miércoles, 21 de octubre de 2015

'Regreso al Futuro': El viaje de Marty McFly al 21 Octubre de 2015

Hoy es el día. Dentro de la Trilogía de ‘Regreso al Futuro’ hoy día 21 de octubre, Marty McFly viajaba al futuro desde 1985 hasta esta fecha. Aquel tiempo mostrado por Robert Zemeckis y Bob Gale recogió el afán especulativo de muchos escritores y fabuladores sobre un futuro alucinante plagado de inferencias apócrifas en las que la ciencia-ficción, sirviendo como punto de partida para soñar nos trajo la enésima narración extraordinarias concebida por los grandes soñadores avanzados a su tiempo, pero que ha quedado en una falsa promesa convertida desde mañana mismo en pasado.
El futuro representado en el filme, a pesar de su convencida ilusión, está más cerca del aquel 1985 cruel y siniestro provocado por Biff Tannen en su codicioso cambio de planes con el almanaque deportivo que a ese modernista paraje con esencia ‘chic’ de coches voladores suministrados con combustible creado a base de fusión nuclear, aeropatines o ‘Hoverboards’ o suntuosos edificios públicos convertidos en enormes centros comerciales. Aquel futuro pasará a ser parte de un imaginario ficticio que para una generación cinematográfica generara una expectativa hoy desechada por un presente (antes futuro) que, pese a su avance tecnológico indiscutible, tiene cierto poso de desencanto respecto a lo planteado en una película que el próximo diez de diciembre cumplirá nada menos que el trigésimo aniversario de su estreno en las pantallas españolas.
No obstante, alimentados por la fantasía que incentivó la ilusión de toda una generación inmersa en el génesis de un cine que entonces se vivía como una toda experiencia y una aventura. El cine de los 80, apadrinado por Steven Spielberg y George Lucas, abrió una transformación de aplastante ruptura con todos los aspectos vistos antes, no sólo en un entorno cultural y estético, sino como aportación de un mito de carácter universal de las propuestas fílmicas que llegaban a la cartelera. Por supuesto, ‘Regreso al Futuro’ sería una de las grandes obras que suponen una mitificación que para muchos de nosotros se sigue viviendo de manera tan personal que forma parte de nosotros, de nuestros recuerdos más privativos.
Treinta años después, cualquier onomástica relacionada con la saga se convierte en algo melancólico y evocador, que resucita una pasión común, una nostalgia que prevalece latente cuando oímos de forma fortuita el título de esta trilogía, cuando recordamos la maravillosa experiencia que era el cine hace tantas décadas. Aquél viaje de equívocos temporales y sus consecuencias, de identificación afectiva hacia un estado de ánimo más que hacia un simple filme, condensan un recuerdo imperecedero en la memoria colectiva que sigue perpetuando la idea que supone una trascendencia que va más allá del Séptimo Arte.
Hoy es 21 de octubre de 2015 y como en aquel viaje a los desconocido de Marty en la segunda parte de ‘Regreso al Futuro’ retrotrae un sentimiento común e intocable en el que refugiarse, como en los grandes clásicos, haciendo de ella un punto de no retorno hacia la infancia, a la magia de unos días hoy olvidados que avivan aquella llama de fascinación casi extinguida, transmutada en la actualidad en mitomanía.
Es hora de recordar, bajo el espectro del DeLorean DMC-12, la historiografía de una saga memorable que, visto lo visto, tiene signos de perdurar por mucho tiempo en la historia como uno de esos clásicos imperecederos. Antes, ahora y… cómo no, en el futuro.
Una Trilogía convertida en sentimiento colectivo
“Deben ustedes seguirme con atención. Tendré que discutir una o dos ideas que están casi universalmente admitidas. Por ejemplo, la geometría que les han enseñado en el colegio está basada sobre un concepto erróneo”.
H.G. Welles (‘La máquina del tiempo’).
Amblin Entertainment, la productora de Steven Spielberg, auxiliado entonces por Frank Marshall y Kathleen Kennedy, era la fábrica de sueños infantiles que se erigió con el secreto y la receta de un prototipo de cine capacitado para vincular afinidades e inquietudes a través de la infalibilidad de sus aventuras, fantasía y diversión. Los 80 daban sus primeros coletazos y el cine apadrinado por el “Rey Midas” era sinónimo de calidad, de cine familiar con efectos especiales donde se exigía una tarifa de comedia e imaginación que no traicionaba las expectativas. Por aquel entonces, se vivía bajo el signo conservador de la Era Regan y en este tipo de historias se reflejaba, con carácter transversal, un modo de vida que exhibía un bucólico catálogo de perfiles sumergidos en la clase media norteamericana de aquellos nostálgicos años; por eso, el fondo social de cintas como ‘E.T.’ El extra-terrestre’, ‘Gremlins’, ‘Los Goonies’, ‘Poltergeist’…tenía tantas semejanzas entre sí, concebidas desde una atmósfera familiar idílica de las afueras suburbiales, dotada de poética entrañable que definía genéricamente la interrelación del elemento fantástico con lo cotidiano. Por tanto, la parcela en la que se movían los personajes era reconocible y cercana, asumiendo la realidad ante una explosión de delirio y magia, de terror, ficción o drama.
