lunes, 28 de diciembre de 2015

Especial Navidad: 'Los Goonies (The Goonies)', de Richard Donner (1985)

Los Goonies nunca dicen “muerto”
“Jamás traicionaré a mis amigos del muelle de Goon. Estaremos siempre unidos hasta el fin del mundo, a través del cielo o el infierno y de cualquier guerra nuclear. Amigos como nosotros estaremos siempre unidos. En cualquier ciudad, en cualquier país, en cualquier bosque o en el culo del mundo. Porque estoy orgulloso de ser un Goonie”.
Durante años, treinta concretamente, cuando alguien se refiere a ‘Los Goonies’ se establece un vínculo emblemático que despierta un sentimiento a medio camino entre la inocencia de aquel cine esgrimido como como verdadero motor del espectáculo y los valores que reivindican la grandeza de la vida y la aventura. Con tres décadas a sus espaldas, el filme dirigido por Richard Donner sigue atesorando cualidades de clásico y una superlativa calidad atemporal, como el viaje a lo analógico, determinado a un tiempo pasado que siempre parece (y en realidad fue) mucho mejor. Si existe una película generacional que marcara de una forma inconfundible la forja de toda una infancia y adolescencia durante la década de los 80, ésta es, sin duda alguna, ‘Los Goonies’, que formalizó y abanderó uno de los cúlmenes comerciales como productor de Steven Spielberg.
Por eso, cualquier referencia a la esencia de aquel filme tan importante devuelve el recuerdo y una sensación de nostalgia que trasfigura al adulto que la descubrió entonces en un niño que recupera la vocación aventurera de la búsqueda del tesoro de Willy “El tuerto”. Un referente de cine familiar que formuló una ecuación perfecta a la hora de vincular afinidades e inquietudes a través de la infalibilidad de sus aventuras, la fantasía y la diversión en aquel entorno pesquero de Astoria, Oregón, donde se desarrollaban las hazañas de este grupo de chavales que impusieron la máxima del valor de la amistad como elemento de progresión de toda una inolvidable hazaña cinematográfica.
El clásico por excelencia del género adolescente va más allá que de los arquetipos y clichés y se plantea y percibe desde su inicio, asentada en la memoria colectiva, como un estado de ánimo que franquea distintos estratos; desde una desapacible y aburrida tarde de lluvia, el hallazgo de un desván olvidado, un mapa del tesoro y el desafío de lograr una gesta imposible para que el mundo adulto que les espera a la vuelta de la esquina no sea tan voraz e injusto como se les propone.
En un sentido de innegable lucidez, se trata de una certificación cinematográfica de la hazaña infantil sobre el misterio que rodea barcos piratas y tesoros enterrados como reflejo el enfrentamiento a la madurez que impone la post-adolescencia y que, de paso, delimita un forma concreta de hacer y ver películas, circunscrito a la fascinación por el descubrimiento de lo extraordinario. La puerta de entrada a esa era nostálgica de una cinematografía perdida que ya no volverá vino apadrinada por un Spielberg cuyo lenguaje y edictos imponían un código propio, enérgico y emotivo como experiencia excepcional en itinerarios que responden a un ‘know-how‘ reconocible entre espectador y productor, planteados en un escenario de escapismo e incredulidad con un objetivo concreto: atraer a públicos de todas las edades.
Si algo enfatizó el éxito de ‘Los Goonies’ fue la eliminación de los límites entre las películas dirigidas hacia niños y el público adulto, en una mágica fusión que orbitaba cruzando muy distintos elementos comerciales, globalizando un sentimiento de empatía universal en el que el propio cine se presenta como un epítome de artefactos filmográficos con los que jugar de forma lúdica. De este modo, aquellas películas pergeñaron un cúmulo de virtudes donde el hipertexto maridaba diversos componentes genéricos como el cine de acción, piratas, comedia, fantasía ‘teenager’ y toda la raigambre de implicaciones, referencias y significados de un universo soñador como vía existencial del cine comercial que dejó huella en los fastos del ‘box office’ de aquellos añorados y emergentes años.
