domingo, 30 de noviembre de 2014

El Pianograma

El Pianograma es un programa virtual que visualiza la distribución relativa de pulsaciones de las teclas de piano en las canciones.
Arriba tenéis cómo sería el pianograma del interludio orquestal ‘Полёт шмеля’ o más conocido por todos como ‘El vuelo del moscardón’, de Nikolái Rimski-Kórsakov.
Aquí os dejo el Pianograma.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Teaser 'Star Wars: The Force Awakens'

Las generaciones que vivieron la revolución del cine de Ciencia-Ficción hace ahora casi cuatro décadas y su posterior efecto en el cine comercial han vuelto a dejarse llevar por una sensación que, queramos o no, nos sigue retrotrayendo a una esfera nostálgica de la que es imposible desprenderse. Nos pongamos como nos pongamos, ese teaser de ‘Star Wars: The Force Awakens’ lanzado esta misma tarde y que ha incendiado las redes sociales ha provocado, más allá de su significancia, el impulso incontrolable de sentir la apoteosis de la diversión galáctica más inolvidable que jamás haya ofrecido el cine en toda su Historia.
Es como una cuenta atrás de expectación sobre el nuevo trabajo de J.J. Abrams al frente de la nueva saga. Y uno no deja de pensar en que, alejado de prejuicios impostados y fatalistas, más allá de la doctrina, la estética llana, el dramatismo y una visión existencialista del cine, nos embarga la emoción escuchar las notas de John Williams y se anhela que esa esperanza por revivir la concepción última del cine, que no es otra que la complacencia de los sueños y la diversión basada en el grandioso espectáculo sólo al alcance de aquellos que han sabido ver una forma de cambio radical en las estructuras cinematográficas que originó George Lucas y su creación, trascienda nuestras esperanzas. La espera ya tiene cuenta atrás… Será un año de rumorologías y curiosidades por lo que nos viene. Es ya, por derecho propio, la película más esperada de 2015. Se ha abierto la veda y todos estamos expectantes e ilusionados. La niñez y su estela tienen gran parte de esta culpa.
Ya queda menos para leer en una pantalla grande aquello de: “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Dossier '1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York)', de John Carpenter

