miércoles, 23 de diciembre de 2015

Review 'Star Wars: el despertar de la Fuerza (Star Wars: the Force awakens)', de J.J. Abrams

Continuismo reverencial
J.J. Abrams resucita el universo galáctico de Lucas en una majestuosa cinta que sirve de puente vinculante, muy próximo al ‘remake’, a una nueva generación de personajes que resetean el producto para encaminarlo hacia un nuevo y esperado horizonte argumental.
Sin el logo y la fanfarria de 20th Century Fox, pero sí con el de LucasFilms Ltd. y esas inmortales letras azules sobre fondo negro con el lema “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana….” (Nunca entenderé el porqué de los cuatro puntos suspensivos), es muy fácil incitar al espectador a rescatar de su memoria sensaciones cinematográficas que hoy en día son difíciles de conseguir. La compra de la factoría de George Lucas por parte de Walt Disney Company hacía presagiar dos cosas; primero, que se darían prisa por revivir la saga galáctica con nuevos títulos. Segundo, que el emporio quedaba en buenas manos, las de Kathleen Kennedy, como presidente y productora ejecutiva de esta nueva andadura de ‘Star Wars’. El hecho de que el director elegido, J.J. Abrams, heredero directo del espíritu comercial y cinematográfico de Lucas y, sobre todo, de Steven Spielberg, tuviera la última palabra en el montaje final, también ofrecía esperanzas ante un producto con cierta dignidad y calidad en la resurrección de uno de los fenómenos más taquilleros de la historia del Cine.
Tras innumerables conjeturas e interpretaciones, ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ se ubica tres décadas después de ‘El Retorno del Jedi’, estableciendo un cosmos continuista al contexto y situación de aquélla primera trilogía. Luke Skywalker (Mark Hamill) ha desaparecido en algún lugar de la Galaxia. El Imperio ha desaparecido, pero en su lugar ha tomado importancia la Primera Orden, que amenaza los edictos de equidad y justicia de la República resurgente que ahora opera bajo el nombre de Resistencia. La búsqueda del Jedi es el detonante del filme, cuyo paradero es escondido en un pequeño androide biesférico a través de un mapa estelar que será la clave en la aventura especial.
Más allá de aquellas reediciones, nuevos montajes o incluso la precuela antojadiza de Lucas, el carácter serial de los mimbres que fundamentaron el éxito de la saga se mantienen dentro de esta nueva aventura galáctica, sin caer en la desmitificación que impone los avances tecnológicos del cine actual y recurriendo a un sentido clásico donde los efectos especiales están al servicio de la historia y no viceversa. A partir de ésa idea, Abrams confecciona un filme que posterga los matices transformadores de los episodios I, II y III para ceñirse a los preceptos de esa especie de credo secular que impusieron los tres primeros filmes a finales de los 70 y principios de los 80. Tanto es así, que lo primero que se percibe dentro de esta ambiciosa aventura es un acentuado sentido extensivo, más próximo al ‘remake’, velado en su estructura argumental del primigenio filme de 1977 que dio inicio al negocio, que a una ruptura y renovación del mito ‘Star Wars’.
Se repite e invierte la ambigüedad moral, las relaciones paternofiliales, la pugna entre el bien y el mal y el sentido de justicia contra las fuerzas opresoras de carácter autocrático. Los elementos arcaicos y conocidos por todos se reemplazan por otros más modernos pero igual de reconocibles; el sobrino de un granjero de humedad aquí pasa a ser Rey (Daisy Ridley), una recolectora de chatarra que, como el joven Skywalker, está destinada a descubrir La Fuerza. El planeta Jakku es un duplicado de Tatooine, el mercenario cínico que era Han Solo, pasa a ser el Stormtrooper disidente FN-2187 o Finn (John Boyega). No falta BB-8, un droide que reformula a R2-D2, destinado a satisfacer las ventas del ‘merchandaising’ y dentro de la trama un rol capital al poseer información vital en su interior. El oscuro Darth Vader encuentra su facsímil en un heredero ‘sith’ llamado Kylo Ren (Adam Driver), al que le vincula algo más que la simple sucesión y que se somete a la doctrina del Líder Supremo Snoke (Andy Serkis), lo que venía siendo una versión moderna del siniestro Emperador. Tampoco falta un nuevo Yoda, aquí metamorfoseado en Maz Kanata (Lupita Nyong'o), una vieja pirata espacial a la que los protagonistas encuentran en una réplica exacta del tugurio que era Mos Eisely y que se encuentra en Takodana, una copia del planeta Yavin.