En busca del tesoro, de un guionista y un director
‘Los Goonies’ insufla la esencia del sentido vital de la aventura por descubrir, sin renunciar a un una desesperación forzada por la necesidad que suscita un curioso reto que implica una serie de pruebas y obstáculos que un grupo de jóvenes deben superar para salvar su hábitat e introducirse así en una vivencia extraordinaria. Todo ello, bajo la perspectiva de ese mundo maliciosamente sentimental instituido por Spielberg y que Donner tan bien supo transcribir en imágenes desde una fantasía conceptual infantil que respeta tanto el género que se olvida de los cánones impuestos para abordarlo ajeno a cualquier tipo de infravaloración posterior. Cualquiera que hoy niegue los valores y grandeza de este filme, estará desestimando la importancia y alcance como fenómeno colectivo que la ha encumbrado hasta el clásico de culto que es y representa.
La historia se basa el deseo expreso de Spielberg de constituir un fragmento de la esencia de su labor iniciática como productor durante los primeros años de los 80. Se empezó titulando ‘The Goon Kids’ y la labor como desarrollador del guión cayó en manos de Chris Columbus, con el que el “Rey Midas” ya trabajaba con más proyectos simultáneos que devinieron en grandes éxitos financieros como ‘El secreto de la pirámide’ o ‘Gremlins’. El entonces el joven Columbus afianzaba con su estilo una modulación de la emotividad despojada de falsedad o benevolencia, haciendo que la integridad de sus guiones no se vieran coartados con la corrección política de aquéllos años sin declinar la condición familiar de sus historias. Desde su rodaje, mucho se habló de la elección de Richard Donner como director. Tras convertirse en un veterano realizador de series de éxito (‘Dimensión desconocida’, ‘Superagente 86’, ‘El agente de la CIPOL’, ‘La isla de Gilligan’, Perry Manson’, ‘El fugitivo’, ‘Ironside’, ‘Canon’, ‘Las calles de San Francisco’ o ‘Kojak’), sus primeros pasos cinematográficos le estabilizaron como un valor seguro. ‘La profecía’, ‘Superman’ o ‘Lady Halcón’ convencieron a Spielberg como una excelente opción para su pequeño capricho de carácter infantil.
Donner era un experto cineasta a la hora de desenvolverse con inteligencia en cualquier faceta del cine de acción, sabiendo manejar tempos y un conciso montaje para conferir a la historia una vertiginosidad más que eficaz. ‘Los Goonies’ asigna una pauta firme a la hora de proporcionar una cuidada línea de diligencia y entretenimiento dentro de una narración que se solapa de forma recurrente a la sensibilidad dinámica de Spielberg y Columbus dentro de la película. Pese a que Donner no le entusiasmaba dirigir a un grupo de chavales adolescentes y que la historia se alejaba de sus pretensiones como cineasta, aceptó el desafío.
Su destreza en el manejo y equilibrio entre comedia y acción, evidencia su ulterior estilo a la hora demostrar de forma visual la identidad fílmica en ese catálogo de estereotipos que formulan los personajes con un propósito de identificación con el público a través de la cadencia en la que se estructura. Donner sabe manejar los límites del cine adolescente, pero se permite transgredir con gran facilidad a otros géneros que inspira todo el caldo de cultivo que configura un conjunto equilibrado y coherente sin concesiones al puerilidad infantil.
La historia es bien conocida por todos. Ubicada en Astoria, Oregón, una pequeña ciudad portuaria en la desembocadura del río Columbia, a dos horas de Portland, un grupo de chavales que se hacen llamar Los Goonies encuentran en un desván lo que parece ser el mapa de un tesoro articulado en torno a una leyenda local acerca de un pirata medieval llamado Willy “El Tuerto”. Tal hallazgo se configura como la única salida para conseguir salvar el barrio en el que viven este grupo de amigos, donde un promotor inmobiliario está a punto de hacer efectivo un desahucio para derruir los edificios y construir un exclusivo club de golf. Si hay una cosa que funciona a la perfección dentro de la película y que permite entender el éxito es la complicidad inmediata que se establece entre público y personajes, esgrimida con una recurrente sutileza. Bastan un par de imágenes o una frase para describir las diversas personalidades y características de los miembros del grupo.