Durante unos años surgieron cineastas apadrinados por Spielberg capaces de trasladar todas esas sensaciones a la gran pantalla. El sello pasó a ser un productivo artilugio hollywoodiense perfecto para la narración de cuentos y fábulas. De paso, cómo no, la que abultó sus arcas con un tipo de cine infalible para la taquilla. Algunos directores como Tobe Hooper, Joe Dante, John Landis, George Miller, Kevin Reynolds, Barry Levinson, Richard Benjamin, William Dear o Matthew Robbins se unieron a Spielberg en algunas de sus productivas aventuras. Sin embargo, el pupilo más aventajado, el que se formó a la sombra del genio y el que mejor supo captar la magia de aquellas producciones fue, sin duda, Robert Zemeckis. Éste había coincido en la universidad de South California con gente como George Lucas y John Milius, pero sería con el guionista Bob Gale con el que comenzara a preparar su camino con cortos como ‘The Lift’ o ‘A field of honor’. Sería precisamente el director de ‘Indiana Jones’ el que produciría sus primeros dos largometrajes: ‘Locos por ellos’, reflejo nostálgico en clave de comedia sobre la primera visita a los Estados Unidos de los Beatles y ‘Frenos rotos, coches locos’, una comedia satírica que giraba en torno a dos hermanos enfrentados en el mercado de compraventa de coches de segunda mano, ambas con guión de Gale, que había escrito para Spielberg ‘1941’. Las tres fueron un fracaso en taquilla con éxito relativo de crítica. El tercer vértice de la aventura espacio-temporal fue el productor Neil Canton que también trabajó como ayudante de dirección de Peter Bogdanovich en tres ocasiones (‘¿Qué me pasa Doctor?’, ‘Luna de papel’ y ‘Nickelodeon’). Canton apuntaba a un clasicismo que supo reconocer Orson Welles, al que puso a su lado para intentar sacar adelante la inédita ‘Al otro lado del viento’ o colaborar con Walter Hill en ‘The warriors’. Antes de ponerse con ‘Regreso al futuro’, Canton produjo el clásico de culto ‘Las aventuras de Bukaroo Banzai’. La terna que daría como consecuencia ‘Regreso al futuro’ ya tenía asociación. Sólo faltaba un adalid que financiara la experiencia más apasionante de sus vidas y, a la postre, la de todo espectador que sigue hechizado con la emoción que aún hoy destila el producto.
El germen nace en la imaginación de Bob Gale. Según cuenta, una vez que fue a visitar a sus padres a St. Louis, Missouri y rebuscando en un sótano encontró el anuario escolar de su padre. Se vio imaginando qué sucedería en un hipotético viaje en el tiempo hasta aquella época y hubiera conocido a sus progenitores, preguntándose si habrían compartido aficiones comunes o amistad. Ése es el arranque de todo. El guión lo escribió junto a Zemeckis, conscientes de que tenían entre manos una de las películas más apasionantes que hubieran soñado. Gale afirma cómo el guión fue rechazado en algunas de las grandes ‘majors’ del momento. Los estudios veían demasiado familiar el argumento y en aquel entonces lo que buscaban era algo más parecido a ‘Porky’s’ ¿Por qué no llevarlo a Disney? Se preguntaron. Y así lo hicieron. Pero el recatado estudio del tío Walt no veía con muy buenos ojos que, en un determinado momento, una madre acosara sexualmente a su propio hijo en un coche. El último recurso era Steven Spielberg. El obstáculo: las dos películas anteriores producidas para Zemeckis fueron un descalabro. Así que, antes de llevar a cabo un movimiento en falso con ‘Regreso al futuro’, Zemeckis se puso a prueba en otra gran producción de encargo con ‘Tras el corazón verde’, con Michael Douglas y Kathleen Turner. Entonces sí acertaron en taquilla con un éxito tan apreciable que las puertas de un moderno coche convertido en máquina del tiempo estaban abiertas para abordar su siguiente aventura.
‘Regreso al futuro’ planteaba, sobre el papel, mucho más que un simple trayecto temporal. Zemeckis y Gale desplegaban la posibilidad de abrir nuevos cuestionamientos a todas esas preguntas que se lleva haciendo el ser humano durante su existencia; de dónde venimos, adónde vamos, qué sucederá y las posibilidades y peligros que entrañan estos interrogantes con los riesgos que se darían sobre el destino unos desafortunados cambios. En ‘Regreso al futuro’ se dan rastros complementarios entre los contenidos presentados bajo unos enunciados, múltiples en lecturas, que adoptan posturas buscadas y encontradas. Con el impulso de autores literarios como Robert Silverberg o Robert Heinlein el desafío radicaba en sublevarse ante los arquetipos del género, acercando la diversidad de dimensiones o hipótesis imposibles con un pretexto sencillo, difuminándolas en una explicación accesible para el espectador bajo un espíritu algo gamberro y surreal en la aventura de un joven adolescente que, a su vez, se digiriera como una subrepticia crítica a la sociedad estadounidense. Por supuesto sin perder de vista la inocencia de aquellos años, pero con un atrevido mensaje interior, donde otros planos aportaran, tras su mascarada de anodina existencia, un papel tan importante como la trama principal.
‘Regreso al futuro’ era una joya en bruto, que destilaba una riqueza poco frecuente dentro del fantástico, con las posibilidades y la versatilidad comercial del cine adecuado a varios ‘targets’, combinando con fortuna comedia, aventura, romance y ciencia-ficción. Una historia definitivamente muy cinematográfica que no se limitaba a exponer una concepción de imaginería donde los efectos especiales técnicos estuvieran sometidos a la trama. La película de Zemeckis no traicionó los genuinos mecanismos propios de la época para configurar el universo de fantasía formulado en una perdurable leyenda sobre las relaciones paternofiliales y de amistad más allá del espacio y del tiempo. Fantasía pura que se alimenta de los sueños, un milagro hecho realidad en una película memorable que recaudó más de 380 millones de dólares en todo el mundo y pasó a ser, de forma fulminante, una de las películas más taquilleras del cine hasta aquel momento. ‘Regreso al futuro’ escribiría con épicas letras dorada su título al permanecer a lo largo de once semanas en el primer lugar del Box Office norteamericano. Costó 19 millones de dólares, un presupuesto ajustado para un proyecto ambicioso y revolucionario. A partir de entonces, ya nada sería lo mismo.