La antihéroica supervivencia en la inmundicia de un futuro nihilista
Cuando en 1981 el maestro John Carpenter lanzó ‘1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York)’ estaba en un momento de cierto privilegio. Su carrera se circunscribía a una senda orientada a hacer lo que más quería, que no era otra cosa que seguir realizando cine desde una aventajada posición de libertad e independencia, con algo más de presupuesto, pero sin los condicionantes de las grandes ‘majors’. ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’, ‘Halloween’, la teleserie ‘Elvis’ y ‘La Niebla’ le habían conferido un cierto estatus y experiencia sin ningún tipo de imperativo que agriara su óptica cinematográfica. Así, dispuesto a dar lo mejor de sí mismo y a demostrar su invariable manumisión fílmica a la hora de llevar historias personales al cine, el cineasta regresó a la gran pantalla con una más que agradable sorpresa, este inolvidable clásico a medio camino entre la ciencia ficción anticipativa y el ‘spagethi-western’ leoniano, una de sus obras más admiradas y una de los más representativos orígenes del género en cuanto a un aspecto contemporáneo se refiere.
La fuerza de este áspero y dinámico prototipo temático se vierte en la intención de Carpenter por presentar un futuro oscurantista, tenebroso, realzando la acción con una fuerza visual basada en un peculiar estilo que bebe de varias fuentes; desde un nutrido arquetipo referencial dentro del mundo del cine pasando por el cómic y estableciendo una forma narrativa y argumental muy cercana al universo de Harry Harrison y su visión del mundo futuro. Sin embargo, si hay un aspecto que confiere a esta cinta una cierta diferencia a sus coetáneas es su condición, casi desde su estreno, de irrevocable obra de culto.
Para esa sobria y electrizante perspectiva argumental de la aventura, el maestro lanza una visión a modo de sátira postapocalíptica dentro de un cosmos que implica por definición el exterminio y la devastación. Por ello, recurre a un riguroso diseño de producción de Joe Alves (‘Tiburón’ y ‘Encuentros en la Tercera Fase’, ambas de Steven Spielberg) que emplea un gran espacio, en este caso una isla de Manhattan totalmente asfixiante y cerrada, como un presidio mortal y que confluye en el peso subversivo y principal de la trama. Todo ello consecuencia de la parábola milenaria que constituye todo el filme. En esta finalidad de indisciplina en cuanto a la grafía genérica, influye de forma indispensable la fotografía delineada por su inseparable Dean Cundey en una oscura composición de ‘scope’ anamórfico que contribuyó a la lobreguez necesaria para una historia nocturna y opresiva y que se benefició de un ‘steady-cam’ por entonces poco utilizado como recurso del cine de acción.
Por supuesto, no hay que olvidar otro factor fundamental en el cine de Carpenter. Y no es otro que su música, aliciente primordial como es esa música de sintetizador del propio cineasta, que volvió a magnificar con su inquietante y desenfadado estilo la sencillez de notas para crear una opresión constructiva a la textura de la película. Asimismo los decorados, tan realistas y adecuados, fueron filmados en St. Louis, tras las graves e históricas catástrofes provocadas por el fuego o unos efectos especiales de ajustado coste donde destaca el inolvidable planeo del avión de “Snake” sobra la Gran Manzana y su increíble aterrizaje en una de las desaparecidas Torres Gemelas. Una curiosidad, los convincentes ‘matte paintings’ que muestran esa ciudad oscura y amenazante pertenecen a un, por entonces joven, James Cameron.
‘1997: Rescate en Nueva York’ es una extraña e inquietante fábula donde la individualidad está coartada por un gobierno autoritario norteamericano que juega con la vida de la humanidad, crítica feroz de un Carpenter temerario, lleno de vitalidad y furia, que expone un retroceso social que no ha perdido su fuerza visto como está el mundo moderno en 2014. Un dardo envenenado contra los estados clasistas y represores que se ubica en un contexto fronterizo en el que el peligro se representa por grupúsculos que lo único que ansían es la supervivencia ante un orden caótico. La cinta empieza con los créditos de abertura que dejan escuchar una voz femenina digitalizada que comunica que en 1988 el porcentaje de criminalidad en los E.E.U.U. ha aumentado en un 400%. Por ésa razón, se ha creado una prisión nacional situada en la Isla de Manhattan, donde se ha levantado una enorme muralla de seguridad que ha terminado por aislar a los presos que viven allí con sus propias leyes anárquicas y a su libre albedrío. Sólo existe una regla: una vez que alguien entra, nunca jamás vuelve a salir.
No interesa, como es signo congénito de la temática futurista, la civilización del momento. No hay rastro de fascinación por saber cómo es el futuro que se muestra en las clases sociales privilegiadas, ni siquiera en las de clase media. Tampoco cuáles han sido los motivos de esa sociedad descompuesta por la destrucción y el desequilibrio. No se refiere al modo de vida que llegará, ni a la idiosincrasia tecnológica que revolucionará la forma de vida humana. Nada de eso. Para Carpenter la trascendencia se centra, precisamente, en el ámbito contrario, en el reverso de la moneda, en la vida paralela que vive los convictos. Pero no estamos en el lado oscuro de la sociedad, ya que los hombres que sobreviven en esta isla son los únicos que, de forma heterogénea, viven en una paradójica libertad imponiendo sus propias leyes, donde la autonomía es total, haciendo una infrecuente visión de un universo desordenado y enloquecido. Un trasfondo político que, si bien no es nuevo en la sustancia distópica que propone el desarrollo argumental, sí imponía una nueva visión de un filme futurista al que el espectador estaba acostumbrado a ver en una sala de cine. En ese paisaje típicamente ‘orwelliano’ se desarrolla una de las más arriesgadas y apocalípticas visiones de un futuro desarrollo en una singular cárcel, símbolo de una supuesta sociedad llena de hipocresía y contenidos para el análisis.
Los habitantes de la prisión son la clase de gente que se opone a los ideales fascistas del hombre moderno, que vive en una libertad que les somete, pero a su vez, perciben que deben formar parte de un sistema gubernamental organizado para sobrevivir. La gasolina es controlada completamente por los grupos subterráneos y cuando el alimento es escaso, los criminales no dudan en recurrir al canibalismo. Por otra parte, no es tolerable ningún tipo de régimen, pero paradójicamente ven en “El Duque”, un hombre de color armado hasta los dientes, al mandatario que dicta sus destinos dentro de este violento submundo. Estas indagaciones sociales son los aspectos más interesantes de la película, pero que no son explorados por Carpenter en profundidad por la sencilla razón de que lo que verdaderamente interesa en la trama argumental es una misión. La misión de un hombre que, con el paso de los años, se ha convertido en un icono cinematográfico de irrefutable carisma. La misión de un hombre llamado Jake “Snake” Plissken.
Para dar vida a “Snake” se buscó un actor que en pantalla resultara inclemente, un modelo de actor en el que la reciedumbre del rostro marcara una abrupta actitud y la férrea personalidad de un personaje tan frío como Plissken. Los candidatos que sonaron para encarnar el rol fueron Clint Eastwood, Tommy Lee Jones y Charles Bronson. Eastwood se negó. Bronson, por su parte, tanteó la situación. Sin embargo, aunque a Carpenter no le hubiera importado que ‘El justiciero de la noche’ hubiera dado vida a su antihéroe, creía que era demasiado viejo para el papel. En cuanto a Tommy Lee Jones, fue rechazado por el propio director porque el cineasta potó por una alternativa en el actor fetiche de sus mejores obras; el eficaz y carismático Kurt Russell que dio vida con una contundencia fuera de toda duda a ese arcano delincuente de imperecedero nombre, "Snake" Plissken, es un insólito arquetipo de (anti)héroe misántropo y asocial que simboliza como ningún otro el individualismo más nihilista.
En ‘1997: Rescate en Nueva York’, “Snake” es un soldado de élite con una última oportunidad para saldar su cuenta pendiente con la ley, adentrándose en un particular mundo de delincuencia que sobrepasa a los propios dirigentes de ese hipotético futuro, haciéndoles partícipes del juego. Plissken cree únicamente en sí mismo, sabiendo que los verdaderos héroes están muertos y que él no es más que un superviviente que sólo actúa a favor de un gobierno que le coarta para lograr sus fines: rescatar a un ridículo y asustadizo presidente de los USA, caído en la prisión de Manhattan por el abatimiento del Air Force One y recuperar una grabación que constituye la salvaguardia de la humanidad. Para ello, tiene veintidós horas en las que deberá obtener el objetivo impuesto en una ardua misión. Si no lo consigue, morirá por un veneno mortal que le ha sido inyectado por los altos mandos gubernamentales y el ejército. Así de simple. Como se ha matizado, Manhattan es un mundo de caos y de violencia. Pero a su vez jerarquizado, con el poder en manos de ese “Duque” (espléndido Isaac Hayes), que se convertirá en el gran enemigo del antihéroe de la película.
Plissken, en su oscuro viaje, es visto como un fantasma, como un elemento mítico que regresa para dignificar la triste vida de los que sufren la dictadura. El rumor sobre su muerte no es más que un extraño toque de humor irónico que se extiende a través de la película en la reacción de todos personajes que se encuentran con él. Este ‘running gag’ sobre la muerte del protagonista tiene su origen como homenaje al ‘western’ ‘Big Jake’, de George Sherman, donde se producía esa misma estupefacción cuando algún personaje se topaba con Jacob McCandles, que interpretaba el no menos icónico John Wayne.
Plikssen y la invidualidad del ‘carpe diem’.
John Carpenter trazó ‘1997: Rescate en Nueva York’ como una obra de tensión narrativa expuesta en ése insólito vínculo con el gobierno y su presa coaccionada, con un lapso de tiempo de veinticuatro horas como un marcador idóneo contra el que luchar. Se construye así la atmósfera y el desasosiego necesario para que el ritmo se acreciente, acentuándose según pasan los minutos, debido a que Plissken lleva esas dos pequeñas cargas de veneno introducidas en sus arterias. Sin embargo, Plikssen es un superviviente y una excusa para concretar el juego al que el cineasta somete al público y a su propia trama. No deja de ser curioso que un ‘cassette’, que representa la salvación del planeta y la importancia que tiene para el mundo que deba ser escuchada por los miembros de gobierno en una cumbre que puede evitar una terrible Guerra Mundial, no sea más que un ‘McGuffin’ hitchcockiano. Al fin y al cabo, este dispositivo de suprema importancia dentro del filme no tiene el mínimo interés.
La lectura visual de Carpenter, al servicio de ese oscurantismo ornamental, está dirigida en todo momento a obtener un clímax que va aumentando su importancia a través de una violencia progresiva, del apremio del tiempo respecto a la vida de Plissken. Los personajes secundarios vienen marcados, a su vez, por la imposibilidad trágica de los deseos de esperanza que singularizan sus objetivos de escapar con “Snake” y evadirse de ese infecto agujero en el que se ha transformado Manhattan, sin reflexionar si lo que hay fuera es mejor o no, desconociendo la realidad de un mundo exterior del que se niega cualquier descripción. Un término que Carpenter oculta en todo momento y que potencia toda la trama carcelaria y de fuga. Tanto Cabbey (el impagable y entrañable Ernest Borgnine), “Brain”/“Cerebro” (Harry Dean Stanton) y Maggie (la belleza natural de una despechugada Adrienne Barbeau) están sometidos a las exigencias y el temor de “El Duque”. De ahí que actúen sufragando los intereses de Plissken, pero sabiendo a su vez que no dudarán un instante en venderle ante el Duque si con ello pueden salvar su pellejo.
También hay que destacar el papel de Donald Pleseance como Presidente de los Estados Unidos, un dirigente cobarde, asustadizo y patético que queda muy lejos de las absurdas recreaciones que distan mucho de la visión popularizada en los noventa del hombre más poderoso del mundo expuesto como poco menos que un superhéroe. Hoy en día, cualquier político podría reflejarse bajo este patrón. Sin embargo, a principios de los ochenta estaba cargado de embestida crítica y ácida, ya que el funesto y cobarde presidente al que da vida Pleseance significaba el matiz característico de Roland Regan. Cuenta Carpenter que escribió la película en 1974, durante la época del Watergate, pero no consiguió rodarla hasta la década de los ochenta debido a su fuerte contenido crítico con el poder y los estados autocráticos y como una loa en favor de la libertad ajena a lo colectivo. Algo que contravenía el estigma de Regan en el poder y de su política aperturista. Esa sensación de cinismo respecto máximo mandatario estadounidense queda concretada en el primer plano en el que aparece Pleasence, vestido con una peluca rubia y humillado por los hombres de “El Duque”. Otro ejemplo más de esa perversidad cínica que ha determinado el cine de Carpenter.
Perviven en ‘1997: Rescate en Nueva York’ otras de las motivaciones que definen muchos de los personajes de la obra de Carpenter es la brevedad del tiempo, el ‘carpe diem’ que precede a las situaciones. No hay instantes de calma. Tanto para “Cerebro” y “Maggie”, como para el afable Cabbey, no se refleja en ellos una inquietud por su destino o por el futuro, sino por la necesidad de salir a toda costa de la isla. Este tema queda perfectamente idealizado en la chica rubia con la que “Snake” tiene un encuentro huyendo de la enloquecida amenaza que se cierne sobre él en forma de presidiarios con ganas de liquidarle. Una de las sublecturas de Carpenter es esa sensación de que las cosas no pueden durar. Tanto es así, que los reclusos exponen su actitud de desidia en cuanto a su lamentable situación sin hacer nada por cambiar la libertad que tienen dentro de la cárcel. Por el contrario, gozan del placer del momento, de la diversión que se les propone, por ejemplo, con las míticas luchas a muerte entre dos hombres en un foso romano, sin importar quién gane. Sólo buscan la diversión del instante.
Es una de las condiciones que mueven a Plissken en el desenlace de esta obra de culto, cuando, liberado de su ultimátum vital, camina como el ‘cowboy’ solitario y se aleja en el horizonte mientras el presidente de los USA hace el ridículo en plena cumbre cuando al escuchar la vital grabación suena la vieja canción de soul ‘American Bandstand’. Mientras tanto, Plissken saca la verdadera cinta y la rompe con rabia. No importa que el futuro de la humanidad esté en peligro, lo único que importa y ha importado a lo largo del filme, el objetivo de Carpenter, ha sido la integridad de su protagonista. ‘1997: Rescate en Nueva York’ nos habla de un futuro incierto y de una aventura que empieza y acaba de forma impenetrable. Las descripciones o subrayados sobran. “Snake”, salvo breves trazos de su impasible personalidad, no exterioriza su carácter más allá de esa frialdad derivada de su instinto de supervivencia. Bajo la mirada de cíclope de Plikssen, Carpenter no se molesta en dar pistas sobre cómo es su vida de fuera de la cárcel, ni siquiera de cómo es la América de 1997 de la película.
Carpenter ironiza y extiende su obsesión por la alineación de una masa amenazadora que recuerda en todo momento a la maldad en forma de vampiros de ‘Soy leyenda’, de Richard Matheson o las coordenadas narrativas establecidas por George A. Romero en ‘La noche de los muertos vivientes’. Como sucediera en ‘Atraco a la comisaría del Distrito 13’, se formula un panorama urbano fundamentado en el crimen conformado por un grupo de violentos seres sin rostro, aquí presidiarios que viven en su propia jungla. Plissken no es más que un superviviente cimentado en los estilemas del ‘western’, dibujado con un parche en el ojo, ropa militar ajustada y botas vaqueras. Un rol a medio camino entre el ‘rubio’ Clint Eastwood de los ‘spaghetti’ de Sergio Leone o cualquier perdedor heroico interpretado por John Wayne, con una forma de actuar instintiva y en la que el humor negro le concede esa exhalación de leyenda e inteligencia visible sobre todo en su enfrentamiento dialéctico con el impertérrito y sucio Bob Hauk (un Lee Van Cleef que no deja pasar el irresistible paralelismo de sus personajes de ‘eurowestern’).
Un clásico instantáneo que ha dado la razón a aquéllos que ya adjetivaron la película como una cinta imprescindible de la década de los 80. Una película cargada de metáforas y perpetua reinterpretación del género que con tan sólo 7 millones de dólares como presupuesto inicial que multiplicó la inversión para convertirla en uno de los éxitos más multitudinarios del año. De corte ciertamente anárquico ‘1997: Rescate en Nueva York’ supuso un golpe de efecto a la situación genérica del momento, reverdeciendo su salud con su condición valiente y rebelde que se alimenta de un discurso plagado de subtextos, en el que, como era habitual en Carpenter, se sobreponía la preeminencia de la historia por encima del efecto especial y en la economía de recursos narrativos con una base de sedición formal y estética. Un clásico de culto que con sus propósitos intencionales sublevó las propias significaciones dentro de todos los subgéneros en los que pueda llegar a englobarse; ya sea cine fantástico, de ciencia-ficción, ‘western’, apocalíptico o carcelario. Una obra maestra a reivindicar.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