Sean Astin, Jeff Cohen, Corey Feldman, Jonathan Ke Quan y John Brolin personificando a aquellos inolvidables personajes que siguen presentes en el imaginario colectivo; el chico con ortodoncia y problemas de asma Mikey Walsh, el fantasioso e inocente Lawrence Cohen “Gordi”, el cínico y parlanchín Clark Devereaux “Bocazas”, un asiático inventor de todo tipo de ‘gadgets’ Data y un atlético y modélico hermano mayor Brand... Y cómo olvidar a la chica guapa de turno Andy Carmichael (Kerri Green) y su amiga intelectual Steinbrenner (Martha Plimpton) o a ese icono del cine de la época llamado Sloth (John Matuszak) y a los siniestros y a la vez entrañables componentes de la familia Fratelli, Jake (Robert Davi), Francis (Joe Pantoliano) y Mama (la recordada Anne Ramsey). El entusiasmo de un elenco formado prácticamente por un grupo de amigos pre-adolescentes, la fantástica química que desprenden en pantalla y la inercia emocional resultante que sustentan la acción en manos de Donner transmiten de forma equitativa un contagioso sentido del humor que se zambulle sin limitaciones en el sentido más absoluto de la maravilla de acción siempre directa y cuidada, tan característica en la iconografía del cine de los 80 y establecida en el oficio de un director de corrección irreprochable.
La leyenda de Willy “el tuerto”
Dentro de ese viaje heroico que constituye el periplo hacia la salvación de su entorno y de la manutención de su día a día, la figura del pirata Willie “el Tuerto” posee un sortilegio especial y definitorio dentro de las aventuras de ‘Los Goonies’, como una especie de prolongación de nuestros deseos aventureros que envuelven cierto aire de inocencia perdida. El antiguo mapa español que la pandilla encuentra en el desván de los Walsh se nutre del espíritu de Exquemelin o Defoe o de las hazañas y fábulas retratadas por Robert L. Stevenson, Emilio Salgari o Julio Verne, entre muchos otros. De hecho, el Jolly Roger, la bandera negra grabada con una calavera y dos fémures cruzados significó parte del logotipo con el que abre el filme de Donner.
Rescatado del Siglo XVII, William B. Pordobel habría sido un bufón desterrado de la corte española al que le faltaba un ojo que perdió en una lucha a espada. Willie se convertiría con el paso de los años en un ingenioso hidalgo de mar convertido en bucanero sin escrúpulos que siguió la ley del más fuerte viajando en grandes galeones y saqueando todo lo que encontraba a su paso. Según la tradición, siguió la estela de grandes figuras de la piratería como Barbanegra, Anne Bonny, Francis Drake, John Hawkins, Piet Hein, Henry Morgan o Jack Rackham, que ante la amenaza de confiscación de toda su fortuna por parte de la corte hispana, escondió su barco llamado El Infierno en una cueva muy lejana, donde rutas subterráneas e inaccesibles hicieran prácticamente imposible su acceso. Por si fuera poco, levantó una serie de trampas mortales en las cavernas de los alrededores para asegurar que nadie le robara sus múltiples tesoros. La épica medieval confiere esa concepción esotérica a un tesoro casi mítico dentro del género de aventuras que presenta a su vez un personaje invisible pero trascendental en el devenir de la aventura “goonie”: Chester Copperpot (a quien pone rostro Keenan Wynn), un arqueólogo cuya desaparición en la década de los 30 se vinculó a la búsqueda del tesoro de Willy. Un rol simbólico, cuyo esqueleto descompuesto y su cartera con un cromo de béisbol de Lou Gehrig es ya todo un símbolo dentro de la mitología del filme.
