miércoles, 19 de agosto de 2015

El Athletic y la Supercopa, un título 31 años después

Siendo coherentes, llevados por la dictadura de la lógica, hasta los athleticzales más puristas y esperanzados sabíamos que esa Supercopa se antojaba, como poco, como una misión poco menos que imposible. Después de perder otra Copa del Rey recientemente contra el mejor Barça de los últimos años, nada hacía prever que el destino tuviera reservada al equipo del Botxo esa sorpresa en forma de regalo y reencuentro con las mieles históricas que suponen la consecución de un título menor, sí, pero también de un título oficial. Tras el primer e inesperado resultado que diluía las opciones reales de un superequipo venido a menos, en Bilbao se despertó el optimismo y se reivindicó la grandeza de ese símbolo que va más allá del fútbol. De repente, toda contención frustrada tras años de dolorosas derrotas, encontraba su culmen de la pasión en un fútbol de choque que hizo que los de Luis Enrique hincaran la rodilla antes de tiempo ante el asombro de propios y extraños. Era la hora de desempolvar lo tangible del sueño zurigorri.
Desde el doblete de Liga y Copa de la temporada 1983-1984, al que se sumó la Supercopa adjudicada entonces al club rojiblanco de manera automática como vencedor de ambas competiciones, se podía sumar otra copa a las vitrinas de San Mamés ¿Cómo aquél entonces era necesario jugar este partido? No hay debate al respecto. Atendiendo a cuestiones publicitarias y advirtiendo que el fútbol actual responde únicamente a un espectro económico, era de recibo pelear por ello. La historia casi dejaba sentenciada la eliminatoria después de ese 4-0 que suponía, no sólo la mayor goleada encajada por este Barça de la última temporada en cualquier competición, sino que igualaba tan abultado marcador en esta competición (igualando el resultado del Real Sociedad-Real Madrid en 1982 y el F.C.Barcelona-Sevilla hace cinco años) y dejaba al club catalán sin la opción de hacer pleno en todas las competiciones y finales disputadas.
Esa ideología que parece desgastada a fuerza de repetirla, de los once aldeanos, la del sentimiento común más allá del deporte, del sentimiento arraigado a un sentido de pertenencia a un gran club que se lleva dentro, estaba a punto de escribir una nueva página para la Historia. Es reiterativo, cierto, pero no por ello de ser una verdad como un templo. Los muchos desengaños de esa gente que sueña con ver a su equipo levantar una copa después de más de tres décadas llegaba a su fin cuando Aritz Aduriz asestó el gol del empate en el minuto 74 de un partido de vuelta que algunos quieren ver como polémico y controvertible, pero que con el reglamento en la mano no excusa a Gerard Piqué para insultar gravemente al juez de línea y querer hacer ver cualquier signo de injusticia valdía.
El 20 rojiblanco es el único delantero desde mayo de 2005 (en aquélla ocasión Diego Forlán en las filas del Villarreal) que logra encajar al todopoderoso titán de la ciudad condal un ‘hat-trick’. En ninguna otra competición, ningún artillero ha sido capaz de conseguir la gesta. Aduriz ha sido el valedor de este torneo a dos partidos, la luz de un equipo que sigue los pasos de un delantero que lucha contra el paso de los años evidenciando una imposible evolución física y mental sin parangón. No hay debate posible. El Athletic fue mejor en los dos partidos y es justo merecedor del trofeo. La deuda futbolística para con el Athletic se había saldado de forma imprevista. Como en un sueño, la evocación de los mejores años se había vuelto a instaurar en un club que no ha dejado de luchar y llegar a finales en los últimos años. Por fin se podía escuchar ese desgarrador grito de “Campeones” que resonó desde el Camp Nou hasta el rincón más recóndito de Bizkaia.
El consuelo de las nuevas generaciones tiene una recompensa en un título que muchos otorgaban al rival, a la omnipotente multinacional del fútbol, antes de tiempo. Se dice que en el mundo del fútbol siempre existe una probabilidad para la sorpresa, por muy incierta que ésta parezca. Y el pasado viernes se produjo. El trasunto futbolístico del club rojiblanco añadía una nueva muesca a su palmarés y, en un instante, ya no hacía falta mirar al pretérito histórico para ver cómo un capitán levantaba un trofeo. Cuando Carlos Gurpegi alzó la Supercopa, todos los fantasmas parecieron disgregar la maldición de las finales. Y lo que es más importante, asumiendo con esperanza el futuro de una generación de jugadores (de los que sólo tres habían nacido antes del doblete del 84) que mira hacia delante con la solvencia férrea y la precisión de un concepto futbolístico con la que los leones han sabido identificarse en la convicción de interiorizar un aspecto ganador que han sabido insuflar, primero Joaquín Caparrós, después Marcelo Bielsa y ahora en el representativo mandato de un Ernesto Valverde, una ilusión que convida a la certidumbre de continuar disfrutando de grandes sorpresas.
Quizá a partir de este nuevo triunfo se llegue a encontrar la seguridad necesaria para ir recuperando la confianza y asumir, como siempre ha sido realidad, que el Athletic es un club más grande, diferente y único que ningún otro, siempre en pugna contra el resto del fútbol. Los miles de chavales seguidores del club (entre los que espero que esté mi hijo) ya tienen una instantánea para el recuerdo sin necesidad de escuchar hazañas de padres y abuelos. La celebración multitudinaria superó las expectativas de una ciudad volcada con su equipo, con su filosofía y sus colores. Ésa es la lectura más importante que hay que consumar después de la efímera gloria del lunes.
La Gabarra tendrá que esperar. No era la hora. Sin embargo, todos los que llevamos al Athletic en el corazón tenemos la certeza de que antes o después, la célebre embarcación icono de las conquistas rojiblancas surcará el Nervión anunciando otros logros mayores. Esta Supercopa es un punto y seguido. Y a buen seguro que las vitrinas de una parroquia que nunca deja de alentar a su equipo, por muy mal que vayan las cosas, sumará más títulos.
Hasta entonces, los valores y la pasión despertada por este equipo seguirán identificando su escudo con la salvaguardia de unas señas de identidad que defienden un estilo ajeno a la marabunta de intereses en la que se ha convertido el fútbol moderno. Y lo haremos esperando con humildad, desde la honestidad de esa idea que cohesiona el compromiso con la tradición, con el rugido del león y las bufandas al viento en la Catedral del fútbol.
GU GARA. Beti Zurekin.
SUPER TXAPELDUNAK!!