‘Regreso al futuro’ (1985)
En un principio, la película se iba a rodar en Nevada, en los confines de un área de ensayos nucleares, puesto que se sugería que el Dr. Emmett Brown fuera uno de los integrantes del Proyecto Manhattan. Relatan Zemeckis y Gale que se sentían atraídos por todas las pruebas nucleares que tuvieron repercusión por aquellos años. El detonante del viaje temporal era una explosión nuclear, que sería la que enviaría a Marty al pasado y también le permitiría regresar al presente. No había rastro de ningún coche entonces. McFly viajaría… en una nevera. Al final, llegaron a un acuerdo. La movilidad de la máquina era importante, ya que permitiría un mejor entendimiento para el público y funcionaría mejor en pantalla. Décadas después, Spielberg utilizaría la idea del frigorífico y el desierto nuclear en ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’.
Así, nacería el que es el símbolo más representativo, la efigie distintiva de ‘Regreso al futuro’: un DeLorean DMC-12. Utilizaron este modelo porque con ello podría significar que en 1955 la impresión de este vehículo metalizado pudiera ser la de una aeronave del futuro y también fuera lo suficientemente sofisticado para la época de los 80. La idea era que el DeLorean fue alimentado por plutonio. Ahí no había dudas. Hay dos anécdotas que circulan en las habladurías y entresijos del mito; en su origen, Marty era un ‘hacker’ viodegráfico, un chaval que conocía todos los entresijos del momento para piratear todo tipo de soportes electromagnéticos. Por su parte, “Doc” tenía un mono en vez de un perro, que fue desestimado al considerar una maldición para la taquilla la incursión de un primate en una película.
Cuando llegó la hora de rodar se esbozaron los nombres de los actores protagonistas. John Lithgow era el elegido por Zemeckis para ser el enloquecido científico, ya que había estado en películas como ‘En los límites de la realidad’, ‘Impacto’ o ‘El mundo según Garp’. También había coincidido con Neil Canton en ‘Las aventuras de Buckaroo Banzai’, sin embargo, en esta película también participaba Christopher Lloyd, que se haría definitivamente con el papel Emmet Brown. Canton lo tenía muy claro, Lloyd era perfecto para dar vida a ese doctor entrañable y delirante, el actor idóneo para conducir al personaje a un punto de locura que le equiparara con ese amigo extraño que a los adolescentes les encantaría tener. Siempre se le ha definido como un cruce lógico entre Albert Einstein y el director de orquesta Leopold Stokowski. Para Marty McFly la cosa no fue tan fácil. Se contrató a Eric Stolz, que entonces estaba de moda por haber cosechado fantásticas críticas con su interpretación de “Rocky” Dennis en ‘Máscara’, de Bogdanovich.
Para el papel de George McFly, entró en seguida Crispin Glover como candidato ideal, un sólido actor que apenas rozaba la veintena y tenía una discreta filmografía a sus espaldas y que no se imaginaba que iba a trazar la que podría ser considera su mejor interpretación cinematográfica. Para el papel de Lorraine Baines se optó por Lea Thompson, que había trabajado con John Milius en ‘Amanecer Rojo’ y había compartido protagonismo con Tom Cruise en ‘La clave del éxito’. Su delicado rostro aportó la doble faceta, dúctil y ofensiva del rol materno de la saga. Por último, el antagonista debía ser un actor con los recursos necesarios para contribuir con la fuerza ineluctable y la credibilidad amenazante a ese villano llamado Biff Tannen. Thomas F. Wilson era un completo desconocido que dejó su listón muy alto después de su participación en la película. La filmación se mantuvo con este elenco a la cabeza durante cuatro semanas. Entonces fue cuando Zemeckis soltó la bomba del rodaje: no le convencía Stolz como McFly. Spielberg apoyó la moción dando la cara por él ante Sid Sheinberg, entonces jefazo de la Universal. Después de una dura decisión que le costó a los estudios unos 3 millones de dólares, entró el carismático Michael J. Fox, que leyó el guión cuando rodaba la tercera temporada de ‘Family ties’. Aceptó de inmediato. El que se convertiría en el rostro juvenil del cine de la década trabajaba hasta dieciocho horas al día. Por la mañana, en el ‘set’ de la serie, dando vida a Alex P. Keaton. Cuando anochecía se metía en la piel de McFly asumiendo el peso de ambas. ‘Regreso al futuro’ había comenzado su singladura.
Significó un reto presentar una historia con un viaje temporal que despertara la aceptación del gran público. Pero el guión lo tiene todo para ser un éxito. McFly era un personaje despierto, con ganas de triunfar en el mundo del rock que desea cambiar la tradición de fracaso que le persigue debido, en gran parte, a la representación anulada de una figura paterna frágil, cobarde y pusilánime. Vive en un presente nada alentador, con dos hermanos sin mucho futuro y una estricta madre ahogada en raciones de vodka y lamentos. La película se circunscribe por completo a un tema absoluto: el tiempo. Ya en su secuencia inicial de créditos se sintetizan poderosamente los términos, en una presentación del Dr. Emmet Brown tan pormenorizada como sutil y silenciosa, con una infinidad de relojes e información dosificada a través de un aparato de televisión que va informando al espectador sobre aspectos importantes dentro del relato. Marty tampoco necesita muchos detalles para describirse; unas zapatillas Nike, unos vaqueros, un monopatín con una mochila y su afán por subir los búmetros a tope para tocar una pequeña guitarra que hace saltar un gigantesco altavoz por los aires. El centro comercial de Twin Pines y la 1:15 de la madrugada del 26 de octubre de 1985, la hora y el punto de reunión de ambos personajes.