'Pulp Fiction', visto por Laurent Durieux

http://www.refoyo.com/weblog/imagenes/mondo-pulp-fiction-poster.jpg
Hace un par de años ya se centró la atención por estos lares en el talento sin fin de un fantástico ilustrador y artista gráfico belga llamado Laurent Durieux con motivo de sus trabajos para la exposición ‘The Universal Monsters’ en Austin, Texas y su excelente aportación sobre el Mago de Oz que entregó a la Bottleneck Gallery de Brooklyn. Pues bien, la obra de este creador sigue imparable. Aprovechando el Black Friday de pasado mañana se van a poner a la venta dos nuevos carteles que evidencian la grandeza y el estado de gracia de Durieux. Se trata de un imponente póster de ‘Pulp Fiction’ cuyo 10% de las ventas irá a parar a la Sally Menke Fellowship, asociación instaurada a memoria de la que fue la fiel montadora de Tarantino que falleció prematuramente en 2010.
Si tenéis pasta y os animáis, aquí podéis encontrarlo aquí sólo hasta las 23.59 del domingo 30 de noviembre. Además se incluye como añadido artístico una serie de camisetas y sudederas de Mwo, dos versiones limitadas de la banda sonora ‘El Gigante de Hierro’ con ilustraciones de Jason Edmiston y Jay Shaw, el VHS de ‘Run Coyote Run’ y una camiseta de Mondo Thrasher.
Quién tuviera dinero ¿eh?
(Hacer clic en la imagen para ampliar).

martes, 25 de noviembre de 2014

¿Se puede medir la felicidad mundial?

La felicidad es un estado de ánimo, fugaz, transitorio y delectable que se establece en nuestra vida como pequeños instantes de plenitud en los que la alegría, el placer o la satisfacción plena no se pueden aplicar a un concepto racional que se explique en profundidad desde un punto de vista biológico. Una virtud, la felicidad, que todos persiguen y muy pocos convienen en percibir como algo volátil y transitorio. Se trata de una concepción etérea e intangible que disfrutamos de forma muy puntual. La verdad es que, en una globalidad del término, y como decía Schopenhauer “toda felicidad es negativa”. Puede, por tanto, que lo mejor sea asumir las limitaciones del término felicidad y aceptar su variabilidad y provisionalidad.
En cualquier caso… ¿Se puede medir la felicidad? ¿Es posible instituir un baremo sobre la felicidad segmentada en los diversos países y continentes del mundo? En definitiva ¿Podemos saber cuál es el país más feliz y cuál el que menos? Para encontrar una respuesta a esta disquisición, se ha publicado una web con una lista infografía que reúne los datos publicados en el Happy Planet Index (HPI), que vendría a ser como un medidor de índices de 151 países del mundo que conforman lo que serían las características que determinan el bienestar de un país; una vida longeva, tranquila y sostenible para sus ciudadanos. La tabla se centra en tres elementos: la esperanza de vida, el bienestar social y la huella ecológica. Con estos componentes se compila una visión integral en estos aspectos.
Así, la tonalidad cromática indica los valores de felicidad de las distintas partes del mundo. El rojo intenso (20) atribuye una puntuación de infelicidad con respecto al naranja (40) o al verde (del 45 al 65), color que corresponde a los lugares donde la felicidad es mayor, entre un 61 y 65 de HPI, Costa Rica, Vietnam y Jamaica encabezan este curioso censo, junto a países como Indonesia, El Salvador, Bangladesh o Belize (España se posiciona en un triste puesto 62). Cuando se trata de esperanza de vida, Canadá encabeza la lista por encima de Noruega y en cuanto al efecto ecológico son los países africanos los menos maltratados por los factores de contaminación.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Magris y la verdad del arte

“El arte que dice las verdades más radicales acerca de la condición existencial e histórica es el de la negación y el rechazo, el que hace hincapié en el malestar de la civilización y en la laceración misma del yo individual”.
(Claudio Magris).