La importancia de la galera medieval es crucial dentro de la historia, también lo fue dentro del rodaje. Una réplica de modelo del navío construido para ‘El halcón del mar’ (1940), de Michael Curtiz, con Errol Flynn como corsario inglés Geoffrey Thorpe, fue el decorado más costoso y espectacular de la cinta. Dentro de la historiografía anecdótica del filme, se insiste en que a los actores se les prohibió la entrada al plató del barco en ningún momento del proceso constructivo del enorme ‘set’. El propósito por parte de Donner estaba claro: captar la reacción de los rostros de los chicos al descubrir por primera vez el navío de Willie “El tuerto”, de la misma forma que Ana Torrent descubría boquiabierta al ‘Franskenstein’ de James Whale en la película de Víctor Erice ‘El espíritu de la colmena’.
La mirada inocente a través de un niño es algo que sustenta la idea fundacional de Spielberg como argumentista y Columbus como guionista, la de la búsqueda del sentido de la diversión y la sorpresa, la actualización de la cueva en ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, de Mark Twain, la inspiración de búsqueda de un tesoro con las referencias ya mencionadas, el “monstruo” de buen corazón que remite al Quasimodo de Victor Hugo con la figura facial de ‘El jorobado de Notre Dame’, de William Dieterleo en esa relación espiritual que se va estableciendo entre Mickey y el pirata Willy “El Tuerto” que no es otra cosa que una reminiscencia que la que se producía entre Jim Hawkins y Long John Silver en ‘La isla del Tesoro’, de Robert Louis Stevenson…
Un “oscuro” cine infantil contracorriente
‘Los Goonies’ se rodó en riguroso orden cronológico, lo que facilitó que los jóvenes actores fueran descubriendo, con grandes dosis de libertad a la hora de improvisar, las aventuras que afectaban a sus personajes, manteniendo durante los cinco meses de rodaje la constate espontaneidad real que se confiere de sus imágenes. Spielberg estaba impulsando su productora Amblin con el apoyo de Frank Marshall y Kathleen Kennedy, que se tradujo no sólo en una autonomía de producción para el cineasta, si no en la oportunidad de abrir casi un nuevo subgénero dentro del cine comercial de la época. Sus historias basadas en la acción, la experiencia infantil, la fantasía, la aventura y la ciencia ficción reiteraba una exploración obsesiva de la vida de los barrios suburbiales, donde el protagonismo de niños y jóvenes con problemas familiares o afectivos veían alterada su vida con la irrupción de un elemento fantástico capaz de cambiar por completo su destino. Todo ello encajaba con esta historia cuyo guión cayó en manos de un jovencísimo Chris Columbus, que en dos años se convertiría en uno de los guionistas más prometedores de Hollywood. Con veintiséis años y una película comprada por parte de un gran estudio, ‘Rebeldes temerarios’ (1984), firmó tres películas para la Amblin de Spielberg: ‘Gremlins’ (1984) y ‘El secreto de la pirámide’ y ‘Los Goonies’ (1985).
La personalidad de Columbus tenía un efecto añadido que beneficiaba los propósitos de este tipo de películas; además de controlar todas las facetas del cine familiar, le caracterizaba un estilo subversivo a la hora de salpicar sus historias con una oscuridad contestataria al fácil carácter edulcorado con el que se podían haber planteado aquellas producciones comerciales. Si algo no se le puede achacar a ‘Los Goonies’ es que en ningún instante cae en la moralina dentro de la aventura. Con una ráfaga de anécdotas, diálogos y palabras malsonantes que hoy en día quedan muy lejos del estándar "PG" (que sugiere la compañía de un adulto para los menores de 13 años) impuesto por Hollywood, Spielberg apostó en aquellos tiempos (luego, la cosa cambiaría) por tratar al espectador infantil de un modo inteligente, encauzando su historia con la personalidad necesaria sin traicionar al estilo del sello que proporcionó algunas de las proyecciones de nuestros sueños infantiles más recordadas por todos.
