miércoles, 11 de noviembre de 2015

Salamanca tierra mía, sí. Pero... ¿de arte y sabiduría?

En general, Salamanca cultiva esa especie de tópico en forma de vanagloria sobre los componentes emblemáticos que representan la ciudad en su faceta de promoción al exterior; el valioso vestigio arquitectónico que inunda un casco antiguo fascinante, una ciudad volcada con la cultura y por supuesto, cómo olvidarlo, su emblemática universidad. A ello se añade su rica gastronomía ibérica o las fábulas y leyendas que se atribuyen a una urbe única en el mundo. A la población local se les llena la boca al hablar de las bondades que oferta la ciudad del Tormes.
Pero lejos de las creencias, Salamanca ha hecho muy poco o casi nada por evolucionar en cualquier aspecto lejos de este sello de promoción turístico. La realidad es que esta institución tan significativa dentro de la tradición cultura hispana ha perdido gran parte de su valor a pesar de que los tradicionalistas sigan haciendo hincapié en su importancia subrayándola como más antigua de España y la quinta más vetusta de Europa.
Salamanca abrigó durante años esa raigambre de fuente de conocimientos, arte, letras, ciencias, moral, derecho y códigos comunes a la que acompañaba esa otra faceta recreativa, sicalíptica y dipsómana ajena a los claustros. Lo tenía todo como escaparate al estudiante, proponiendo una faceta educativa sin parangón con un inigualable complemento de ocio a la ilustración que rodeaba esa celebridad solemne que ha alimentado durante siglos las costumbres formativas.
Estudiar en la Ciudad Dorada hoy en día es un mero reclamo comercial que pretende rescatar un falso vestigio de un nombre que parece una marca para atraer turistas y despistados. Su esplendor parece haberse perdido en una modernidad que ha fagocitado aquellos usos pedagógicos transformándolos en algo bien distinto. Hemos llegado una era donde aquel prisma de aprendizaje ha pasado a otro bien distinto, el de un estrato de decrecimiento general como distintivo de una vida social en el que la cultura es un aspecto cada vez menos importante.
La transcendencia que se le da en esta ciudad al contexto cultural deja ver un desolador páramo yermo más allá de la ciencia de la diversión y estrategias de captación alcohólica a precios populares por parte de la hostelería local, que es el foco en el que se sustenta ese demacrado impulso que atrae a unos cuantos estudiantes que siguen percibiendo cierta nostalgia romántica en el hecho de estudiar su carrera en las aulas charras o bien otros que se dejan llevar por esta motivación del descarrío.
El declive que ha provocado que el arte elevado se haya vulgarizado en otro más efímero y atropellado es el evidente síntoma del deterioro de formas y usos que se vienen ejerciendo desde los ideólogos instaurados en una idea infectada de tópicos de postal y referencias simbólicas de un tiempo pasado. Puede que sea algo generalizado en ciudades de esplendoroso sedimento histórico como el que aquí cohabita con sus gentes, o de la incapacidad y dejadez de una ciudad que desperdicia su potencial en el conservadurismo y la resignación, incapaz de reinventarse así misma o de ofrecer alguna alternativa de supervivencia para oriundos y emigrantes.
A ello hay que unir el lógico desarrollo de los nuevos tiempos instaurados dentro del consumismo y la autosatisfacción que deja imágenes como las que sirven de presentación de este texto, donde las librerías más antiguas de la ciudad desaparecen bajo el yugo dictatorial de las grandes compañías telefónicas o los negocios de toda la vida son absorbidos y devastados por el gigante globalizador y el franquiciado. Esto sucede en todas las ciudades, no sólo aquí. Es el signo imparable de nuestro tiempo. No obstante, sirve de metáfora perfecta para evidenciar la insuficiencia academicista y cultural que se percibe en sus calles. Aquel ambiente que caracterizó una ciudad incomparable ha perdido progresivamente su carácter distintivo. Eso o bien no han querido o no han sabido promulgarlo hacia un territorio actualizado sin perder su esencia. Más bien, se ha abogado por un contexto anclado en el pasado y sin posibilidad de transformarse en prácticamente ninguno de sus aspectos.
De este modo, Salamanca ha envejecido su población y ha generado una constante disminución de su miríada estudiantil al mismo tiempo que ha perdido industria y ha descapitalizado recursos y necesidades por falta de inversiones. Incluso en la única vía de subsistencia como es el turismo, que lleva años mostrándose como una ciudad decrépita y sin futuro que ha sumido sus nutrientes económicos en un confuso estado de alerta. Esta ciudad que enhechiza, Roma la Chica, la Atenas de Occidente, permanece en estos momentos muerta en vida.
No voy a negar que adoro como el que más esta ciudad y, en particular, vivir en mi barrio de toda la vida. He terminado por acostumbrarme a ese céfiro de desengaño y decepción que inspiran sus calles cuando paseo por ellas. Tampoco que mantiene un inextinguible poso mágico que atrae y cohesiona al salmantino y embelesa y cautiva al visitante. Salamanca no deja de ser una hermosa ciudad acogedora que formula una experiencia histórica como pocas existen en el mundo. Sin embargo, es además una ciudad monumental con un toque de ruralismo en torno a una universidad disminuida de prestigio y que no ofrece ningún aliciente laboral, ninguna oportunidad para el desarrollo y el crecimiento. Iba a ser verdad aquello de lo que lo que natura no da, Salamanca no lo otorga, ni siquiera para ella misma.