jueves, 28 de mayo de 2015

Review 'Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Road Fury)', de George Miller

El infierno sobre ruedas
Después de un paréntesis de más de tres décadas, regresa el futuro post-apocalíptico de gasolina y sangre en un filme que se asienta sobre los cimientos reconocibles de la saga añadiendo un trasfondo feminista y épico tan espectacular y excesivo como personal en cuanto a su sello de autor.
Cuando George Miller dirigió en 1979 ‘Mad Max. Salvajes de la autopista’ lo hizo en doce semanas y con un presupuesto muy ajustado (unos 350 000 dólares) para la exigencia de un filme ambicioso y bastante arriesgado. La inspiración llegó por la película de L.Q. Jones ‘2024: Apocalipsis nuclear (Un muchacho y su perro)’, la crisis del petróleo de 1973 en la que la OPEP que decidió no exportar combustible a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur y el “Super-Car Scare” de 1972, que concedió controvertibles homologaciones de versiones de coches para carreras construidos en Australia por General Motors-Holden, Ford Australia y Chrysler. Todos estos acontecimientos sirvieron de base para crear una película con aspiraciones de cinta de culto pero que pasaría a ser un éxito internacional sin precedentes.
Su historia de venganza sin ningún discurso de conciencia moral, su agresiva influencia 'punk' y ese fondo de cetrería humana con trasfondo de supervivencia en busca de sangre y gasolina fueron el detonante para que el trabajo de Miller traspasara fronteras y generara una saga inmortal. ‘Mad Max’ pasó a elevar a icono a ese policía llamado Max Rockatansky que, habiendo perdido la fe la sociedad, es incapaz de impedir que el mundo se derrumbe en espiral hacia la destrucción. Con la muerte de su familia y una hecatombe cuyo origen no se esclarecería en sus dos secuelas, la franquicia ha pervivido en la memoria hasta este 2015, año en el que se abre un nuevo paréntesis, pasadas más de tres décadas.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ no es la continuación lógica de sus antecesoras, sino que recoge ese páramo distópico gobernado por deshumanizados seres con tendencias sádicas en un territorio sin ley. El contexto de esta nueva superproducción se sigue fijando en ciudad descentralizada y autárquica en medio de la nada, poblada por bandas de crueles merodeadores. La catástrofe global es vagamente sugerida por unas pinceladas y unas pocas imágenes de devastación. Una poderosa voz en Off emprende la aventura con un personaje reconocible, Max, el mismo hombre con distinto rostro (Tom Hardy por Mel Gibson). “Mi nombre es Max, mi mundo es fuego y sangre” son sus primeras palabras. Mientras, vemos es el V8 Interceptor, el reconocible y anacrónico coche de sus predecesoras y la infructuosa huida del protagonista ante los “Chicos de la Guerra”. El (anti)héroe, que continúa siendo un nómada que vive para sí mismo con la única doctrina de la supervivencia, se ve inmerso una Ciudadela construida en un valle de piedra gobernada por Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne), un villano con total control sobre el combustible, el agua y leche materna para contrarrestar los efectos de las radiaciones que tiene sometida a la población y esclavizado a todo un ejército.
“Yo vivo, muero y vivo de nuevo” manifiesta ante la famélica multitud que le idolatra y espera algo de agua para subsistir. La acción arranca cuando Imperator Furiosa (Charlize Theron) traiciona a este dueño y señor del destino de sus súbditos al escapar con su harén de cinco esposas (Zoë Kravitz, Rosie Huntington-Whiteley, Riley Keough, Abbey Lee y Courtney Eaton), todas ellas hermosas concubinas dotadas y fértiles para prolongar su legado con un heredero perfecto. En su huida, Max, junto a Nux, un chico de la guerra sublevado (Nicholas Hoult), ayudarán a liberar a esta caravana de mujeres en dirección a la Tierra Verde, un antiguo páramo con esperanza de vida. Sin embargo, el tirano señor de la guerra emprenderá una implacable persecución para recuperar su propiedad con la ayuda de algunos de los más temibles opresores que acompañarán al malvado Immortan Joe en su caza sobre ruedas.
