martes, 27 de enero de 2015

Auschwitz y la necesidad de evitar el olvido

Trescientos supervivientes de Auschwitz-Birkenau han regresado, setenta años después, al lugar del Infierno nazi en el que se cometieron un número infame de crímenes durante la Segunda Guerra Mundial. También representantes de más de 40 países han asistido a un evento en el que, curiosamente, se ha prescindido de un mandatario o delegado de Rusia, nación cuyo Ejército Rojo fue determinante en la victoria sobre Adolf Hitler. En Oswiecim, al sur de Polonia, se ubicaba este matadero humano en el que perecieron más de un millón doscientas mil personas entre 1940 a 1945. El ex ministro de Asuntos Exteriores polaco, Wladslaw Bartoszewski, uno de aquellos hombres que sobrevivió a la barbarie, siempre ha recordado aquella tortura como una pesadilla en la que “los judíos eran tratados como bichos que había que exterminar”. Resulta imposible evitar el gesto de malestar cuando se observan las imágenes de archivo con los instantes atroces que tuvieron lugar en el campo de concentración.
Es vergonzoso para el ser humano concebir algo como lo que tuvo lugar allí, en uno de tantos muchos campos de exterminio creados en Wannsee a partir de 1941 por Himmler y los ejércitos de Hitler para llevar a cabo la “solución final”, que consistía sacrificar a los más de diez millones de judíos que habitaban en los territorios ocupados por los ejércitos del Führer. Auschwitz, Mathausen, Treblinka, Dachau y demás campos en Alemania y Polonia atribuyeron el apogeo del intolerable régimen nazi y de monstruos asesinos como Streicher o Rosenberg, que trazaron el plan más depravado de Hitler con el apoyo de Goebbels y los grandes mandatarios nazis. Hoy en día Auschwitz es el símbolo perenne de la mayor tragedia que ha tolerado nuestra especie en toda su historia contemporánea.
Nadie comprende cómo hace tan sólo siete décadas pudo suceder el mayor genocidio de la Historia. Por ello, hay que reflexionar sobre estos hechos, sobre ideologías que no se han extinguido todavía y que perviven en grupúsculos en forma de antisemitismo oculto. Basados en el acoso intimidatorio y creciente discriminación, estas semillas de odio e incomprensión se promulgan a través de congregaciones políticas como el grupo parlamento griego Amanecer Dorado, que es ya la tercera fuerza política en las recientes elecciones helenas o partidos como el Jobbik en Hungría y Svoboda en Ucrania, Ataka en Bulgaria e ideologías de peligrosa y progresiva filiación que toman fuerza en Francia, Bélgica, Dinamarca o Austria, ejemplificando de qué manera se comienza a reverdecer, a aceptar e incluso a institucionalizar este absurdo pensamiento de barbarie deshumanizada a la que conlleva. Y eso, dejando a un lado a ultra-radicales y nacionalistas extremos que brotan como detestable herbaje en la sociedad actual.
El ser humano parece no aprender de sus errores como, paradójicamente, lo que llevan haciendo los judíos con el pueblo palestino desde hace décadas. La sinrazón impide predecir que nunca volverá a suceder lo mismo que en los campos como los de Sobibor, Treblinka y Belzec, que fueron arrasados por los alemanes para borrar aquella indecible ignominia en la ejecutaron a última hora a todos los cautivos que pudieron. Después de aquello, ocho de cada diez miembros del ejército del Tercer Reich que participaron activamente en las matanzas quedaron impunes ante la ley, sin ningún rencor o arrepentimiento, excusándose en el acatamiento de órdenes recibidas por superiores siguiendo las consignas del horror del homicidio concentracionaria.
Actualmente, en el septuagésimo aniversario de la liberación de Auschwitz, el mundo reflexiona sobre aquéllos acontecimientos. Hay que tratar de evitar que el mundo olvide todo ese desagradable capítulo de la Historia. No sólo para rememorar el aterrador recuerdo de Auschwitz y honrar a sus víctimas, sino preocuparse porque la paz mundial esté cada día está más maltrecha por diversos factores exógenos a nuestra condición racional. Cierto es que sirve como memoria histórica y despolitizada para que las generaciones venideras sean conscientes del exterminio y sus errores, pero también hay que tratar de combatir el origen del odio, las causas que hicieron posible aquella masacre y otras aberraciones colectivas. Medio centenar de estos “campos de la muerte” se diseminaron por la Europa ocupada, a los que se unieron el millar de guetos y las imposiciones antinaturales del Tercer Reich.
Seis millones de personas murieron durante aquel sinsentido. Desde su recuerdo imborrable, es un día necesario para detenerse a pensar sobre la iniquidad de los asesinos y la agonía de los que fenecieron en Auschwitz y demás infiernos. Lo importante de todo es que nunca olvidemos aquella incomprensible atrocidad ni que dejemos que nada ni nadie alimente nuestro odio, ni que el mal ni la muerte jamás tengan la última palabra.