jueves, 30 de enero de 2014

John Cleese y la necesidad de la creatividad

“La creatividad no es un talento. Es una forma de articulación”
(John Cleese. 1991).
¿Cómo funciona la creatividad? ¿Cuál es su origen? Es una pregunta que posiblemente no tenga respuesta. Lo cierto es que no existe una ciencia ni un modelo exacto que pueda optimizar nuestra capacidad de creación. Desde la década de los 90, el cómico británico y miembro de los Monty Python John Cleese ofreció una receta sobre su visión de la comedia y la creatividad conjugada en cinco elementos primordiales.
1. Espacio: Uno no puede ser creativo si está bajo presión o tiene problemas que afecten a su rendimiento.
2. Tiempo: Hay que crear un espacio y mantener en él un tiempo dilatado.
3. Tiempo: Aprender a ser paciente y dar tiempo a que se llegue a algo original. Es necesario tolerar la incomodidad de medir el tiempo y la indecisión a la hora de reflexionar.
4. Confianza: A la hora de ser creativo no hay que tener miedo a cometer un error. Si se cometen errores, se pueden corregir y aplicarlos de forma beneficiosa.
5. Humor: La creatividad se da en la interacción de estados a la hora de actuar; uno abierto, con una visión abstracta del problema que permiten reflexionar sobre las posibles soluciones, y otro cerrado, que amplifica la implementación de una solución específica con una precisión limitada. La principal importancia evolutiva del humor es que nos llega desde el estado cerrado que dé paso al estado abierto de rápida.
En este vídeo sobre el liderazgo creativo, Cleese ahonda en las claves de este apasionante tema llegando a una conclusión certera: en la creatividad, si uno se centra en algo y se acerca a ello de forma insistente y reflexiva, el inconsciente será el encargado de premiar esa maravillosa obstinación. La creatividad, en suma, es tan necesaria como cualquier otro ámbito de nuestra vida.
Ilustración: Terry Wolfinger.