domingo, 23 de noviembre de 2014

Los 'gaturones' de Brynn Metheney

Los dueños de un gato (o de varios) suelen hablar de un nivel afectivo de honestidad cuya característica distintiva de los felinos no sólo se nota en un entorno de compañía y afectuosidad, sino incluso que se habla de las propiedades beneficiosas de su ronroneo para disminuir el estrés. La felinología también atribuye a los gatos el hecho de ser portadores primarios de la toxoplasmosis, aunque preferimos quedarnos con ese tipo de curiosidades de que un gato siempre cae de pie o con la leyenda urbana que dictamina que posee siete vidas. Por otra parte, hay otro tipo de personas más afines a la naturaleza salvaje y a los misterios de las profundidades del océano que son incondicionales admiradores de los tiburones. Los tiburones están repartidos en 122 especies ordenadas en ocho categorías, por lo que su estudio se amplía en esta filia marina que resulta tan sugestiva y peligrosa hacia estos escualiformes que popularizaron, en su descripción literaria y fílmica, Peter Benchley y Steven Spielberg con ‘Tiburón’.
¿Qué tienen que ver estas dos especies entre sí? Pues muy poco, podríamos decir que nada en absoluto. Eso sí, existe una especie de escualo llamado tiburón gato ¿por qué imaginar un gato tiburón? Es más ¿por qué no extender esta extraña adulteración animal a más tiburones? ¿Imagináis lindos gatitos con cabeza de tiburón? El artista de Oakland Brynn Metheney ha ideado un calendario combinando ambas especies en un divertido compendio de Gatos-Tiburones, los 'gaturones' (sharkcats)' de diversos linajes y categorías; el gran gato tiburón blanco, el gato tiburón leopardo, el gato tiburón martillo… y así hasta llegar a una docena. “Era un día normal cuando cogí mi cuaderno de dibujo y empecé a garabatear. De allí emergieron pequeños trazos de una pequeña y terrible criatura: un ‘gato-tiburón’. El diseño inicial se basó en el tiburón zorro. Me pareció que el rostro era muy corto y los ojos demasiado grandes, por lo que adapté a la morfología de un gato. Sin embargo, mientras seguía dibujando, me di cuenta de que casi todas las especies de tiburones podrían adaptarse a esta modalidad. Aproveché la coyuntura para explorar esta creación y lo convertí en una serie de doce ejemplares”, cuenta.
Y aquí tenéis estos extraños seres.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La luz

Sabía que un día llegaría, que la historia de su vida no dejaría que el olvido le hiciera desparecer. No sabía dónde se encontraba. Miraba a su alrededor percibiendo que todo era ajeno a su concepto del mundo.
- ¡Le han dado!- gritó una voz de ultratumba.
Recomponiéndose, echó un vistazo a su bolsillo y descubrió bajo su mano una luz pequeña, un haz de incandescencia esperanzadora, surgida de la explosión de dos planetas en el oscuro cosmos. En un instante, una explosión le devolvió al suelo con un fuerte golpe. De nuevo, bajo la inconsciencia del impacto, soñó que era feliz y que la guerra nunca se produjo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

La muerte de Mike Nichols nos deja el sonido del silencio

Es un día triste para el mundo del cine. Ha fallecido el director de cine Mike Nichols, que compartió generación con símbolos del cambio cinematográfico norteamericano de los años 70 como Sidney Pollack, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich, Brian De Palma, Roman Polanski, Martin Scorsese, Sydney Lumet, Steven Spielberg… Tal vez Nichols no fuera tan célebre como algunos de los mencionados maestros del celuloide, pero sí simbolizó con su dirección algunas de las convulsiones más radicales de una época que vio cómo su versatilidad incitaba a crítica y público a la reflexión con una intención claramente enfocada a una crítica social más cáustica de lo debido. De lo que no hay duda, es que uno de los baluartes que contribuyó al despegue de la última gran edad de oro del cine americano que abarcó una gran dosis de creatividad, riesgo y experimentación.
Nichols debutaría en el cine siendo un reconocido director teatral de Broadway. Y lo hizo con una obra de Edward Albee con la que había triunfado, la adaptación de ‘¿Quién teme a Virginia Wolf?’. Con ella, expuso al espectador las miserias, frustraciones y anhelos de dos parejas de la clase burguesa con unos diálogos tan realistas y abruptos que iniciaron una apertura rupturista a un concepto dramático que agitó las conciencias del Hollywood de la época. Además, Nichols también saboreó las mieles del éxito musical con una pequeña discografía junto a Elaine May con el dúo cómico musical Nichols and May, con el que popularizaron un género muy poco auscultado basado en la música y los 'sketchs' que se prolongó hasta cinco discos en cinco años (1957-1962), el periplo que duró la pareja artística.
El cineasta caracterizó su cine inscrito en esa generación movida por la insubordinación temática con su siguiente filme y posiblemente su mayor legado como director: ‘El graduado’, donde la rebelión en una cultura de consumo se confundía en un entorno de incertidumbre, de desconfianza hacia la autoridad y en el que se dejaba entrever un mensaje crítico acerca de la voluntad de asumir riesgos experimentados por una generación perdida. Un filme de culto que incluso hoy sigue manteniendo su vigencia. El ingenio feroz de Nichols se cohesionaba dentro de elementos comunes encauzados a la disección de las más tortuosas relaciones humanas confinadas a un drama emocional no exento de cierta turbiedad cínica hacia sus personajes.
El realizador de origen bávaro aportó un signo de inteligencia en su exposición de prototipos de cine adulto y veraz, muy astuto a la hora de despojar a sus personajes de cualquier artificio y extrayendo de sus actores y actrices sorprendentes interpretaciones naturalistas para escarbar así en la profundidad psicológica de la fauna que pobló su carrera cinematográfica. Para Nichols las películas siempre fueron un vehículo para el lucimiento de sus estrellas, nunca para transmitir un sello personal de autoría. Su cine apenas deja ver su figura como un director omnipresente en cada plano. Todo lo contrario, su estilo, clásico y silencioso, se asentó en la fluidez casi invisible de los movimientos de cámara, sin perder de vista su propósito de control de la imagen como metáfora del concepto intrínseco de la película. Algo muy difícil de conseguir y, por supuesto, de reconocer.
La innovación devenida en proclama de la liberación sexual y rebeldía a los cánones de censura de la época en ‘Conocimiento carnal’, películas de cierto corte reivindicativo o político denunciando la corrupción corporativa o los riesgos del activismo político con ‘Silkwood’ o ‘Primary colors’, sutilizando la masculinidad en crisis de ‘A propósito de Henry’ y ‘Lobo’, la idealización de la fuerza y libertad femenina en un mundo arbitrario bajo yugo del hombre con ‘Armas de mujer’ o ‘Postales desde el filo’ en incluso esa fiesta de malentendidos que cuestionaban los valores de la familia moderna de ‘Una jaula de grillos’ son sólo algunos ejemplos de su herencia como narrador. Sin olvidar sus dos últimas contribuciones al mundo del celuloide, la sugerente ‘Closer’ y en menor medida ‘La guerra de Charlie Wilson’.
Tampoco le fue ajeno el éxito televisivo, donde destacan, como ejemplos destacados, ‘Family’ para la ABC o ‘Angels in America’ para la HBO. Su carrera como director teatral fraguó su fama entre bambalinas como uno de los grandes; desde ‘Descalzos por el parque’, ‘La extraña pareja’, ‘La loba’, ‘Tío vanía’, ‘Comedians’ ‘Annie’, ‘Hurlyburly’ hasta ‘La muerte y la doncella’, ‘Spamalot’ junto a los Monty Python o ‘Muerte de un viajante’. Se ha ido un maestro de la observación acerca de las relaciones humanas, un inspirador que supo ver mejor que nadie el proceso por el cual los individuos y los grupos interactúan sobre una idea, una rutina, una ideología y que conviven entre la ficción y la realidad, entre lo doméstico y lo complejo de la vida. Y lo hace dejando un palmarés espectacular a sus espaldas: un Grammy, un Oscar, cuatro Emmys y ocho Tonys. Ahí es nada.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Diez años de textos abismales (IX): Homenaje John Belushi (06/03/2012)