El prodigioso guión de Gale y Zemeckis deja algunos detalles importantes en el devenir de la situación. Es sorprendente lo bien que se unifican los tiempos en sus tramos iniciales y posteriores y cómo funciona la repetición de elementos entre sí, siendo anticipados en el comienzo, donde la sobreinformación es tan etérea y bien fragmentada que es reconocible una vez que vuelve a surgir a lo largo del relato; la manera en que se muestra por primera vez el plutonio y su búsqueda por parte de unos terroristas libios, la campaña popular del Alcalde Goldie Wilson (Donald Fullilove), la historia del baile de ‘El encantamiento bajo el mar’, la octavilla que informa sobre el rayo que dañó para siempre el reloj de la torre, la prueba musical de los Pinheads, el grupo de Marty, las frases premilinares de Strickland (James Tolkan), el tío presidiario Joey, los pinos plantados por el viejo Sherman Peabody… Pero sobre todo, se hace especial hincapié en la noche en la que “Doc” cayó al suelo cuando intentaba colgar un reloj y dio con la clave de los viajes temporales: el condensador de fluzo. La imagen de un sueño, de una esperanza convertida en realidad, el mecanismo que posibilita el desplazamiento en el tiempo. A partir de ahí, la historia es fácil de sintetizar: el joven McFly se verá forzado a viajar en el tiempo hasta 1955, donde se ve en la obligación de conseguir que sus padres se enamoren al tropezar fortuitamente con ellos y haber cambiado el signo de los acontecimientos para, de paso, hacer peligrar su propia existencia, viéndose obligado remediar su error si no quiere desvanecerse en el tiempo. Conceptos imposibles como esos 140 kilómetros por hora y 1.21 gigawatios que necesitan del plutonio para que Marty regrese a su tiempo y que pasaron a la aceptación popular de inmediato.
Uno de los puntos fuertes de ‘Regreso al futuro’ es la voluntad de perfección al recrear los años 50, poniendo de relieve el detallismo con el se conceptúa 1955, sin necesidad de ostentaciones en su diseño de producción. A Zemeckis le interesa más un epicentro en el que ubicar la revolución juvenil, el origen del ‘teenager’, del espíritu joven que se apoderó de una nación como Estados Unidos. Este año, a la vista del público, es como una extensión pretérita del 1985 mostrado en el prólogo. Con ello, se establece un vistazo nostálgico a la ‘retrocultura’ de los 50 y a la vez establecen una mirada sumarial de los años 80, con sus tópicos, su era Reagan en pleno apogeo, sus virtudes y defectos, desgranando todos sus prejuicios con función satírica sobre las diferencias entre ambas épocas.
La jugada de mercadotecnia es impecable: no sólo estaban ante una película para gente que crecía en el tiempo en que se estrenaba, sino que también funcionaba como incentivo retro para el espectador que creció y vivió a mitad de siglo. El mercado adolescente y el de adultos en un mismo pack lleno de cine entusiasta y reverencial. De hecho hay hallazgos mínimos que proponen, a modo de guiño, invenciones dentro del filme por parte del protagonista, como inventar el ‘Rock N’ Roll’ (Marvin Berry llama a su primo Chuck para orientarle en un nuevo y revolucionario ritmo) o el invento del ‘skate’ moderno tal y como lo conocemos
Hay muchos exponentes que hacen de ‘Regreso al futuro’ el clásico que es. Pero sin duda alguna hay que subrayar la importancia de un guión de relojería, que opera con alucinante y exquisita articulación, en un engranaje perfecto de giros que funcionan con la exactitud medida, con personajes profundizados y dibujados desde un entendimiento narrativo mayúsculo. El filme responde a las cualidades de ciertos tipos de obras cinematográficas conectadas por una estructura que obedece a la disposición minuciosa y ensayada de sus elementos. En este caso donde el tiempo, el desarrollo y los puntos de fuga rompen argumentalmente con todo lo establecido, teniendo como explosión del suspense un clímax de acción desbordada y plena de tensión en la secuencia de cuenta atrás en la que “Doc” hace lo posible porque el rayo impacte de lleno en el mecanismo que llevará a Marty de regreso a 1985. Por eso, no es extraño que el guión se haya estudiado como ejemplo en las más prestigiosas escuelas cinematográficas del mundo.
‘Regreso al futuro’ está compuesta por pequeños detalles que pueden parecer inapreciables, pero son fundamentales para la trama principal. Se construye una triple consecución; a la vez que avanza la historia en determinados trazados, se construyen y determinan las personalidades y los conflictos y se impone un ritmo donde la acción nunca sucumbe a los giros. En ‘Regreso al futuro’ todo movimiento responde a una motivación argumental. Incluso las pequeñas referencias insignificantes como el nombre del centro comercial, ‘Twin Pines’, queda deformado en el nuevo 1985 con el nuevo epígrafe ‘Lone Pine’, a causa de que McFly atropella uno de ellos cuando llega a 1955 escapando de la familia Peabody. O simples elementos como el ‘walkman’ y el traje antirradiación, que son utilizados para someter a su padre a la amenaza espacial aludiendo a Darth Vader y al planeta Vulcano. La cinta avanza con tanta energía, siguiendo las paradojas y dilemas de un adolescente obligado a desempeñar el rol paternal con sus propios padres adolescentes, que es capaz de evitar incluso aquellas preguntas que imposibilitan la acción real: si Marty evita el enamoramiento de sus padres, nunca nacerá... y si nunca nace… ¿cómo puede viajar al pasado y evitar que sus padres se enamoren?
Obviamente, una película familiar del calado de ‘Regreso al futuro’ impone cierta moralina que alcanza su culmen en esa frase sugerida de unos a otros: “Si te lo propones, puedes conseguirlo todo”. No es óbice ni contraposición a uno de los asuntos más arriesgados a los que hicieron frente Gale y Zameckis, el mismo que hizo que Disney desestimara la opción de financiar el proyecto, ese mito de Edipo en el que la madre de Marty se enamora de él y no de su padre, suplantando la lástima que sintió hacia el progenitor por la fogosidad hacia un hijo convertido en héroe a los ojos de una comunidad juvenil tranquila y trazada con los cánones de entonces. Una idea convulsiva y enérgica que se une a la habilidad de sacar a colación algunos otros temas sociales, como el racismo y su vencimiento en la figura de Goldie Wilson o el abuso desequilibrante entre los más fuertes y débiles.
