domingo, 8 de febrero de 2015

XXIX Premios Goya: Una gala interminable y la sombra de la censura

Es paradójico que el mejor año en cuanto a cifras del cine español, evaluado en 123 millones de euros de recaudación y una cuota de mercado del 25,5% y 21 millones de espectadores que eligieron una cinta nacional, nos dejara, posiblemente, la gala más aburrida de los últimos años. Dani Rovira es el humorista y el actor de moda. Nadie lo va a negar. Su participación en la supertaquillera ‘8 apellidos vascos’ han disparado la presencia del andaluz y le ha otorgado un crédito que le hacían el candidato ideal para presentar un evento que requería de una renovación e impulso después del rácano espectáculo que supuso un siempre desafortunado Manel Fuentes.
Primer desacierto: hacer hincapié cada año en meter con calzador números musicales ¿Pero por qué? En esta ocasión, la voz de Ana Belén se vio acompañada por una comparsa que produjo una especie de karaoke colectivo del cine español repentino que bordeó el ridículo; Eduardo Noriega, Lolita, Hugo Silva, Fran Perea, Antonio Resines, Loles León, Miguel Poveda, Blanca Suárez, Asunción Balaguer… todos cantando en un popurrí que acabó con un ‘Resistiré’ cargado de simbología ante la presencia del infame ministro de cultura José Ignacio Wert, presente en el Centro de Convenciones y Congresos Príncipe Felipe. Minutos antes, el Ministro se vanaglorió de los buenos números del cine español este año, cuando es el principal artífice de ese 21% del IVA y de la luctuosa situación de la educación y crisis cultural del país.
Obviamente, Rovira comenzó su presentación recordándoselo con en su mejor ‘gag’ acerca de la gran cantidad de millones que el cine ha dejado a los “orcos del estado”. Obviamente, TVE evitó en su paupérrima realización mostrar el contraste del rostro del ministro cuando se le aludía y el ambiente generalizado. Algo que sucedió apenas en un par de planos (por no decir ninguno) seguramente por una imposición de guión censor y castrante con este tema. De hecho, ya se han hecho públicas las amenazas de la cadena pública con los presentadores que no se ajustaran al guión estricto para evitar cualquier aspecto crítico con el ministro o el Gobierno. Tan sólo Pedro Almodóvar, que despreció a la figura del mandatario con bastante poco tacto. “Amigos de la cultura y del cine español. Señor Wert, usted no está incluido”. Sin formas, pero con toda la razón del mundo. Igual que el tema pertinente al lazo naranja, que es otra jugada que demuestra hasta qué punto hemos llegado con la libertad de expresión.
Rovira quiso utilizar el arma que mejor delata su éxito: la naturalidad. Otra cosa es que sus intervenciones estuvieran a la altura de lo esperado. Al estar tan sujeto al guión, la cosa no fructificó. Muy mal su comienzo, dándole importancia a las películas favoritas de la noche y obviando a ‘Magical Girl’, destacando sólo su admiración por José Sacristán o especialmente al referido a ‘Loreak’, que fue bochornoso. Durante la gala, afianzó un humor críptico que descolocó a los invitados y telespectadores que asistieron atónitos a sus referencias a Jim Carrey, Mike Tyson, Magneto de los X-Men (se supone por un “parecido” entre sacristán e Ian McKellen, insisto, se supone), los ‘trailereses’, la altura de Javier Gutiérrez, Ryanair y sus chistes que siempre funcionan… menos cuando los contó él. Desastroso. Salió en calzoncillos, intentó elevar el nivel con humor sacado de monólogos, pero no fue posible. Es más, uno de sus escenas de humor fue ejemplarizar cómo se agradece un premio en menos de un minuto, pero cuando le tocó recoger el Goya al mejor actor revelación, no recordó su monólogo de guión y se pasó del tiempo establecido.
