ello carente de calidad. Siempre llevaré esta cerveza en mi corazón y en el evocación de mi hígado. Es un día de duelo, un periplo que tardaré en superar y que nunca olvidaré.
¡Hasta la próxima, amiga Aurum!

miércoles, 8 de julio de 2015

El proceso hacia un cambio de vida tecnológico

La revolución tecnológica ha avanzado en nuestra sociedad de una forma sigilosa, sin apenas darnos cuenta y con ese factor de riesgo inadvertido que significa convivir con ella sin conocer su verdadero alcance, poder e influencia. Más que una optimización de métodos y formas, esta aceptación de tanta innovación ha formulado un papel determinante de un par de décadas hasta el día de hoy. Tanto es así, que los sistemas socioculturales, socioeconómicos, políticos e incluso educacionales han ido condicionando su evolución a la tecnología. Actualmente, el imperativo de estos nuevos aparatos han acaparado diferentes ámbitos y macrocontextos sociales. Además ha transformado la interactuación moderna y sobre todo se ha transformado en un medio de comunicación fundamental y, en cierto modo, adictivo.
Sin embargo, esta tecnología ha tardado en implantarse y concibe en su colonización una fase de adaptación que, cierto es, paulatinamente es más vertiginosa y precipitada. La sociedad parece no darse cuenta del proceso espontáneo de crecimiento que está desarrollando este fenómeno. Aunque no siempre es así. Cuando los hermanos Wilbur y Orville Wright volaron por primera vez en 1903, nadie les hizo mucho caso. Los pioneros de la aviación tuvieron que esperar otros cinco años para ser reconocidos a nivel estatal y algo más para obtener el prestiogo mundial. El ser humano tarda en asimilar este tipo de adelantos. Ahora lo vemos todo normalizado, pero con cierta retrospectiva ¿quién nos iba a decir que íbamos a depender de un teléfono de las características que poseen los ‘smartphones’ hace treinta años? Ahora lo vemos como algo instaurado en nuestro día a día, pero no pensamos mucho en aquellos armatostes móviles y primigenios de finales de los 90. El coche, como elemento de primera necesidad, en su origen, no era más que un costoso lujo sólo al alcance de los bolsillos más opulentos, por lo que su adquisición e interés no vendría dado hasta varias décadas después de su invención. Al igual que el Dr. Alexander Fleming que, con la fórmula sobre la estructura química de la penicilina y con un sentir profesional que apuntaba a que este hallazgo no tenía mucho futuro, no pudo estar disponible en cantidades suficientes para la investigación médica a bien entrada la Segunda Guerra Mundial, dos décadas después. Entonces, fue cuando se reveló como una medicina básica y trascendental para la humanidad. Sin ir más lejos, en 1985, el New York Times rehusó a instaurar ordenadores portátiles para que sus redactores ganaran tiempo. Lo veían algo costoso y sin sentido.
Que los avances tecnológicos se constituyan como algo ineludible y que cambien nuestra forma de vida conlleva un cierto tiempo de adaptación. Y no es tan fugaz como creemos. Al menos, así lo cree Nicholas Negroponte, director del MIT Media Lab., que apunta una serie de pasos evidenciados en nueve frases que conforman el proceso por el que se pasa antes de su institución como elemento vital para la sociedad:
1.- “Nunca había oído hablar antes de eso”.
2.- “Sé qué es, pero no lo entiendo”.
3.- “Lo entiendo, pero no veo que tenga mucha utilidad”.
4.- “Puede ser divertido para la gente con dinero, pero no para mí”.
5.- “Lo uso de vez en cuando, para entretenerme”.
6.- “Creía que no, pero le veo varias utilidades”.
7.- “La verdad es que sí lo uso”.
8.- “Es necesario y un avance para nuestra rutina”.
9.- “¿Cómo podía vivir la gente sin esto antes?”.
Obviamente son pautas que no siempre responden a un patrón, pero que demuestran ese principio básico que, en líneas generales y sobre todo para la gente que no pertenece a la generación tecnológica del presente y el futuro, parecen ir asumiendo de un modo gradual. Alguna de estas frases se han manifestado, de alguna forma, en la aparición de la televisión, el vídeo doméstico, el ordenador personal, Google, servicios de streaming de música o televisión, el wifi, las redes sociales y, por encima de todo, los ‘smartphones’. En este momento, en algún garaje, en alguna casa, un individuo o un grupo de amigos puede que estén inventando o a punto de descubrir algo que cambiará por completo nuestra vida. Sin embargo, es probable que no sepamos nada de ellos durante muchos años.