jueves, 22 de enero de 2015

Review 'Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (Birdman), de Alejandro González Iñárritu

Existencialismo enjaulado
Iñárritu da un golpe de efecto a su carrera con una inesperada y arriesgada cinta sostenida a través del movimiento y la locura para reflexionar acerca de los límites entre realidad y ficción y la puerilidad de la existencia humana.
¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado,
sentirme amado sobre la tierra.
Raymond Carver (‘Un nuevo camino a la cascada’).
Desde su primer plano, ‘Birdman’ evidencia que no es una película corriente. Un personaje levita desde el suelo en un pequeño habitáculo polvoriento y desordenado, como alcanzando el estado espiritual del ‘samadhi’. Se trata de Riggan Thompson, otrora célebre actor por haber interpretado años atrás en la gran pantalla a un superhéroe llamado Birdman. Descubrimos que puede mover objetos a su antojo por medio de telequinesis y una voz interior (o su otro yo), le recrimina su decisión de no perpetuar su icónico personaje. A cambio, pretende sacar adelante una obra teatral de Broadway basada en un cuento de Raymond Carver, con el fin de resucitar su trayectoria y su prestigio como artista.
A través de un laberinto espiritual y especulativo, el espectador entrará en una crisis de confianza de un estreno impregnado en la lucha contra el ego y reconquistar a su familia, su carrera y a sí mismo. Alejandro González Iñárritu da un giro radical a su carrera con una compleja y poco accesible película que autoexorciza sus propios demonios fílmicos, transformándolos en la odisea de la locura interior de un personaje como reflexión acerca de cuestiones orientadas hacia la psique humana, la industria de Hollywood, la falsa catarsis que produce un estreno en Broadway y que apela, sobre todo, a la enloquecida dinámica de esta época que vivimos.
‘Birdman’ se asienta sobre las inseguridades de un artista en busca de su identidad, intentando escapar del encasillamiento que ha absorbido su vida y obsesionado por complacer a crítica y público, en busca una alternativa distinta de éxito y de su renacimiento en las entrañas del St. James Theater de Broadway. Con ello, el guión del propio Iñárritu, junto a Nicolas Giacobone, Alexander Dinelaris y Armando Bo, esgrime una disertación subterránea para abordar la endeble frontera que separa la realidad de la ficción e identificar a su vez los contornos del significado del arte y la vida. El personaje de Michael Keaton parece incapaz de sostenerse a sí mismo como una fuerza creativa que valide su propia identidad, cayendo en la autocompasión que abre las puertas a ese tortuoso periplo desde el “yo” hacia el choque frontal del “ego”, que margina lo que en realidad se quiere y lo que se necesita y que queda patente en un excelente diálogo de azotea.
Tiene mucho de oscura sátira relacionada con el universo actoral y el negocio del cine, aumentada por la realidad que adopta un metadiscurso que no distingue, como no podría ser de otro modo, entre la comedia y la tragedia, la ilusión y la realidad. En esta obra de cámara se confabulan los bastidores del teatro y la realidad donde flotan referencias cinematográficas reconocibles; desde ‘Las Soga’, de Hitchcock, ‘Noche de estreno’, de Cassavetes, ‘Corazonada’, de Coppola, ‘All That Jazz’, de Bob Fosse hasta ‘Qué ruina de función’, de Bogdanovic.
Más que una ofrenda o un seguimiento prosélito al “realismo mágico”, se trata de un puntapié a la lógica de lo diegético, encauzado a un propósito psicológico que atrapa al espectador en el oscuro laberinto de un conflicto en el que la ilusión se sostiene a través del movimiento y la disolución de la diferencia entre la realidad y la fantasía, transmitida visual y narrativamente como un sueño caleidoscópico. ‘Birdman’ evidencia explícitamente un cinismo bastante hiriente contra el cine de superhéroes y el negocio sin fin que se ha establecido alrededor de este fenómeno. No sólo porque Keaton fue el gran valedor del ‘Batman’ de Tim Burton hace casi tres décadas y auténtico génesis del boom contemporáneo, sino que a nadie se le escapa que no sea casual que Edward Norton haya interpretado al Increíble Hulk o Emma Stone sea la nueva Gwen Stacy del Spiderman más reciente.
