viernes, 29 de mayo de 2015

Final de Copa 2015: la hora de la reconquista

De nuevo estamos en otra final imposible. Por cuarta vez en seis años. El Athletic vuelve a estar en la final de la Copa del Rey tan sólo tres años después de disputar este partido a vida o muerte de la competición que mejor representa al colectivo vasco. Un torneo que, históricamente, pertenece al club del Botxo. La que más ilusión hace en Bilbao. Estos últimos días se apela a aquel 5 de mayo de mayo de 1984, en otra final para la Historia contra el F.C. Barcelona. Aquel día se disputó en el Santiago Bernabéu, cuando el fútbol era equitativo y se medía por los méritos deportivos y no económicos. Cuando las distancias entre clubes ricos y los humildes no eran tan descomunales y diferenciadoras como las que existen hoy en día. El mismo rival y un panorama similar. Por aquel entonces, el Barça de Menotti tenía en sus filas a Diego Armando Maradona como la gran estrella del fútbol mundial. Junto a él, los Schuster, Carrasco, Julio Alberto, Alexanco o Migueli… partían como los grandes favoritos.
Pero la épica le reservaba una sorpresa al Athletic. El gol en el minuto 13 de Endika Guarrotxena sirvió para que los de Javier Clemente levantaran aquel recordado título, salpicado por la tangana final que no pudo empañar aquel día de fiesta, Gabarra y celebración que hoy en día en Bilbao sigue recordándose como uno de las gestas más especiales de cuantas se recuerdan. Zubizarreta, Urkiaga, Núñez, Liceranzu, De Andrés, Goikoechea, Dani, Patxi Salinas, Urtubi, Endika y Argote (a los que hay que añadir a Manu Sarabia y Txetxu Gallego) son nombres que cualquier aficionado vizcaíno recuerda en la actualidad. Hoy el universo del fútbol ha cambiado radicalmente, por lo que refrendar aquella legendaria hazaña se presume aún más compleja. No importa, porque el Athletic pertenece a otra prosapia incomparable, que hace prevalecer la inocencia inconsciente y el sentir de una afición de millones de seguidores que exhibirán bufandas y camisetas tanto en el Camp Nou como en la distancia, que rugirán como si fuera un solo grito, empujando al equipo de Ernesto Valverde hacia el sueño común, traspasando lo meramente deportivo y convertir el acontecimiento en un acto social unificador, como cada partido que juegan los leones.
Hacer realidad un imposible
Si hace 26 años el astro incontestable era Maradona, éste lo es su compatriota y considerado mejor jugador del mundo, Lionel Messi. Como aquél, despliega el respeto y es capaz él solo de levantar cualquier partido con su indiscutible valía. Además, hay que unir el talento de Neymar Jr. (no confundir con su padre), de Suárez, de Iniesta y de tantos otros que han hecho de este Barça un ogro irrebatible. Este equipo aspira, bajo la batuta de Luis Enrique (aunque bien podría ser cualquiera visto el plantel de jugadores del que dispone), que representa el gigantesco equipo globalizado que aspira a redondear otra de esas temporadas al alcance de los grandes imperios futbolísticos. Nada menos que el triplete formado por Liga, Copa y Champions. Parece que es un hecho resuelto antes de jugar. Máxime cuando ya lo consiguieron en 2009. La lógica, el favoritismo y las casas de apuestas dictan que el todopoderoso club de estrellas catalán se llevará este partido y el título se quedará en la ciudad condal.
Nadie va a cuestionar las indiscutibles carencias técnicas del club bilbaíno con respecto ante tan fiero rival, pero en el Athletic saben que las fortalezas más infranqueables también pueden ser destruidas. Si hay un equipo que sabe aferrarse a la teoría de que los milagros en el fútbol son posibles, negando el raciocinio de lo que tendría que suceder en el terreno de juego, ése es el Athletic. Y por si fuera poco, en el Camp Nou, en casa del enemigo. Hay que encomendarse a la Copa del Rey de 1958, la de los “once aldeanos”, en la que se obtuvo el título en Chamartín frente al Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas.
Existen más equidistancias entre ambos clubes. Para el Athletic es algo más que una final. Vuelve a ser la necesidad de reencontrarse con su Historia, de alcanzar el unánime anhelo de un título que parece resistirse. Para el F.C. Barcelona y sus aficionados es un simple trámite, un sencillo paso para conseguir la Champions League, que es lo que realmente les motiva. Esta competición es una menudencia que no despierta su ambición, porque se han acostumbrado a ganar tantos títulos que este trofeo ha dejado de tener un sentido que vaya más allá del hecho de acumular victorias y títulos. El Athletic tiene que garantizar mañana ese hermoso dicho que reza “No ser del Athletic es una oportunidad perdida”. Deberán jugar con el mismo orgullo de siempre, con la raza del león hambriento de un título esquivo y recompensar con su esfuerzo la idolatría de una afición volcada en la esperanza de esta Copa.
No hay límites ni metas inalcanzables, porque somos uno sólo, afición y equipo, que condensa un arraigo encauzado a vivir los encuentros más con el corazón que con la cabeza, ofreciendo una imagen utópica del mundo deportivo a punto de extinguirse. Es la hora de demostrar el instinto de unión, dejando la garganta en cada jugada y transmitiendo la energía de una parroquia que contribuye a la creencia ferviente de un equipo fiel a las raíces que nos representa, que inculca unos valores éticos y deportivos extraordinarios. El Athletic esconde tras su conocida filosofía descrita por prestigioso periódico deportivo francés L’Equipe como “un caso único en la historia del fútbol mundial”, a un pueblo entero y a incondicionales adeptos repartidos por todos los rincones del mundo. Todos ellos sueñan con escribir una memorable página en la Historia de la Copa. Y lo hacemos de forma ilógica e irracional, sabiendo lo imposible del duelo.
Una deuda pendiente
Las nuevas generaciones athleticzales se merecen vivir la emoción de la victoria y la gloria del equipo a orillas de la Nervion, viendo surcar la ría a la Gabarra y jalear cánticos triunfales hasta el Puente de Deusto, donde el colectivo rojiblanco desempolvaría los viejos recuerdos y reverdecería los sueños de la agitación común. Ha llegado el momento de concretar esa ilusión que nos invade desde hace días, de hacer realidad los deseos de unos seguidores cuyas vidas se detendrán durante noventa minutos para dedicarle toda su pasión a que su equipo consiga una victoria histórica. Después de las decepciones de Mestalla, Bucarest o el Calderón, el fútbol tiene una deuda pendiente con el Athletic. Nos debe una. Esta copa tiene que ser la de todos; la de los que nos han dejado y no podrán ver esta final, la de los jugadores que disputaron finales y no la ganaron, la de la memoria de los que sí, la de los que empiezan a ilusionarse desde niños con este equipo, la de los descreídos, la de los seguidores más fanáticos, la de los que llevan dentro ese escudo y que saben que, más allá del resultado, ese sentido de pertenencia permanecerá inalterable, porque el Athletic es algo más que un club.
Pase lo que pase, se ha subido otro peldaño en el testimonio de lealtad ‘zurigorri’ concebida, como la afición por estos colores, bajo el prisma del entusiasmo irrenunciable como vendrá siendo en sucesivas generaciones. Por eso, más allá del resultado, el Athletic seguirá manteniendo su identidad. Y por muchos fracasos que se den, jamás podrán deteriorar la autoestima de San Mamés, ni la de los jugadores ni la de los aficionados, comprometidos con la tradición y con puente de San Antón, el árbol de Gernika y los dos leones que resplandecen en nuestro escudo.
Mañana, los leones tienen que rugir como nunca y preservar la esperanza del milagro, sabiendo que el fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Matt Le Tissier, ex futbolista inglés con un ejemplar sentido de pertenencia a un club (permaneció toda su carrera en el Southampton - 1986-2002-), pronunció una frase que debe ser el reflejo de la ambición de la final de mañana: “Jugar en los grandes clubes es un bonito desafío, pero es más difícil y bonito jugar contra ellos y ganarles”. Ha llegado el momento de la reconquista y de escuchar en nuestros corazones, bajo el influjo y la voz del inolvidable "Hoss" Iragorri, cómo nuestro Athletic soñó otra vez con ser el David que ganaba al Goliat con algún “bakalao” memorable que trasmitir mediante la tradición oral a nuestros hijos. Por mi parte, lo veré con mi pequeño cachorro, vestidos para la ocasión y disfrutando del momento. Él nació el pasado 5 de mayo, curiosamente, el día que Endika marcó el gol del último título del Athletic. Quiero creer que es una señal. En cualquier caso, siempre recordaré la final de mañana. Independientemente del resultado.
Denok batera... Koparen bila!!

