viernes, 30 de enero de 2015

Review 'Whiplash' (Whiplash)', de Damien Chazelle

El precio de la perfección
La segunda película de Damien Chazelle explora el tortuoso mundo de un batería de jazz flagelado por la obligación de explotar un talento innato hasta las últimas consecuencias, inmerso en un oscuro laberinto de frustraciones y adiestramiento conductista.
En 1959, Don Weis llevó a la gran pantalla la vida de Gene Krupa, uno de los genios de la baqueta dentro del apasionante mundo musical del jazz con ‘The Gene Krupa Story’. Desde entonces, Hollywood ha frecuentado bastante poco este apasionante universo más allá de su utilización como elemento sustancial dentro algunas bandas sonoras. ‘Cotton Club’, de Francis Ford Coppola, ‘Round Midnight’, de Bertrand Tavernier, ‘Bird’, de Clint Eastwood, ‘Los fabulosos Baker Boys’, de Steve Kloves, ‘Rebeldes del swing’, de Thomas Carter, ‘Kansas City’, Robert Altman, ‘Mo Better Blue’, de Spike Lee o ‘Acordes y Desacuerdos’, de Woody Allen son algunos ejemplos de este cadencioso y exquisito maridaje de jazz y cine. El joven Damien Chazelle, guionista de ‘Grand Piano’, de Eugenio Mira, y director de una primera película inédita en nuestro país titulada ‘Guy and Madeline on a Park Bench’, pasó años intentando dedicarse al mundo del jazz. Su experiencia es el detonante de la que está llamada a ser una de las grandes películas de la temporada y que llega con la siempre difusa etiqueta de “cine independiente”.
‘Whiplash’ es la adaptación del cortometraje homónimo que el propio Chazelle ha logrado convertir en un filme de culto sobre un tema universal que intenta dar respuesta a complejas cuestiones sobre la naturaleza del artista; ¿un genio nace o se hace? ¿Se necesita más que talento para alcanzar la verdadera grandeza en cualquier disciplina? Con ellas, se indaga en la gnosis de la autoexigencia enfermiza, en esa obsesión tan yanqui (y cada vez más globalizada) de la cultura del triunfo, de la superación personal y el miedo al fracaso, que adopta un cariz de patología sobre las bondades supremas de la competitividad. Se trata de un mosaico sobre personalidades obsesivo-compulsivas que sufren por llegar a culminar los sueños alcanzados por medio de la excelencia, sin importar el agotamiento de la fuerza interior empujada a través del dolor.
Andrew Neyman es un disciplinado estudiante del prestigioso Conservatorio Shaffer de Nueva York que idolatra a las grandes leyendas de la batería jazzística como Buddy Rich y Jo Jones. Su oportunidad le llega cuando el exigente profesor Terrence Fletcher le llama para entrar a formar parte de la banda principal del centro. Su estilo draconiano e intimidatorio le ha convertido en una leyenda entre sus alumnos. En un magnífico plano secuencia, aquel que muestra el primer ensayo de Andrew, la cámara se mueve mostrando desde diversos puntos de vista la posición del temido profesor respecto a sus discípulos y la aprensión que genera, evidenciando el catálogo de peculiaridades que se desarrollarán a partir de entonces; el acoso emocional, el abuso verbal e incluso la agresión física suponen algunas de las armas educativas de Fletcher en su obstinado compromiso por sacar lo mejor de cada de uno de los integrantes de la banda musical. Desde un primer momento, su camiseta ajustada indica una fisicidad utilizada como herramienta intimidatoria que marca la pauta de una instrucción marcial basada en la humillación para encauzar la enseñanza hacia el sacrificio y dedicación que impone cualquier ámbito artístico y su consecución del éxito.
Por su parte, el chico proviene de un matrimonio de padres divorciados, en el que el progenitor, es un escritor frustrado que ejerce de profesor. Un elemento necesario para entender el énfasis que determina la fijación por destacar llevada hasta el extremo y convertirse en un gran batería de jazz. Es ahí, en la obcecación, donde encuentra un punto común, casi implacable, con el inflexible perfeccionismo de su nuevo mentor. Sin embargo, ‘Whiplash’ es también un doloroso retrato sobre la inseguridad y la frustración que provoca la necesidad por ser el mejor. Su personalidad introvertida no puede articular ni siquiera su propia pasión por la música si no es a través de ella. Aquí la música es la que habla por él, siendo las canciones cuidadosamente elegidas para la banda sonora el reflejo de su esfuerzo frenético por encontrarse a sí mismo.