Como la de Jesucristo, la vida de John Belushi se apagó con 33 años. Después de casi dos meses de plétoras tóxicas continúas desde que aterrizara en Los Angeles procedente de Nueva York, aquel 5 de marzo de 1982 el cuerpo del actor dijo basta. Esa misma noche estuvo en los aledaños del Roxy, en un club llamado On The Rox, cuando Cathy Smith, conocida ‘groupie’ de gente como Gordon Lightfoot o Rick Danko y a la que apodaban “Silverbag”, porque llevaba en un bolso de plata toda la droga demandada por las estrellas de primer orden, le tuvo llevar y dejar en la puerta de su bungaló del Château Marmont, ese lujoso complejo hotelero que preside la parte más lujosa del centro de Hollywood. Después de echar la raba, volvió a tomarse unas copas, ésta vez acompañado de amigos ilustres que iban y venían, como Robin Williams (de aquélla época vino la afición del recientemente fallecido actor) y Robert De Niro, que estuvieron con a eso de las tres de la madrugada junto a él. El último en abandonarle se fue preocupado porque al bueno de John le había empezado a sangrar la nariz. Según él, no pasaba nada. Era algo normal. Belushi siguió metiéndose alcohol y cocaína hasta altas horas de la madrugada.
Después de una noche de duchas, tiritonas y convulsiones varias. “Silverbag” acudiría en su ayuda. Sin embargo, Belushi quería más. Y llegó a la conclusión que sus ansias de desenfreno culminarían con la magnífica idea de hacerse un “viaje” de ‘speedball’, lo que viene siendo una mezcla de cocaína y heroína. Al menos, es lo que confesaría dos meses después de aquello Smith en un artículo titulado ‘I Killed Belushi’, en el National Enquirer del 29 de junio de 1982. El cómico tenía fobia a las agujas y obtuvo en esta mujer a su aliada perfecta para ese último contacto con la droga, la perdición de su vida. Cuando su preparador físico William Wallace llegó por la mañana para su sesión diaria, John Belushi ya había fallecido. La promesa consolidada de la comedia americana se iba justo cuando estaba punto de eclosionar comenzado los años 80. Entró con mucha fuerza en el mundo de la comedia.
Fue una de las voces del programa radiofónico ‘National Lampoon’s Radio Hour’ y en seguida fue contratado nada menos que para ser la nueva pieza indispensable e icono generacional del clásico programa de televisión estadounidense ‘Saturday Night Live’, donde su desvergüenza, humor salvaje e irreverente dejarían algunos de los momentos imprescindibles en los fastos del ‘show’. Imitaciones de Elvis Presley, William Shatner, Franklin Roosevelt, Elizabeth Taylor, Marlon Brando, Edward Asner, Joe Cocker o Roy Orbison y sus míticos personajes Samurai Futaba, Steve Bushakis y Jake Blues, la mitad oligofrénica de los Blues Brothers, junto a su gran amigo y socio Dan Aykroyd, definirían su paso por el programa hasta que decidió marcharse (con un Emmy como guionista debajo del brazo) a probar fortuna en el mundo del cine.
Sus excéntricas improvisaciones, su inesperada espontaneidad y un carisma fuera de lo común hacían de Belushi un terremoto dentro y fuera de los platós. El telefilme paródico ‘The Ruttles’, ridiculización de ‘Los Beatles’ a cargo del Monthy Pyton Eric Idle serviría de vehículo de presentación para la que sería una de sus grandes gestas: el John “Bluto” Blutarsky de ‘Animal House (Desmadre a la americana)’, de John Landis. El ente universitario como galería innata de crueles novatadas, diversas y enloquecidas fraternidades, letanías etílicas sin sentido e imbecilidades juveniles reflejaban asimismo la forma de ser del actor, excesivo y peligroso cuando había una fiesta de por medio. Compartió pantalla con Jack Nicholson en ‘Camino del Sur’ y Steven Spielberg le ofreció su capacidad enloquecida en ‘1941’ con el kamikaze piloto “Wild” Bill Kelso. Sus actuaciones con los Blues Brothers no habían cesado en todos aquellos años junto a Aykroyd (el disco ‘Briefcase Full of Blues’ fue un pelotazo de cuidado), hasta que Landis les reunió en una película protagonizada por el dúo donde dieron lo mejor de sí mismos. Aquí se tituló ‘Granujas a todo ritmo’ y en todo el mundo fue el éxito que encumbraría a Belushi y a Aykroyd. ‘Continental Divide’, de Michael Apted y ‘Mis locos vecinos’ de John G. Avildsen fueron sus siguientes pasos en el universo del Séptimo Arte. También sus últimos trabajos antes de morir.
Como bien apuntaba el dossier recopilatorio ‘Como una moto’, de Bob Woodward, uno de los periodistas que destaparon el caso Watergarte, la autodestructiva esencia de Belushi estrechó el cerco de su hedonismo hasta unos límites de alucinación y paranoia aplacadas por el consumo ingente de farlopa. Era el Hollywood del exceso, el zoológico de las estrellas enganchadas, de las fiestas locas, de aquellos últimos años trastornados y frenéticos que Peter Biskind también definiría como la época de los “moteros tranquilos y los toros salvajes”.
El diagnóstico de Belushi como payaso triste y final adverso alcanza a ver de qué forma muchas veces la grandeza esconde la debilidad del mito. Michael O’Donoghue, uno de los impulsores del éxito de los primeros SNL y editor del National Lampoon’s dijo que Belushi podría esnifarse el mundo entero. Acertó de pleno. Belushi dejó para la posteridad la imagen de un cómico excepcional que era un ciclón y una fuerza de la naturaleza. Nunca sabremos las cotas de maestría que podría haber alcanzado. El exceso fue su vida, en todos los ámbitos.

Día Mundial del Inodoro

Hoy, día 19 de noviembre se conmemora de forma internacional el Día Mundial del Inodoro. Se trata de una iniciativa creada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para concienciar al mundo sobre la importancia del acceso a servicios básicos de saneamiento. Una celebración que, más allá de su sentido escatológico, promulga la divulgación de datos sobre la sensibilización de un tema bastante significativo y alarmante.
Y es que mientras la gran mayoría de la civilización de la población mundial tiene acceso a las ventajas de la tecnología y basa su bienestar en los adelantos como las redes sociales y los teléfonos móviles otro un tercio de la humanidad, en torno a 2,5 millones de personas, ni siquiera tiene acceso a un saneamiento adecuado. Por eso, hoy cuando visitemos al Sr. Roca, el retrete, el wáter, el escusado, el mingitorio, el cagadero, el asiento de marfil, la poceta, el Trono… como queráis llamarlo, tengamos en cuenta que 1,1 millones de personas todavía hacen sus necesidades al aire libre sin otra opción más higiénica.
Por eso cuando fabriquemos un muñeco de barro, hagamos un Phoskito, liberemos a Willy, calculemos el Producto Interior Bruto, soltemos lastre, descomprimamos archivos, echemos Avecrem al caldo, cisquemos o Sauron nos pida paso no olvidemos pensar, por unos instantes, en que existe gente menos privilegiada y castigada por la pobreza que ni siquiera se puede permitir ese lujo.

sábado, 15 de noviembre de 2014

La duplicidad de carátulas en los VHS de los 80

Como buena rata de videoclub, en mi adolescencia siempre estaba entre cintas de VHS, descubriendo películas y avizorando cualquier novedad en las estanterías de mi establecimiento favorito. Los locales de moda a mediados y finales de los 80 suponían un nuevo reto de aprendizaje. Y fue voraz todo lo que pude ver en aquellos años. Por entonces, recuerdo el poco cuidado que se tenía en los diseños a la hora de lanzar un videoestreno para el formato doméstico. Había auténticas barbaridades que no se correspondían con el contenido de la cinta, remixes absurdos y diseños descartados que no dudaban en lanzarlos como reclamo para que el videoadicto se fijara en el exterior del estuche y alquilara la cinta. Sin embargo, una de las tendencias de aquéllos estropicios con las carátulas era el del plagio o el facsímil de dos cintas totalmente heterogéneas ¿Qué una carátula funcionaba en su momento? ¿Por qué no lanzar una película que nada tuviera que ver sin ni siquiera que correspondiera a la misma época con tal de aprovechar el tirón?
Éste que veis arriba es uno de ejemplos más claros ¿Cuál salió primero? Exacto, 'Conexión Tequila', de Robert Towne de 1988. 'El Gran Guardaespaldas', de Bob Rafelson se estrenó más de una década antes.