jueves, 28 de mayo de 2015

Review 'Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Road Fury)', de George Miller

El infierno sobre ruedas
Después de un paréntesis de más de tres décadas, regresa el futuro post-apocalíptico de gasolina y sangre en un filme que se asienta sobre los cimientos reconocibles de la saga añadiendo un trasfondo feminista y épico tan espectacular y excesivo como personal en cuanto a su sello de autor.
Cuando George Miller dirigió en 1979 ‘Mad Max. Salvajes de la autopista’ lo hizo en doce semanas y con un presupuesto muy ajustado (unos 350 000 dólares) para la exigencia de un filme ambicioso y bastante arriesgado. La inspiración llegó por la película de L.Q. Jones ‘2024: Apocalipsis nuclear (Un muchacho y su perro)’, la crisis del petróleo de 1973 en la que la OPEP que decidió no exportar combustible a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur y el “Super-Car Scare” de 1972, que concedió controvertibles homologaciones de versiones de coches para carreras construidos en Australia por General Motors-Holden, Ford Australia y Chrysler. Todos estos acontecimientos sirvieron de base para crear una película con aspiraciones de cinta de culto pero que pasaría a ser un éxito internacional sin precedentes.
Su historia de venganza sin ningún discurso de conciencia moral, su agresiva influencia 'punk' y ese fondo de cetrería humana con trasfondo de supervivencia en busca de sangre y gasolina fueron el detonante para que el trabajo de Miller traspasara fronteras y generara una saga inmortal. ‘Mad Max’ pasó a elevar a icono a ese policía llamado Max Rockatansky que, habiendo perdido la fe la sociedad, es incapaz de impedir que el mundo se derrumbe en espiral hacia la destrucción. Con la muerte de su familia y una hecatombe cuyo origen no se esclarecería en sus dos secuelas, la franquicia ha pervivido en la memoria hasta este 2015, año en el que se abre un nuevo paréntesis, pasadas más de tres décadas.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ no es la continuación lógica de sus antecesoras, sino que recoge ese páramo distópico gobernado por deshumanizados seres con tendencias sádicas en un territorio sin ley. El contexto de esta nueva superproducción se sigue fijando en ciudad descentralizada y autárquica en medio de la nada, poblada por bandas de crueles merodeadores. La catástrofe global es vagamente sugerida por unas pinceladas y unas pocas imágenes de devastación. Una poderosa voz en Off emprende la aventura con un personaje reconocible, Max, el mismo hombre con distinto rostro (Tom Hardy por Mel Gibson). “Mi nombre es Max, mi mundo es fuego y sangre” son sus primeras palabras. Mientras, vemos es el V8 Interceptor, el reconocible y anacrónico coche de sus predecesoras y la infructuosa huida del protagonista ante los “Chicos de la Guerra”. El (anti)héroe, que continúa siendo un nómada que vive para sí mismo con la única doctrina de la supervivencia, se ve inmerso una Ciudadela construida en un valle de piedra gobernada por Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne), un villano con total control sobre el combustible, el agua y leche materna para contrarrestar los efectos de las radiaciones que tiene sometida a la población y esclavizado a todo un ejército.
“Yo vivo, muero y vivo de nuevo” manifiesta ante la famélica multitud que le idolatra y espera algo de agua para subsistir. La acción arranca cuando Imperator Furiosa (Charlize Theron) traiciona a este dueño y señor del destino de sus súbditos al escapar con su harén de cinco esposas (Zoë Kravitz, Rosie Huntington-Whiteley, Riley Keough, Abbey Lee y Courtney Eaton), todas ellas hermosas concubinas dotadas y fértiles para prolongar su legado con un heredero perfecto. En su huida, Max, junto a Nux, un chico de la guerra sublevado (Nicholas Hoult), ayudarán a liberar a esta caravana de mujeres en dirección a la Tierra Verde, un antiguo páramo con esperanza de vida. Sin embargo, el tirano señor de la guerra emprenderá una implacable persecución para recuperar su propiedad con la ayuda de algunos de los más temibles opresores que acompañarán al malvado Immortan Joe en su caza sobre ruedas.
El espíritu del ‘Ozploitation’
George Miller rehabilita el espectro contextual de ese apocalipsis abstracto dentro de un futuro árido de páramos desérticos y dunas sinuosas, orquestando un mundo inhumano con personajes llevados por los instintos más primarios de supervivencia, asemejándolo a un cuadro de El Bosco, con estética acre de desazón anticipatoria. Miller regresa al género de acción con gran inspiración a la hora de poner en imágenes un frenesí que supura acción sin límite, mostrada casi a la velocidad a la que circula la aniquilación moral y espiritual que vertebra la tetralogía. Si hay algo que galvaniza la sustancia de la saga y que alcanza aquí su cota más apoteósica, es el ritmo infernal que propone la cinta. Sin levantar el pie del acelerador, la cadencia parece estar poseída por un denuedo de poder visceral tan sugestivo como agresivo, plagando sus secuencias de acción con acrobacias de cámara a alta velocidad, como una iracunda montaña rusa que incluso en los escasos instantes de calma dramática se percibe una percepción de inminencia con nuevos impactos de intimidación motorizada.
Es evidente que no hay mucho espacio para el diálogo, ya que la palabra se establece a través de la acción sin freno. Miller y sus co-escritores, el autor de cómics Brendan McCarthy y Nico Lathouris, prefieren delimitar el contexto y los personajes a una rápida descripción, sin necesidad que interiorizar ningún tipo de motivaciones e itinerarios sujetos a dictámenes argumentales. Estamos ante una larga persecución de un camión a golpe de rugido de motor que busca un objetivo y una horda de perseguidores sin rostro. Lo que importa de verdad es el ‘tour de force’ de solidez cinética en el que no falta la demostración de acrobacias coreográficas, la velocidad y los encontronazos.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ es una película que no elucida sobre preguntas relacionadas con los personajes pretéritos que asolan la conciencia de Max, ni el significado etéreo del Valhalla, ni porqué Furiosa perdió su brazo izquierdo, ni por qué la Tierra Verde ahora está poblada por figuras grises que caminan con zancos sobre el lodo y pervive en la oscuridad plagada de cuervos. El guión no acude a la justificación para describir esa titánica cacería humana ante el chirriante rugido de motores, si no que escudriña sutilmente ese espíritu del ‘Ozploitation’ que articulara un poco conocido género australiano de finales de los 70 y principios de los 80. La gran baza es su aparente sencillez, porque bajo esa especie de ‘freakshow’ con un exceso de ingredientes que rozan lo surreal y lo grotesco (el guitarrista eléctrico colgado a modo de marioneta o la percusión que acompaña los ataques), se esconde un extraño halo de película de autor, tan personal como identificativa.