Incluso con aparente destreza, se dota al pequeño pueblo residencial de Hill Valley de un protagonismo simbólico, terrenal, haciendo de él un personaje más dentro de la trama. Toda esta parte fue rodada en Courthouse Square, localización de los estudios Universal en las que también se rodó ‘Gremlins’, de Joe Dante. La habilidad de Robert Zemeckis para engarzar todos los dispositivos en un bloque cinematográfico sin aristas le designan ya entonces como un heredero directo del mentor Spielbeg a la hora de planificar y rodar escrupulosamente una obra que carece de altibajos, sabiendo desarrollar un hálito de maestría apenas intangible, pero de un imperativo vigor en la forma de afrontar la acción y la aventura, que se refuerza por la que puede ser la mejor partitura de un inspirado Alan Silvestri hasta la fecha. La concepción visual y narrativa es impresionante.
‘Regreso al futuro’ recibió cuatro nominaciones al Oscar; mejor canción (‘The power of love’, de Huey Lewis), mejor guión original, mejor sonido y mejores efectos especiales y de sonido, estatuilla ésta última que lograron Charles L. Campbell y Robert R. Rutledge. Hasta la fecha, un cuarto de siglo después de su estreno en España, sigue siendo una película eterna que puede seguir fascinando a futuras generaciones. El filme de Zemeckis continúa jugando de forma omnisciente y constante a sorprender al público, rechazando cualquier tipo de convencionalismo y etiquetas genéricas. Eso fue lo que hizo grande la estela de esta gran producción de Spielberg, posiblemente su mejor contribución a la generación Amblin. Una obra maestra asignada como tal por exaltación popular. Un hecho que hace de su alcance mucho más importante que la dictada por los medios especializados o rimbombantes críticos y eruditos de la materia.
La obra de Zemeckis se perpetúa a lo largo de los años por su radiante humanismo lleno de optimismo, que nunca reniega de su condición de película populista, de aventura que se mueve por una cadencia creciente, sin límites en sus aspiraciones de entretenimiento. Un propuesta que, en el fondo, es modesta y contenida y que además ha sido seleccionada para su conservación por la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. gracias a su enorme trascendencia cultural. A los que aman el cine de aquellos años, que soñaron con ilusiones paralelas a esta aventura temporal, supuso un hallazgo colosal, un golpe de efecto en las vidas de un millones de chavales que han crecido adorando esta ingeniosa pieza de orfebrería y que la consideran como esa película perfecta que a todos nos gustaría haber escrito y dirigido, narrándola sin alterar un solo movimiento de la original. Ni siquiera ese futuro al que hay que viajar y donde no se necesitan carreteras…
‘Regreso al futuro II’ (1989)
El éxito de la primera parte hizo que millones de fans reclamaran una continuación. La apuesta era segura. El final de aquélla dejaba una puerta abierta. Aunque según Zemeckis no era más que “una broma, un chiste que no hacía presagiar la posibilidad de una segunda parte”. Pero la idea era tan atractiva que nadie pudo negarse al reto. Por aquel entonces, Zemeckis estaba inmerso en el rodaje de ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’ y BobGale se hizo cargo del guión en solitario, barajando varias de sus ideas en común con el realizador. Eso sí, los estudios se aseguraron no otra entrega más, sino dos que se rodarían simultáneamente, por lo que exigía la implicación total de sus integrantes. La única condición que exigieron entraba dentro de lo racional; mientras estuvieran Michael J. Fox y Christopher Lloyd, así como el equipo principal, ‘Regreso al futuro II’ y ‘Regreso al futuro III’ sería una realidad. Lea Thompson no tuvo ningún problema en meterse de lleno en la piel de Lorraine y de los personajes sucedáneos de la estirpe Banes/McFly.
Hubo un inconveniente bastante conflictivo con Crispin Glover, que exigía unos honorarios poco adecuados para una figura de su limitado bagaje. Tras semanas de negociaciones, quedó fuera de la ecuación. Este imprevisto echó al traste la idea de Gale de ubicar la trama de esta segunda parte en los 60 y tuvo que prescindir de su personaje creando un mundo alternativo de 1985 donde George McFly había muerto. Los planos en los que figuraba el personaje de Glover fueron delegados en el imperceptible actor Jeffrey Weissman. Otro de los obstáculos fue la renuncia voluntaria de Claudia Wells a retomar su papel como Jennifer Parker. La joven actriz eligió estar al lado de su madre, aquejada de un grave cáncer que volver bajo la tutela de Zemeckis. Y es una verdadera lástima que esto fuera así, porque aunque Elisabeth Shue fue una opción idónea como alternativa obligatoria, las siguientes dos partes no cuaja en esta parte del vértice del argumento. El rostro de Wells ejerce un poder tan hipnótico en la primera parte que fue imposible que el espectador no se sintiera incómodo con el cambio.
Aún así, las cartas estaban encima de la mesa. ‘Regreso al futuro II’ se comenzó a rodar a principios de 1989. El punto de partida era un viaje al futuro para resolver el tremendo lío que organiza Marty McFly Jr. Sin embargo, un Almanaque Deportivo con los resultados desde 1950 a 2000. Con su robo a manos de Biff se crea un nudo en otra dimensión que hace que “Doc” y Marty tengan que viajar al pasado con el propósito de destruirlo. En su primer libreto lo hacían a 1967. Allí se encontraban con Lorraine y George, que era profesor de universidad. La idea era desarrollar una película que transcurriera en esta época. Pero la renuncia de Glover hizo mover la trama hacia 1955, volviendo al mismo punto de partida de ‘Regreso al futuro’ para verla desde un punto de vista completamente diferente. Con el continuo espacio-tiempo desarreglado, el Hill Valley de un nuevo 1985 se sumía en un infierno con el poder de Tannen desmembrando la sociedad en una distopía sucia y mugrienta, en el que George McFly ha sido asesinado por Biff para quedarse con Lorraine. Era la argucia perfecta para componer una nueva y compleja confabulación de elementos narrativos y paradojas temporales inaplicables que, a pesar de sus idas y venidas cíclicas, resultaba otra estructura de guión con una fastuosa visión narrativa del cine espectáculo.
