martes, 30 de junio de 2015

Calor

Ha llegado el verano. Mucha gente lo celebra con la algarabía de la inconsciencia. Con él también ha venido esa bofetada insoportable de sofocante calentamiento, de bochorno en forma de masa de aire sahariano que anula cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. La alerta roja dispara las alarmas que avisan sobre los riesgos de estas insoportables olas de combustión ambiental. Esto es el infierno, donde el sudor y la desesperación del bufido por lo insoportable del ambiente se derrite ante el tormento al que somete el implacable termómetro.
Sin embargo, hay fórmulas para paliar este suplicio medioambiental. Un pequeño resquicio de esperanza para escapar de esta averno sin límites. Se trata de una estúpida y sencilla sensación de fruición en busca de algo de brisa sedante que no es otra que la que provoca esa incursión en un centro comercial cuando sus puertas automáticas se abren. Ese instante frugal de felicidad, de cambio de la insoportable canícula al frescor en forma de divino golpe hacia un mundo paradisiaco ajeno al verano. En ese momento en que se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso del sofoco al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire divino, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida.
Llevo días yendo y viniendo a distintos centros comerciales, a grandes espacios neurálgicos destinados al desatar capitalista, a varios supermercados sin el objetivo de comprar absolutamente nada, a tiendas de moda que jamás visitaría por ningún otro motivo. Entro y salgo varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo, haciendo caso omiso a las advertencias sobre los catarros inoportunos por la brusquedad del cambio, sintiéndome como una cobaya en busca de su hedonista recompensa.
Ayer por la tarde, mientras estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando en uno de estos negocios globalizados, abanicándome al son del sonido de las puertas automáticas, me di cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que lanzó su animadversión en forma de mirada reprendedora hacia mí. Inmediatamente, disimulé con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos, sacando el móvil para hacer que hablaba con alguien y salí del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego.
Hoy pretendo volver y desafiar a los elementos. Cualquier cosa por no soportar este terrible calor que llena espacios informativos, incendia zonas forestales, amenaza la salud de parte de la población, es el centro de conversaciones vacías de ascensor y que cada año licúa cerebros y deshace suelas de zapato en el ardiente asfalto.

sábado, 20 de junio de 2015

El mundo de la literatura pierde a James Salter

Los dos vivían en la misma habitación, pero de un modo completamente platónico. En la mano de ella, advirtió él, no había alianza, ni ningún tipo de joya. Tampoco llevaba nada en las muñecas.
—A él no le gusta estar solo —le dijo—. Se debate con su obra.
Se refería a una novela. Aún faltaba mucho para que la concluyera, pero las partes escritas eran extraordinarias. En Roma le habían publicado un fragmento.
—Se titula El Goetheanum —le dijo—. ¿Sabes lo que es eso?
Intentó recordar aquella extraña palabra, pero ya se disolvía en su mente. Las luces del interior de la casa habían empezado a iluminarse bajo la noche azulada.
—Es la gran obra de su vida.
El hotel del que hablaba ella era pequeño, con habitaciones pequeñas y letras amarillas cruzando la fachada. Había muchos edificios así. Desde el lado oscuro de la catedral se podía ver en medio de estos edificios, algo más abajo y hacia el río. Y también a través de los escaparates de las tiendas de anticuarios y los callejones.
Dos días después volvió a verla a lo lejos. Era inconfundible. Se movía con una gracia indiferente, como una bailarina cuya carrera ha terminado. La gente no le hacía ningún caso.
—Ah, sí. ¿Qué tal? —le saludó.
Su tono era distraído. Estaba convencido de que ella no le había reconocido, y no supo muy bien qué decir.
—He pensando en algunas de las cosas que me dijiste... —empezó él.
Ella se había detenido mientras la gente la empujaba al pasar, los brazos llenos de paquetes. La calle se hallaba en plena actividad. Ella no había entendido quién era él, de eso estaba seguro. Había salido a hacer unos sencillos recados, los de una pareja remota y santa.
—Perdona —dijo ella—, la verdad es que no caigo.
—Nos conocimos en casa de Sarren — explicó él. —Sí, ya sé.
Siguió un silencio. Él quería decirle algo sencillo, pero ella se lo impedía.
‘La destrucción del Goetheanum’.
Fragmento de ‘Anochecer (Dusk and other histories)’ (1988).