Y lo hace sin perder la esperada exposición de elementos identificativos de la franquicia; desde la brutalidad, la suciedad, el humor de trazo grueso de las antípodas, los ‘rust buckets’ tuneados o los ‘hot-rods’ imposibles, guerreros kamikazes, gladiadores ‘thrash metal’ y espeluznantes villanos definen una sobredosis de acción trepidante y sangrienta dentro de un imaginario resuelto con una brillantez fuera de toda duda en cuanto a su planificación, casi instintiva, que agradece un montaje que funciona como un mecanismo visual perfecto gracias al trabajo de la esposa de Miller, Margaret Sixel. A ello hay que sumar la luminosa tonalidad visual que John Seale propone con la violenta belleza de sus planos, aprovechando la luz natural de desierto de Namibia, con sus tonos anaranjados y ocres que se confrontan con varias secuencias de “noche americana”, así como la enfurecida música de Tom Holkenborg (o Junkie XL)  y la autenticidad de todo lo que desfila en pantalla, en la que Miller ha restringido el CGI apoyándose en vehículos y escenarios reales, lo que le confiere a la cinta un horizonte de poética esterilidad.
El factor femenino contra el nihilismo futurista
Esa aparente sencillez encubre, sin embargo, un planteamiento ideológico en forma de discurso crítico con los totalitarismos reales disfrazados de democracias que subsisten más que nunca en nuestra actualidad . En la Ciudadela de Immortan Joe las vidas de las personas son comparables a un simple sedante biocombustible o como mero ganado. Este autoimpuesto profeta de autoridad divinizada gobierna a un reducto de trastornados prosélitos que guardan cierto parecido a fanáticos grupúsculos religiosos que anhelan ser recompensados en otro mundo y que no es difícil equiparar a algún otro fundamentalismo religioso que está apegado a nuestra realidad. En un mundo sin esperanza, donde se refuta toda forma de libertad, el legado de desafuero totalitario requiere de nuevas vidas perfectas cultivadas en el odio y el patriarcado con un único objetivo: el continuismo del bienestar del sector tiránico a costa de personas oprimidas en beneficio de sólo unos cuantos privilegiados.
El poder de los patronos rige el destino de las vidas sin futuro de esta distopía que mantiene el fondo nihilista de locura tribal que envuelve toda la saga. Salvo por una excepción radical en cuanto al signo hormonal de ésta. Y es que ‘Mad Max: Furia en la carretera’ revaloriza el papel de la mujer como factor preponderante de este nuevo mundo futuro, con una proclama feminista que responde a una actitud de cambio, puesto que son ellas las que tratan de establecer las bases de una humanidad perdida en contraposición de la barbarie inhumana masculina. Tanto Imperator Furiosa como el resto de las jóvenes representan esa fuerza civilizadora, preocupadas por la fecundidad no sólo en un ámbito humano, sino natural, como signo de vida frente a la muerte. Si en sus precedentes, se revelaba un mundo posnuclear hecho trizas regido por un fiero machismo, en esta ocasión Max deja a un lado su pesimista filosofía de vida (“la esperanza es un error” confiesa en un instante del filme) para variar en su discurso con la certeza de que ese grupo de mujeres pueden abanderar una revolución hacia una expectativa de subsistencia optimista, sin dejar que la renuncia acabe con sus vidas en una huida hacia la nada. Por eso, Furiosa esquematiza ese valor de cambio en Max, que entiende que salvando su vida y la de las demás también tendrá su cuota de exoneración.
Ese esperanzador ‘happy end’ conlleva un mensaje instaurado en la idealización de la utopía, donde se constata un cambio insurrecto sólo cuando se muestra el cuerpo del líder inerte y abatido, desposeído de la iconografía mística y feroz que enmascara a un hombre enfermo, que supura enfermedad y lleva un respirador artificial para mantenerse con vida. El resquicio de esperanza para la especie humana se traduce en la construcción de un modelo de equilibrio social igualitario. Lo femenino generador de vida contra lo masculino devastador. Los roles de Hardy y Theron son almas gemelas que responden a un corte conceptual similar dentro de su designio como personajes, que no es otro que la búsqueda de la redención, asumiendo que la huida no es más que un subterfugio para soslayar la necesidad de heroicidad y enfrentamiento a sus fantasmas. Y, con ello, afrontan la lucha ante Immortan Joe y sus secuaces. Salvo por una pequeña diferencia; Max no es más que el brazo que le falta a Imperator Furiosa. Ella es la auténtica protagonista y los ojos del espectador respecto a la historia.
Un ‘blockbuster’ diferente
Llegados a este punto, es inevitable pensar qué hubiera sido de este ‘power up’ (que no ‘reboot’) con un Mel Gibson en el personaje que le dio la fama, ese Rockatansky arcaico y ceñudo, transformado en un personaje legendario inmerso en una última hazaña de este calibre. Habría sido un retorno al primer nivel de uno de los actores imprescindibles para entender el cine contemporáneo. Una lástima que Miller y Gibson no hayan satisfecho el deseo de los nostálgicos, pero Miller sabe que con la nostalgia como enemigo, ‘Mad Max: Furia en la carretera’ no hubiera sido posible. De aquello queda esa pequeña pieza de caja de música que aparecía en ‘Mad Max 2: El guerrero de la carretera’, como otra de las muchísimas e imperceptibles referencias que van apareciendo silenciosas en pantalla. Tom Hardy no desmerece en absoluto el carisma agreste de ese conductor silencioso y Charlize Theron compone con certeza uno de sus mejores y más complejos roles.
Lo que nos queda es una película desafiante, furibunda, a veces delirante… una experiencia cinematográfica que atribuye un golpe de desfibrilador al cine comercial actual. Dos horas de persecuciones espectaculares y caóticas a través de esa estepa sin esperanza que Miller ha logrado familiarizar con el espectador y alejarse de ella para entregar una nueva aventura a aquel que acuda ajeno a sus antepasados. Como un homenaje deformado de ‘La diligencia’, de John Ford o de ‘Raíces profundas’, de George Stevens, la nueva y alucinógena entrega de Miller es un ‘western’ futurista que renuncia con reciedumbre a admitir los métodos y los códigos propios del género. Con una pulsión operística cimentada en la energía y adrenalina, esta cuarta parte de ‘Mad Max' es una orgía destructiva de un caos de poderosa sugestión, una espectacular experiencia visual de alto octanaje con el genuino sabor de un cine perdido. Tras una larga espera de treinta años, el regusto por los viejos clásicos con aroma de modernidad ha conseguido ir mucho más allá del mero ‘blockbuster’ de acción pre-veraniego. Veremos si este continuismo perpetúa e incrementa la leyenda o afecta negativamente a la saga, como vienen sucediendo con otras muchas franquicias recuperadas del pasado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