Como sucedía en ‘Star Wars V: El Imperio Contraataca’, de Irving Keshner e ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’, de Spielberg, aquí los planteamientos se disponen en un armazón más oscuro y complejo, con más presupuesto, delineando una distribución espacio-temporal marcada por el ajetreo de trayectos en tres fechas concretas ubicadas en 2015, el nuevo 1985 y otra vez en 1955, con la creación de universos paralelos. De este modo, las personalidades se desdoblan, avanzan y retroceden en los tiempos, siguiendo las directrices de un fin lógico que no debe alterar la acción que ya conocemos para hacer avanzar la nueva en los mismos escenarios de la primera parte, permitiendo que transcurran los acontecimientos que veíamos entonces.
Gale y Zemeckis cuidaron mucho los soportes narrativos, aunque sin poder evitar algún que otro anacronismo imposible de sortear, como esos choques frontales de los personajes con su “yo” en el mismo espacio y en el mismo tiempo que no afectan del mismo modo a los personajes. Como ya sucedía en la primera parte, las fotos y los periódicos modifican su información cuando existe cualquier modificación en la historia, sirviendo de indicadores ante la nueva situación de permuta. Por eso, el hecho de que Biff robe el DeLorean en 2015 para entregarle a su “yo” del pasado el almanaque deportivo condiciona los acontecimientos futuros haciendo del presente Hill Valley de 1985 una pesadillesca ciudad donde el caos y la indecencia han sustituido la placidez de los 80 que vivió Marty, que han sido sustituidos por la codicia infectada que simboliza ese terrible edificio llamado Casino Paradise Pleasure, erigido a la figura de un Biff Tanen que dispone de la polaridad negativa del héroe, enfrentándose premeditadamente, cara a cara, a sí mismo, ocasionando con su desafío un efecto absolutamente catastrófico.
En este sentido, el fatalismo vislumbrado por Marty en caso de no arreglar la situación se equipararía a un espíritu que cohabita en las tres películas; esa ofrenda anímica y susceptible de ser equiparada con el ‘¡Qué bello es vivir!’, de Frank Capra y sus intenciones que aluden a la oscuridad fantástica de Dickens, al transcribir las verdaderas finalidades bajo el más puro cuento de fantasía y ciencia ficción. No es más que un pretexto para hablar entre líneas de una filosofía individualista confrontada con el destino inalterable. Con ello Gale y Zemeckis crean un universo intertextual, de lugares correlativos en los que la autorreferencia es constante. En ‘Regreso al futuro II’ convergen elementos comunes, reconocibles para el gran público, que evocan claramente a la influencia de su raíz identificativa con ciertos ‘gags’ o secuencias que ya han sido vistos anteriormente, como la primea entrada en el Café de los 80, con la aparición del viejo Biff con Marty o la actitud arrogante y déspota de Griff y su manipulación hacia un servilista Marty Jr., idéntica a la que tuvo lugar con Biff y George en 1955. Tanto la doble persecución de los ‘skateboards’ así como la concomitancia de choques del vehículo de Biff contra un camión de estiércol son herencia de su primera entrega, así como imposibilidad de mantenerse al margen cuando a Marty le llaman “gallina”. Reincidencias que esgrimen no sólo una concordancia de situaciones y códigos, sino también el reconocimiento factible del ajuste de tiempos y espacios.
El futuro que se presenta es tan irónico como fugaz. En ‘Regreso al futuro II’ la exposición de 2015 es casi un subterfugio para llevar la historia de fondo. Eso sí, se aprovecha la coyuntura para satirizar algunas profecías sobre lo que podría pasar en aquellos (por entonces) remotos tiempos venideros. Así se caricaturiza lo que, al fin y al cabo, ha ido evolucionando con cierta veracidad hasta nuestros días; el abusivo y contemplativo vicio por las nuevas tecnologías, la globalización de los productos de las grandes compañías, la sociedad capitalista de consumo y la nostalgia que rodea la década de los 80 hoy en día. Todo ello se queda algo arcaico en la divinización de Michael Jackson, la aparición digital de Reagan y Ayatollah Khomeini o la demostración de habilidad de Marty con los videojuegos de disparos en el Big Buck Hunter, que anticipa también elementos narrativos de la tercera entrega. Zemeckis también es reticente a apostar en exceso por los efectos especiales, aunque tienen mucho más protagonismo que en su predecesora. Se limitan a unos cuantos planos donde varios personajes interpretados por el mismo actor comparten pantalla.
Para ello se utilizó el ‘Vista Glide’, un sistema creado por la ILM para manipular con ayuda de un ordenador la imagen, utilizando una cámara Vistavisión modificada con el fin de reproducir los movimientos de los personajes con una exactitud perfecta y poder así hacer que el mismo actor interpretase a varios personajes ajustados a una interactuación realista. Las pequeñas referencias futuristas pasaron a ser objeto de culto, como las Nike Air 2015 Kicks, unas botas con ‘robocordones’ que incorporaba un sistema electrónico que las ajustaba automáticamente o ese Hoverboard, un aeropatín cuya ilusión fue creada por un sutil cableado y arneses que sujetaban a los actores, pero también con la utilización de imanes de tierra para repeler una gran cantidad de peso haciendo que el ‘skate’ creara un efecto de suspensión en el aire. También destacó la capacidad artesanal para crear el espejismo de coches que vuelan (hoy en día con la digitalización y el CGI sería más sencillo, pero también mucho menos romántico). En muchos aspectos, ‘Regreso al futuro II’ se equivocó en sus vaticinios. Obviamente, en 2015 no habrá vehículos que vuelen, ni ‘aeropatines’, ni la gente vestirá de una forma tan escandalosamente ridícula como se muestra en el filme.
