martes, 21 de abril de 2015

Palabras

Últimamente no hablo mucho. Es un problema, porque siempre he sido un orador compulsivo, un contador de historias, un hombre de palabras. Y ante tal inconveniente, decidí ir al médico.
Doctor ¿qué me pasa?
Tras una inspección rutinaria y una polipectomía virtual a través de los problemas de los nuevos modelos de relación a través de la red, me recetó una buena dosis de palabras. Palabras de tonelaje etimológico. Nada de palabras banales.
¿Sólo palabras?
También un poco de saber escuchar y meditar.
He leído cosas al respecto, acerca de importancia terapéutica de la palabra. Según algunas teorías, las palabras tienen un potencial beneficioso para la salud. Es bueno hablarle a las plantas, dialogar frente al espejo, atender a los interlocutores y mostrarse abierto al diálogo. Y es cierto. Me siento más sociable. Cuando abro el frigorífico departo sobre cuestiones de actualidad con la leche del desayuno mientras ambos leemos el periódico, charlo distendidamente con los alimentos mientras cocino, tengo alguna que otra disputa con la ropa al sacarla de la lavadora... Incluso una vez me descubrí leyendo un libro en alto, con sus palabras formando frases con un sentido absoluto. Desde entonces, con el único que no hablo es con el monitor del ordenador. El teclado tampoco me cae muy bien, aunque tenga que utilizarlo para escribir estas palabras, narradas en alto y, por supuesto, parloteando con una lata de cerveza en el transcurso. Las palabras ayudan a la concordia y al entendimiento. O eso es lo que me digo a mí mismo.