martes, 26 de mayo de 2015

El cine español despide a Vicente Aranda

(1926-2015)
El día ha despertado con la triste noticia del fallecimiento de uno de los cineastas más importantes y completos que ha tenido hasta el momento la cinematografía española. Vicente Aranda se ha ido para siempre a los 88 años de edad, dejando hechos los deberes y escrito su nombre con contundencia en los fastos del cine patrio. Desde sus primeros años y hasta su última película ‘Luna caliente’ (2009), Aranda dejó claro que fue un director de oficio y de vocación, a contracorriente de modas y bandazos comerciales. Dejaría su impronta como una de las cabezas visibles de la llamada Escuela de Barcelona, movimiento cuyos preceptos artísticos se asentaban en la idea de agitar la industria cinematográfica de la época; Gonzalo Suárez, Joaquín Jordá, Juan Marsé, Ricardo Bofill, José Luis Guarner, Antonio Rabinad, Román Gubern, Jaime Camino o Jacinto Esteva fueron algunos de aquellos compañeros que transgredieron con sus trabajos y popularizaron aquel impulso de cambio.
Su primer filme, ‘Brillante porvenir’, co-dirigida junto a Gubern ya exponía un apego por el realismo crudo que ccontinuaría su disposición hacia un inconformismo estético y formal de su segundo trabajo, ‘Fata morgana’, cinta que abanderó la Escuela de Barcelona y que supuso un impacto experimentalista que definió muy bien la actitud y el carácter del director. Aranda mantuvo desde entonces una visión propia del mundo y sus valores, interpretando mediante su fascinante carácter cuando se trataba de rodar, alejado de posturas acomodaticias o forzado rigor didáctico, muchas veces imperando la sexualidad como vía de libertad ante censuras y conservadurismos pretéritos.
Su obra fílmica posee títulos como ‘Las crueles’ (1969), ‘La novia ensangrentada’ (1972), ‘Cambio de sexo’ (1976), ‘La muchacha de las bragas de oro’ (1979), ‘Fanny Pelopaja’ (1984), ‘Tiempo de silencio’ (1986), el díptico ‘El Lute, camina o revienta’ (1987) y ‘El Lute, mañana seré libre’ (1988), ‘Amantes’ (1991), ‘El amante bilingüe’ (1992), La pasión turca (1994), ‘Libertarias’ (1996), ‘La mirada del otro’ (1997), ‘Celos’ (1999) o ‘Juana la loca’ (2001). Varias de estas obras concretaron uno de sus rasgos más coherentes de su perspectiva artística, que no es otro que una dimensión indiscutible como artista capaz de convertir la literatura en imágenes (16 de los 26 títulos que componen su filmografía son adaptaciones), reescribiendo según su percepción esos libros y novelas en experiencias ciertamente personales, más heterogéneas que lo que a priori pueda parecer, sabedor de que a través de la reconstrucción de la realidad del libro, se consigue un sello propio a la hora de revelar la verdad y el énfasis de sus imágenes, sin tipismos y evitando artificios académicos.
Vicente Aranda siempre fue un cineasta indócil, que obedeció a su querencia por historias de cierta complejidad trágica sobre las contradicciones humanas, sujeto a una mirada insobornable de un clásico de nuestro cine irremplazable.

lunes, 25 de mayo de 2015

¡Feliz Día de la Toalla!

