lunes, 31 de agosto de 2015

Wes Craven, adiós al maestro del terror

(1939-2015)
Aunque no es una historia oficial, más allá de lo apócrifo de ésta, Wes Craven comentó en múltiples ocasiones que Freddy Krueger, una de sus más célebres criaturas y la que le proporcionó uno de sus éxitos más recordados, fue inspirada por el brasileño Jose Mojica Marins y su oscuro Zé do Caixão, insinuando que aquellas inmensas uñas fueron el origen al diseñar las afiladas garras del asesino de sueños con el rostro quemado. Una anécdota que da cuenta de las influencias del cine de terror más allá de lo habitual en el cine norteamericano, porque si algo caracterizó al realizador de Cleveland fue una inusual pasión por la genealogía del terror en todas sus vertientes y que acabó por transformarle en uno de los más destacados realizadores de una venerada generación de maestros del cine sangriento como George A. Romero, Tobe Hooper, Joe Dante, Sean S. Cunningham, John Carpenter, Larry Cohen, Bob Clark, Don Coscarelli o William Lustig, entre muchos otros.
Craven ha fallecido a los 76 años esta pasada madrugada y deja un legado de películas de terror a las que confirió una personalidad fílmica que comenzó desde su primera película ‘La última casa a la izquierda’, revocando cualquier metodología tradicional para proponer una especie de documental que brutalizaba sus objetivos violentos con tintes realistas al rechazar cualquier complacencia en la ambigüedad moral y salvaje deshumanización que vertebran el filme, dejando un poso metafórico de ironía frente a las preocupaciones de la época, de la contracultura, del ‘hippismo’, de la guerra de Vietnam… que tuvieron su continuación en ‘Las colinas tienen ojos’, el terror psicológico de ‘Las dos caras de Julia’, el fanatismo religioso ‘Bendición Mortal’ o la adaptación del cómic ‘La cosa del pantano’, que precedieron el inicio de la saga ‘blockbuster’ que hizo de Craven el maestro del terror consolidado dentro del cine comercial de los 80. ‘Pesadilla en Elm Street’, subversión del cine juvenil llevado a unas posibilidades oníricas de inventiva perversa para llevar a cabo la venganza de ultratumba, generaron un carismático icono cinematográfico inmortal: el eterno Freddy Krueger.
Con una narrativa que constituye su máxima como cineasta, se convirtió en un referente y relativizó el éxito de la película para seguir indagando en otros aspectos y ámbitos terroríficos como en ‘Shocker, 10.000 voltios de terror’, ‘La serpiente y el arco iris’ o ‘El sótano del miedo’ que supondrían una especie de inmersión en las claves de su propia visión del género con alternativas que no satisficieron las expectativas comerciales (reforzando su polifacética figura con la serie televisiva ‘Más allá de los límites de la realidad’) y provocaron su regreso a la saga pesadillesca cuando Krueger había agotado su presencia cayendo en todo tipo de caricaturas. ‘La nueva pesadilla de Wes Craven’ era un juego que alternó realidad y ficción y que descompuso el mito para erigirlo y dignificar la representación icónica en la memoria del aficionado.
Tras el traspié al incidir en un nuevo rumbo hacia la comedia de tintes terroríficos con la fallida ‘Un vampiro suelto en Brooklyn’ que no logró resucitó el potencial cómico de una estrella en declive como Eddie Murphy, Craven encuentró en Kevin Williamson el aliado perfecto para revolucionar el cine de género de los 90 con las saga ‘Scream’, que fomentó no sólo una reformulación conceptual del cine de terror, sino la satirización de las reglas del ‘slasher’ para parodiar desde la inteligencia una normativa comercial de los éxitos de esta raigambre, desde la fiebre por las secuelas, la vulgarización de los ‘remakes’ y la recaída de calcos cuando un producto se convierte en un taquillazo. Una obra de ingenio y diversión que abogó por los cauces del respeto que sólo podía encontrar en Craven el guía de un cine capaz de retroalimentarse de su propia obra, además de ofrendar un autohomenaje que sirve de base para nuevas generaciones. Algunas de sus últimas obras como ‘Vuelo nocturno’, el drama lacrimógeno ‘Música del corazón’, ‘La maldición (Cursed)’ o ‘Almas condenadas’ no deben empañar ni menoscabar la trayectoria de un director influyente que desde su aporte marginal logró reinventarse a sí mismo una y otra vez mediante el reciclaje de temática muy apegada a un sarcasmo de violenta y desagarrada contundencia que definió su ambición al abrir nuevos caminos dentro del género: “no se trata sólo de que la gente quiere tener miedo. Se trata de que la gente sienta el miedo”.
Se ha ido un maestro de maestros.