Sin embargo, el equipo de Zemeckis anticipó algunas de las profecías cumplidas que se han adelantado unos cuantos años a las previsiones de la película. El momento en que Marty es atacado por una representación virtual del escualo de ‘Tiburón 19’ viene a ser un simbolismo que se ha patentizado con la obsesiva proliferación de secuelas y, sobre todo, en la querencia hacia los avances dentro del 3D. También hay una predicción del iPad, cuando un envejecido miembro de la Preservación de la Sociedad de Hill Valley para salvar la torre del reloj de la torre le da a firmar vía electrónica una especie de ordenador que recuerda mucho a la creación de Steve Jobs. La cinta de Zemeckis anticipó la aparición de un equipo de béisbol en Florida, que hasta entonces no tenían representación en la MLB; primero fueron los Florida Marlins, que debutaron en las grandes ligas en 1993. En 1998, los Tampa Bay Devil Rays se convirtieron en la segunda escuadra del estado. Hay referencias que no son ajenas a los años ’00, como las pantallas planas de enormes proporciones, el multicanal, familias que durante la cena son ajenas a las relaciones familiares, víctimas autómatas de los nuevos avances tecnológicos o esa polémica estrategia del “Mr. Fusion” (que fue creado a partir de un viejo molinillo de café Krupps) que evita el uso de gasolina, ya que existe el uso de compost como combustible y que comúnmente se conoce como “biogás”.
Igualmente cabe destacar la aportación de un Zemeckis desprovisto de cualquier vacilación a la hora de exhibir su cognición y disociación de es estilo que le unía a Spielberg, con una voluntad de rúbrica propia, que expone la siempre inmutable búsqueda de la entidad primaria de un cine comercial inalcanzable, incluso para él mismo, definiendo su inagotable capacidad para deleitar al público y manifestar su iniciática y brillante inventiva visual. La secuela de ‘Regreso al futuro’ amplia y complementa la grandeza de su predecesora y convierte su esencia en locura fantástica que vulnera los condicionamientos de los géneros que plantea, con el fin de abordar, con un asumido placer estético y predominante, la narración exaltada que evoca la ensoñación de una utopía profética sobre las paradojas temporales que tiene su apoteosis en ese cierre memorable de Marty en una carretera, habiendo perdido en el tiempo a “Doc” a causa de un rayo para, inmediatamente, recibir una carta del mismo científico en la que informa de su paradero temporal: 1885. Con la misma conclusión que en la primera parte, en la que Marty es enviado de vuelta a 1985, éste aparece instantes después para pedirle al “Doc” de 1955 que le ayude a traer de vuelta a su otro yo del pasado.
‘Regreso al futuro. Parte III’, (1990)
La tercera entrega llegaría el siguiente verano. ‘Regreso al futuro II’ fue el éxito de las Navidades de 1989 (en Estados Unidos se estrenó el 20 de noviembre y a España un 22 de diciembre) y dado que había sido rodada a la vez, sólo hubo que esperar a una fecha idónea para su lanzamiento. Se produciría en el verano de 1990. El 25 de mayo aterrizó la conclusión en su país de origen. Aquí tuvimos que esperar hasta finales de noviembre para ver el desenlace de las aventuras de Marty McFly y “Doc” Emmet Brown. Para ‘Regreso al futuro III’ el listón estaba muy alto, por lo que se optó por no perder la trama de choque estructural cuyas motivaciones vuelven a ser las mismas, aunque sin tantas vueltas de tuerca como en sus antecedentes. Marty está estancado en 1955. Antes de regresar a 1985, deberá ir en busca de “Doc” a 1885, pues se revela que en 7 de septiembre de ese mismo año, una semana después de escribir la carta que Marty recibe al final de la segunda parte, será disparado por Buford “Perro Rabioso” Tannen por una deuda de treinta dólares. El “Doc” de 1985 alternativo y el DeLorean, que lleva esperando setenta años a ser reparado, son los componentes necesarios para poder rescatar a “Doc” e impedir su muerte.
La intención de Robert Zemeckis era la de repasar, de algún modo, los orígenes y raíces de Estados Unidos, en un personal énfasis por hacer una relectura de la Historia de su país y que tendría este protocolo intencional años después con ‘Forrest Gump’. Con tanto viaje de ida y vuelta, en ‘Regreso al futuro III’ todo debía ser algo más despreocupado, adjudicando la inventiva creadora a un desbarajuste más apaciguado, en el que parece que cualquier agitación dentro del relato “de vaqueros” valiera para que Gale y Zemeckis disfrutaran de esta nueva aventura. Marty ya no es el objeto sobre el recae el peso de la película. Ya en el final de la segunda parte se avanza que “Doc” va a ser el protagonista de esta, el elemento que mueva las fichas narrativas de la aventura en el Salvaje Oeste. Da más libertad al rol interpretado por J. Fox, que campa a sus anchas. El resultado es una pequeña escisión en parte del encanto con nuevas vías de intriga y abre una puerta al romance de “Doc” con la profesora del pueblo, Clara Clayton (Mary Steenburgen), que tampoco aporta la emoción necesaria para sostener los pilares de una historia algo desacertada y demasiado intrascendente como propuesta de final de fiesta.