Hoy se celebra el décimo aniversario de la creación del Día de la Toalla. O lo que es lo mismo, de la muerte del autor literario Douglas Adams, cuya obra ‘La guía del autoestopista galáctico (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy)’ sirve de base para esta no tan esperpéntica celebración. Los fans de uno de los mejores y más delirantes libros de ciencia ficción buscaron la forma más idónea de hacer ofrenda al literato adoptando uno de los elementos más identificativos de su gran obra, es decir, la toalla. En el capítulo 3 de la novela, el personaje de Ford Perfect le revela a Arthur Dent la importancia de una toalla a la hora de hacer autostop interestelar para que una nave extraterrestre lo recoja instantes antes de que los Vogons acaben con la tierra. Los fans de Adams se reparten por el mundo con ese número 42 que representa la respuesta del Pensamiento Profundo que llega después de siete millones y medio de años meditando sobre la gran pregunta, haciendo una ofrenda a este libro y a sus personajes. Así que recuerda que hoy debes llevar una toalla a todas partes y colgar ese eslogan originario de la portada del libro de Adams ‘Don’t panic’ si no quieres ser condenado a escuchar los poemas del capitán vogón de una nave espacial enloquecida.
“Dicen que una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista interestelar. En parte, tiene un gran valor práctico: uno puede envolverse en ella para calentarse mientras viaja por las lunas frías de jaglan Beta; se puede tumbar uno en ella en las refulgentes playas de arena marmórea de Santraginus V, mientras aspira los vapores del mar embriagador; se puede uno tapar con ella mientras duerme bajo las estrellas que arrojan un brillo tan purpúreo sobre el desierto de Kakrafun; se puede usar como vela en una balsa diminuta para navegar por el profundo y lento río Moth; mojada, se puede emplear en la lucha cuerpo a cuerpo; envuelta alrededor de la cabeza, sirve para protegerse de las emanaciones nocivas o para evitar la mirada de la Voraz Bestia Bugblatter de Traal (animal sorprendentemente estúpido, supone que si uno no puede verlo, él tampoco lo ve a uno; es tonto como un cepillo, pero voraz, muy voraz); se puede agitar la toalla en situaciones de peligro como señal de emergencia, y, por supuesto, se puede secar uno con ella si es que aún está lo suficientemente limpia.
Y lo que es más importante: una toalla tiene un enorme valor psicológico. Por alguna razón, si un estraj (estraj: no autoestopista) descubre que un autoestopista lleva su toalla consigo, automáticamente supondrá que también está en posesión de cepillo de dientes, toallita para lavarse la cara, jabón, lata de galletas, frasca, brújula, mapa, rollo de cordel, rociador contra los mosquitos, ropa de lluvia, traje espacial, etc. Además, el estraj prestará con mucho gusto al autoestopista cualquiera de dichos artículos o una docena más que el autoestopista haya "perdido" por accidente. Lo que el estraj pensará, es que cualquier hombre que haga autoestop a todo lo largo y ancho de la galaxia, pasando calamidades, divirtiéndose en los barrios bajos, luchando contra adversidades tremendas, saliendo sano y salvo de todo ello, y sabiendo todavía dónde está su toalla, es sin duda un hombre a tener en cuenta”.
Fragmento de 'Guía del autoestopista galáctico', de Douglas Adams.
Página 16. Capítulo 3
ISBN 978-84-339-7310-8
Además, hoy se celebra el trigésimo cuarto aniversario del estreno ‘Star Wars - IV A New Hope’, el 25 de mayo de 1977 que supone además la génesis del Día del Orgullo Friki.
No será por celebraciones.

jueves, 21 de mayo de 2015

Industrial Light & Magic: 40 años de efectos especiales

La experiencia cinematográfica basada en el espectáculo y el ‘blockbuster’ como sentido de ilusión y sortilegio en pantalla probablemente no se entendería sin la Industrial Light and Magic de George Lucas. La factoría de efectos especiales más conocida por el público nació en 1975, ideada para delinear todo el universo visual de la saga ‘Star Wars’. Desde entonces, ha ido incrementando a su alrededor un imperio de fantasía, un mundo de rentabilidad que ha alimentado la nostalgia de los millones de espectadores que conocieron la empresa gracias a la temática legendaria de una saga que adquirió una dimensión equiparable a toda una religión y clave en el cine contemporáneo. Pero no sólo eso, sino que la compañía ha ido creciendo a través de las décadas hasta cumplir cuarenta años desde que arrancara en un almacén en Van Nuys (California) convirtiéndose en la pionera en utilizar ordenadores para la creación de efectos visuales con protagonismo destacado en muchas de las supeproducciones.
Para celebrar esta onomástica, la revista ‘Wired’ acapara los rostros que han ido gestando mediante superproducciones la hazaña pirotécnica que han convertido a la ILM en una factoría de sueños inimaginables cuando emergió como pequeña compañía fundada por un auténtico visionario. Desde la mencionada saga galáctica, gran parte de la filmografía de Steven Spielberg, ‘Star Trek’, ‘Cristal Oscuro’, ‘Los Cazafantasmas’, ‘Poltergeist’, la trilogía de ‘Regreso al futuro’, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’, ‘Willow’, ‘Abyss’, ‘Forrest Gump’, ‘Terminator 2’, ‘Corazón de Dragón’, ‘Titanic’, las sagas de ‘Harry Potter’, ‘Piratas del Caribe y ‘Iron Man’, ‘Transformers’… y un largo etcétera sin el cual el sentido lúdico y comercial del cine no existiría.
A modo de entrevistas y anecdotario Alex French y Howie Kahn han realizado un exhaustivo análisis de la compañía mediante las palabras y atribuciones de gente como el propio Lucas, Dennis Muren, John Dykstra, Steven Spielberg, Kathleen Kennedy, J.J. Abrams, Ron Howard, Ed Catmull, James Cameron, Stefen Fangmeier, Lynwen Brennan, Michael Bay, Gore Verbinski o Guillermo del Toro, que repasan la historiografía de uno de los modelos de negocio más rentables de los fastos del cine. La ILM sigue su camino trasformada en un mito de los efectos especiales que ha trabajado en más de 300 proyectos de cine y un sinfín de ‘spots’ comerciales de televisión, video juegos y otros tantos proyectos. Una factoría que ha creado algunas de las imágenes más icónicas de la gran pantalla y han impulsado los límites del arte y la tecnología hasta donde la imaginación jamás soñó llegar.