miércoles, 17 de junio de 2015

FINALES NBA 2015: el triunfo del 'Small Ball'

Cuando comenzó la temporada, el regreso de LeBron James a Cleveland se vivió en la ciudad como la esperanza de volver a recobrar la ilusión de una franquicia con palmarés vacío volcada en su promesa de un anillo. Después de haber logrado dos títulos fuera de los límites del Quicken Loans Arena parecía que era de recibo. Debe ser duro ver cómo uno de los mejores jugadores de todos los tiempos abandona su equipo y deje huérfano de expectativas ganadoras a miles de aficionados para irse por dinero y conseguir dos anillos alejado del equipo que gestó la leyenda. “The King” volvió a su casa en previsión de un pelotazo económico en 2016 cuando se incremente el tope salarial. He ahí la razón de su vuelta.
El propietario de los Cavs Dan Gilbert generó un proyecto basado en su figura, uniéndole al genial base Kyrie Irving un alegro estrella como Kevin Love. Ya estaba compuesto un ‘big three’ junto a jugadores de calidad como Tristan Thompson o Anderson Varejao, construido como dispositivo para intentar asaltar el título. Nadie contaba con que en enero los Cavs iban a la deriva (19-20) y quintos en la Conferencia Este. Hasta que el General Manager, David Griffin, reclutó para el segundo proyecto con LeBron a JR Smith, Iman Shumpert, Timofey Mozgov o Kendrick Perkins en el mercado de invierno. Desde entonces, sólo perdieron dos partidos consecutivos y se fraguó su récord en 53-29. Su presencia en la final dejando a Celtics, Bulls y, sobre todo, Atlanta, definían un poderío a tener en cuenta liderado por esa bestia de la naturaleza llamado LeBron.
Los Warriors, por su parte, comenzaron la liga con nuevo entrenador, Steve Kerr, después de que las buenas sensaciones que dejó en el banquillo Mark Jackson, hicieran de su debut en la elite toda una incógnita. La Conferencia Oeste es hoy en día la más dura. Equipos como Memphis, Portland, Houston o Clippers así lo atestiguan. Las dieciséis victorias iniciales empezaron a despejar las dudas acerca del potencial de los de la Bahía. De repente, se comparaba a este equipo con los Bulls del 96 (récord histórico de 72-10). No lo igualaron, por supuesto. Pero se quedaron en una sorprendente temporada con 67-15, una de las diez mejores marcas de todos los tiempos. Sólo cuatro equipos fueron capaces de ganar en el Oracle Arena. El factor determinante; un juego basado en lo colectivo, gran rapidez en la circulación de la bola y la rotación buscando un objetivo común, la finalización de las jugadas en tiros mediante dobles bloqueos por línea de fondo y sabiendo neutralizar los cambios defensivos. Con los ‘Splash Brothers’ (Klay Thompson y Stephen Curry) como ejes y Draymond Green y Andrew Bogut como baluartes en el cierre del rebote defensivo junto a jugadores de carácter como Harrison Barnes, Leandro Barbosa, el “hombre milagro” Shaun Livingston y el veterano Andre Iguodala fueron capaces de asumir su rol de favorito pasando por encima de New Orleans, Memphis y Houston.
LeBron contra el mundo
Esta pasada madrugada los Golden State Warriors revivieron los laureles de hace justo ahora cuatro décadas, cuando los Warriors comandados por Rick Barry y bajo las órdenes de Al Attles lograron su primer anillo hasta hoy mismo frente a los Washington Bullets de K.C. Jones en un equipo con estrellas como Elvin Hayes, Phil Chenier o Wes Unseld. Tras 82 victorias en lo que va de campeonato, únicamente faltaba la guinda en el pastel, el corolario a una temporada de ensueño. Y lo han hecho pasando por encima de una de las mejores actuaciones de un jugador en la historia de las finales. “El Rey”, el todopoderoso y hercúleo LeBron y sus huestes no han sido suficientes para derribar el bloque de Auckland, constatando que este equipo de futuro asume las condiciones necesarias para destacar como paradigma de lo que es este deporte donde siempre se impone un propósito colectivo sobre lo individual. Esta vez al 23 de los Cavaliers no se le puede achacar su implicación o proyección como la estrella que es. Su condición de titán se ha traducido con unos guarismos fuera de toda lógica en las parcelas de anotación, rebotes y asistencias. Sin embargo, sus números se han ido apagando con las opciones reales de su equipo para lograr un título que, sobre el papel, se antojaba muy complicado.