Obviamente, eran otros tiempos y esa vulgaridad incorporada a algunos diálogos bajo una estela descubierta de golpes de humor ingeniosos era el paradigma de un cine juvenil planteado sobre un espejo de la realidad despojado de meliflua pretensión. Columbus, además de generar un perfecta montaña rusa de situaciones a modo de ‘truffle shuffle’ (el “supermeneo” de Gordi), delimitó un propósito muy concreto al encender el entusiasmo del espíritu infantil creado para el deleite por el genuino entretenimiento. La confección de sorpresas y enigmas, ese estrato de plataformas de videojuegos tan de la época, la resolución de puzles como un engranaje de Rube Goldberg (y que tiene su visualización en el instante en que Mikey y “Bocazas” abren la puerta del jardín a Gordi) no estaba reñida con un espíritu contestatario que expuso una inusitada libertad indiferente a la circunspección insubordinada a cualquier tipo de responsabilidad que no esté inmersa en los parámetros de la diversión familiar del sello Amblin.
Sólo así es posible que en un momento de la película se juegue con la traducción de “Bocazas” a Rosalita (Rosanna en la versión patria), la nueva asistente hispana (italiana en el doblaje español) de los Walsh, inventando una retahíla de atrocidades que emergen de forma sarcástica en esa inventada y libre traslación que hace referencia a todo tipo de drogas e instrumentos de tortura sexual. Tampoco faltan chistes gráficos y fálicos con un facsímil de una escultura del renacimiento y durante el desarrollo de la historia no escatiman en mostrar cadáveres congelados, intenciones de tortura infantil desde un prisma amenazante nada complaciente de la aventura, siempre al filo de lo insorteable de la función, que se disfraza de cine familiar representado por personajes estrafalarios llenos de personalidad y diálogos inteligentes. Al fin y al cabo, la adolescencia era y sigue siendo una época de rebeldía donde la transgresión de las normas impone un camino de autoconocimiento.
El vigente drama de fondo
‘Los Goonies’ además de sostener una hermosa fábula sobre los valores de compañerismo y la amistad, donde el carácter simbólico de la fugacidad de la infancia amplía su sentido a la aventura como una negativa a crecer, es también un choque frontal con la realidad más cruel. No hay que olvidar que la película de Donner comienza con un miedo compartido y asumido por unos chavales que temen la desubicación y su separación para el resto de sus vidas. La tragedia del desplazamiento de poblaciones locales con rentas modestas a favor de proyectos mastodónticos que no responden al interés general no es algo actual. Lamentablemente, es un drama cuyo ciclo jamás se cierra. Vista hoy en día, ‘Los Goonies’ actualiza su subtrama de fondo con más fuerza que nunca. La posibilidad de paralizar un desahucio como utopía infantil suponía un tema bastante oscuro e inaudito dentro de aquel universo suburbial donde las bicicletas circulaban libremente por las tranquilas carreteras de los barrios residenciales de los 80.
La infancia marca la pauta y el trasfondo iniciático en el que los traumas deben ser superados se insinúa aquí en un impacto vital convertido en el rostro de un especulador inmobiliario de compraventa de terrenos residenciales para convertir una pequeña ciudad portuaria en un inmenso club de golf que suponía el arranque perfecto para aferrarse al inmovilismo de unas raíces que han creado unos vínculos a punto de romperse para siempre.
Los niños crecen de repente con conceptos que ni siquiera entienden: “¿qué son esos papeles?”, pegunta Mikey, “asuntos de papá” le responde su hermano mayor. “Están deseando que llegue mañana para hipotecar todos los… cómo se llame” esgrime Data sin tenerlo muy claro. “Ojalá que cuando tiren nuestra casa se les caiga encima”, dice Brand. “Y que les pille las pelotas”, finaliza el pequeño de los Walsh, impotente ante lo que se les viene encima. El plano de Mikey mirando cómo los agentes inmobiliarios hacen planes sobre los muelles de Goon y echando un último vistazo al lugar que le ha visto crecer y deberá abandonar en breve impone la crudeza de base, el forzado desalojo de las esperanzas de aquellos ciudadanos de clase media que se ven ante un verdadero villano como es la injusticia hipotecaria que hace de la adversidad una imposición y lastre vital. Una motivación tan contundente, que la aventura posterior sólo hace que reforzarse en esa idea.