miércoles, 20 de mayo de 2015

No es televisión, es HBO

Innovación y diferencia catódica
La cadena estadounidense ha terminado por convertirse en un modelo de negocio basado en ofrecer una televisión de calidad y exclusiva para sus clientes copiado por sus competidores.
Hoy en día, todo el mundo sabe qué es HBO. Más allá de sus bondades y catálogo de series que han ido estableciendo una pequeña parcela en la memoria colectiva, la cadena se alzado con la hegemonía y el prestigio de las cadenas americanas ¿La razón? Un modelo de eficacia probada que ha hecho sombra a sus competidoras. Empecemos por el principio. La historia comienza cuando Charles F. Dolan acudió a Sterling Manhattan Cable, un operador multisistema financiado, en gran parte, por la todopoderosa Time Inc. Su propuesta era la de crear un canal de pago llamado ‘Green Cable’ que ofreciera programación propia, estrenos cinematográficos y deportes en exclusiva para suscriptores. La iniciativa revolucionaria la televisión americana e internacional de todos los tiempos.
Fue el nacimiento de la HBO (Home Box Office). Su puesta de largo se produjo en 1972 y fue el primer servicio de televisión comercial que integró vía satélite y cable en sus emisiones. Todo un pionero, pese a que sus inicios fueron inestables y la cadena sufrió pérdidas económicas. Uno de sus primeros pelotazos de audiencia se produjo con la adquisición de los derechos del último combate por el título de los pesos pesados que disputaron Muhammad Ali y Joe Frazier en 1975 durante el llamado ‘Thrilla in Manila’ de Filipinas. Un primer acierto que fue configurando la importante plataforma basada en seductora oferta en su programación que con el paso de los años fue ganándose a pulso la etiqueta de lo que dio en llamar “televisión de calidad”. En sólo un año, de 1976 a 1977, se pasó de 15.000 a 600.000 suscriptores. Un hecho que ha ido acrecentando su reputación y ganando adeptos con el paso del tiempo.
Uno de los pilares de esa revolución se sustentó en la creación de un renovador concepto llamado “transmedia storytelling”, que no es más un sistema muy específico de promoción en torno a sus programas. Consiste en generar información a través de múltiples medios con el fin de crear expectación entre los telespectadores. Esta estrategia, fundamentada en metas como el posicionamiento en el mercado, el estilo y su contenido o innovación tecnológica, provocó algo que los expertos definieron como “el efecto HBO”. El afianzamiento de programas autoproducidos y la ampliación de la cadena en el panorama de la televisión estadounidense llegó de inmediato como logro en la exploración de nuevas perspectivas desde un estudio sobre los hábitos de visionado del consumidor.
La brújula que guía estos productos para que estén a la altura de lo esperado no es más que un cúmulo de ideas inmersas en la red de “post-televisión”, en la que los contribuyentes son partícipes del proceso de producción y la creación de un producto de marca. Sin esto, la HBO no hubiera contribuido al cambio que se ha forjado en los últimos quince años respecto en la forma de ver las series y que han adoptado otras cadenas. Tampoco hubiera existido series como ‘Sigue soñando’, ‘Oz’, ‘Hermanos de sangre’, ‘Deadwood’, ‘El séquito’, ‘Carnivàle’, ‘Treme’, ‘Mad men’, ‘Roma’ o ‘Boardwalk Empire’, entre muchas otras.
Rompiendo las reglas
La diferencia ofrecida fue la de anteponer el entretenimiento y la voz del cliente antes que la venta a toda costa alentada por la publicidad. La independencia de la HBO revolucionó el medio con la llegada de ‘Sexo en Nueva York’, una serie sin tapujos a la hora de abordar cuestiones consideradas tabúes y con la desvergüenza de un formato que irrumpió abriendo el camino a otros dos filones sin los que la historia de la televisión no se entendería. En esa actitud de cambio apareció ‘Los Soprano’. Corría el año 1999 y su emisión y éxito sorprendió, y de qué manera, afianzando esta revulsiva apuesta de riesgo con una estrategia argumental radicalmente distinta en la narrativa y el lenguaje televisivo. Los discursos adultos y su complejidad condujeron sus series hacia una libertad donde tenía cabida de todo; ambigüedad, tramas múltiples, voces narrativas divergentes… ‘Los Soprano’ inicio lo que muchos avanzaron como una “segunda edad de oro de la televisión”. Y no andaban muy desencaminados. “No es televisión, es HBO” sería el lema más recordado de la emisora. Después llegaría ‘A dos metros bajo tierra’, que reforzaría esta idea. Se trataba de otra propuesta de reflexión, más intelectual y estética. ‘Deadwood’, ‘El ala Oeste de la casa blanca’, ‘Curb Your Enthusiasm’ y sobre todo ‘The wire’ seguirían el camino.
La fiesta televisiva reunió una impecable mezcla de formatos, géneros y estilos donde el relato funcionaba muy por encima de unas cualidades técnicas sorprendentes. De repente, dos formas tan diferentes como el cine y la televisión se homogeneizaron con una retroalimentación en el que no se distinguía el nivel de producción de cada uno. De esta forma, la democratización del medio audiovisual también llegó de la mano de HBO. Habían cambiado los tiempos y los derroteros apuntaban a personajes que ya no simbolizaban los códigos de honor y valores morales. En este cambio, la visión pasó a un nivel de identificación que se diluía entre el bien y el mal, en una sociedad perdida en el pesimismo de los nuevos tiempos. Toni Soprano, Don Draper, James MacNulty… incluso los protagonistas de las comedias como Larry David o Louis C. Clark personifican con sus defectos ese doble rostro que dinamitó para siempre los cánones establecidos.
Con la instauración de lo instantáneo y de la inmediatez dictada por Internet, donde la materia televisiva se ha diversificado, la competencia se ha hecho notar dentro del juego de poderes mediáticos. Sin ir más lejos, Netflix, que este mismo año ha superado los 33 millones de suscriptores gracias al modelo ‘streaming’ con series como ‘House of Cards’ y ‘Orange Is the New Black’. La respuesta por parte de HBO no se hizo esperar. Habían creado HBO Go y MAX Go y a ello añadieron un servicio ‘on line’ similar al de Netflix, que alberga gran parte de las series clásicas y de moda así como contenido exclusivo de cine, extendido a un contrato con Universal para rodar filmes con el sello HBO. Por si fuera poco, ha encontrado su nueva gallina de los huevos de oro en la adaptación de ‘Juego de Tronos’, que revitaliza la idea constante de la cadena por prevalecer y ocupar un lugar destacado dentro de la cultura popular y contemporánea. De momento, sigue siendo así. Cuatro décadas después, HBO sigue siendo el referente de la televisión de pago ofreciendo una amplia programación través de múltiples plataformas para sus 114 millones de suscriptores en todo el mundo.

sábado, 16 de mayo de 2015

B.B. King, el alma del 'blues'