Si nos atenemos a la pizarra, la estrategia y arquitectura de juego inteligente ha sido el factor irrevocable a la hora de desequilibrar la balanza a favor de los Warriors. Pese a la superioridad incontestable de la plantilla de Golden State, se ha subrayado la importancia de un buen entrenador que pueda reconstruir un equipo sobre la marcha en función de las carencias del rival y afrontando el riesgo de contener a su figura preponderante. Tenían un mayor fondo de armario, algo que no desacredita la valía y el desafío de Kerr ante un David Blatt al que muchos han cuestionado su voz de mando dentro del vestuario. El sistema romántico del ex jugador de los Chicago Bulls y ganador de cinco anillos (hoy ya seis) se sustenta en unos mimbres de juego que le han llevado a la excelencia del gremio.
Los Cavs de LeBron han caído con la dignidad de un equipo amparado en un timonel excepcional, obligado a exprimirse con un involuntario individualismo provocado por las lesiones dentro un esquema que ha tenido que ajustarse para llegar con cierto optimismo a estas finales. Los aspavientos, melindres y puñetazos al aire de la victoria del segundo partido que mantenía la esperanza de los de Cleveland desataron la frustración de un genio del deporte empeñado en seguir soñando con su tercer anillo, hasta dejarse, literalmente, la cabeza por ser el mejor en el cuarto. Ni con esas ha sido suficiente.
Pese a que dos de los tres primeros partidos acabaron en prórroga y que todos alcanzaron un final emocionante hasta la bocina final, tanto los Warriors como los Cavs dejaron la sensación de estar disputando una final irregular, con partidos cerrados al desacierto y pequeños flashes de juego que aumentaron su interés cimentado en la igualdad total y absoluta en incremento de acierto en juego según iban pasando los minutos, hasta llegar a esos tramos finales donde se desató la emoción de recurrir a sendas prórrogas. La magia de la NBA tiene estas cosas, que hasta el último segundo el espectáculo es la médula que propugna la excelsitud del juego y la emoción del baloncesto en estado puro. En el primer choque, la lesión Kyrie Irving motivó un cambio de planes radical para afrontar el resto de la final por parte de los Cavs. LeBron parecía estar sólo ante el peligro, con un equipo menoscabado por la gravedad de la erosión en el equipo por la falta de Kevin Love y de Irving.
Steve Kerr persistió en una conocida estrategia con la que se han convertido en el mejor equipo de la temporada regular. Sin embargo, lo que parecía que iba a ser un paseo triunfal, sembró la duda ante los resultados posteriores a esa primera prórroga. Los Cavs supieron entorpecer el juego de un equipo errático, acostumbrado a una media de números por encima de los tres dígitos, que vio cómo sus porcentajes de tiro caían por los suelos. LeBron, más animal de la pista que nunca, contó con dos invitados de lujo como Timofey Mozgov y un sorprendente Matthew Dellavedova, que cuajó una grandiosa defensa ante Curry y apareció en momentos clave con una aportación indispensable en el segundo partido, para pasar el elemento desestabilizador en el tercer encuentro. Los Warriors no encontraban su característico juego eléctrico y transmitían una temible sensación de miedo a ganar. Nada funcionaba en el engranaje de Kerr, algún instante de magia de Klay Thompson, la falta de seguridad de Curry que despertaba en los últimos cuartos, unos perdidos Green, Bogut y Barnes… Y para colmo, los Cavs encontraron refuerzos en los habituales destellos de JR Smith y Shumpery, así como la resurrección de Tristan Thompson como recurso ofensivo capturando rebotes importantísimos para sendas victorias de los Cavs.