miércoles, 29 de enero de 2014

Review 'El lobo de Wall Street (The wolf of Wall Street)', de Martin Scorsese

Los perversos excesos del sueño capitalista
Scorsese delinea, bajo el signo del humor negro, una reflexión sobre la economía mundial y la gran estafa llamada capitalismo a través de un personaje despreciable que exhibe con orgullo el verdadero rostro de la ambición que anida en los grandes focos de poder.
En ‘Uno de los nuestros’, Henry Hill (Ray Liotta) significaba ya desde su inicio, con esa voz en off que no es ajena a la vasta filmografía de Martin Scorsese, los propósitos de un personaje obsesionado con un destino que cumplir: “Desde que tengo memoria, siempre quise ser un gánster”, decía. En ‘El lobo de Wall Street’ se constituye una máxima paralela también bajo los preceptos de ese narrador omnisciente, esta vez con la voz de Leonardo DiCaprio interpretando al ‘broker’ de bolsa Jordan Belfort: “Siempre he querido ser rico” inicia su arenga sobre su excesivo modo de vida. Esa conexión entre ambos submundos, el de las familias de mafiosos y el de los chacales que mueven millones en las altas esferas de la red bursátil de, se fusionan en equivalencias correlativas casi instantáneas, figuradas en ambientes donde parece no haber límites. Las dos películas, como muchas otras del cineasta italoamericano, representan desde su inicio un sórdido e irresistible viaje a los infiernos del poder. Wall Street es aquí como la Cosa Nostra de nuestro tiempo, donde a través del hedonismo y la arrogancia, se explora el lado oscuro y salvaje del sueño americano.
Basada en las memorias del mencionado Belfort, Terence Winter (cotizado guionista de ‘Los Soprano’ y creador de ‘Boardwalk Empire’), junto a Scorsese, comienzan auscultando de forma precisa la podredumbre ética que promovió el desplome de Wall Street en 2008 y que tuvo consecuencia la crisis financiera mundial que asola en este momento a un mundo occidental que todavía no se ha podido recuperar del fatal desgarro, más fatídico incluso que el hundimiento bursátil de 1929 y la consiguiente Gran Depresión. Sin embargo, su visión moral se autodestruye en la manifestación de un espacio que juega con sus propias reglas, como sucedía con ‘Uno de los nuestros’ o ‘Casino’, cintas a las que les une ya no sólo una comunión estilística basada en la agilidad de movimientos de cámara o la predilección por un montaje electrizante, si no por esa incursión en un cosmos de corrupción movida por un énfasis arribista. ‘El lobo de Wall Street’ podría ser un complemento vinculante sobre el dogma arrastrado hasta lo irreflexivo de la aparente seducción por enriquecerse al margen de la ley.
En los grandes rascacielos donde se mueve la economía mundial, los ejecutivos son presentados como energúmenos trajeados que se gritan “hijos de puta” y se profieren todo tipo de insultos y frases hechas con un lenguaje vulgar y ordinario. Eso es Wall Street, cómo suena el ciclo del dinero, la alegoría de un sistema financiero que ya no sabe distinguir entre la estafa y el negocio legítimo. En esta bacanal de euforia, una de las primeras acciones que el espectador observa absorto es cómo un grupo de especímenes de esta fauna lanza a dos enanos con trajes de velcro contra una diana cuyo centro ilumina el símbolo del dólar, mientras los desaforados ‘brokers’ jalean tan surreal y despiadada acción. Sólo es el principio. Jordan Belfort se presenta al público; es un multimillonario hedonista que se mete varios tiros de ‘farla’ directamente del culo de una prostituta, conduce un Ferrari (no rojo, si no blanco, como el de Don Johnson en ‘Corrupción en Miami’) mientras su preciosa mujer modelo (Margot Robbie) le hace una felación o pilota puesto hasta las cejas un helicóptero que acaba estrellado en el césped de su multimillonaria mansión en una de las zonas más selectas y exclusivas de Long Island. Pero sobre todo, Belfort esgrime una elegía sobre aquellas sustancias que componen su vida: marihuana, adderall, xanax, mezcalina, adrenalina, morfina o metacualona (los ya míticos Quaaludes). Y como motor de vida: la cocaína.
Sin embargo, este pez gordo de la bolsa no siempre fue así. Mediante un ‘flashback’ descubrimos que siendo un joven felizmente casado candidato a ‘broker’ empezó con ilusión en la prestigiosa firma L.F. Rothschild, en la que trabajaba para Mark Hanna (Matthew McConaughey), mentor e iniciador en su verdadera vida bursátil, un maestro Zen que nutre al pupilo de consejos basados en la estafa, el desprecio por el inversor, en la masturbación, la ingesta de Martinis para almorzar y la cocaína como único revitalizante para mantenerse vivo. Una instrucción que termina con el maestro y el aprendiz dándose golpes en el pecho entonando un canto tribal. Es el comienzo de una dionisiaca espiral hacia el éxito.
Belfort encaja a la perfección en esa estirpe de personajes ‘scorsesianos’ con dificultad para empatizar con el espectador, pero que acaba por convertirse en celebridad mediática como resultado directo de sus delitos y faltas; Jake LaMotta, Rupert Pupkin o Travis Bickle no estarían muy lejos de ese céfiro encantador que tiene el personaje de DiCaprio. Cuando el 19 de octubre de 1987 se produjo una caída histórica de 508 puntos del Dow Jones y su destino parece forzarle a una vida lejos de la riqueza, Belfort se reinventa dentro de la venta de “acciones a centavo”, como se explica despectivamente en el filme, vender "basura a los basureros" con el que conseguir el 50% de comisión. Junto a Donnie Azoff (muy sobresaliente Jonah Hill), un lugarteniente fiel con las mismas ínfulas calculadoras que Belfort, erigirán un emporio basado en esta táctica "pump and dump", metiéndosela doblada a los más ricos. La fundación de Stratton Oakmont transmuta a un grupo de torpes estafadores que visten en chándal en acaudalados ‘brokers’ que especulan con acciones millonarias: parábola definitoria de la calaña que envuelven los grandes corredores de mercados que, en el fondo, esconden a codiciosos timadores sin entrañas con astucia suficiente para estafar a inversores de forma (i)legal.
Scorsese y Winter delinean, por medio de un humor negrísimo y desaforado, una reflexión sobre la economía mundial basada en la consecución de una combinación de azares; sólo el que juega gana dentro de un casino hediondo donde se apuesta dentro de los mercados bursátiles. Eso sí, jugándose los ahorros y el dinero de los demás, ya sea un pobre asalariado de clase media, un exitoso emprendedor que arrasa con una marca de zapatos o grandes millonarios. Belfort es un antihéroe narcisista que habla directamente al espectador, coartando cualquier orientación artificiosa por parte del narrador. La historia la cuenta el propio Belfort, desde un punto subjetivo. Aquí lo que se cuenta es la solemnidad de lo irreverente y de la mala conducta exhibida no tanto un concepto histriónico, sino un reflejo de una realidad que mueve este cosmos de ambición. La hura de ‘white trash’ que crece hasta convertirse en una opulenta manada de lobos con hambre de dinero y frenesí es la lógica consecuencia de esos miserables materialistas sin entrañas que visten corbata y organizan las transacciones de compra-venta.
Gánsteres en la bolsa
