martes, 15 de septiembre de 2015

El Toro de la Vega por el Toro de Falaris

Como cada año por estas fechas se levanta una agría polémica en torno a esa infame tradición taurina que viene siendo el Toro de la Vega que se celebra (o más bien se perpetra) en la localidad vallisoletana de Tordesillas. Un esperpéntico despropósito que desoye e infringe los códigos de la evolución lógica de la sociedad avanzada llevándolos a un estrato retrógrado, renegando del raciocinio con la misma estulticia con la que muchos defienden un acto absurdo e insostenible. Hablan de cultura, cuando cualquier festejo taurino no lo es. Ni lo ha sido, ni lo será jamás. Confunden tradiciones con un patrimonio histórico caduco de humanos convertidos en bestias amparados por la complicidad interesada de la Junta de Castilla y León y los partidos políticos que, lejos de prohibirla, continúan subvencionando todo tipo de irracionales matanzas para el deleite de ese voraz público descerebrado abandonado a su insensible engaño.
Estamos en el siglo XXI y por mucho que los valedores de estas sanguinarias fiestas se amparen en la antigüedad de un injusto torneo entre decenas de jinetes y bárbaros armados con picas rodeando a un toro a campo abierto alanceándole hasta que muere simbolizan el estancamiento moral y humano llevado a unos límites de sadismo que deben ser considerados como repugnantes. Para todos aquéllos que se escuden en los ritos ancestrales y valiéndose de sus mismos argumentos ¿Qué les parecería la hipotética sustitución del Toro de la Vega por el Toro de Falaris? Se trata de una antiquísima tortura que proviene de unos 550 años antes de que naciera Cristo, instituida por un tirano de Akragas que da nombre a tan espeluznante invento y que Aristóteles ya mencionó en alguno de sus escritos.
Se trataba de una efigie con forma bovina obrada con cobre que contaba con una escotilla por donde se introducían a las víctimas destinadas a una tortura que se supone inhumana, ya que debajo de la figura numerosas brasas lograban calentar el artefacto a más de cuatrocientos grados centígrados, haciendo hervir la sangre de los sacrificados. Los gritos desgarrados que provenían del interior emergían por la boca del toro como un mugido ensordecedor. Atendiendo a las tradiciones, esta sería una de las muchas que podrían servir de sucedáneo por su concepto taurino invirtiendo los factores e introduciendo algún vecino ganador de años anteriores del bochornoso acto de violencia. Todos saldrían contentos. Los animalistas y los propios animales, librados de una batalla perdida. Los turresilanos verían así saciada esa justificada barbarie atroz que viene incurriendo como ejercicio de una brutalidad inclemente y sin castigo.
Es una idea absurda y tremenda ¿verdad? Pues como el mismo hecho de la celebración de esta mañana ha acabado con la vida de Rompesuelas, ese animal con un destino dictado por unos cuantos reaccionarios y bárbaros de un pueblo salpicado por la ignominia de una tradición que empaña sus virtudes y bondades.