Un ‘scouting manager’ y un veterano, responsables del éxito
Cuando se especuló ante la posibilidad de que los Cavs encarrilaran la eliminatoria hacia su primer anillo y que ello supusiera un triunfo deportivo para la ciudad de Cleveland 51 años después que los Browns se alzaran con la Super Bowl de 1964, el giro en el juego de los Warriors difuminó todas las dudas vertidas sobre su juego y sus opciones. En el cuarto partido, sucedió algo inesperado. O tal vez no. Kerr necesitaba un cambio drástico en la dinámica de juego dentro de una eliminatoria que se empezaba a complicar después de ese inesperado 2-1 favorable a los Cavs. La reestructura llegó por medio del ‘scouting manager’ Nick U’Ren. El joven asistente se repasó los partidos de la anterior final entre San Antonio Spurs y Miami Heat para dar con la clave en la desactivación de LeBron.
La clave introducida por Greg Popovich: cambiar a Tiago Splitter por el francés Boris Diaw por en el tercer partido. Transmitido el mensaje al ‘assistant coach’ Luke Walton, Keer optó por seguir el consejo. El efecto de reacción y sorpresa ante el rival provocado por Popovich ante Erik Spoelstra, dio los mismos resultados ante Blatt, que se quedó sin recursos para frenar el ‘small ball’ propuesto para neutralizar las embestidas de LeBron. Uno de los movimientos fundamentales fue emparejar a Iguodala con LeBron, como recurso óptimo para neutralizar a la estrella, haciendo fuertes de paso a Green y Lee, que regresaba al parqué después de unos playoffs alejado de las canchas por lesión y sin jugar los dos primeros encuentros de las finales.
El veterano “Iggy” dejó a LeBron en sólo 20 puntos en el cuarto asalto y en unos insuficientes 7 de 22 en tiros de campo. Con esa misma consigna salieron a disputar el quinto partido, con la directriz de exprimir físicamente a la estrella de Akron, que se marcó su segundo triple doble en la final con unos estremecedores 40 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias. Una de las más memorables actuaciones individuales de la historia de las finales. Tampoco fue suficiente para detener la tónica de versatilidad impuesta por los Warriors. Livingston, Barnes y Barbosa se unieron a la fiesta del juego colectivo, viendo cómo Shumpert seguía negado con el juego, proponiendo poco menos que un absurdo en cada lanzamiento a canasta o un JR Smith abonado al triple que se fue diluyendo después de agredir con una falta flagrante a Green.
De nuevo, el viejo Iguodala, transformado en el recurso clave de estas series finales, paró con fuerza a LeBron, obligándole a definir o decidir cuando la cuenta atrás del reloj llegaba a su fin. Y entonces apareció la figura etérea que todos esperaban en este show; Stephen Curry, la media parte de los ‘Splash Brothers’, el MVP de la liga. Y demostró porqué ha sido el jugador más determinante de la temporada regular. Su resurrección supuso un hermoso duelo en la cumbre de entre dos hitos del baloncesto moderno haciendo lo que mejor saben. Curry jugó entre líneas y anotó triples que escapan a las leyes físicas (7 de 13), manejando el balón como pocos jugadores han logrado hacerlo. 17 puntos en el último cuarto, 37 en total. LeBron, incombustible y exhausto en el destierro de un equipo que no respondió a su magia, vio cómo el sueño se esfumaba bajando los brazos y delegando la grandeza en un rival incontestable.
