viernes, 26 de diciembre de 2014

El viejo discurso y la Nochebuena familiar

La Nochebuena es un lapso terriblemente extraño. De entrada, el mensaje del Rey, que proponía una renovación con la sustitución de Juan Carlos por su hijo Felipe VI, sigue siendo el mismo. Una letanía de buenas intenciones llena de constantes referencias a los tópicos pertinaces, los mismos propósitos y la esencia fugaz de palabras mil veces oídas. Habló de erradicar la corrupción diciendo que “se debe cortar de raíz y sin contemplaciones la corrupción”, pero evitó mencionar a su hermana y su cuñado. Frases para definir a España como “Moderna, con convicciones democráticas, diversa, abierta al mundo, solidaria, potente y con empuje” falseando la cruda realidad que nos rodea y adornando el discurso localista y populachero con otras de dudosa veracidad como que “la economía está siempre al servicio de las personas”. Visualmente, el multiángulo nació para que el Rey pareciera más dinámico. Este año no ha sido el recurso más utilizado. Para darle otro aire de sofisticación al plano estático del inmutable monarca, han optado por esos travellings que acercaban al espectador de forma simbólica a este nuevo rey, sin renunciar a las típicas fotos de familia y que este año ha incluido un sofá, un pesebre, una bandera, un par de euphorbias pulcherrimas o plantas de navidad. Emocionante, sin duda alguna, para los amantes del ‘horror vacui’.
Por otra parte, y en una parcela más personal, durante la cena familiar tuvo lugar una de las discusiones más extrañas a las que he tenido la oportunidad de asistir en familia. En la celebración del nacimiento de Jesús, comenzó una inverosímil discusión sobre la existencia de Dios, filosofando sobre teorías teológicas de lo más apasionantes. A modo de pequeños émulos de Nietzsche, a pesar de la apología de Massino Desiato. Posiciones paralelas a las de Heidegger, a punto de llegar a la desvalorización misma de todos los valores, recapacitando hacia la creencia, pero brotando desde un alegato de una posible divinidad.
Se puede renegar de la lógica. Se puede pensar que lo divino escapa de las capacidades cognoscitivas del cerebro humano, como defienden los agnósticos. En fin, de película buñuelesca. Lo cierto es que Occidente ha terminado imponiendo a la Navidad su espíritu laico fundacional, el que nos emancipó de las teocracias, basadas en el temor supersticioso al castigo, en lo sacral como coartada, y decretó que el derecho a la felicidad era aquí y ahora. Eso es la Navidad.