Las manos encallecidas sangrando sobre la batería y la entrega inmoderada describen la ferocidad de un punzante itinerario hacia el abismo de la rivalidad y la ambición que roza lo sádico. Esas lecciones de vida sostenidas en el acoso y el abuso, tanto psicológico como físico, son otro escalón más en el aprendizaje de un joven inmaduro que no es consciente de las prioridades dentro de su desordenada vida. El percusionista de jazz es capaz de expulsar de su vida cualquier atisbo de normalidad y relación afectiva, renunciando con ello al equilibrio que contrarresta el sufrimiento y el trabajo con el éxito o el desengaño dentro del contexto artístico. Pese a situarse en esa fragilidad existencial como motor de arranque y la inmolación voluntaria como exclusiva ruta para alcanzar el zenit de un triunfo absoluto, el filme de Chazelle asume una relación de dependencia abstracta entre dos personajes con una realidad en la que la autoestima responde a una descomunal pugna de egos. En este sentido, no se percibe ningún tipo de mensaje condescendiente en su proclama del error como fracaso, traducido en la tesis del tiránico profesor al sugerir que las dos palabras que más daño pueden hacer a un artista son: “Buen trabajo”. Esa diatriba entre la productividad de un talento natural o el requerimiento de un flagelo educador basado en la hostilidad para alcanzar los resultados, esconde algo más que un simplista cuestionamiento ético de la metodología de enseñanza justificada en un tortuoso conductismo. Su intención es la de situar al espectador ante una historia de enfrentamiento y competencia entre dos hombres que comparten un desmedido amor y devoción por el jazz, así como un enfermizo apego a la perfección y la excelencia artística.
La inspiración del sacrificio y el dolor.
‘Whiplash’ atesora una ambigüedad que no está sujeta a ningún condicionante interno, que la aleja de la divinización del oscuro proceso que diluye el adiestramiento y la humillación, llevándolo a un extremo de oscura sátira. Lo que hace que se sitúe muy por encima de una ambición servilista a cualquier coartada sociológica. No existe la humanización de un desenlace indulgente con la épica de la abnegación y del esfuerzo. En el clímax final del concierto que tiene lugar en el Carnegie Hall neoyorquino, asistimos a una estrategia de venganza en la que el desprecio público nada tiene que ver con una nueva lección de aprendizaje.
Sin embargo, la comunión enloquecida de los respectivos delirios de grandeza hace que alumno y profesor abandonen sus roles de jerarquía y sumisión para convertirse en una imagen idealizada de sus respectivos propósitos; la de Andrew, vaciándose trágicamente con un esfuerzo sobrehumano hasta la excelencia y la del instructor sociópata, conmovido e impresionado por el casual hallazgo en su búsqueda del próximo genio de la batería capaz de someterse hasta renunciar a su propia dignidad puesta al servicio de un don. La grandeza del filme, por tanto, no está en la culminación de la perfección musical, fundamentalmente porque no se siente como un punto y final. El fundido a negro invoca la indeterminación de su inexistente moralina. No importa que el perfeccionismo obsesivo convierta la música en algo que va más allá de una ambición compulsiva, puesto que el fracaso, la auto-recriminación y la desesperación continuarán después de esa actuación final.
Uno de los aspectos invisibles que atribuye a ‘Whiplash’ esa condición de película excepcional es la destreza de un cineasta que apura la utilización del ‘scope’, que sabe aprovechar con gran refinamiento los primeros planos, los cortes en relación a los instrumentos, metaforizando por medio de la imagen los vacíos o miradas que efectúan una concepción narrativa con implicaciones que superan lo descriptivo. Esa movilidad de la cámara en espacios cerrados impone un carácter claustrofóbico que plantea, a un nivel plenamente consciente, su condición de ‘thriller musical’. Chazelle articula el suspense con un ritmo frenético que llega al extremo de atosigar mediante un efecto psicosomático al propio espectador, con la fuerza e intensidad de la narración y de una historia tremendamente oscura en la que el editor Tom Cross destaca aportando su vehemente dramatismo interno. No obstante, el engranaje emocional no tendría la misma reciedumbre sin la hipnótica presencia ya no sólo de un J.K. Simmons ejerciendo de gran villano de la función, que acojona con su imperante gestualidad y su voz marcial, sino en el proceso de crecimiento de Miles Teller, que es el responsable de que la interacción de estos dos personajes se consuma como una lucha de fuerzas interpretativas análogas a sus personajes.
Película visceral y compleja, ‘Whiplash’ materializa una poderosa disección sobre la obsesión malsana de llegar a cumplir los sueños y que funciona con la precisión de una orquesta de jazz, sin dejar espacio para la improvisación cuando, de forma contraria y paradójica, el género del jazz es tan proclive a la espontaneidad creativa para preguntarse si vale la pena tanto sacrificio. Como curiosidad, durante el metraje sólo se reproduce íntegramente el tema de Duke Ellington ‘Caravan’, que popularizaron también los mencionados Krupa y Buddy Rich, pero hay una alusión a una leyenda que versa sobre Jo Jones, que le lanzó a la cabeza un platillo a un joven saxofonista llamado Charles "Yardbird" Parker. En ella se extrae que aquel acto de violencia, motivó su superación para ser el número uno. Pues bien, esta artimaña narrativa que establece el paralelismo y similitud a los dos personajes principales, curiosamente, no es del todo cierta. Durante una ‘jam session’ que tuvo lugar en Kansas City en 1937, Jones lanzó el plato a Parker porque éste se perdía en los cambios, pero no fue a la cabeza, ni mucho menos. Simplemente lo arrojó cerca de los pies.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015