Scorsese, después de ‘Shutter Island’ y ‘La invención de Hugo’, dos obras tan personales como sugestivas que no han hecho si no fortalecer el ilusionismo visual de un mito del celuloide, recupera aquí una tendencia que vierte sus esfuerzos al impulso lúdico, a cierta grandilocuencia contagiosa que exuda testosterona e irriga una falta de contención que se puede considerar casi imperativa dentro de este contexto de descarrío ‘farlopero’. La explosión de la puesta en escena provoca una constante sensación de celeridad, de narrativa en continuo avance, desglosando algunos de sus mejores recursos para armonizar con el talento vitalista de lo telúrico. Scorsese deja llevar su imaginería a la dinamización omnipresente de unos estudiados movimientos de cámara, forzando la percepción sensorial e intensidad a un juego de divertimento sin fin, al que se suma el gaudeamus de montaje que exhibe su inseparable Thelma Schoonmaker, que centrifuga a golpe de edición este ciclón traducido en un difícil paradigma de libertad dentro del Hollywood actual. El montaje, en este caso, sirve como elemento estructurador y generador de conceptos invisibles, dotando a la acción de una frenética musicalidad narrativa. Precisamente, en este apartado también es importante la precisión con la que las canciones (asesoradas por Robbie Robertson) interactúan, integrándose en el sentido de lo que se observa en pantalla.
Por otra parte, la sutileza y la precisión cómica de Leonardo DiCaprio dota de un aporte físico a Belfort, llenando la pantalla con una entrega apasionada y precisa que modela la personalidad de un personaje despreciable que acaba por conquistar a la platea, como la autoconvicción que muestra en los complejos discursos de ventas ‘show-stopping’ a lo largo de la película. Si DiCaprio no gana un Oscar por este trabajo, probablemente nunca lo hará.
Scorsese ejerce de nuevo como un demiurgo cinematográfico con ganas de ejercitar su vertiente de irreverente maestro de ceremonias. Y lo hace con una constante faceta lúdica y creativa de un cine que parece inalcanzable, imbuyendo de personalidad esa plasmación visual de un modo de vida, de un universo de depravación y vicio que no atisba fronteras de carácter ético compuesto de psicotrópicas fiestas, viajes a Suiza, sobornos, blanqueo de dinero y montañas de cocaína. Todo ello dentro de una jerarquía extrañamente regida por la lealtad, la amistad y los valores enviciados por un deformante propósito. ‘El lobo de Wall Street’ evoca así esa vertiente casi feérica de cinismo que provocan esas ‘sets pieces’ casi prosaicas (pero trascendentales) dentro del filme, que retribuyen a la esencia de la narración y describen a la perfección el sentido de ese hábitat tóxico que también forma parte la gloriosa ponzoña que anida en el orgullosa alma americana; esa reunión sobre el tratamiento a los enanos y su utilización como instrumento en una fiesta de celebración en la que le rapan el pelo a una empleada, los problemas para sacar unos cuantos millones de dólares de Estados Unidos a Suiza y las consecuencias que provoca una absurda discusión interna, un chimpancé con patines como surreal antojo, la pérdida de la compostura que supone una despedida de soltero con un coste de dos millones de dólares o la magistral secuencia instaurada sobre elementos de ‘slapstick’ provocados por los efectos de unos Lemmon 714 caducados que ofrece la verdadera esencia de los ‘brokers’, que llegan a hablar de forma atropellada y balbuceando, actúan de forma negligente e incluso llegan a arrastrarse por el suelo y terminan por convertirse en fortuitos héroes sólo cuando la cocaína revive sus cuerpos… También eso es Wall Street.
Lo paradójico de todo ello es que, para la adaptación de las correrías de Belfort, Scorsese y Winter imponen un cierto distanciamiento a la naturaleza de su mecanismo narrativo, sin persuadir al espectador hacia un sentimiento compasivo. Todo lo contrario, ‘El lobo de Wall Street’ está trufado de personajes negativos, de tiburones miserables que exhiben con orgullo el verdadero rostro del poder, desfigurado con la adulteración moral escondida detrás de un disfraz de neutralidad y corrección. El director de ‘Taxi Driver’ se desentiende de la necesidad de crear un discurso subversivo e incluso crítico de lo narrado, sin ambigüedad alguna, un ‘crescendo’ en la personalidad de unos personajes que revelan sus intenciones desde el primer minuto. No existen digresiones ni juicios. Tampoco espacio para la redención, ni se expone un arrepentimiento que sirva como recurso o justificación a tanta barrabasada en este camino hacia la grandeza de un desfase que ha provocado esa mentira, esa gran estafa llamada capitalismo.
Es el punto de vista de un espejo que refleja el mísero mundo al que nos han abocado a vivir al resto del mundo, llevados por la negligencia de aquellos que se enriquecen en un marasmo de números y dinero tan pútrido y oscuro como el proveniente de la bolsa. Por eso, no es difícil imaginar esa oligarquía de corruptelas y degeneraciones morales dentro de la política actual o de las grandes esferas de las multinacionales, poblada por cabrones que juegan con impunidad como adolescentes drogados con los resortes del destino del mundo. Ni siquiera la irrupción en el relato de los agentes del FBI, a la cabeza con Patrick Denham (Kyle Chandler), representan el flanco positivo o legal, ya que optan por catalizar su interés en unos recién llegados al imperio del poder económico antes que meter mano a los que llevan años fructificando millonarias cifras con la negociación de los valores en los mercados bursátiles. Y todo ¿para qué? Posiblemente para nada, por mucho que se sienta íntegro y regrese como un asalariado más a casa en un triste metro nocturno.
No es una historia acerca de corredores sin principios, se trata de cazarrecompensas modernos que se aprovechan de la avaricia de los demás y de sus deseos de hacerse ricos rápidamente como excusa para llevarse parte de su dinero, en definitiva, oportunistas que se enriquecen a costa de la debilidad ajena. Una oda homérica a la egolatría desmesurada de un hombre con complejo de mesías que provoca su caída y termina salpicando de mierda a todos los que les rodean y participan jubilosos del ilícito juego patrimonial ¿Y cuál es su escarmiento? La delimitación a ese usufructo conseguido de forma fraudulenta termina por reciclarle en un orador motivacional y ‘sales coach’ (entrenador de ventas), que sigue hablando para rebaños que creen que son dueños de su destino, haciéndoles creer la riqueza está a su alcance, hipotéticamente hablando. La épica desenfrenada y el ansia desmedida por lo material parecen haberse transmitido como signo de que la codicia y el dinero siguen moviendo los sueños de la gente.
‘El lobo de Wall Street’ acaba, por tanto, igual que empieza, con un mensaje de engañabobos para los que siguen creyendo que la felicidad y la calidad de vida se pueden negociar en un ejercicio de ‘compra-venta’, con la convicción de que si alguien es pobre es por su culpa. La única forma de superar los problemas es haciéndose rico, cuando lo cierto es que Scorsese y Winter parecen orientar su conclusión a que los excesos y la riqueza amasadas por los grandes focos de poder dejan una hipoteca a los que menos tienen y que serán éstos los que tendrán que asumir y pagar varias décadas venideras de expiación.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014