Son tantos vasos vinculantes entre ambas películas que podría decirse que la película de Abrams es un ‘reboot’ que sirve de puente entre la trilogía de los 80 y ésta, que apenas hace referencia a la franquicia creada por Lucas a principios del milenio, sin referenciarla más allá de algún concepto visual o ese plano de uno de los siete planetas de la República observando su inminente final. Como si Abrams fuera consciente de los errores de una prolongación que incluía desperfectos como Jar-Jar Binks o la teoría maldita de los midiclorianos, entre muchas otras trabas. Aquí, todo gira en torno a los cimientos y fundamentos de la saga, con guiños al ‘Episodio III’, sin duda alguna, la mejor película de las precuelas. Pero hasta ahí llega esa compensación a la osadía de su creador por resurgir su negocio que muchos seguidores aún no le han perdonado a Lucas y que se merece más respeto del mostrado pasado el tiempo.
Entre lo clásico, lo legendario y la nostalgia
Si algo se ha acatado escrupulosamente en ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ es la búsqueda de una línea que no traicionara en ningún instante los orígenes del universo cinematográfico de antaño para recurrir a un juego de concordancias entre lo clásico y esta nueva apertura a una nueva (o al menos, eso parece) infraestructura que replantease un sentido de fidelidad.
El propósito es articular una estrategia basada en reedificar prudentemente la demanda de los fans más prosélitos, pero alejada de cualquier coacción en base a narrar una fábula que apela a lo legendario, a la nostalgia y al niño que todos llevamos dentro, sabiéndolo sacarlo y ponerlo al frente de una conexión con la nueva era cinematográfica. En el momento en que entra en escena el Halcón Milenario y aparecen Han Solo y Chewbacca, se amplifica hasta extremos indecibles esa mediación tan evidente hacia la melancolía generacional, que revive de un modo casi extático la mitología compartida por tantas generaciones.
De ello, se aprovecha Abrams para confeccionar su nueva aventura espacial, añadiendo irónicamente un hecho que supone el mayor hallazgo del filme: los protagonistas, de una forma muy sutil, son presentados como auténticos ‘fans’ del paganismo instituido por Lucas, sugiriendo en voz baja acontecimientos pretéritos que todos conocemos y aludiendo con admiración a Han Solo, los Jedis o Luke Skywalker como leyendas fabulescas que entroncan los preceptos remotos para llegar a este reseteo que sustrae innumerables imágenes recurrentes como el antiguo casco de los pilotos rebeldes, el sable láser de Luke (y su posterior recuperación con la Fuerza en una secuencia con nieve), el ajedrez holográfico de Chewbacca en el Halcón Milenario, los cameos del almirante Ackbar o Nien Nunb y la fugaz aparición semienterrados en el desierto de sendos Destructores Estelares Imperiales o del icónico AT-AT, que se une al protagonismo que toman los ya míticos X-Wing o los Tie Fighters.
El guión de Lawrence Kasdan (fundamental en el éxito de esta película), Michael Arndt y el propio Abrams presentan legado que impone algunas distinciones que abordan evidentes significaciones reivindicativas y actualizadas más propias de los tiempos que corren, como que el protagonista sea de raza negra y supere cualquier inconveniente y empatizar como un héroe de forma instantánea o que el Jedi destinado a cambiar el signo de la historia sea una mujer valiente, fuerte y llena de recursos, abanderando con su interesante personaje la lucha en contra de un género que tradicionalmente ha sido demasiado caritativo e tendencioso con los personajes femeninos.
Normalizada esta teórica y subyacente sofisticación temática cabe destacar a Kylo Ren y su personalidad fanática que circunscribe la herencia reflectora de Darth Vader, vinculado a los mismos estigmas y aprensiones testamentarias, como el hecho de proceder de la estirpe de los Jedis catequizados al Lado Oscuro. Su presentación no puede ser más definitoria. Cuando se enfrenta a Lor San Tekka (Max Von Sydow, de nuevo un duplo antecedente, en este caso de Obi Wan Kenobi), un antiguo aliado de la Nueva República y de la Resistencia, concreta el origen del oscuro villano de esta trilogía: “La Primera Orden vino del Lado Oscuro. Tú No”, le dice, abriendo la intriga sobre el devenir del sucesor fanático de Vader.