viernes, 14 de noviembre de 2014

'Idiots and Angels' y la contundencia cínica de Bill Plympton

No es un director muy conocido, pero su incesante carrera en el mundo de la animación le han hecho granjearse el aplauso de la crítica y la admiración de sus incondicionales seguidores que le consideran un referente en el sector. Bill Plympton es un artesano cuya genial capacidad creativa le ha convertido en un genio ultrajante y ofensivo, un ‘outsider’ que camina por senderos de oscuridad crítica y extravagante a los que el gran público no está habituado. Cortometrajes de culto como ‘Your face’ (por el que estuvo nominado al Oscar), ‘Cómo hacer el amor a una mujer’, ‘Plymptoons’, ‘Nose Hair’, ‘Sexo y violencia’, ‘Guard Dog’ (otra nominación) y ‘Santa, the Fascist Years’, entre muchos otros o la aportación de largometrajes como ‘J.Lyle’, ‘The Tune’, ‘Me casé con un extraño’, ‘Mutant Aliens’ o el más reciente ‘Cheatin’ reflejan un punto de vista muy particular de acrimonia e infamia, de rebeldía pareja a la idea de otro genio como es Gary Larson. Un hombre que tan pronto trabaja para ‘Los Simpsons’ como se lanza a la dirección del segmento ‘H is for Head Games’ dentro de la película de terror colectiva ‘The ABCs of Death 2’, sin perder su cauce con cada dibujo y con cada nueva producción animada hacia ese trasfondo sobre las penurias existenciales del ser humano, de su mezquindad y de su falta de recursos mentales a la hora de expresar cualquier tipo de sentimiento.
Plympton ha conseguido con su dibujo de trazo violento y colorido de lápiz extraer el ‘slpastick’ y el ‘gore’ que el cine de animación actual parece haber olvidado con sus ciudades y perfectas producciones generadas a golpe de clic, como si este rebelde tuviera la ocasión de sacarle los ojos a la entrañable idea del tío Walt y su concepto de animación y orinara en sus cuencas. El surrealismo feroz que empapa cada creación conlleva en su interior una dosis agria de verdad, de apoteósica crueldad, en definitiva, de autenticidad. Un buen ejemplo de ello es ‘Idiots and Angels’, película de 2008 apadrinada por, ni más ni menos, que Terry Gilliam, que supone un arquetipo imprescindible para analizar la caustica dimensión de su arte y propósitos como maestro de la animación. En ella cuenta la vida de un hombre mezquino y egoísta que vive a gusto su misantropía e intolerancia en una rutina gris y sin futuro. Sin embargo, de forma repentina, un buen día se levanta notando dos bultos en su espalda. Lo que en un principio parece una extraña enfermedad, van tomando la forma de dos alas seráficas que le incitan a realizar buenas acciones en contra de su voluntad. Desalentado por el dolor y la vergüenza de su nueva condición, este pobre diablo hará lo posible por luchar contra esa situación.
A lo largo de esta historia de un antihéroe a su pesar, Plympton expone todo un catálogo de situaciones que identifican su estilo salvaje y políticamente incorrecto, salpicando la cinta con un grado de surrealismo que esconde ese cinismo sangriento que no deja lugar para la indiferencia, como las secuencias en las que el sexo es material de referencia para relacionarse con mutilaciones o las relaciones con el mundo como una excusa para sacar a flote su causticidad hiriente que no deja títere con cabeza. Los sombríos personajes de ‘Idiots and Angels’ pululan por una ciudad suburbana sumergida en un caos de tintes grises y fantasmales. Esta hostilidad bebe claramente de los efluvios del cine ‘noir’, atento siempre a los contrastes casi expresionistas para estipular, mediante un lirismo áspero, la ambigüedad moral de esta fauna. Esa inmunda ciudad de impiedad y recelo se despliega bajo las notas musicales de Didier Carmier, Tom Waits, Pink Martini, Corey A. Jackson o 3 Pierna Torso, rehusando al diálogo en todo su metraje. Una estrategia que encuentra paralelismos intencionales al cine de David Lynch.
La brutalidad de la humanidad es un hecho y la bondad vendría a ser una aberración, parece querer decirnos. Y lo hace como en él es habitual, con una imaginación sin límites, recreándose en una diversión basada en la manipulación de la forma física o jugando con las expectativas de un espectador al que no se le impone un juego cruel para luego enviarle un mensaje de redención y moraleja. Aquí es todo lo contrario, ‘Idiots and Angels’ es una oscura fábula sobre la bondad de la humanidad, sí, pero también sobre su ausencia irracional en la forma más monstruosa. Plympton aboga siempre por el desacato moral y se rubrica con cintas como ésta como un artista que con cada nuevo trabajo traspasa fronteras y se supera. Por muy difícil que parezca. Así es Bill Plympton, al que el Festival de Cine de Gijón le dedica un ciclo con algunas de sus producciones más reconocidas.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La verdad de Houellebecq

"Nietzsche, Schopenhauer y Spinoza no serían aceptados hoy. Lo políticamente correcto, con la magnitud que ha adquirido, hace inaceptable casi toda la filosofía occidental. Hay cada vez más cosas sobre las que es imposible pensar. Es aterrador".
(Michel Houellebecq).
Caricatura: Jean-Claude Morchoisne.

lunes, 10 de noviembre de 2014

25 años de la caída del Muro de Berlín

Una de las noticias del día es la conmemoración de un cuarto de siglo desde la caída de aquel coloso llamado ‘El Muro de Berlín’, el punto de giro de un país dividido por la diferencia impuesta, de una nación obligada a la escisión que fraccionó a dos Alemanias radicalmente desiguales, en lo político, en lo económico y en lo social. Fue la reunificación de un pueblo tras 28 años de separación. El baluarte de la represión cayó y las puertas se abrieron en el mismo instante en que Gunter Schawobski, miembro del Politburó de la RDA, aclaró de improviso en una conferencia de prensa televisada desde Berlín Oriental que la frontera interalemana había dejado de estar vigente de forma inmediata.
Los berlineses se habían congregado a ambos lados del muro para hacer posible un sueño acariciado durante muchos años. La retención de plusvalía y la alienación procedente de ambos lados del muro simbolizaban las dos particularidades congénitas al capitalismo. Llegaba la hora de marcar los ideales de la globalización neoliberal, pero también de demostrar cómo totalitarismos del siglo XX habían perdido su sentido. Fue la destrucción de un sistema, el derrumbamiento del espacio comunista. Desde ese momento, se llevó a cabo la creación de un nuevo orden mundial que instauraba la globalización en el mundo occidental. Un poder fue sustituido por otro y hoy el sentimiento de metamorfosis parece lejano, imbuido por una celebración que tiene que ver con la memoria de un cambio que hoy en día se mira con ambivalencia por los protagonistas de aquél día memorable.

viernes, 7 de noviembre de 2014

El sello Podemos y la marca Bugaboo

¿A alguien se le ha ocurrido establecer el sugerente paralelismo conceptual que tienen en común el logotipo del grupo político de moda, Podemos, y la marca de carritos para bebé Bugaboo? ¿Ese extraño desorden esférico comparte algún tipo de analogía? ¿Ha querido decir Podemos que ha nacido un nuevo partido y que, pese a su edad párvula, crecerá con un sello de calidad similar de la marca de moda y costosa marca de cochecitos adaptables y convertibles o por el contrario se insinúa que esos aros intricados podrían también ser como los de los magos y es simplemente un truco de ilusionismo que fructuará en la farándula despótica que siguen los demás partidos?
Veremos.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El verano 2015 ya tiene un nombre propio: 'Minions'