viernes, 24 de enero de 2014

Muere Riz Ortolani, un compositor ejemplar

Ayer nos dejó el compositor italiano Riz Ortolani, el innovador autor de bandas sonoras memorables que dio personalidad a películas que, en muchas ocasiones, estaban por debajo de la calidad de sus partituras, pero que definió desde muy pronto la importancia de sus participaciones cinematográficas como en ‘Mondo Cane (Este perro mundo)’, génesis del género ‘mondo’ y que se basó en ofrecer un perturbador espectáculo cinematográfico, pleno de violencia y crueldad para suscitar la curiosidad morbosa del espectador. El encontronazo entre la belleza de los temas de Ortolani y el desabrimiento del mensaje de fondo, destacando el tema principal de esta película, ‘More’, interpretado por Katyna Ranieri (su mujer e intérprete de algunos temas memorables), suscitan la esencia musical de un autor que logra descontextualizar, de paso, la severidad visual con una sinfonía de temple calmado y de enorme belleza. Su eficacia en el acompañamiento sinfónico en este tipo de películas dejaría algunos títulos trascendentales en el género; ‘La donna nel mondo’, ‘Danza macabra’, ‘Nuova Guinea, l'isola dei cannibali’, ‘Mondo candido’, ‘Holocausto caníbal’ o ‘Fangio’.
La nominación a los Oscar y el Grammy por la mencionada canción marcaría la trayectoria de un artista que trabajaría a las órdenes de directores míticos como Vittorio De Sica, Dino Risi, Franco Zeffirelli, Lewis Gilbert, Terence Young, Edward Dmytryk, pero también para José Antonio Nieves Conde, Coline Serreau, Anthony Asquith o cineastas italianos del calibre de Umberto Lenzi, Paolo Cavara, Giorgio Stegani, Sergio Grieco, Carlo Di Palma, Giulio Petroni, Antonio Calenda, Enzo Barboni, Gianni Amelio, Tonino Valerii, Tinto Brass… así como una fructífera asociación con Damiano Damiani y Pupi Avati, con el que colaboró en 25 títulos.
Son tantos los títulos que compuso para la gran pantalla que sería inacabable mencionar las grandes composiciones que realizó este gran músico que llegó a dirigir las filarmónicas de Londres, Berlín, Houston, Río de Janeiro, México, la Fenice de Venecia, la Sinfónica del Teatro de la Ópera de Roma, la del Teatro Regio de Turín y la Filarmónica de Montecarlo. Su versatilidad para adaptar y sintetizar los arreglos bajo una capa de clasicismo inconfundible, concentrando lo esencial de las bandas sonoras en paletas orquestales sutiles, puntualizaron esas peculiares yuxtaposiciones tanto de géneros como de instrumentos. Desde el cine de primer orden, el documental extravagante o el cine de serie B y Z… nunca distinguieron su calidad siempre a un nivel sobresaliente. Un genio desconocido por el gran público que, con su pérdida, deja un gran vacío en la orquestación cinematográfica. Se ha ido uno de los más grandes.

jueves, 23 de enero de 2014

Un surreal universo de imaginativas caras

El mes pasado me detuve en ese fenómeno visual llamado pareidolia, una tipología de ilusión óptica y psicológica por la cual distinguimos formas concretas o rostros en objetos donde en realidad no existen. Victor Nunes fuerza este concepto y lo lleva a un nivel más de expresión en su Facebook ‘Victor Nunes faces’, donde juega con diversos objetos a los que añade dibujos en los que adapta esas caras inexistentes o creándolas a través de objetos; desde palomitas, tijeras, palitos de snacks, espuma de cerveza, bollos perforados, queso fundido, chocolate, harina, plátanos, café… Un mundo imaginativo de caras que se despliegan con una morfología casi surreal.
Podéis contemplar su extravangante obra en su página FB. Y los que no tengáis cuenta en la red social de Zuckerberg, hacen un singular compendio en Blazenfluff.

martes, 21 de enero de 2014

Robert Chew y sus drones para la defensa animal

¿Recordáis la simpática caída del Rey por la que le tuvieron que operar al precipitarse al suelo mientras cazaba elefantes en Botswana? Todos tenemos en la retina aquella instantánea junto a un fulano rubio en pantalón corto orgulloso de haber sacrificado a un enorme paquidermo que yacía sin vida detrás de ellos. Bonita estampa para un monarca acostumbrado a que le rían las gracias por aquello de que es “muy campechano”. Sin embargo, el tema de fondo va más allá y es mucho más grace. Lo de cazar elefantes es un tema que empieza a amenazar la especie. Los cazadores asesinaron en los dos últimos años unos 40.000 elefantes. Según la supervisión de la caza ilegal en la sabana africana, se calcula que sólo a manos de furtivos cayeron unos 30.000 ejemplares. Pese a que el precio del marfil está bajando, la muerte de elefantes aumenta sin retracción. Otro dato; a medida que la demanda por los cuernos de rinoceronte aumenta en China y Vietnam, por ejemplo, los animales sacrificados únicamente por su “cuerno de oro” alcanzó la escalofriante cifra de 1.004 rinocerontes en 2013. También los leones de las llanuras del Africa han perdido hasta el 75 % de su hábitat natural en las últimas décadas.
La evolución humana parece pretender, de forma consciente o involuntaria, la paulatina aniquilación de todo aquello que le rodea si eso beneficia a unos cuantos. Desde el flanco contrario, aparecen propuestas que utilizan la sofisticación tecnológica que conlleva ese progreso de los nuevos modelos de inteligencias artificiales y robóticas varias para contrarrestar este efecto monstruoso y sádico tan característico del ser humano. Los esfuerzos de la IAPF, organización que aúna sus esfuerzos en campañas de preservación de estas especies, incluye un programa para utilizar aviones no tripulados (los tan de moda llamados ‘drones’) con el fin de lograr desmantelar y combatir a las redes de cazadores furtivos que tanto daño están haciendo a las animales autóctonos que ven peligrar la prosecución de su especie.
Inspirado en la lucha contra esta lacra que azota a la naturaleza africana, el artista Robert Chew ha ideado, basándose cinco de las razas de animales más amenazados de esta estepa, una serie de estos ‘drones’ camuflados generando una serie de ciborgs denominada ‘Big Five’, que tendrían espacio en una hipotética lucha en un universo de fantasía futurista. El rinoceronte, el búfalo del Cabo, elefante, el león y el leopardo son los modelos visionarios que incorporarían avanzadas técnicas de reconocimiento y exploración, complejas y pesadas armaduras, sistemas ópticos, transmisores de última generación, plataformas de patrulla nocturna, pequeños pájaros espías Oxpeckers, sistemas ofensivos y de defensa de las manadas. Por un momento, imaginar estos bocetos llevados a cabo para eliminar a los furtivos provoca, no sólo la inmediata creación de un guión con este argumento, sino el reconocimiento del talento y conjetura tan capaz de adaptar el arte al dinamismo de los avances de la técnica. Parece ciencia ficción o la ensoñación de un artista dotado con un talento fuera de lo común, pero lo cierto es que crazyasian1 (como se hace llamar Chew en Deviantart), ha donado de forma altruista el importe íntegro de la venta de estas fantásticas ilustraciones a la organización para que siga protegiendo a estos animales de la amenaza humana.
He aquí esta portentosa galería de diseño de drones.

viernes, 17 de enero de 2014

Review 'A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis)’, de Joel y Ethan Coen