Un número de claqué incomprensible y fuera de lugar, una actuación de Poveda que convirtió la gala en un sucedáneo de ‘Murcia, qué hermosa eres’, el discurso de tres hojas del presidente de la academia González-Macho o el muy emotivo pero alargado de Antonio Banderas incrementaron la duración de la noche hasta límites insospechados. Por no hablar de ridículos sonrojantes como el de Álex O'Dogherty, que encendió las redes sociales e hizo que muchos espectadores se preguntaran estupefactos qué demonios estaba pasando. La ceremonia debía haber acabado a las 0:45. Cuando se entregó el Goya a la mejor película el reloj bordeaba las dos de la mañana. Una hora por encima de lo previsto. Con este dato, poco hay que comentar. Una de las galas más largas y más soporíferas que se recuerden. Parecía que la organización había aprendido de los errores, pero está visto que hay mucho que demostrar.
Respecto al palmarés, pocas sorpresas. Se esperaba que la mejor película de este año, ‘La isla mínima’, acaparaba el mayor número de premios, con diez estatuillas. Alberto Rodríguez subió dos veces, como ganador del mejor guión original junto a Rafael Cobos y como director. A ellos se unió Javier Gutiérrez, que ganó como mejor actor protagonista, Julio de la Rosa como mejor partitura original, Nerea Barros como actriz revelación y los correspondientes a mejor fotografía, dirección artística, montaje, vestuario y mejor película. ‘El Niño’, de Daniel Monzón, acumuló cuatro de las dieciséis candidaturas a las que optaba (dirección de producción, sonido, efectos especiales y canción) y ‘8 apellidos vascos’ tres a mejor actor revelación, Rovira y mejor actor y actriz de reparto, para Karra Elejalde y Carmen Machi respectivamente.
También ‘Relatos salvajes’ se llevó el esperado de mejor película iberoamericana, ‘Mortadelo y Filemón contra Jimmy, cachondo’ los correspondientes a mejor películas de animación y guión adaptado o Barbara Lennie que fue la única representante en la platea evitando que ‘Magical Girl’ se fuera de vacío. Emocionó un Banderas con un conmovedor discurso en el que recordó sus comienzos e hizo un repaso a su bagaje y trayectoria volcada en una vida de vocación y trabajo, sin olvidar lanzar mensajes acerca de la actual mediocridad en el arte y la necesidad de ayudar a los que empiezan para recuperar el empuje y dedicarle el premio a su hija Stella del Carmen. “Esta noche comienza la segunda parte del partido de mi vida” fueron sus últimas palabras. Y acabó con lágrimas en los ojos. Fue una de las imágenes de la noche, como que el actor malagueño compartiera butaca con la internacional Penélope Cruz, que fue la que entregó el premio más importante de la noche a ‘La isla mínima’, a unas horas intempestivas que hacen dudar del cambio de día de emisión de este sarao.
La gala retransmitida con cierta desidia por TVE ha logrado unos números envidiables de un 24,7 por ciento de cuota de pantalla en la noche del sábado. La cuestión es si un evento que dura innecesariamente casi cuatro horas (sin cortes publicitarios, recordémoslo), cambia su día de emisión por no coincidir con el fútbol dominguero o por tomarse la licencia de alargar su duración en función de una noche tan suculenta para el ‘prime time’ del fin de semana. La de ayer fue una gala adulterada por el control del guión, evidenciando un acto de censura de escándalo, así como la invisibilidad de los acontecimientos de los aledaños del Hotel Auditórium de Madrid relacionados con las protestas de los afectados por falta de tratamientos para la hepatitis C. Hace un año fueron los trabajadores de Coca-Cola afectados por el ERE, activistas de 'Stop Desahucios' y figurantes de cine mal pagados los que se aglutinaron en la misma ubicación.
Este año desde TVE pensaron que la llegada de los invitados sólo se retransmitiría desde dentro del recinto, haciendo opaca la molesta presencia de cualquier reivindicación, algo que se extendió dentro de una de las más sofocantes y extensas fiestas del cine español que tuvo su mejor momento cuando se dio por finalizada la entrega de los Goya ante el bostezo generalizado de un público que merece mucho más de este tipo de tinglados. En vez de una fiesta, lo de ayer pareció un castigo. Veremos qué sucede el año que viene, con el devenir de nuestro cine y con la próxima gala de los Goya.