Qué tendrán lo minions que nos suscitan esa afinidad inmediata hacia estas pequeñas criaturitas amarillas con forma de gragea que, no obstante, son serviciales y trabajadores constantes en servidumbre a su amo o maestro, caracterizado por ser un villano de altos vuelos. Estos seres llenos de humor y cinismo, con lenguaje propio y voz estridente han enamorado a todo el mundo aficionado a la animación con sus dos apariciones en la saga de ‘Gru. Mi villano favorito’. Su protagonismo en la secuela fue tal, que no era difícil imaginar que tuvieran una película propia. Y así ha sido.
Universal Pictures e Illumination Entertainment han creado un proyecto erigido únicamente a la gloria de estos simpáticos secuaces que prometen romper las taquillas a partir del 10 de junio de 2015, día en que se estrenará esta nueva fábula de gancho amarillento. La película, titualda como era obvio, 'Minions', está dirigida por Kyle Balda y Pierre Coffina y gira en torno a las aventuras de tres de estos minions (Kevin, Bob, y Stuart), a través de un viaje lleno de diversión en busca de un nuevo amo villano.
Todo comenzará con el origen de la raza, a partir de organismos unicelulares amarillos que evolucionan en su inocente maldad a través de las edades históricas, perpetuamente al servicio de los más despreciables malignos que han poblado la Tierra. Sin encontrar un villano a la altura, desembarcan en el Nueva York de finales de los 60, donde encontrarán a Scarlet Overkill (con la voz de Sandra Bullock), una potencional villana a la altura de las exigencias de estos divertidos empleados del Mal.

El signo de la actualidad y el espíritu de Guy Fawkes

“Remember, remember the 5th of November, the gun powder treason and plot. I know of no reason why the gun powder treason should ever be forgot”.
Vivimos tiempos procelosos, salpicados por la corrupción que abandera la total ausencia de valores políticos, reflejo de un modelo de vida que se ha quedado vacío de moral y ética y escupe de forma despótica al ciudadano, sumergido en una crisis creada por esos mismos buitres que han basado su poder en el engaño, la ineptitud y la mentira. La institucionalidad ha ido en detrimento de los valores básicos de la restauración democrática, que no es más que un arma de doble filo que únicamente alimenta y promueve los intereses de la vieja oligarquía, manipuladora y cínica, abanderada por una clase política a la que podríamos tildar de panda de babosos que gobiernan incapaces de transmitir cualquier plan para solventar los problemas de los ciudadanos, con decisiones más cercanas al absurdo que a la sensatez.
El descrédito de esta clase ha establecido un modelo impune que genera desconfianza e incredibilidad de la ciudadanía hacia este tipo de instituciones democráticas que los gobernantes se han encargado de ir infectando con su cáncer social de intereses propios. Estamos ante una época corroída por la inoperancia de aquellos que se lavan las manos ante sus execrables acciones para seguir manchándoselas sin ningún tipo de prejuicio con más dinero público mientras la gente empieza a pasar hambre. Y, mientras, parece que todos miramos hacia otro lado, indignados, sí, pero sin velar frente a la expansión y mal uso del poder estatal, sin reivindicar el sometimiento de las instituciones públicas al pueblo soberano, cuyas libertades deberían ser respetadas y salvaguardadas más allá de cualquier interés. La conciencia colectiva permanece idiotizada, amedrentada por todo lo que está pasando, menospreciada ante los gritos y las quejas silenciosas que parecen no ser suficientes. Las pancartas y los lamentos no tienen efecto. De hecho, ya se empieza el camino para implantar la supresión de libertad de expresión con la temida ‘Ley Mordaza’. Y aquí, en este punto, es en el que comienza la distopía a la que vamos de cabeza.
Guy Fawkes fue un tipo que en 1605 declaró su férrea intención de volar por los aires el Parlamento Británico para acabar con las persecuciones religiosas mediante la colocación estratégica de varios barriles de pólvora. Su intención era eliminar de la ecuación política al Rey Jacobo I y al resto de los miembros de la Cámara de los Lores por sus medidas de represión hacia los católicos. Le ayudaron Ambrose Rookwood, Francisco Tresham y Sir Everard Digby. No funcionó y el rebelde Fawkes fue detenido. Aún así, se negó a confesar y denunciar a sus cómplices, muriendo ahorcado públicamente. Hoy en día, el trasfondo místico ha quedado en un segundo plano, como casi siempre. La tradición vigente se celebra como el día en el que los británicos salen a la calle a disfrutar de los fuegos artificiales más espectaculares del año y en el que durante la ‘bonfire night’, es decir, la noche de las hogueras, se queman efigies del célebre conspirador y de protagonistas contemporáneos, acto en el que se esconde una visión subrepticia de austeridad y condena abrupta con respecto a la clase política.
Cada vez vivimos más sometidos a las disposiciones que se dictan desde los despachos de los gobernantes, independientemente del partido que sea. Todos representan esa corrompida defecación de fétida raigambre. La tétrica abolición de la equidad y libertad, que se dispone en pequeños fragmentos que claudican fugazmente ante las normas, se está disipando hacia una limitación represiva, soterrada y silenciosa. Es el propósito de esta calaña de sinvergüenzas. Aprovechando este 5 de noviembre, deberíamos apelar al espíritu de la celebración británica de la Noche de Guy Fawkes.
La tortura, la persecución y la sangre de las dictaduras han sido sustituidas por el desempleo, el capitalismo autoritario y la indeterminación de iniciativas derruidas por la imposición de los nuevos tiempos económicos y por la clase política. La democracia de nuestros días se limita a robarle al ciudadano, a malversarle con argucias legalizadas hacia el beneficio de los poderosos, de aquellos a los que la crisis es un problema ajeno. El pueblo ha pasado a ser un peón, un elemento utilitario. Fawkes incentivó la idea de recurrir a la disidencia. Vivimos tiempos en los que el significado original de la palabra político ha quedado muy lejos de simbolizar un servidor público. Ahora es algo diametralmente opuesto. Los privilegios de sus cargos son los que ciegan con la codicia de un estatus seguro y sin obstáculos para subsistir con todo tipo de lujos, estafas y fraudes como las conocidas ‘tarjetas black’ o el incesante apogeo de la corrupción de los grandes partidos.
La ineficacia para solucionar problemas se ha convertido en un pesado lastre encubierto con mentiras, falsedad y engaños. No existen soluciones reales a los problemas que asolan a la sociedad. Los organismos del estado se establecieron para diversificar los diversos poderes; el legislativo, el ejecutivo y el judicial (que, al fin y al cabo, es el menos influyente puesto que desgraciadamente está sometido al antojo de los anteriores). Hoy el gran poder es el económico, el que absorbe y erosiona las bases del mundo. El responsable de que los diferentes órganos sean capaces de abstraerse de su influencia. Los bienes públicos sirven para enmendar los errores privados. A eso hemos llegado. Robándole la frase a la artista Teresa Margolles: “Ya basta, hijos de puta”.
Por eso la figura de Fawkes y el fondo del espíritu revolucionario de ‘V de Vendetta’ de Alan Moore y David Lloyd o en su extrema adaptación cinematográfica, podría servir como proclama de acción y reacción, de admonición desafiante a futuras instituciones de coerción y autoridad, hacia las tiranías que intervienen en las economías privadas e internacionales, recordando, en palabras de David Hume, que todos los regímenes tiránicos se sustentan, en última instancia, sobre la aceptación mayoritaria. Es lo que sucede en estos momentos. Hay que salvaguardarse contra los gobiernos obsesionados por la falsa seguridad y que se guardan las espaldas entre partidos opuestos. Hay que ir contra estos regímenes que acaban utilizando el miedo como arma para erradicar la libertad y oprimen la autonomía individual. Hay que luchar, por ende, contra la ignorancia, la desidia intelectual, la inconsciencia social, el automatismo o la irreflexión.
Hay que eliminar la propaganda política que pretende utilizar al pueblo para oscuros intereses. Es importante alzar la voz, con feroz crítica, en oposición a los regímenes que rayan el imperialismo, si hace falta favoreciendo posturas radicales como la de Fawkes si la autoridad olvida sus principios básicos de amparar a la sociedad. Una acción como la de este antihéroe enmascarado, un individuo que luchó por un discurso honesto y lícito de rebeldía, pasaría a ser la hazaña simbólica de un ideal que cobraría vida como detonante para que la población descubra el valor de la libertad. Las demás alternativas, unificadas en otra postura política de promesas ilusorias, no son más que el génesis de un nuevo ciclo encaminado hacia un peligroso bucle. Tal vez habría que pensar en un golpe de efecto distinto encauzado hacia la búsqueda de una arriesgada propuesta que encontrara la destrucción de los símbolos políticos y estatales y cuyo propósito final fuera el de movilizar a la sociedad y recordar al colectivo, a la gran masa que somos todos, que los ciudadanos somos los auténticos y únicos preceptores de nuestro destino.