La Odisea a ninguna parte
Los Coen regresan a su particular cine de perdedores para reflejar la escena neoyorquina de principios de los años 60 del West Village donde floreció la música folk para fundamentar otra fábula de semiótica ilimitada sobre el fracaso.
Con ‘A propósito de Llewyn Davis’, Joel y Ethan Coen regresan, tras reformular el western con ‘Valor de ley’ en un voluntarioso ejercicio de espíritu deudor de los grandes clásicos, a ese universo personal que hace un uso interpretativo de la realidad llevada a su ámbito más sardónico, dotado de cierto grado de abstracción a la hora de derivar sus historias hacia un contexto más hermético que tanto define la particular iconografía de los Coen. Responde así a ese sello distintivo, a ese matiz privativo denominado con el adjetivo ‘coeniano’. Siguiendo los pasos de anteriores obras suyas, como ‘Barton Fink’, ‘Oh brother!’, ‘El hombre que nunca estuvo allí’, ‘Quemar antes de leer’ o ‘Un tipo serio’, como ejemplos identificativos de la orientación de su nuevo filme, los cineastas regresan a ese submundo donde la perversidad de un destino y las consecuencias que trae consigo azotan a unos personajes dotados de cierta antipatía que se ven envueltos en un debacle de la voluntad ante los estrambóticos y adversos acontecimientos. Es, por tanto, un cine de ‘losers’, de individuos a merced de la disposición de otras personas, pugnando contra su mala suerte en un universo hostil que les corroe bajo la sombra de su propia estupidez o provocada por las malas decisiones.
La película comienza con el clásico ‘Hang Me, Oh Hang Me’, cantado por un joven cantante de folk cuyo nombre da título al filme y que está inspirado en su autor original, Dave Van Ronk. Con ello, los Coen sitúan su historia en la escena neoyorquina de principios de los años 60 que supusiera el territorio germinal de la música folk, en el West Village, con clubes como el Gerde’s Folk City o ese Gaslight Cafe donde Llewyn Davis (estupendísimo Oscar Isaac) toca en cuanto tiene oportunidad. Un personaje que se integra a la perfección en el catálogo de personajes sin destino que abunda en la filmografía de los cineastas, luchando contra su propio talento y cohibido por su condición de perdedor. Llewyn no tiene casa, su manager pasa de promocionarle ni de enviar su disco en solitario, ocupa sofás de amigos y conocidos, afronta el frío de la Gran Manzana sin un abrigo decente y por si fuera poco la novia de uno de sus socios musicales está embarazada sin saber si él es el padre.
Se trata de un nómada que sustenta su patética vida en la ilusión de la fama, arrastrando el trauma que haber perdido a su compañero del dúo 'Timlin y Davis', con el que había llegado a repercutir en el cosmos musical y que se suicidó lanzándose desde el puente George Washington. Pululando entre Upper West Side hasta Queens con el gato fugado de los Gorfeins, Llewyn Davis emprende un viaje metafísico donde verá envuelto en una pugna no admitida con su propia negligencia y misantropía. Los Coen componen otro mosaico de situaciones cotidianas en el que dejan entrever ese juego de trasfondo ideológico para, con su sutil crueldad, redefinir su humor negro de simulacro e infectar de ironía toda esta biliosa fábula como coda antisocial en la vida de un artista (anti)carismático.
‘A propósito de Llewyn Davis’ no es más que otra vuelta de tuerca a ese tratado filosófico retrospectivo que alude a la esencia de su cine, a la exploración de la angustia existencial de un hombre desubicado a través de las tristes cuerdas de una guitarra acústica, lazando a la intemperie y al frío de una ciudad incómoda y que a pesar de intentarlo contra viento y marea, acabará por fracasar. Los Coen siguen sin atender a cualquier conversión hacia una metodología manierista, situados en un contexto autoral que redefine esa tendencia en un eclecticismo capaz de descolocar al espectador y transportarlo al nivel de implicación que buscan. De ahí, que ese lirismo kafkiano, de pasillos imposibles y situaciones estrambóticas, de desarrollo argumental sobre el nacimiento de la escena folk neoyorquina o el apoyo musical que prepondera a lo largo del filme no sea más que ‘macguffin’ en sí mismo para fundamentar otro legado de semiótica ilimitada, donde la exégesis e interpretación insuflan el verdadero significado a un relato en apariencia vacío y ejemplificado en una frase rotulada en la pared de un wáter y que advierte sobre el sentido del todo en el mismo instante en que el protagonista se dispone a defecar.
Y en el camino, los creadores de ‘El gran Lebowski’ entregan un nuevo tratado estético caracterizado por la declinación de cualquier jerarquía catalizadora y lograr así que su complejo universo multirreferencial sea reconocible. Una mirada escéptica sobre la mitología del sueño americano y del éxito que trasforma esa época mitificada bajo los tintes de un drama existencial tan subterráneo como prodigioso, que pertenece al infierno de los perdedores que acumulan las copias de los vinilos sin vender en una caja debajo de una mesa. Es la forma de presentar la antiépica historia de un hombre consumido por su infortunio que emprende un sucinto periplo donde no logra ni consolidar su carácter ni superar la prueba de determinación a la que es sometido. Es decir, la antítesis paródica del postulado del viaje del ‘Ulises’ de Homero o en los paradigmas del monomito de Joseph Campbell. Un tipo egoísta capaz de renunciar a los ‘royalties’ de un auténtico ‘hit’ millonario al que todo le sale mal. “Eres como el hermano imbécil del rey Midas” le dice en un instante de la película Jean (Carey Mulligan). Pero lo cierto, es que pese a sus defectos y que su talento se vea abocado a una vida a la deriva de una rutina que no desea, quiere triunfar en el mundo de la música sin saber cómo, consciente de su honestidad respecto a su estilo y convicciones, consciente de su identidad y de su integridad como artista y músico.