En el partido de esta pasada madrugada los fantasmas de Cleveland no hicieron más que personificarse de nuevo en el ‘small ball’ de rápida circulación del esférico, abriendo espacios en el poste y dejando en evidencia a la apagada defensa de un equipo destinada a dejar escapar la oportunidad de librar una nueva batalla en un séptimo encuentro que nunca ha llegado. Un partido de una exigencia física muy dura, que desgastó tanto a un LeBron que ha firmado la peor de sus intervenciones en esta serie final (13 de 33 en tiros de campo y seis pérdidas), como de un equipo fundido ante los sacudidas de unos Warriors que ejercieron su dominio absoluto en el juego en profundidad en la que la intervención de un recuperado para la causa Mozgov y un poco efectivo Tristan Thompson palidecieron ante un rival sin pívots, con Bogut sin disputar ni un solo minuto y con Festus Ezeli como nueva sorpresa para apuntillar a su rival en una fiesta final que terminó con la ilusión ciega hasta el último suspiro de un equipo que ha hecho lo que ha podido.
Estas series finales no sólo han dejado para la retina algunos de los momentos más apoteósicos de espectáculo sobre una cancha, también han dejado una audiencia estratosférica que no se veía desde los tiempos de los Chicago Bulls campeones, superando en un 25% de ‘share’ a las disputadas el pasado año. Muchos apuntan a que LeBron debería haber sido nombrado MVP de estas finales. Razón no les falta. Por mentalidad, físico y juego, sobresale por encima de sus compañeros y rivales. Sin embargo, su némesis sobre la pista, Andre Iguodala fue elegido el jugador más valioso de estas finales. Un jugador que no ha sido titular en todo el curso ha sido concluyente para la victoria de su equipo. Tremenda la final que ha protagonizado esta veterana estrella.
LeBron se queda sin anillo. Una vez más. Aunque de nuevo, su arrogancia señorial, volvió a emerger con esas declaraciones tras perder el quinto encuentro: “No estoy preocupado. Soy el mejor jugador del mundo”, dijo. O en este sexto encuentro buscó la manera de acaparar los objetivos al saltarse el protocolo y felicitar con desgana al rival antes de terminar el encuentro y retirarse al banquillo. El título no ha llegado, pero el mejor jugador en activo ha pulverizado récords históricos inscritos por leyendas como Jerry West u Oscar Robertson en una final, a punto de igualar en triples dobles en unas finales al mismísimo “Magic” Johnson. Eso sí, LeBron habiendo jugado las mismas finales que Michael Jordan y una menos que Kobe Bryant, está lejos de alcanzar a sus referentes. El mejor jugador que existirá jamás en la NBA las ganó todas (6-0), mientras que para alcanzar al escolta de los Lakers debe ganar aún otros tres títulos (5-2). Veremos si el tiempo recompensa la destreza física de un portento auto transformado en un antihéroe que divide al público entre el odio y el fervor.
Lo cierto es que esta finales 2015 nos han dejado un duelo satisfactorio en todos los estratos de un deporte único, haciendo reverdecer el romanticismo de lo clásico, la sensatez de la pizarra, pleno de ideas baloncestísticas y llevando hasta las últimas consecuencias una forma honesta y plausible de entender el baloncesto, como un pequeño guiño a aquel equipo de la Bahía, los orgullosos Bubs comandados por el Run T-M-C (Tim Hardaway, Mitch Richmond y Chris Mullin) que cimentaron las bases de este modelo de juego estético y eficaz que se ha acabado imponiendo a la ostentación individual y de modas basadas en el juego físico. Con la victoria de los Warriors nos descubrimos al mejor baloncesto del mundo, al triunfo de una idea, a la consecución de un proyecto que tiene continuidad en un presente lleno de futuro.

