martes, 17 de febrero de 2015

Y llegaron los 40 y… ¿qué crisis?

He cumplido los cuarenta, cuatro décadas, el XL… Lo que se dice media vida. Vamos, que tengo ya una edad ¿Y ahora qué? Pues nada del otro mundo. No existen respuestas que diluciden una solución a la negación de la lógica de cumplir años. Un año más es un año más. Así de simple. Descifrar el sentido de tanto tiempo y vivencias hacinadas en una vida supone, de entrada, establecer un valor relevante a un simple número considerado, porque así lo ha dicho algún lumbreras o estudio psicológico de medio pelo, que debe afectar al modo de cumplirlo. Y eso… queridos amigos, es un coñazo tremendo. Lo primero es asumir que estás más cerca del hoyo, se tiene más pelo en el rostro que en la cabeza, empieza a aflorar pelaje en zonas de tu cuerpo insospechadas y se descuelgan las gónadas. Esto es así. Sin embargo, hay algo fundamental que es naturalizar tal circunstancia. Debemos que ser conscientes de las consecuencias del paso del tiempo y hay que dejar a un lado esos estúpidos consejos de revista de peluquería que intentan orientar tu vida porque ni la edad te cambia las perspectivas o la forma de enfocar las cosas en tu día a día.
Con cuarenta palazos te dirán que hay que gestionar un balance sobre lo más positivo, procurando desestigmatizar todo lo negativo hacia una actitud más adulta. Lo han designado como “crisis de mitad de la vida” ¿Crisis? Crisis no es cumplir años, no. Crisis es ver como unos cuantos hijos de puta están hundiendo este país y las esperanzas de sus ciudadanos. Yo no quiero replantearme la vida porque sé perfectamente cuáles son mis prioridades y objetivos. Otra cosa es muy diferente que tenga la oportunidad de llevarlos a cabo. Pero seguiré luchando por ello; tenga veinte, cuarenta o setenta años. Maduramos con los daños, no con los años. Tenemos que ser conscientes de esta gran verdad. La ansiedad y la insatisfacción no deben ser la excusa y el motivo para sentirse mayor. O no querer serlo, tampoco. El natural proceso de envejecimiento decreta algo tan simple como seguir caminando en la vida y tener la oportunidad de disfrutar de lo que hay y de lo que vendrá, echando alguna miradita de reojo hacia el pasado y dejarse embargar por la nostalgia. También se dice que pasados los cuarenta comienza un paulatino declive creativo y de productividad que se supone que va aquejando a los que nos dedicamos a escribir o cualquier otra disciplina artística. Chorradas.
Te obligan a un constante e imperceptible estado de cuestionamiento de las cosas ¿Por qué? Pues os digo algo: ni no lo sé, ni me interesa. Obviamente, nadie con dos dedos de frente, llegados a esta edad se plantea como propósito hacerse un injerto de pelo, ir a un gimnasio, salir a ver en qué punto se encuentra su ‘sex appeal’ con el fin de echar una cana al aire, apuntarse a practicar algún deporte de riesgo, cambiar de estilo de vestir o comprarse un coche. Seguro que hay ‘monguers’ que, atendiendo a su autoestima, llevan a cabo algunas de estas pautas para reivindicar su ego y aceptar su edad. Son los mismos que se preguntan y convierten en suyos aquellos preceptos que leen: ¿Dilemas asociados a la edad? ¿Negación evolutiva de carácter físico o emocional? ¿Un cambio de perspectiva vital con nuevos retos? ¿Abordar nuevos objetivos o metas? ¿Conflictividad con el hecho de querer volver a los tiempos perdidos? ¿Existe una variación en los neurotransmisores relacionados con el bienestar como la serotonina o la dopamina? ¡JA!
Sinceramente, no sé qué va a pasar mañana, ni que es lo que haré. Haciendo oídos sordos al tiempo que pasa inexorablemente, mi rostro y mi alma parecen acompañarme en esta disputa ganada a la edad de forma efímera, asumiendo con coherencia que queda menos. Sin embargo, persisto en mi ideal de intentar disfrutar de todo pese a todo. Nunca he tenido ganas de tener una segunda juventud porque nunca he abandonado la primera. Según dicta la experiencia, no hay que sucumbir al paso del tiempo, ni dejarse consumir por él, ni que nos consuma. Es la ventaja de desconocer qué pasará con tu vida a corto plazo, que sigues siendo como aquel joven recién salido de la universidad preguntándose por el devenir de los acontecimientos. Sigo siendo una ridícula y pequeña historia errática dentro de una zozobra endémica, llena de obstáculos por superar, que admite lo reconfortante y sugestivo que es participar en este emocionante juego de misterios que es la vida. Y más si ello comporta un desconocimiento total del porvenir.
De forma inminente tendré que acatar un cambio de rol que exige una irrevocable transición biológica como es la paternidad y habrá que ajustar las prioridades necesarias a esa otra nueva vida que dependerá de mis decisiones y esfuerzos. Es la evolución personal en otro compromiso apasionante que contraigo con toda la emoción de una aventura de desafíos y pruebas. De momento, comenzaré a jugar desde cero con un nuevo aliado y amigo al que veré crecer y al que procuraré transmitirle ese pensamiento infantil e inocente que nunca hay que perder y que sigo como seña vital: por muy mal que vaya todo, siempre hay un motivo para sonreír y divertirse. Si no sabemos hacer prevalecer estos conceptos, estamos perdidos.
En definitiva, la crisis de los 40 no deja de ser una gilipollez que abraza una gran cantidad de tópicos establecidos de un modo falsamente homogéneo para definir un año concreto en el periodo de la vida de la gente. Yo, por el momento, voy a abrirme una cerveza sin pensar en los cuarenta. Es más, me voy a entregar al alborozo que requiere de una inquebrantable subordinación en la que no hay lugar para plantearse existencialismos y sí para celebrarlo con las personas que quieres, amigos y la familia.