La carretera circular
Uno de los elementos a los que los Coen suelen recurrir en muchos instantes de sus películas es a esa carretera entendida como un símbolo de monotonía existencial, de la amarga deriva a la que se refería Kerouac, aunque visualizada con un filtro de parodia y sarcasmo. En esa huida de Llewyn Davis que le lleva a intentar cumplir un sueño y regresar sin haberlo conseguido, fructifican las secuencias más escatológicas y surreales del filme, la vía libre para escrutar lo grotesco dentro la aparente ortodoxia que ha ido desarrollando el drama de este cantante. Es entonces cuando entra en juego Roland Turner, personaje inspirado en Doc Pomus, artista de rhythm and blues (y al que da vida John Goodman) acompañado por un poeta ‘beatnik’ silencioso y traumatizado llamado Johnny Five (Garrett Hedlund), lo que clarifica ese itinerario absurdo hacia una fama que le dará la espalda. “¿Cantante de folk? Creí que me habías dicho que te dedicas a la música”, le dice Turner. Más adelante, ya en Chicago, Bud Grossman (F. Murray Abraham), el propietario de una gran discográfica de Chicago, tras escuchar una sentida canción le espeta "No veo dinero en eso".
En ella, el cantante expresa mucho más de lo que se canta; su nulidad para encontrar el amor de su vida, como la imposibilidad de aceptar responsabilidades de ningún tipo. Un guiño que patentizará poco después, cuando deja pasar con cierta displicencia la posibilidad de visitar a una antigua amante que ha tenido un hijo suyo. Él es la personificación del fracaso constante, sin asimilar en absoluto su experiencia, con la esperanza de que algún día algo podría cambiar, aprovechándose de la buena voluntad de los demás, huyendo de sí mismo. Esta huida se cristaliza en una vuelta desprovista de épica, dispuesta por los Coen desde una perspectiva nihilista sobre aquellos desamparados y solitarios que están predestinados a la confusión y el fracaso propagado por culpa de los errores. Como esa exposición de naufragio egocéntrico final en el Gaslight, cuando insulta a una pobre mujer de Arkansas que debuta en la sala y representa a la América Profunda de vertiente más rural.
Propone a su vez un intencionado laberinto ético al que contribuyen un par de gatos que se transforman en dos visiones distintas del protagonista, una análoga, la real, la de ese felino llevado por la providencia de un lado a otro al que el propio Llewyn abandona en la carretera. Vendría a ser él mismo, consciente de su mala suerte y que si es atropellado tendrá que levantarse y procurar sobrevivir. El otro gato, el de los Gorfeins, vendría a ser lo que el cantante nunca tendrá; un techo, gente que le quiere y que encima sabe volver a casa. Y para colmo, se llama precisamente Ulises. Para los Coen esta duplicidad se ajusta perfectamente a ese viaje circular a ninguna parte, sin imponer una reflexión moral ni un objetivo motivacional que despierte una melancolía compasiva por un personaje que está sentenciado a repetir de un modo inmutable una y otra vez este itinerario como si de un estribillo de una canción folk se tratara.
‘A propósito de Llewyn Davis’ dibuja con puntual acierto el sustrato de la desolación, el ámbito de los sueños que se rompen en un mundo de negativas y desengaños con la fantasmal perversidad de unos creadores que no olvidan transferir cierto sentido nostálgico y sentimental a su discurso; cuando su protagonista, mira a los ojos a su padre, otrora marino mercante, al que dedica una canción de tristeza crepuscular sobre los arenques y el paso del tiempo, que identifica el talento perdido de un trabajo destinado a destruir al artista y a hacer crecer al hombre.
Una cinta cuya atmósfera gélida y desapacible, creada por el francés Bruno Delbonnel, derivada hacia una imagen sutilmente decolorada (influencia estética de ‘The Freewheelin’, segundo álbum de Bob Dylan) ilustra a la perfección la importancia que le dan los Coen a la música respecto a la narración (y donde tiene especial importancia T-Bone Burnett), con ese género folclórico y expresivo, de condición umbroso y con letras llenas de desesperanza, dolor de la pérdida y constante despedida, desesperación y fracaso, que es realmente de donde nace la más genuina esencia de la música folk a través de su naturaleza emocional.
Estamos ante uno de los mejores trabajos en la filmografía de los hermanos Coen, que devuelven su obra las fronteras de un cine independiente en su condición de relato intrahistórico, esta vez a ese lapso despreciado por breve, pero fundamental para la música y que sirvió como vaso conductor necesario para que el mencionado Dylan y congéneres terminaran cambiando todo el espectro musical de una época que marcaría el desarrollo cultural norteamericano. Otros sin embargo, se quedaron en el camino, frustrados en otro oficio y alejados de sus ilusiones. Porque si hay algo que vertebra esta cinta (y que se extiende en la filmografía de los Coen) es que la leyenda que impone un final feliz a la persecución de los sueños, el sacrificio, la persistencia y el talento innato para algo es tan falsa como crudamente real. Y lo peor de todo, es que esa Ítaca homérica no es más que una ensoñación inalcanzable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014