(1925-2015)
La muerte de B.B. King supone la desaparición de uno de los tótems fundadores de un género tan recurrente y norteamericano como es el ‘blues’. Con él desaparece una forma musical de entender la vida, una esencia de notas sostenidas y bien distinguidas para inmortalizar ese inconfundible sonido eléctrico de posguerra que irrumpió en el género para reconvertirlo con un estilo a medio camino entre el ‘swing’ de orquesta y el jazz de ‘big band’. Un mito de la guitarra que emprendió su ascenso desde los años 40, en los que exhibía su talento en los míticos locales del ‘Chitlin' Circuit’ de audiencia afroamericana y que sirvieron como voz de protesta contra la segregación racial.
Ya por entonces, su maestría reivindicó un carácter marcado por un sentimiento urbano que fusionaba el blues y jazz a través de una Gibson ES-355 a la que cariñosamente llamó Lucille, modelo de guitarra inseparable que acompañó siempre sus canciones de letras cortas y directas, higienizando su expresión a la hora de incluir coros y reverberaciones acústicas. La llamó así por una pelea en un bar de Twist, en Arkansas, provocada por una mujer llamada así y en la que estuvo a punto de perder su apreciada guitarra debido al incendio provocado por una reyerta entre dos desconocidos.
Llevado por el énfasis revolucionario y la inquietud musical, B.B. King llevó su arte más allá de su origen humilde de Mississippi, en la que desde niño trabajó recogiendo algodón y más tarde, en las cercanías de Indianola, como conductor de tractores, para, desde sus inicios, aglutinar como un particular tono basado en los ecos de Charlie Christian, Wynonie Harris, Django Reinhardt, Lonnie Johnson, Blind Lemon Jefferson o T-Bone Walker. Desde su primer éxito ‘Three o'clock blues’, la genialidad y el virtuosismo de su guitarra y de su voz pasaron a ser un referente en el marco de un género tan representativo de lo que venía a ser el corte emocional como es el ‘blues’, abanderado por aquel chico que triunfó en los locales de Memphis y que era conocido como “Blues Boy”.
Canciones como ‘Please Love Me’, ‘Every Day I Have the Blues’, ‘Bad Luck’, ‘Why I Sing the Blues’, ‘Woke Up This Morning’, ‘Chains and Things’, ‘Sweet Little Angel’, ‘To Know You Is to Love You’, ‘Sweet Sixteen’ y ‘Blind Love’ pasarán a la historia como auténticos legados de expresión a la hora de concretar esa dinámica entre la innovación como sonido universal y el sostenimiento espiritual de las raíces del sur de donde partió su viaje hacia la gloria. Su estrella establecería un máximo reclamo en el South Side de Chicago durante los 60, para pasar a ser un icono imprescindible en la música del Siglo XX, convirtiéndose en el espejo de artistas guitarristas de ‘blues-rock’ blancos como Steve Miller, Michael Bloomfield o Eric Clapton.
Comenzó como telonero de los Rolling Stones y fue ofreciendo su espectáculo hasta perder la cuenta en los miles de conciertos (entre cien y ciento cincuenta al año –a veces 250 o 300 anuales-) que dio en más de noventa países de todo el mundo. Hasta el mes pasado, seguía brindando a sus fieles seguidores. De tocar junto a Sonny Boy Williamson, Bobby "Blue" Bland, Robert Lockwood Jr. a abrir una cadena de locales que inició con el originario de la calle Beale de Memphis, perder la cuenta de los Grammys ganados al mejor álbum de ‘blues’, sin olvidar el mítico ‘Riding With the King’ que le unió a su pupilo estrella Clapton, la carrera de King obedece a la estela de los grandes de la música. Se cuenta que tuvo quince hijos y tenía más de sesenta nietos. Su leyenda impuso la imagen de un artista ejemplar que fue recompensado en 2006 con la Medalla presidencial de la libertad, la más alta distinción civil que existe en Estados Unidos. Su música será parte de la banda sonora de varias generaciones que van haciendo realidad el sueño del gran King; perpetuar con sus notas y letras la esperanza de mantener vivo el ‘blues’ a través de la historia.

viernes, 8 de mayo de 2015

Una vida que comienza

Lo he oído tantas veces que, a priori, parece un tópico de manual familiar optimista: “tener un hijo te cambia la vida y la forma de ver las cosas hasta una dimensión inimaginable”. Este pasado martes cinco de mayo, a las 20:35, en el Hospital Clínico Universitario de Salamanca, nació nuestro hijo Iván, después de una inesperada y agridulce consumación que llevó a un parto por cesárea que no entraba en los planes que habíamos estado preparando desde hace tiempo. Dos interminables días de dudas, esfuerzo, dolor y oxitocina. Sin embargo, la llegada al mundo del pequeñín ha sido maravillosa. Tanto, que lo doloroso de la contrariedad queda como una mera anécdota para olvidar.
Mi idilio con Iván comienza en el mismo instante de su nacimiento, apenas unos segundos después del forzado alumbramiento. Entre llantos e incertidumbre, la criatura fue desprotegida del calor maternal y expuesto a mis brazos para vivir esa maravillosa experiencia que supone el “piel con piel”. Es fascinante, no voy a negarlo, pero supone un trauma tan cruel con la naturaleza humana respecto a la madre que deja un regusto vital de iniquidad respecto a lo que debería ser algo tan bonito y feliz como el nacimiento de un hijo. Viene a ser una compensación de protección y vínculo entre padre e hijo que proporciona unas horas que jamás se podrían describir mediante palabras ante tal huracán de emociones en el silencio compartido de una pequeño habitación de obstetricia que marcará nuestra alianza paterno filial para siempre. En ese reducido lapso de tiempo, hemos establecido unos lazos especiales, comenzando esta aventura al compartir una extraña sensación de abandono en espera del ansiado reencuentro con la madre, la pieza cardinal del puzle y de todo este maravilloso proceso compartido que ha sido un embarazo que ya de por sí ha sido tan milagroso como apasionante de vivir. Verles por fin juntos fue para mí soplo vital definitorio de lo que debe ser la más insondable respuesta a cualquier cuestionamiento existencial. Desde ese pequeño intervalo que cambió nuestras vidas, el sentimiento y la necesidad de aprender a ser padre han acaparado un objetivo antes impensable. De repente, ser la figura paternal se transforma en una revolución trascendente que genera sentimientos insospechados cuando ese ‘plot point’ determina con su llegada un futuro impredecible que abre una puerta misteriosa llena de incógnitas y desafíos personales tanto familiares como de pareja.
Ahora, con el nacimiento del niño también nace un nuevo rol en nuestras vidas: el de ser padres. Ese trabajo a jornada completa que exige la encomienda vital más admirable de cuantas existen. Un universo plagado de inseguridades, temores y sorpresas. Un universo maravilloso de aprendizaje mutuo. La crianza de esta frágil criatura que despierta a los ojos de una sociedad corrompida desde sus pilares, sin ningún tipo de duda, será la experiencia más maravillosa que tendré el privilegio de vivir. Iván y yo nos llevamos muy bien, pero todavía nos queda por pasar una gran parte de nuestras vidas. Estoy como loco por empezar a vivir la paternidad como un síntoma de recuperación de una época tan vehemente como la de verse reflejado en el crecimiento de una infancia tan alejada y tan cerca de esa responsabilidad adulta con las que compaginar tanta expectativa. El filósofo galo Rousseau decía que un buen padre vale por cien maestros. Se equivocaba. Lo que vale como cien maestros es un hijo. Ese ser indefenso e inocente ante la vida que responsabiliza a dos partes a ser esencial en, nada menos, que el desarrollo y educación de una persona que inicia un largo periplo. Tras unos cuantos días de hospital, horas de insomnio, reflexión y lágrimas de toda índole, han servido además para enardecer la figura de la persona de la que sigo más enamorado que nunca. Después de once años admirando su fortaleza mental y física, entregada a la generosidad y la complicidad hasta el límite, lo sucedido estos días me demuestra que el dolor es algo ínfimo comparado a las ganas de ser madre de la manera en que ella lo ha demostrado. Me rindo hacia su figura como persona más allá del afecto, ahora como la madre de mi hijo y como una superheroína con la que tengo la suerte de compartir mi día a día.
A partir de ahora, cualquier proyecto será secundario, porque Iván es la prioridad que hará que la rutina tenga sentido. Cuando desde hace mucho tiempo soñé con imaginar vidas ajenas y escribir sobre ellas, jamás pensé en que el mayor de los logros sería este. Iván, bienvenido a este mundo caótico en el que la bonanza es un oasis donde viven unos cuantos que se reirán de nosotros en un declive cadavérico de exigencias e injusticias. Habrá que intentar demostrarte que los valores culturales, el respeto y la búsqueda de la prosperidad no son ámbitos marginales e infrecuentes como parecen serlo. Intentaré por todos los medios que seas feliz, dejándome la vida en ello. Sólo esa idea vale mi vida entera. Esta semana significa la más feliz de cuantas recuerdo, por encima de todo acontecimiento que haya acontecido. La gran aventura comienza ahora… A partir del momento en que salgamos de las frías paredes de un hospital dará inicio el desafío más maravilloso de todos: una vida en familia. Y estoy deseando que llegue cuanto antes.