El espíritu del ‘Ozploitation’
George Miller rehabilita el espectro contextual de ese apocalipsis abstracto dentro de un futuro árido de páramos desérticos y dunas sinuosas, orquestando un mundo inhumano con personajes llevados por los instintos más primarios de supervivencia, asemejándolo a un cuadro de El Bosco, con estética acre de desazón anticipatoria. Miller regresa al género de acción con gran inspiración a la hora de poner en imágenes un frenesí que supura acción sin límite, mostrada casi a la velocidad a la que circula la aniquilación moral y espiritual que vertebra la tetralogía. Si hay algo que galvaniza la sustancia de la saga y que alcanza aquí su cota más apoteósica, es el ritmo infernal que propone la cinta. Sin levantar el pie del acelerador, la cadencia parece estar poseída por un denuedo de poder visceral tan sugestivo como agresivo, plagando sus secuencias de acción con acrobacias de cámara a alta velocidad, como una iracunda montaña rusa que incluso en los escasos instantes de calma dramática se percibe una percepción de inminencia con nuevos impactos de intimidación motorizada.
Es evidente que no hay mucho espacio para el diálogo, ya que la palabra se establece a través de la acción sin freno. Miller y sus co-escritores, el autor de cómics Brendan McCarthy y Nico Lathouris, prefieren delimitar el contexto y los personajes a una rápida descripción, sin necesidad que interiorizar ningún tipo de motivaciones e itinerarios sujetos a dictámenes argumentales. Estamos ante una larga persecución de un camión a golpe de rugido de motor que busca un objetivo y una horda de perseguidores sin rostro. Lo que importa de verdad es el ‘tour de force’ de solidez cinética en el que no falta la demostración de acrobacias coreográficas, la velocidad y los encontronazos.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ es una película que no elucida sobre preguntas relacionadas con los personajes pretéritos que asolan la conciencia de Max, ni el significado etéreo del Valhalla, ni porqué Furiosa perdió su brazo izquierdo, ni por qué la Tierra Verde ahora está poblada por figuras grises que caminan con zancos sobre el lodo y pervive en la oscuridad plagada de cuervos. El guión no acude a la justificación para describir esa titánica cacería humana ante el chirriante rugido de motores, si no que escudriña sutilmente ese espíritu del ‘Ozploitation’ que articulara un poco conocido género australiano de finales de los 70 y principios de los 80. La gran baza es su aparente sencillez, porque bajo esa especie de ‘freakshow’ con un exceso de ingredientes que rozan lo surreal y lo grotesco (el guitarrista eléctrico colgado a modo de marioneta o la percusión que acompaña los ataques), se esconde un extraño halo de película de autor, tan personal como identificativa.
Y lo hace sin perder la esperada exposición de elementos identificativos de la franquicia; desde la brutalidad, la suciedad, el humor de trazo grueso de las antípodas, los ‘rust buckets’ tuneados o los ‘hot-rods’ imposibles, guerreros kamikazes, gladiadores ‘thrash metal’ y espeluznantes villanos definen una sobredosis de acción trepidante y sangrienta dentro de un imaginario resuelto con una brillantez fuera de toda duda en cuanto a su planificación, casi instintiva, que agradece un montaje que funciona como un mecanismo visual perfecto gracias al trabajo de la esposa de Miller, Margaret Sixel. A ello hay que sumar la luminosa tonalidad visual que John Seale propone con la violenta belleza de sus planos, aprovechando la luz natural de desierto de Namibia, con sus tonos anaranjados y ocres que se confrontan con varias secuencias de “noche americana”, así como la enfurecida música de Tom Holkenborg (o Junkie XL)  y la autenticidad de todo lo que desfila en pantalla, en la que Miller ha restringido el CGI apoyándose en vehículos y escenarios reales, lo que le confiere a la cinta un horizonte de poética esterilidad.
El factor femenino contra el nihilismo futurista
Esa aparente sencillez encubre, sin embargo, un planteamiento ideológico en forma de discurso crítico con los totalitarismos reales disfrazados de democracias que subsisten más que nunca en nuestra actualidad . En la Ciudadela de Immortan Joe las vidas de las personas son comparables a un simple sedante biocombustible o como mero ganado. Este autoimpuesto profeta de autoridad divinizada gobierna a un reducto de trastornados prosélitos que guardan cierto parecido a fanáticos grupúsculos religiosos que anhelan ser recompensados en otro mundo y que no es difícil equiparar a algún otro fundamentalismo religioso que está apegado a nuestra realidad. En un mundo sin esperanza, donde se refuta toda forma de libertad, el legado de desafuero totalitario requiere de nuevas vidas perfectas cultivadas en el odio y el patriarcado con un único objetivo: el continuismo del bienestar del sector tiránico a costa de personas oprimidas en beneficio de sólo unos cuantos privilegiados.