jueves, 16 de enero de 2014

La vida explicada en un vídeo de baloncesto infantil


Pongámoslo así, vas 41-41 y el contrario te enchufa un triple. Quedan unos pocos segundos para intentar, por lo menos, que un triple haga disponer de una prórroga. Tu equipo ejecuta una jugada rápida, un compañero lanza y… falla. Sin embargo, otro atrapa un rebote imposible y en cuestión de segundos mueven el balón en una jugada colectiva perfecta, buscando con inteligencia a otro colega que logra zafarse de la presión del contrario para colocar el balón en el aro en una canasta de ensueño, cuando quedan apenas dos segundos. La gesta se ha ejecutado como sólo en los sueños se puede imaginar. El rostro del niño lo dice todo. Ningún rival ni compañero va a quitarle la heroicidad de esa tarde de baloncesto. Aunque… ¡un momento! Nadie contaba con que en la vida, todo puede cambiar en un segundo.
Este vídeo simboliza a la perfección ese mínimo trance en el que parece que la providencia te reserva las mieles del júbilo, la celebración y la gloria, pero… en un instante, un mísero segundo, todo se desmorona devolviéndole el momento mítico a otra persona. Es la vida impartiendo otra de esas lecciones que profieren dolor. Pero es lo que hay.

Nominaciones Oscar 2013 (86th Academy Awards)

Como cada, las nominaciones a los Oscars convocan la atención de los medios para ofrecer su particular aspaviento escénico para seguir con su inmutable previsibilidad a la hora de apostar por sus candidatos. Que hace cinco años ya ampliaran el número de nominados en la disciplina de mejor película tampoco parece haber abierto la posibilidad a otras alternativas que no sea lo esperado. Tampoco ha pillado por sorpresa que ‘Gravity’ y ‘La gran estafa americana’ hayan sido señaladas como las favoritas para la gala que se celebrará el próximo 2 de marzo. Como que ’12 años de esclavitud’ o ‘El lobo de Wall Street’ también acaparen candidaturas. Si bien es cierto que Leonardo DiCaprio y Cate Blanchett lideran todas las apuestas para convertirse en los protagonistas de la noche, otros como Oscar Isaac, Tom Hanks, Joaquin Phoenix, Forest Whitaker o Robert Redford han quedado fuera de los nominados tras un año de reconocimientos y premios. Y sobre todo que una maravilla como 'Inside Llewyn Davis' que, a pesar de arrasar en los premios de National Society Of Film Critics de Estados Unidos, se tiene que conformar con dos únicas nominaciones (mezcla de sonido y fotografía). También que ‘La vida de Adèle’ se haya caído de la categoría de mejor película de habla no inglesa. Aunque era de esperar debido a la hipocresía y conservadurismo que corroe a Hollywood cuando se trata de temas sexualmente arriesgados. Por otros motivos más comerciales y económicos, sorprende que no esté ‘El mayordomo', aunque si atendemos a su entereza artística es hasta lógico.
Por lo demás, poco destacable en la lista de candidatos. Eso sí, ‘Aquel no era yo’, del realizador madrileño Esteban Crespo estará compitiendo con el que podría ser el primer cortometraje nacional distinguido con esta estatuilla después de que Juan Carlos Fresnadillo, Nacho Vigalondo, Borja Cobeaga y Javier Fesser se vinieran de vacío. Una gala que traerá más de lo mismo bajo la batuta este año de Ellen DeGeneres (que repite después de su descafeinada presentación en 2007) en el Teatro Dolby de Hollywood. Oropel, desfile de vanidades en la alfombra, espectáculo, algún que otro gag que marque la noche y otras de esas noches para disfrutar como si fuera un menú de ‘fast food’. Este año parece que como el año pasado David O. Russell se quedó sin golosina en forma de Oscar por ‘El lado bueno de las cosas’ parece que será el gran indemnizado… O no. Quién sabe.
La lista íntegra de nominados, aquí.

miércoles, 15 de enero de 2014

Iconos de la infancia, al estilo ‘Badass’

‘Badass’ es un sugerente término que define de modo impertinente una agresiva y tremenda exaltación de lo que podríamos llamar (con tono agreste) “hijoputismo”. Viene a enunciar esa vertiente macarra del más puro ‘slang’, representativa de esos héroes broncos inmersos en situaciones desorbitadas cuyas raíces tienen origen en el ‘fandom’ y que implica la superación de situaciones poco menos que indescriptibles y rocambolescas. Cinematográficamente tuvo un foco de atención importante en diversos géneros ‘exploit’ de los 70, como el que acompañó a la cúspide del cine acción exclusivamente afroamericano denominado ‘blaxploitation’.
Aunque dejando eso a un lado y volviendo a la esencia del término sobre la bestialidad y la heroicidad realista, tiene lugar en las monumentales ilustraciones de la francesa Sylvain Sarrailh (a.k.a. TOHAD), que ha creado una galería desmitificando la inocencia de una serie de iconos infantiles y adoptando esa predilección por lo puramente ‘Badass’; una Alicia en el País de las Maravillas puesta hasta arriba de porros, Tom Sawyer y Huckleberry Finn recreados desde una perspectiva ‘redncek’, un feroz oso Winnie The Pooh que ha despedazado de forma brutal a Christopher Robin, Ryu and Ken sustituyendo las luchas callejeras por alegres paseos amanerados por el campo, Tintin y el Capitán Hadock de tintes terroristas y contestatarios, un Ronald McDonald psicópata… y muchos otros ejemplos de cómo proferir a la candidez de esos mitos animados un estilo más ‘destroyer’.
Podéis ver esta galería de Sarrailh en deviantART y una muestra de su trabajo en su página web.

