jueves, 27 de agosto de 2015

La barba más allá de espurias modas

"No cortaréis en redondo el borde de vuestras cabezas ni dañaréis la punta de vuestra barba".
(Levítico,19:27-28).
Para muchos, la barba es una cuestión de moda, una corriente estética inventada por las revistas que han creado etiquetas de lo más rimbombante y absurdo y que, curiosamente, mucha gente asume y ostenta bajo estúpidos designios; ‘hipsters’, ‘lumbersexual’, ‘leñasexual’ o la cuestionable nueva acepción ‘merman’, para aquéllos descerebrados que se tiñen de colores llamativos el pelo y sus frondosas barbas. Sin embargo, más allá de una ambición ‘trendsetter’, el hecho de llevar barba como signo de identidad constituye una tradición de siglos en algunos hombres que veneran como parte de su personalidad y abogan por la dejación de la hojilla y el afeitado a favor del crecimiento de los folículos pilosos en el rostro. Lejos del ‘lifestyle’ transitorio, es muy dudoso que gente en la historia como Jesucristo, Santa Claus, El Cid, Grigori Rasputin, Charles Darwin, Charles Dickens, Karl Marx, Fidel Castro, Stanley Kubrick, Steven Spielberg, Alan Moore, Osama Bin Laden, los ZZ Top o James Harden lucieran este distintivo en forma de crin facial como una corriente estética para estar a la moda de su tiempo.
En torno a este vestigio estético se han erigido diversas supersticiones y relatos, como la atribución de sabiduría y respetabilidad, de potencia o impotencia sexual, de estatus social, de falta de higiene, de excentricidad o de compromiso religioso. Por ejemplo, los egipcios eran acérrimos enemigos de la barba, enfrentados a los semitas de Babilonia y Mesopotamia o a los hebreos, que lucían unas barbazas del quince. También se cuenta que es una demostración de fortaleza del sistema inmune que afianza cierta potestad subjetiva que pugna contra esa no demostración aparición de ácaros y parásitos. La historiografía de la barba pasa de la devoción por este uso fisonómico hasta la demonización que apuntaba que este hecho era un signo de decadencia.
Hay quien dice que los hombres con barba tienen menos probabilidad de casarse y que, normalmente, ejercen profesiones en las que no se exige buena presencia. Incluso hay estudios falseados que apuntan a que los barbudos tienen un mayor riesgo de derrames cerebrales o infartos de miocardio producidas por concentraciones de hormonas sexuales circulantes en el cuerpo que podrían influir en el proceso de formación del ateroma, una placa de grasa que se deposita en las arterias. Todos los tópicos que abogan por el progresismo de las barbas, aquellas tendencias que denotan un prototipo de capacidad intelectual o de dejadez siguen siendo pura apología de extraña inventiva acerca de este estilo masculino.
En mi caso tampoco responde a un acto de simbolismo que aluda a un plus de agresividad, aparente madurez, de ningún tipo de estatus social y menos de una moda. Más de dos décadas trasquilando mi barba, unas veces pulcra y otra más abandonada a su suerte, no responde tampoco a ciertos modelos de jerarquía o multitud de categorías que definan ningún estilo dentro de esa tendencia de desambiguación que comenzó en la Francia del reinado de los Valois y que inundan las revistas de moda masculina de peluquería.
Simplemente, ha pasado a formar parte de mi vida y de mi personalidad desde hace tanto, que no recuerdo cuál fue la primera vez que emergió como parte de mi imagen. En mi caso particular, valedor durante de años de esta afinidad capilar, he encontrado un reconfortante y poderoso afianzamiento en mi rutina y doctrina estética de vellosidad fisonómica. Se trata, nada menos, que la indescriptible complacencia descubierta en que tu hijo de casi cuatro meses se interese por ella y te estire entre risas y curiosidad. Sólo por ese hecho, merece la pena el empeño de su incontestable perpetuidad.
¡Larga vida a la barba!