El superheroísmo como divinización del espectáculo se manifiesta aquí como un estado que circunscribe la fragilidad del mito y las consecuencias de la fama que conllevan a las tan temidas etiquetas. La voz gruñona de Riggan susurra al aparecer una noticia sobre ‘Iron Man’ y Robert Downey Jr.:“’¡Ese payaso no tiene ni la mitad de tu talento!”, mientras el actor lucha por escapar de ella y poder estrenar la obra de Carver ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’. En este punto, es importante destacar hasta qué extremo es fundamental este contexto dentro de la película, puesto que Iñárritu busca en su relato ese minimalismo y realismo sucio del dramaturgo, con especial énfasis en la crueldad y la ignorancia que prevalecen dentro de las relaciones humanas. Según avanzan los ensayos y la película, los actores y sus respectivos personajes comienzan a fusionarse en una misma versión extrema del método Stanislavski, sumergiendo sus estados emocionales en una tela de araña que forja todo el entramado narrativo de una película que obliga al público a jugar con su percepción de lo que sucede en el teatro y el sentido de la realidad.
La pugna contra el ego y los fantasmas del pasado
El entramado de ‘Birdman’ expone así el delirio de un hombre que ansía alcanzar tanto la comunión entre espectadores y crítica, como la dignificación de su trabajo y conciliar también las voces discordantes que enfrentan su pasado; la de Raymond Carver, hombre que supuso el ideal artístico de su infancia y la voz de Birdman, ajeno a sus aspiraciones de dignificación como actor y autor respetable. Sin embargo, Carver, como figura referencial que complacería su ego es destrozado por Mike Shiner (Norton), que le hace ver que la servilleta que conserva desde su infancia alentándole como artista no es más que el garabato de un hombre alcohólico.
Por si fuera poco, descubrimos que jamás encontrará la redención crítica tras su enfrentamiento con Tabitha Dickinson (Lindsay Duncan), crítica teatral del The New York Times, que asegura que destrozará su obra con una “la peor reseña que se haya escrito sobre una función teatral”, lo que aseverará esa lucha interna entre la vulnerabilidad, el miedo y la protección del ‘alter ego’, aferrándose al hombre pájaro como versión del superhéroe de sí mismo e identificación quimérica del éxito trasnochado perdido en la memoria colectiva.
Iñárritu sabe transcribir esa delineación subtextual con gran astucia, revelando paulatinamente una triple perspectiva del ensayo en un mismo tiempo donde se suceden las mismas acciones desde perspectivas desencontradas; ampliando la esfera de locura desde el cómo no debería suceder la realidad hasta de qué forma acontecería el mismo instante en un universo idealizado. Un circo de tres pistas en el que los personajes que le rodean también traspasan la frontera de la duplicidad de la ficción y la realidad como espectros metafóricos. De esta forma, Jake (Zach Galifianakis), el abogado y amigo de Riggan, vendría a ser la voz de la razón en medio de la locura, su hija Sam (Stone), el legado de defectos y vicios destinado a repetirse, el mencionado Shiner (Norton), representaría esa exaltación del método narcisista y egocéntrico del mundo del espectáculo nacido de la intensidad llevada al extremo y Lesley (Naomi Watts), la ilusión e inocencia del debut en Broadway. Por su parte, el pasado está personificado en Sylvia (Amy Ryan), una ex mujer que remite a todos los desaciertos que hicieron perder una vida de plenitud y sosiego, que parece reiterar en el presente con Laura (Andrea Riseborough), con la que mantiene una relación fraguada en el desconcierto y la ausencia de compromiso. En todo este caos, la invisibilidad entre la vida y la obra, la aspiración de un hombre no puede evitar su frustración y falta de plenitud a la hora de enterrar la voz egoísta de Birdman y redimirse a través de su entrega al perturbador estreno de la obra teatral de Carver.
El director mexicano traza la humanidad de sus personajes confiriéndoles un grado de profundidad que normaliza las circunstancias que les rodean y que aprovecha para sutilizar la gran aspiración estética de un filme contracorriente, que no es otra que la de articularlo en una coreografía cinética de carácter imposible constituida en gran y único plano secuencia del que, a pesar de evidenciar sus lógicas costuras digitales, impone cierta meta-narrativa para explotar la vena kamikaze de una historia que precipita su cámara a través de estrechos pasillos, subiendo y bajando estrechas escaleras, calles atestadas, balcones silenciosos o proscenio y bambalinas.