En ese estrato, ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ preserva y radicaliza los cánones imperiales predecesores y conforma una nueva cofradía tirana que vuelve a utilizar la demagogia política y los planes tecnológicamente sofisticados para, en este caso, promover una perceptible imagen de fascismo de primer orden adoptando un sorprendente enfoque encaminado a la limpieza étnica interplanetaria. La República democrática que, mediante el miedo y la amenaza de la guerra, delegaba en un imperio tiránico y quedó inscrito de forma simbólica y nostálgica en aquellos sables de luz considerados “un arma noble para tiempos más civilizados”, dejan paso a un discurso jalonado de una democracia orientada a una dictadura. Actualizando sus estigmas, Abrams y sus acólitos dejan entrever los riesgos de ciertos extremismos tan actuales.
La Estrella de la Muerte, símbolo de aquella idea imperialista de la intimidación como método de gobierno, ha corregido su índole a un nuevo emblema de terror como es la impresionante ‘Starkiller’, un malévolo sistema que ha aprovechado el vacío de poder dejado por el Imperio para erigir su espectro de terror directamente construido sobre un planeta, cuyo líder es supremo dictador con imagen de holograma del tamaño del monumento a Lincoln con la estirpe digital de Lord Voldemort que manipula al enmascarado Kylo Ren para completar la obra de Darth Vader. La presentación de esta Primera Orden, abiertamente fascista, se transfiere al círculo reconocible del nazismo, presentando al General Hux (Domhnall Gleeson) en un discurso devastador ante miles de tropas formadas escuchando un discurso que recuerda a los documentales sobre el Tercer Reich de Leni Riefenstahl y que van más allá de los antecesores Darth Maul o el Conde Dooku.
J.J. Abrams compone mediante una elegante coreografía un vademécum de nostalgia sintética llevada a contravenir a George Lucas y su revolución digital al optar por rodar en 35 mm para recrear una textura similar a la de la trilogía original, que encuentra en la fotografía de Dan Mindel una aliada para dotar de singular añoranza la visualidad perdida de aquel cine clásico de aventuras que busca encontrar y devolver el ingrediente crucial de las tres películas originales de la franquicia y que no es otro que la diversión. La ventaja es que el creador de ‘Lost’ sabe sortear las limitaciones de la propia naturaleza del folclore espacial y lo desarraiga de la fecundidad moderna y abusiva de efectos visuales generados por GCI, dando un toque retro y postmoderno que logra prevalecer la precisión por una apuesta dramática donde sus personajes arquetípicos desprenden una sentimental confrontación melodramática alimentada por las emociones que parecía extinguida en este tipo de cine.
Pese a que en la renovación del clásico de ciencia ficción puede parecer excesivo el recurso a lugares comunes y cierta tendencia a un voluble terreno nostálgico, es justo reconocer la armonía y el dinamismo de Abrams, que ofrece instantes que superan a cualquier momento precedente, como ese primer encuentro entre Han Solo y la general Leia Organa, que desprende una magistral sacudida emocional capaz de transmitir, mediante esa imagen de Harrison Ford y Carrie Fisher avejentados, una congoja generacional imposible de asumir en cualquier otra película. Otros ejemplos son ese duelo nocturno de espadas láser en la nieve que evoca las influencias del cine samuráis o frases calcadas y conocidas de anteriores cintas (“tengo un mal presentimiento, “que la fuerza te acompañe”…), que derivan en un honesto y hermoso divertimento que no olvida tampoco sus toques de humor e ironía como en el momento en que esos dos stormtroopers caminan por un pasillo y al escuchar la explosión de ira de Kylo Ren, dan media vuelta, disimulando para evitar problemas.
‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ contiene en su naturaleza un reciclado escapista que empuja a reflexionar sobre si en las sucesivas entregas se optará por esta reincidencia en la reordenación de los componentes básicos o se erigirá un comienzo hacia un progresivo catálogo de lugares inexplorados. Pese a sus defectos, que los tiene (y muchos), la apuesta de Abrams no decepciona en las expectativas y auspicia un magnífico sentido del espectáculo en esta suntuosa resurrección y reciclaje del espíritu inicial de George Lucas.
Un artefacto con patrón clásico que articula su eficacia en un regodeo sobre el mito galáctico tan emocionante como visual. Un acercamiento a lo conocido, a la entidad del bien y el mal, la lucha por la justicia, el determinismo del viaje del héroe instituido como profecía y la verdadera índole de la Fuerza. Sea como fuere, esta nueva trilogía promete una estupenda prolongación de este nostálgico ‘space-opera’ que reúne en su primera puesta de largo los elementos necesarios para acaparar la concordia del espectador recién llegado y del fan de toda la vida con el legado de ‘Star Wars’, en el que no podía faltar la batuta musical de un genio histórico como es John Williams. Todo un logro que deja con ganas de más.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015