El poder de los patronos rige el destino de las vidas sin futuro de esta distopía que mantiene el fondo nihilista de locura tribal que envuelve toda la saga. Salvo por una excepción radical en cuanto al signo hormonal de ésta. Y es que ‘Mad Max: Furia en la carretera’ revaloriza el papel de la mujer como factor preponderante de este nuevo mundo futuro, con una proclama feminista que responde a una actitud de cambio, puesto que son ellas las que tratan de establecer las bases de una humanidad perdida en contraposición de la barbarie inhumana masculina. Tanto Imperator Furiosa como el resto de las jóvenes representan esa fuerza civilizadora, preocupadas por la fecundidad no sólo en un ámbito humano, sino natural, como signo de vida frente a la muerte. Si en sus precedentes, se revelaba un mundo posnuclear hecho trizas regido por un fiero machismo, en esta ocasión Max deja a un lado su pesimista filosofía de vida (“la esperanza es un error” confiesa en un instante del filme) para variar en su discurso con la certeza de que ese grupo de mujeres pueden abanderar una revolución hacia una expectativa de subsistencia optimista, sin dejar que la renuncia acabe con sus vidas en una huida hacia la nada. Por eso, Furiosa esquematiza ese valor de cambio en Max, que entiende que salvando su vida y la de las demás también tendrá su cuota de exoneración.
Ese esperanzador ‘happy end’ conlleva un mensaje instaurado en la idealización de la utopía, donde se constata un cambio insurrecto sólo cuando se muestra el cuerpo del líder inerte y abatido, desposeído de la iconografía mística y feroz que enmascara a un hombre enfermo, que supura enfermedad y lleva un respirador artificial para mantenerse con vida. El resquicio de esperanza para la especie humana se traduce en la construcción de un modelo de equilibrio social igualitario. Lo femenino generador de vida contra lo masculino devastador. Los roles de Hardy y Theron son almas gemelas que responden a un corte conceptual similar dentro de su designio como personajes, que no es otro que la búsqueda de la redención, asumiendo que la huida no es más que un subterfugio para soslayar la necesidad de heroicidad y enfrentamiento a sus fantasmas. Y, con ello, afrontan la lucha ante Immortan Joe y sus secuaces. Salvo por una pequeña diferencia; Max no es más que el brazo que le falta a Imperator Furiosa. Ella es la auténtica protagonista y los ojos del espectador respecto a la historia.
Un ‘blockbuster’ diferente
Llegados a este punto, es inevitable pensar qué hubiera sido de este ‘power up’ (que no ‘reboot’) con un Mel Gibson en el personaje que le dio la fama, ese Rockatansky arcaico y ceñudo, transformado en un personaje legendario inmerso en una última hazaña de este calibre. Habría sido un retorno al primer nivel de uno de los actores imprescindibles para entender el cine contemporáneo. Una lástima que Miller y Gibson no hayan satisfecho el deseo de los nostálgicos, pero Miller sabe que con la nostalgia como enemigo, ‘Mad Max: Furia en la carretera’ no hubiera sido posible. De aquello queda esa pequeña pieza de caja de música que aparecía en ‘Mad Max 2: El guerrero de la carretera’, como otra de las muchísimas e imperceptibles referencias que van apareciendo silenciosas en pantalla. Tom Hardy no desmerece en absoluto el carisma agreste de ese conductor silencioso y Charlize Theron compone con certeza uno de sus mejores y más complejos roles.
Lo que nos queda es una película desafiante, furibunda, a veces delirante… una experiencia cinematográfica que atribuye un golpe de desfibrilador al cine comercial actual. Dos horas de persecuciones espectaculares y caóticas a través de esa estepa sin esperanza que Miller ha logrado familiarizar con el espectador y alejarse de ella para entregar una nueva aventura a aquel que acuda ajeno a sus antepasados. Como un homenaje deformado de ‘La diligencia’, de John Ford o de ‘Raíces profundas’, de George Stevens, la nueva y alucinógena entrega de Miller es un ‘western’ futurista que renuncia con reciedumbre a admitir los métodos y los códigos propios del género. Con una pulsión operística cimentada en la energía y adrenalina, esta cuarta parte de ‘Mad Max' es una orgía destructiva de un caos de poderosa sugestión, una espectacular experiencia visual de alto octanaje con el genuino sabor de un cine perdido. Tras una larga espera de treinta años, el regusto por los viejos clásicos con aroma de modernidad ha conseguido ir mucho más allá del mero ‘blockbuster’ de acción pre-veraniego. Veremos si este continuismo perpetúa e incrementa la leyenda o afecta negativamente a la saga, como vienen sucediendo con otras muchas franquicias recuperadas del pasado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015