El resultado es una explotación del medio llevado hacia el ‘grand guingnol’ que supone esta proeza técnica llevada a cabo por el director de fotografía Emmanuel Lubezki, que se mueve en la cuerda floja de la omnipresencia de un autor obsesionado por el exhibicionismo técnico y la libertad de vuelo imaginativo sin ataduras ante la gravedad. Podría haber optado por una narración más clásica y la fuerza visual no se habría perdido, pero hay que reconocer la valentía del procedimiento, subrayando el nerviosismo y la fragilidad de esos últimos días de pánico antes de un estreno en Broadway. Sin olvidarnos de ese prodigio que supone el segmento de degradación y reencuentro con la realidad que implica el ajetreo real filmado en la plaza de Times Square y la locura musical percutante de Antonio Sánchez, con el constante retumbar de los tambores y platillos, que mantiene un ambiente vanguardista de jazz.
El falso poder del universo 2.0
Otro de los aspectos que disecciona ‘Birdman’ es el sometimiento del ser humano moderno a las nuevas tecnologías y su esfera 2.0. que han terminado por transformar la sociedad de masas por completo. Ahora, la fama y el éxito no se concreta mediante el trabajo o talento, si no que basta con un vídeo viral para catapultar la imagen y presencia de alguien en la red. Es lo que le pasa a Riggan al deambular avergonzado y en calzoncillos por el corazón de la Gran Manzana neoyorquina. Un hecho que sirve para resucitar involuntariamente la fama él anhela. Atendiendo a la insinuante cuña superheroica del filme, sería una fuente de poder, como le apunta su hija. Es decir, que supone más ese paseo en gayumbos que el trabajo y el esfuerzo personal para recobrar la integridad como intérprete y personaje reconocido.
Y es ése éxito sensacionalista, precisamente, el que diluye los propósitos de un hombre que quiere mantener el estatus artística que poseía hace décadas como celebridad en favor de ‘Birdman’, donde encuentra de forma fortuita no sólo la ilusoria notoriedad sino que aviva su avidez de fama para entregarse a la voz del hombre pájaro, como si con cada salida del teatro, estuviera comprobando la ferocidad del mundo real y asumiendo su rol en el mundo. La construcción de esa abstracción mental acaba por alejarle de la fantasía de triunfar en Broadway por otra netamente virtual que recompensa y reconcilia al hombre con un final mucho más cruel que el miedo al fracaso. Se trata de la transición de hombre a pájaro, de actor teatral a superhéroe comercial, un ave que abre la jaula y entiende el significado pueril de la existencia. Es entonces cuando resuenan las palabras llenas de verdad de su ex mujer al confesarle que dentro de su delirio como artista siempre “confundió ser admirado con el ser amado”.
La función no termina cuando se baja el telón. No le basta con eso, ya que retuerce todo ese andamio conceptual con un giro provocado por el enigmático éxito onírico de deseos denegados que absuelven al actor de sus errores y esquematiza un imaginario ‘happy end’ en el que Riggan se gana no sólo el amor de su hija, si no de su ex esposa, la crítica más influyente y sus nuevos y viejos ‘fans’. No obstante, ha alcanzado su mayor ambición; la de justificarse a sí mismo como un artista y superar el muro infranqueable de una realidad que ya ha impuesto su aciaga ley, comprobando de forma literal cómo ese hombre pájaro que le ha alentado y confundido no es un héroe, sino una representación estereotipada de un superhéroe convertido en un tipo capaz de cagar delante de él.
‘Birdman’ es un extraordinario melodrama de ‘backstage’ tan poético como frenético, que recobra a un talento descomunal como el de Michael Keaton, alma mater de un reparto en estado de gracia. Su asombrosa capacidad interpretativa reside en la desnudez emocional con la que moldea a un personaje inolvidable que se alza entre la redención y el olvido y que Keaton captura brillantemente en su angustia y locura.
Una cinta sobre la ambición, la felicidad, el arte, el amor y la familia que responde a la paradoja crítica sobre la falta de sentido de la vida contemporánea, que continúa en la deshumanización y autodeconstrucción social y que reconoce con voz propia la falta de significado bien sea en el arte o en la vida. “No existimos”, recita Riggan sobre el escenario en palabras de Carver. “Nada de esto ni siquiera importa”. Y ‘Birdman’ transmite perfectamente esa idea universal de lo insignificante que es la vida humana a través de la poderosa imagen explicativa de la Historia de la Humanidad representada en unos minúsculos puntos rotulados en un rollo de papel higiénico.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015