miércoles, 3 de junio de 2015

'Black Mirror': La pantalla negra como reflejo distópico

‘Black Mirror’ sugiere una pérdida de sensibilidad social infectada a través de los nuevos modelos de ‘mass media’ dentro de actualidad tecnológica expuesta como un imaginario construido sobre raíces distópicas.
El escritor, humorista y guionista Charlie Broker era conocido en Gran Bretaña por su corrosiva columna de textos incendiarios en el diario The Guardian. Su debut como productor se tradujo en la serie de seis episodios ‘Dead Set: Muerte En Directo’, una especie de miscelánea que, con una clara intención crítica, reunía los ‘reality shows’ y el subgénero zombie en un mismo entorno. Channel 4, que apostó por la idea y debido al éxito que cosechó, accedió a llevar a cabo un segundo proyecto más ambicioso titulado ‘Black Mirror’ estrenado en diciembre de 2011. Hoy en día, la serie se ha convertido en un fenómeno televisivo internacional con tan sólo siete episodios repartidos en dos temporadas y un capítulo especial de Navidad recientemente emitido.
El escenario en el que sitúa la serie es cercano al mundo en el que vivimos, con una plasmación de los adelantos tecnológicos muy familiares, Internet, las redes sociales y los nuevos modelos de comunicación e hiperconectividad que han contagiado a otros contextos como el social y el político. Con ello, se adultera esta actualidad exponiéndola como un imaginario social construido sobre raíces distópicas, con un gran componente de crítica a través de metáforas dispuestas desde una mirada desalentadora sobre nuestro mundo. No es extraño que el camino seguido por la serie se oriente a una representación del cambio que estamos viviendo, con la obligada aceptación de un fatalismo que empieza a resultar evidente.
Cuando Bruce Bethke acuñó el término ‘cyberpunk’ a un subgénero literario, no esperaba que lo especulativo dejara de ser ciencia ficción tan pronto. Gran parte de la esencia de ‘Black Mirror’ llega impuesta por esa reflexión abierta a la interpretación del espectador de las consecuencias sociales que está albergando el modelo tecnológico dentro de la comunicación moderna y su disposición de un nuevo orden. Más allá de una reflexión futurista, el presente no invita a ser optimista ni con el bienestar de una sociedad equitativa, ni con una economía que se desmorona o con la corrupción con la que actúan los gobiernos, ni mucho menos con la instrumentalización por parte de las grandes corporaciones sobre el control social.
Lo que parecían ilusiones futuristas se establecen cada día en nuestra rutina, las redes sociales muestran una alternativa deformadora de la vida real y lo “humano” empieza a cuestionarse con interrogantes. Permanecemos conectados a tiempo total y dependemos de unos patrones de conducta específicos que han sido modificados en los últimos años, en los que la memoria y los recuerdos permanecen almacenados en todo tipo de plataformas tecnológicas; discos duros, móviles, tablets, ordenadores… Todo está vinculado a Internet, la memoria está conceptualizada a un chip y el mundo que nos rodea se transforma bajo una tiranía adictiva. Con sus temporadas (y las venideras) la serie creada por Brooker parece querer insinuar esa pérdida de la sensibilidad infectada a través de los nuevos modelos de ‘mass media’ en la era de Internet, donde el espectador interactúa como cómplice de situaciones bastante abigarradas y controvertidas para especular sobre esos paradigmas sociales como reflejo de una deformación de la realidad que comienza a definir nuestra forma de vida, condicionando nuestros valores y dictando los modos de relacionarse y de opinionar. ‘Black Mirror’ se compone de episodios autoconclusivos e independientes entre sí, que juegan con un mundo no muy diferente al nuestro llevado al terreno de lo hostil.
Desde la crueldad masiva en una situación política de zoofilia gubernamental a los atentos ojos de los ciudadanos que, en circunstancias reales, disfrutarían imaginando una situación parecida (‘El himno nacional’) a la sustitución de un sistema operativo personalizado que reproduzca, a modo de facsímil, a un ser querido cuando éste fallece (‘Ahora mismo vuelvo’), pasando por el oscurantismo al que llevaría una memoria exacta exportada a otros medios ajenos a los propios del ser humano que reporta peligrosas ventajas como la vigilancia y el despertar de la falsa tradición a los sentimientos (‘Tu historia completa’ y ‘White Christmas’) o una democracia frontal instaurada en el “me gusta” como degeneración de un posible sistema de comicios (‘El momento Waldo’) hasta llegar a la cruda visión y pesimista de los ‘realities’ que generan con la misma rapidez falsos ídolos y víctimas de un hedonismo universal donde la ley y los dictámenes vienen impuestos como consecuencias de los audímetros (‘15 millones de méritos’ y ‘Oso blanco’). Es la esencia de una serie reconocible en unas propuestas que definen la visualización de una ficción venidera no muy alejada de estas historias.
‘Black Mirror’ previene con su espíritu crítico acerca de unos valores que pierden su autenticidad con vidas volcadas en aparatos de última generación, capaces de regir las decisiones, la rutina y, en definitiva, la existencia en sí misma. Todos nosotros nos reflejamos como caterva invisible tan dócil como conformista ante las novedades tecnológicas que han impuesto un modo de vida abrazado como un futuro que no es más un placebo, un ese espejo negro al que se refiere el título, que proyecta la sombra de una desvirtualización de la realidad de una sociedad reconstruida bajo el absolutismo tecnológico, deshumanizando la esencia de la libertad y haciendo de los adelantos un régimen opresivo del mundo e incomunicación.
Y es que lo que propone la serie no está tan lejos de un mensaje hipotético, si no que acerca su admonición hacia la hiperrealidad en el que la nueva memoria individualizada está inmersa, en una red mucho más basta que la simple intimidad de cada persona. La serie británica es un dinámico producto, atrevido y provocador, capaz de inquietar e incomodar por medio de la reflexión que provoca, despojada de mensajes maniqueos o subtextos intencionales o demagógicos, sobre el devenir disociado de nuestro tiempo a medio plazo que refleja lo que muy bien podrían ser sus efectos secundarios.