lunes, 13 de enero de 2014

71th Golden Globes: Sin pistas para los Oscar

Eso de que los Globos de Oro son la antesala de los Oscars empieza a dejar de ser una realidad para pasar a convertirse en una frase hecha. La velada organizada por la prensa extranjera para destacar lo mejor del año y en donde todos los invitados se ponen finos a Moët & Chandon siguió el patrón de los últimos años repartió sus premios dejando serias dudas sobre dónde enfocar los favoritismos de cara a los próximos Oscar del próximo marzo. La gran cantidad de candidaturas (siete en total) que había acumulado el drama racial ’12 años de esclavitud’, de Steve McQueen, se alzó con el galardón a la mejor película dramática. Pero eso fue todo, ahí se quedó su acopio de premios. Se esperaban más, muchos más. Sin embargo, ‘La gran estafa americana’, salió victoriosa de esta 71ª edición de los premios. Pese a que David O. Russell se fue de vacío, su cinta obtuvo el Globo de Oro a mejor comedia o musical, con otros dos galardones a sus actrices principales, Jennifer Lawrence y Amy Adams. En cuanto a dirección, imperó la cordura y Alfonso Cuarón fue recompensado con un premio que reconoce la labor artística de un cineasta revolucionario por su impecable trabajo en ‘Gravity’.
También fue la noche en que Matthew McConaughey fue distinguido por su papel en ‘Dallas Buyers Club’ como el gran actor que siempre ha sido. Y esto, a Chiwetel Ejiofor, que partía como el favorito en todas las quinielas, no pareció hacerle mucha gracia. Incluso Spike Jonze subió a recoger el Globo a mejor guión por ‘Her’. La lástima es que otras dos cintas merecedoras de algún reconocimiento, como ‘Nebraska’, de Alexander Payne o ‘A propósito de Llewyn Davis’, de los hermanos Coen, acabaron con el casillero de premios a cero. No así ‘El lobo de Wall Street’, de Martin Scorsese, que pese a dos únicas candidaturas, pudo apuntarse uno para Leonardo DiCaprio. Cate Blanchett, por su parte, despejó cualquier duda respecto a lo premiable de su trabajo en ‘Blue Jasmine’, de Woody Allen, que prefirió enviar a Diane Keaton a recoger su premio honorífico Cecil B. DeMille que ir a recogerlo en persona. Vamos, un clásico. Como que la hija de Mia Farrow incendiara las redes sociales con un tweet tan atroz como controvertido: “¿Han puesto la parte donde una mujer confirma públicamente que abusó de ella cuando tenía 7 años antes o después de ‘Annie Hall’?".
Tina Fey y Amy Poehler (que se llevó el Globo de Oro como mejor actriz televisiva de comedia por ‘Parks and Recreation’) operaron como maestras de ceremonia siguiendo los habilidosos parámetros que ya exhibieron en la pasada edición; con sencillez y brillante eficacia, sin abarcar protagonismo y soltando algunos comentarios memorables como el referido a George Clooney a propósito de su trabajo en ‘Gravity’; “es la historia de cómo George Clooney se perdería en el espacio antes que pasar un minuto más con una mujer de su edad”. Otros de los instantes de la noche fueron los discursos de una “achispada” Jacqueline Bisset, que desordenó sus palabras hasta límites de puro surrealismo (“como mi solía decir mi madre solía: “Váyanse al infierno y no vuelvan”), la “cobra” que le hizo Bono a Sean John Comb o el corolario del equipo de ‘Breaking Bad’ cuando ganó el premio a la mejor serie dramática de televisión, que acabó en boca de Aaron Paul con la sintética frase “Yes, bitches thanks (Sí, gracias putas)”. La serie protagonizada por Bryan Cranston (que ganó en su disciplina) fue la gran triunfadora en el apartado catódico, donde no hubo rastro de una ‘Homeland’ desaparecida en las nominaciones y que había sido la serie ganadora de las dos últimas ediciones.
Sofia Vergara se volvió a casa después de cuatro nominaciones sin el galardón en detrimento de Bisset. Tampoco ‘Modern Family’ pudo perpetuar el romance que mantenía con estos galardones y fue ‘Brooklyn 9-9’ la distinguida como mejor comedia televisiva del año, que también el rascó el de mejor actor de comedia para Andy Samberg, despojando a Jim Parsons de la posibilidad de ganar el premio por tercer año consecutivo, con lo que ‘Big Bang Theory’ tampoco se llevó nada. Michael Douglas y ‘Behind the Candelabra’, de Steven Sodernergh, se hicieron con los galardones de mejor intérprete en una miniserie o filme para televisión y el Globo a la mejor producción en ésta categoría. A todo esto, Alex Ebert, el compositor ganador del premio a la mejor banda sonora con ‘Cuando todo está perdido’, debe seguir celebrándolo a raíz de lo visto anoche.
Próxima parada en este universo de oropel: el próximo jueves 16 de enero, cuando se den a conocer los nominados a los Oscar, que este año se entregarán el próximo domingo 2 de marzo, en una ceremonia que se realizará en el teatro Dolby de Hollywood y que cumple su 86ª edición. A partir de entonces, podremos ir especulando con los posibles ganadores.

martes, 7 de enero de 2014

Palabra de Von Stroheim

“Sabía que todo se podía hacer dentro del cine, el único medio con el que se podría recrear la vida tal y como era. También sabía que si se trataba de un entretenimiento que reflejaba la vida sería más entretenido incorporar con él una distorsión. El cielo era el límite. Todo lo que un hombre puede soñar iba a poder plasmarlo en mis películas. Tenía la oportunidad de metamorfosear el arte en historias, mezclando todas las artes. Y me dije: ¡Lucha por ello! Y muere en el intento si es necesario. Yo lo hice. Y casi lo consigo”.

lunes, 6 de enero de 2014

Reyes Magos 2014

Hubo un tiempo, hace muchos años, en que estas líneas y tal día como hoy se alimentaban de la tradición de compartir con los lectores abismales las dádivas en forma de presentes que nos traían los Reyes Magos. Incluso pusimos de moda acumular los presentes debajo del árbol enumerando la bondad de SS.MM. Sin embargo, desde hace otros, aquellas risas compartidas fingiendo esta fábula infantil extendida para complacer a nuestro niño interior que camufla, de forma subyacente, el adictivo fomento hacia el consumismo desaforado, se ha ido apagando lentamente con el devenir de los acontecimientos.
La imagen del árbol desierto de este 2014 establece la realidad que nos rodea, la depauperación que enarbola el significado de ese precipicio que se insinúa bajo nuestros pies. Los magos de aquel Oriente de tradición mesopotámica arreglada a diversos mitos atávicos parece que este año se han olvidado de nosotros. O lo que es lo mismo, ya nos hemos acostumbrado a rechazar esa entelequia comercial que ajusta la calidad de vida por seguir una tradición religiosa. Algo que, en el fondo, fortalece la resignación y ayuda a fomentar una perspectiva mucho más sintomática hacia ese proceso de admisión de una situación que perpetúa el cambio. No hay regalos de reyes, tampoco hijos a los que transmitir este hábito mundano. Es una pena, pero no importa. Siempre nos queda un año para lograr cosas más importantes.
Va a ser que la ilusión sí es cosa de niños y que nos ha tocado perder la inocencia y madurar a base de palos, hostias y miserias diversas. Pero hagámoslo con firmeza y constancia. Es lo que se viene llamando vida.
Felices Reyes 2014 a todos.