martes, 4 de noviembre de 2014

Diez años de textos abismales (VIII): John Waters, el Rey del Mal gusto (03/06/2006)

El extraño talento provocativo del genio ‘trash’
La carrera de Waters, marcada por la polémica ‘Pink Flamingos’, está marcada por la trasgresión y la polémica, por la libertad y la evolución creativa.
La vida y obra de John Waters no es ni mucho menos corriente, ni normal, ni cotidiana, ni decente. Si no todo lo contrario. Waters se ha convertido en una indispensable celebridad gracias a una libérrima y disoluta percepción del arte, obscena y desmedida, ‘ultra-kistch’ y escatológica, insurgente y a su vez redentora. Es el indiscutible rey del ‘trash’, de la basura que ha salpicado con sarcasmo y excreción a las reprimidas morales puritanas con su cine corrosivo e incómodo, surgido directamente del subsuelo de todo aquello convulsivamente sedicioso. Cierto es que el ‘trash’, entendido como corriente estética y ontológica de la vida convoca todo aquello que batalla contra la belleza, los cánones estéticos y la apostura, aquello que apela con carencia de valores a los bajos instintos subversivos del artista. Waters se configura desde su precoz actividad de creador como un rebelde artístico, un dinamitador del yugo dictatorial del gusto, sustituyendo la belleza de lo ornamental y el mensaje políticamente correcto de lo consentido por una sempiterna búsqueda de la epifanía clarividente y verdadera que se encuentra en el fondo más hediondo y lúgubre de las personas.
La divergencia y la ‘basura paradigmática’ (en constante evolución hacia un formalismo artístico depurado) ha sido la constante de este ‘freak’ que abraza con su incómodo cine a la teología fílmica de visionarios mitos imperecederos de la ‘serie Z’ más mugrientos como Hershell G. Lewis, Ed Wood o Russ Meyer. Waters, también conocido como "The king of puke", debutaría en el cine con ‘Hag in a Black Leather Jacket’, una pequeña obra que describía la boda entre una joven blanca y un apuesto negro que representaría el cine con las señas llenas de roña del mago de Baltimore, ciudad que le vio nacer en 1946 y que le ha servido como fuente de inspiración a lo largo de su filmografía.
Desde ese nada convencional comienzo en el Séptimo Arte, Waters ha indagado en cada rasgo de la citada cultura ‘trash’, saltándose todas las reglas formales, de forma drástica, trazando la vanguardia con una mirada distorsionada de la irrealidad que nos rodea, de nuestro propio fondo humano, dando como resultado una veracidad limítrofe en la náusea, de nuestra fehaciente condición de individuos. La frase que un buen día hizo popular el insurgente realizador "hay que tener buen gusto para saber apreciar el mal gusto" es paradigmática de la cosmología ‘watersiana’. Maldecido y venerado a partes iguales, este grano en el culo del cine independiente americano empezó a ganarse su mala fama con el trabajo ‘Mondo trasho’, un catálogo de barbaridades alejadas ya de su evolutiva domesticación de un humor salvaje y absurdo, metafórico e iniciador de una tradición poco explorada por el cine y por el arte, reservada a los díscolos artistas que expresan su talento por medio del escándalo.
La obra más conocida de Waters es y será su obra maestra ‘Pink Flamingos’, una basura inolvidable rodada en 16 mm. ataviada por un reconocible look feísta, ‘underground’ y antiestético que, a medio camino entre el pop y el ‘cutre-kistch’, encontró la forma de escandalizar a propios y extraños con la historia de Divine, un ambiguo obeso travestido considerado la ‘persona más guarra del mundo’, en una historia en la que vive junto a su atípica familia en constante lucha con los Marble, otra asquerosa prole con la que se enfrentan, ya que habitan en una caravana donde inseminan a toda jovencita que recogen en ‘auto-stop’. La carga argumental se hizo insostenible para la época, básicamente por su retahíla de coprofagia (el mítico plano final con Divine tragándose un excremento canino, sin truco ni trampa), felaciones, incesto, asesinato, castración, violación, transexualismo, exhibicionismo y canibalismo que expuso, con toda la frialdad del mundo, la realidad oculta de la sociedad cínica y falsa de los 70. Intención ésta última que Waters ha ido acoplando a sus posteriores trabajos.
La emblemática Divine seguiría trabajando con Waters hasta convertirse, sin concesión a la porfía, en un icono del cine transgresor más sucio que se recuerde. Es entonces cuando se aprecia el designio del cine dirigido por Waters: el impacto, la realidad mugrienta y repugnante, según sus palabras “aquello que jode y molesta”. A la galería de ‘freaks’ aportados por Waters, con los que vivía en una comuna artística, hay que sumar a inolvidables ‘duches’ de la talla de Edith Massey, David Lochary, Mink Stole o Jean Hill. Contribuyente a enterrar la absurda pesadilla hippie, Waters inculcó con su arte una defensa a la verdad, una crítica (a veces apologética) a la violencia, reventando la idea ‘sixties’ de florecitas y paz, drogas y amor. Waters coincidió con el nacimiento del ‘punk’ y a él hay que anexionar sus primeros trabajos ‘Female Trouble’ y ‘Desperate Living’, demenciales declaraciones de intenciones de un cada vez más polémico director, amigo de varios miembros de la ‘familia’ del ‘psycho-mesías’ Charlie Manson.
Un nuevo tipo de cine que alteró a los críticos más clasicistas (no hay que explicar cómo se tomaron –y se siguen tomando- el arte de Waters) frente al desaforado acogimiento de la rebelde juventud de finales de los 70, libre y desenfrenada, amante de los excesos y recelosos del ámbito ‘beatnik’. Si bien puede parecer que la obra de este terrorista genérico corrió por los mismos cauces, no fue así, para decepción de sus entusiastas fans. Los 80 empezaron para John Waters mucho más sosegados, explorando la verdadera narrativa cinematográfica y evidenciando una progresión hacia ámbitos más depurados, con la misma carga crítica, pero desinfectando su imagen con cintas mucho más accesibles para el gran público. Prueba de ello son sus siguientes películas ‘Polyester’, ‘Hairspray’ y ‘Cry-Baby’, muy comedidas con las emociones fuertes, ofreciendo otro tipo de infracciones a la hora de poner en tela de juicio a la sociedad americana moderna, sin desprenderse de sus raíces revolucionarias, pero perfeccionando un gusto por un arte que le ha terminado de consolidar como un mito repuesto para la nueva comedia negra americana, influyendo sobre mortíferos críticos sociales como Todd Solondz o Neil Labute, entre otros muchos.
Acostumbrado a emplear la sátira como rito cinematográfico, sus últimas producciones (‘Serial mum’, ‘Pecker’, ‘Cecil B. Demented' o 'Los sexoadictos'), ya inscritas en una moderación aparente y engañosa, divide a aquellos que echan de menos la insurrección salvaje de sus primeros años y los que apoyan, por lógica, el cambio hacia un cine ácido, pero estéticamente más enaltecido, como opción de escape al encasillamiento. A pesar de que Waters haya abandonado las perversiones de su carrera freak, es innegable su propensión por incluir en sus trabajos elementos que no dejan de sorprender al público no habituado a los desvaríos de la posmodernidad temprana de este genio del ‘trash’. Un gran mago de la basura y la defecación hecha celuloide que ha hecho de su militancia en el sótano de la diatriba social una bandera para las posteriores generaciones.