‘Regreso al futuro III’ fue la cinta de la saga con peores críticas. También la que menor recaudación amasó. Enflaquece su potencial por la perseverancia de anular cualquier proposición de seriedad, que se extingue con la incapacidad de aportar nada nuevo. Y lo que es peor, se diluye el tono sugerente de sus dos primeras entregas. Por suerte, Zemeckis hace que subsista el ritmo y el entretenimiento, sobre todo en esa incertidumbre de la secuencia final con el vagón del tren y el DeLorean a punto de despeñarse por un desfiladero, con una planificación admirable gracias a su poderoso montaje. Igualmente, las interpretaciones de Michael J. Fox y Christopher Lloyd se vuelven fundamentales para que la función no disminuya su empuje. Las reiteraciones argumentales, la autoparodia y la invariable referencia a su propia idiosincrasia son, nuevamente, el objetivo del guión. Se persigue así la filiación cómplice con la duplicación de algunos pasajes que se dan anteriormente; desde el fortuito encuentro tras un golpe de Marty con su madre (esta vez su tatarabuela), una maqueta que representa el funcionamiento de lo que será el viaje temporal, el vestigio de los 80 con Marty interpretando ante los disparos de Tannen el paso de baile ‘moonwalk’ de Michael Jackson o la persecución a caballo que acaba con Tannen en el estiércol.
A cambio, ‘Regreso al futuro III’ es la película de la trilogía que más profundiza en la unión y sentido verdadero de la amistad entre Brown y McFly, para reflexionar sobre el paso inexorable del tiempo y sobre lo efímero de una vida en la que no hay que dejar escapar la oportunidad de querer a la persona amada cuando llega ese mágico instante. En términos mucho más subterráneos a la cartografía de las tres películas, aquí es donde los dilemas absolutos tienen una afectación más clara. Gale y Zemeckis enmascaran, en el fondo y bajo esa sátira de humor y homenajes, una triste despedida ya no sólo entre ellos, que tomarán un rumbo diferente en sus vidas, sino como una adiós al espectador. También se recobran ciertas fisonomías de oscuridad, puesto que la muerte, ese factor sostenido que entra de lleno en la segunda entrega, es aquí también un componente importante, esta vez concentrado en la figura de Emmet Brown, sin cernirse en exceso con un alcance tan polisémico como sucedía en todo el esqueleto argumental bajo la muerte de George McFly en el nuevo 1985 creado por Biff Tannen. Tampoco hay que olvidar la grandeza de una amable mitigación ética que hace crecer, definitivamente, a Marty McFly. Su antepasado irlandés, Seamus McFly le cuenta la historia de su hermano, que remite al complejo de inferioridad y apocamiento del joven, que fue apuñalado en la ciudad de Virginia mientras que intentaba demostrar que no era un “gallina”. Con ello, Marty crece y deja atrás esa inseguridad para abrazar una nueva sensación de confianza y superación. Es la clave para averiguar que la vida de la generación McFly está marcada por un destino incontinente, que viene muy bien para acentuar esa historia emocional del dilema moral que pone a “Doc” Brown en la tesitura de abandonar su vida en 1985 para quedarse en 1885.
‘Regreso al futuro III’ deja una sensación agridulce. En su época decepcionó enormemente, pero bien es cierto que despierta cierto cariño entre los más allegados a la aventura temporal de la saga. Se trata de un ‘western’ rebelde y simpático, que desobedece todos los códigos del género, curiosamente subvirtiéndolos con cierta nostalgia (hay persecuciones a caballo, el asalto a un tren, conflictos comunitarios, un sheriff y, por supuesto, un duelo a muerte), haciendo de su trama otra nueva muestra de caos. Zemeckis lo hace conscientemente, no sólo rodando varias secuencias en Monument Valley, donde John Ford rodó sus mejores y más recordados westerns y en Sonora, desierto que han visto clásicos del Oeste como ‘Duelo al sol’, de King Vidor o ‘Sólo ante el peligro’, de Fred Zinnemann, sino también aportando cierta dosis de clasicismo en su forma de dirigir, en su voluntaria sumisión a mitos del género como la inercia de Marty McFly a llamarse Clint Eastwood, así como a ese sincero y emotivo guiño a Sergio Leone copiando la táctica del duelo del Hombre sin Nombre interpretado por Eastwood de ‘Por un puñado de dólares’ o la reunión de viejas glorias en el Saloon con nombres clásicos del género como Pat Buttram, Harry Carey Jr. y Dub Taylor.
Es, en definitiva, una cinta infrecuente donde convive el ‘western’, la ciencia-ficción y la comedia, tan entretenida y coherente como fallida al carecer de muchas dimensiones que tiene su apogeo en sus precedentes. ‘Regreso al futuro Parte III’ es la que menos beneficia en comparaciones. Es irrebatible, pero eso no resta sus méritos, sus ganas de diversión y apetencia por no perder ese festón vital y optimista, con el DeLorean destruido y suplantado por tren Sierra Railroad que metaforiza las aspiraciones utópicas de Julio Verne con la familia de “Doc” Brown sumergidos en nuevas e inimaginables aventuras.
Esa conclusión se encamina hacia genuflexión de la platea, despidiendo una parte de nuestra adolescencia, asistiendo a la que sería una sensación que jamás se volvería a sentir, el adiós a dos iconos que siempre acompañarían nuestros recuerdos, unidos eternamente a la imaginería que Zemeckis logró establecer como un símbolo eterno con una trilogía que conserva su atractivo, amparada en la emoción y la pleitesía que sigue despertando en las venideras generaciones tan difíciles de sorprender. Al fin y al cabo, esa matrícula con la palabra OUTATIME volteando sobre sí misma bajo las marcas de fuego de la maquina del tiempo ya ha quedado en nuestra memoria y será imposible que dejamos de lado tantos buenos instantes.
La Trilogía, como cómputo unitario, mantiene el secreto de aquello que ambicionan los ‘blockbuster’ actuales, sin lustre, anémicos de esa exhalación de entusiasmo y brillantez que despliega la referencial primera parte de la saga y, en menos y paulatina medida, sus dos secuelas. ‘Regreso al futuro’ ha revalorizado su tasación a lo largo de los años. Y sigue siendo algo irónico que, para una película sobre los viajes en el tiempo, aún hoy en día siga siendo atemporal y logre rebatir la frase de “Doc”: “eso ya pertenece al pasado”.