De ahí, que cuando los protagonistas encuentran un pozo de los deseos lleno de monedas y crean en un primer momento que se trata del tesoro que no encontró Chester Copperpot, todos comienzan a llenar sus bolsillos. Pero Stef les recrimina su acción, asegurando que cada moneda simboliza un deseo de todas las que han lanzado su moneda al pozo. “Bocazas” coge una al azar y confiesa que ésa precisamente era su deseo y no se ha cumplido, así que por eso se las queda todas. Sus absortos compañeros de aventuras miran cómo ambos hostilizan en una pugna que se detiene con la aparición de Troy (Steven Antin - que alcanzaría posteriormente fama televisiva al dar vida al detective Savino en ‘Policías de Nueva York’-), que les abre la posibilidad de renunciar a su peligrosa búsqueda del tesoro de Jack “El tuerto” por salvaguardar sus vidas al instante. La pregunta que se sugiere es: ¿a qué precio?
En ese instante es cuando Mikey les abre los ojos para porfiar en su afán por salvar Goondock con uno de los monólogos más entrañables y evocados de nuestra generación: “La próxima vez que veáis el cielo, será el de otra ciudad. La próxima vez que hagáis un examen, será en otro colegio. Nuestros padres quieren lo mejor para nosotros, pero ahora tienen que hacer lo que les conviene a ellos. Porque es su momento. Su momento… Allí afuera. Y aquí abajo está el nuestro. Nuestro momento está aquí. Y todo esto acabará en el instante en que subamos al cubo de Troy”. En los instantes de crisis no hay que perder la ilusión y bajar los brazos no es una opción como base fundamental para continuar erguido ante los obstáculos.
De hecho, en ‘Los Goonies’ se da por hecho que los malos de la función son los Fratelli, esa familia de criminales organizados por la cabeza pensante de la familia, un remedo de Ma Barker, que les ha inculcado el egoísmo y la ambición destinadas al fracaso en un entorno disfuncional y amenazante que no deja de ser una caricatura del maleante perseguidor del héroe. La inocencia con la que están construidos los hermanos Fratelli y su madre castradora es tan evidente que el mismo apellido viene a significar lo mismo su idioma de origen (hermanos). El verdadero antagonista es el mencionado Troy Perkins. En una esfera más importante que su padre o la familia de delincuentes italianos. Él es el verdadero malvado de esta película.
Porque Troy es la representación del niño rico malcriado que mira con desprecio a los que viven por debajo de su estatus, que conduce un descapotable rojo y se aprovecha al máximo de las oportunidades ofrecidas por su cómoda posición en la vida. Es tan mezquino e inútil que cuando un imprevisto se cruza en su camino, como estar sentado en el wáter del club de tenis leyendo un número de ‘Guns & Ammo’ y se invierte la presión de las cañerías disparándole hacia arriba, no puede más que gritar llorando a su padre. Los Goonies tiene una significación contraria. Ese cubo del pozo sería la aceptación de la supeditación a esta calaña de gente y la negación supone la lucha por los sueños. Por cuando Andy, una niña pija que entiende los valores del grupo de amigos, acepta seguir pugnando por el sueño de conseguir el tesoro Troy grita de esa forma tan desgarradora. Alguien de su posición privilegiada se ha pasado al enemigo, a los pobres y gente de bien. En eso, ‘Los Goonies’ confirieron una educación sentimental basada en la dignidad de las personas, más allá de la ficción y de la acción que empapa la película.