LO MEJOR
- El abrazo de Almodóvar y Banderas para un discurso inolvidable por parte de una estrella tan cercana y querida como lo es el actor malagueño.
- Carlos Vermut, haciendo el gesto de Chiquito de la Calzada, tal vez en homenaje a Nacho Vigalondo que realizó el mismo ademán cuando fue nominado a los Oscars en 2004.
- La alegría desbordada de Marques-Marcet al recoger su Goya como mejor director novel por ’10.000 kilómetros’ mostrándose muy feliz de compartir compartir una generación de nuevos cineastas prometedores. Su forma de hablar, muy “o sea…”, le hizo convertirse inmediatamente en Trending Topic en Twitter.
- Javier Fesser, que ya demostró en los Premios Feroz que podría ser un candidato ideal a presentar un acontecimiento de este calado y salir airoso.
- La sugerente presencia de Blanca Suárez, Manuela Vellés, Bárbara Lennie, Aura Garrido...
- La inclusión especial en el agradecimiento de Carmen Machi a Amparo Baró.
- Los comentarios jocosos sobre barras libres y ‘Juego de Tronos’ que incentivó Massiel con su llegada a los Goya.
- Daniel Guzmán haciendo una pequeña y sutil crítica a la imposibilidad de improvisar en el guión, precisamente, improvisando un error.
LO PEOR
- José Ignacio Wert, todo él. Como personaje, como político, como persona, como concepto.
- Ni Elejalde, ni Machi, ni Rovira se acordaron de agradecer el Goya a los máximos impulsores del éxito de ‘8 apellidos vascos’, que no son otros que los guionistas de la película Borja Cobeaga y Diego San José, ya ninguneados por la Academia, pero anoche también desde su propias filas.
- Que el espectador no se lo pasase tan bien como Clara Lago en esta gala. Se rio a carcajadas, disfrutó cada minuto de la noche y protagonizó el beso más comentado de la noche. Ser la orgullosa pareja de Dani Rovira es la clave de ello.
- La siempre anodina Ángeles González-Sinde exhortando, sin venir a cuento, el 4-0 que le endosó el Atlético de Madrid a su gran rival capitalino. “Atleeeeeeti…”. En fin.
- La falta de ‘sketchs’, de ‘gags’, de vídeos, de humor, de reivindicaciones, de agilidad, de ritmo, de alma, de todo…
- La “alfombra roja” cada año es de cualquier color menos roja. Este tocaba fucsia.
- La realización de TVE. Un auténtico despropósito en todos los aspectos que puede ofrecer una retransmisión. uan Luis Iborra, hay que ser coherentes y lo de anoche fue de vergüenza ajena.
- Dejar para el final del vídeo de ‘In memorian’ a Paco de Lucía. Se sobrentiende que el que acapara esa posición suele ser una de las figuras más relevantes de nuestra filmografía. El guitarrista lo ha sido a un nivel musical y nacional, pero algunos echamos de menos algo más de protagonismo de Álex Angulo, tan querido por la familia del cine español y que tuvo su recuerdo en el discurso de Elejalde.
- Los secundarios de ‘8 apellidos vascos’, Alfonso Sánchez y Alberto López, en un conato de imitación sin gracia de Faemino y Cansado. Uff…
- O'Dogherty, sin palabras.
- Resines no cantó un rap. Al menos hubiera habido algo que destacar y comentar en el día de hoy.
- En el montaje de instantes para el recuerdo dentro de la carrera cinematográfica de Antonio Banderas se olvidaron de incluir algún corte de ‘Spy Kids’.
- Que el mítico Chico Santamano este año no haya ido escribiendo sus impresiones en la web Bloguionistas. Se ha echado de menos.
- Sobre todo, el tuit de Pedro Sánchez. Insultante, populista y hasta repugnante.
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