domingo, 3 de mayo de 2015

Mayweather vs. Pacquiao: el combate (y la decepción) del siglo

Esta madrugada (por no decir este amanecer), los aficionados del boxeo teníamos una cita inexcusable con uno de esos eventos imprescindibles y mediáticamente globales que acaparan todas las miradas trascendiendo las fronteras de lo meramente deportivo. En el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas tenía lugar el que se había erigido con una denominación que hacía presagiar una de las veladas más históricas del puglilismo que se ha ejecutado tras seis años de negociaciones. Ayer fue el momento de “el combate del siglo”. El enfrentamiento entre el norteamericano Floyd Mayweather Jr. y el filipino Manny Pacquiao había establecido récords con cifras mareantes; desde los 500 millones de dólares de bolsa total, los 40 millones que pagó la ubicación por celebrar el evento, los 5,6 que ha puesto la marca de cerveza mexicana Tecate porque su logo apareciera en el centro del cuadrilátero hasta los a 1.500 dólares de la entrada más barata y los 350.000 que había alcanzado en la reventa. Por no hablar de los 300 millones de ingresos por ventas de HBO y Showtime.
Todo parecía apuntar a una de esas noches épicas con una pelea destinada a escribir su propia historia en las páginas más brillantes de los fastos del cuadrilátero. En el recuerdo, la epopeya de combates como los de Johnson contra Jeffries, Louis y Schmelling, Ali y Frazier, Hagler y Leonard o Tyson y Hollyfield. El de ayer no fue así. Mayweather venía con la vitola de invicto con su baile defensivo regulado en la medición de las distancias, mientras Pacquiao llegaba en plena forma después de recuperarse de un tremendo K.O. en 2012 contra Juan Manuel Márquez con combates de máximo nivel y mostrando un boxeo muy agresivo y contundente. Lo que se vio ayer distó mucho de esa rivalidad colérica que habían vendido como parte de este show multimillonario.
Escaso boxeo de alto nivel pudo presenciarse en el ring. Pocos golpes, un bajo porcentaje de ‘jabs’, baile coordinados destinados esquivar y a ver pasar el tiempo, sin envites ni riesgo, con dos contrincantes rácanos en espectáculo que fueron fraguando una lucha mediocre en el zenit de sus carreras, desluciendo el combate más esperado de los últimos años. Una pelea tan altamente publicitada que había llenado expectativas a todos los aficionados pero que se fue diluyendo en la agonía de una pugna insubstancial, en la que Mayweather se limitó a esquivar los pocos intentos de ataque de Pacquiao y éste sin ningún tipo de exposición a pretender el asalto al título de una manera convincente. Una vez llegados al octavo ‘round’ la estrategia venció al boxeo, con el de Grand Rapids cultivando una defensa recelosa que buscó defender el peso de los puntos. “Pacman” intentó sin firmeza llevar la iniciativa en varios asaltos, pero el boxeador estadounidense seleccionó sus golpes basados en una defensa muy conservadora al amparo de un baile esquivo que dejó al personal con ganas de más conexiones, agresividad y eficiencia.
¿El resultado? Pacquiao impactó 81 de los 429 golpes (un escaso 19 %) mientras que Mayweather acertó 148 de 435 (34 %). Al menos, eso es lo que han publicado como estadística oficial de Compubox. Es lo que hizo que el boxeo táctico se impusiera a la lógica del deporte y el 'show'. No es que Pacquiao lo mereciera más, simplemente no hubo el arrojo necesario para declarar el combate nulo. Hubiera sido lo más aceptable. A cualquiera que conozca un poco este apasionante deporte la decisión final fue, cuanto menos, cuestionable. Sobre todo ese 118-110 de Dave Moretti. El escapismo del yanqui dejó esa sensación de farsa en un contexto que se sucedió con una decepción mundial ante un combate que Mike Tyson definió rápidamente como un pobre espectáculo insuficiente. Óscar de la Hoya, a través de su cuenta de Twitter, también se lamentaba del resultado final “Lo siento, aficionados al boxeo”. Los telespectadores que pagaron doce euros por ver la retransmisión del combate en ‘pay per view’ no vieron recompensado ni el madrugón (o la empalmada) ni la inversión. No hay que imaginar la sensación de los aficionados que pagó el dineral por verlo en directo. Mucho ruido y pocas nueces.
Al final, Maywether continua invicto a una sola victoria de igualar a la leyenda que es Rocky Marciano (49-0). Hacer comparativas sería perder el tiempo. Lo de ayer constata hasta qué punto prevaleció el dinero y el ‘marketing’ antes que el lucimiento deportivo dentro de un negocio que ayer supuso un desengaño terrible para los fans del mundo de ring. “Mr. Money”, el Goliat de la función, se llevó el título unificado del peso welter, versión Consejo Mundial de Boxeo (CMB), Asociación Mundial (AMB) y Organización Mundial (OMB) y Pacquiao una considerable suma de millones además de la decepción de una derrota que muchos consideran injusta. Mientras tanto, todos los demás; el público, los aficionados y el boxeo salieron perdiendo con un enfrentamiento para el olvido.