Un clásico de culto y una cinta generacional
Como la magdalena de Proust, ‘Los Goonies’ lleva consigo una carga emocional relacionada con el pasado, con un contexto muy concreto que se hace demasiado basto en la memoria y que ofrece una perspectiva definitoria de una etapa muy concreta de nuestra vida que incluso se vuelve incómoda cuando trata de valorarse con una perspectiva adulta que pueda acabar por usurpar el espíritu de los personajes y de la esencia misma de la película. Hoy en día, aquel espectador que vio la película producida por Spielberg con la edad adecuada, en un tiempo determinante ante sus aspiraciones comerciales, no puede dejar de recordarla como la gran película de aventuras que cambió nuestras vidas y capturó los corazones de millones de personas que siguen evocando a los Fratelli, las grutas subterráneas, el esqueleto de Cooperpot, el “resabalasuelas”, “las pinzas del peligro” o los “rayos cegadores”, el tesoro escondido y aquel monstruo digno de ser amado como algo tan íntimo como mítico.
‘Los Goonies’ posee algo que pocas películas tienen en su interior, un elemento cohesionador básico y cultural que evidencia el porqué de su importancia como disertación de filosofía juvenil: no importan sus estereotipos, los miedos compartidos, los lugares comunes que interactúan de forma común en nuestra memoria… la infancia perdida y la juventud de una legión de seguidores que desentierran el afán de superar el desafío que nunca logró Chester Copperpot convierten al adepto defensor de este filme en un “goonie” que pervivirá como parte de un paradigma generacional más allá del paso del tiempo.
Un edicto melancólico que no oculta su deuda con el cine promulgado por Spielberg y que sufraga esa imposible asignación a los que aman la imperfección de un cine que ya no se hace. ‘Los Goonies’ forma parte de nuestras vidas, como también Sloth (John Matuszak) y su “cara como hecha un lío”, que dio a entender cómo dos seres rechazados pueden hermanar su alma desde el entendimiento mutuo, de cómo un ser deforme puede robarle el corazón a un niño entrado en kilos. Tampoco cómo llegada la hora del interrogatorio a Gordi ante los Fratelli, que le obligan a contar todo desde el “el principio” exhorta una de las más estrafalarias y memorables confesiones que se recuerden en el cine moderno. Las referencias de ese vuelo en bicicleta de Brand en homenaje a ‘E.T. El extraterrestre’ y el logo de Amblin, Mikey saliendo a recoger un quinqué evitando por milímetros ser aplastado por una piedra como ofrenda a Indiana Jones, el Sheriff evidenciando que las mentiras fantasiosas de Gordi cuando éste, reclamando su ayuda, alude a esas “aquélla broma de los bichos que se multiplicaban cuando se les echaba agua encima” no puede evitar pensar en ‘Gremlins’ o el significativo cuidado con el que definieron una época concreta; desde la canción de Cyndi Lauper ‘The Goonies 'R' Good Enough’, pasando por las revistas Mad que aparecen en instantes puntuales de la cinta o el videojuego Cliff Hanger del inicio. Por si fuera poco, el diseño de producción es expansivo y ha soportado de forma excepcional el paso de tiempo, así como la mirada sombría y espeluznante de la fotografía de Nick McLean o la magistral e inmortal banda sonora de Dave Grusin.
Por mucho que sus actuales propietarios no quieran, la casa Cannon Beach ubicada en la 368 -38th Street de Astoria, desde la que se aprecia Haystack Rock y los verdes parajes de Ecola State Park, o la cárcel de Clatsop County de donde se fugan los Fratelli seguirá siendo un lugar de peregrinación por tantos y tantos adeptos al filme y, auspiciado por la propia comunidad portuaria, que decretó el 7 de mayo como "Día Oficial de los Goonies" desde 2010. Tal vez no sea una película perfecta o que, con cierta perspectiva, haya sido fruto de un recuerdo atesorado en nuestra memoria como algo único. Y en cierto modo lo sea. Porque es una película que nos pertenece a una generación que es capaz de eliminar la presunción acerca de aquello que dice acerca de la nostalgia como algo poderoso y embaucador para ejercer un cambio de percepción sobre aquello que añoramos. Por eso, el filme de Donner es tan valioso y tan colectivo para cierto sector de la población mundial. De ahí que a nuestros ojos sea película excepcional, inalterable y atemporal. De ahí, que ‘Los Goonies’ sea nuestra película.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015