domingo, 7 de diciembre de 2014

El tiempo

Hablemos del tiempo... ¿El tiempo pasa? ¿Transcurre? ¿Sucede? El tiempo también se invierte. Pero invertir, en términos económicos, se relaciona con el ahorro. Entonces si ahorramos tiempo ¿Al final no estamos empleándolo en otra cosa? Por ejemplo, cuando dices “voy a ahorrar tiempo”. Bien, normalmente ése periplo en el que has economizado la acumulación de minutos u horas está destinada a perderse en otra cosa, aunque sea más satisfactoria. Cuando el tiempo es malo, sueles quedarte en casa, aprovechando para leer u organizar tareas pendientes. Sin embargo, cuando el tiempo es bueno, sales al parque a pasear, a dar una vuelta, a disfrutar del sol y que te dé el aire. También aprovechas para tomarte una jarra de cerveza fría en una terraza mientras ves pasear a gente cuyo tiempo es compartido en una comunión idealizada y colectiva. Y pides otra. Y te preguntas si en realidad estás fructificando en algo el tiempo libre y la percepción de rendimiento del mismo es la adecuada. Y pides otra, dudando si el consumo temporal está mal gestionado o no, porque sonríes y todo parece darte igual. Y pides otra. Y otra más. Porque ya todo te da igual. Y pides otra, porque sabes que es cuestión de tiempo que pidas unas cuantas más y acabas cambiando de establecimiento y te pasas a las copas, uno de esos gin-tonics modernos y llenos de abusrdas especias, extrañas hojas y cáscaras de frutas, porque todavía no es muy tarde. Y cambias de opinión. Ya estás animado. Total… ¿Por qué no bajar al centro?
Y todo se empieza a diluir entre miradas con mujeres que te observan con desdén, sumido en efluvios noctámbulos y conversaciones con algún conocido. Pierdes el metro por no haber calculado bien el tiempo. Te retas a ti mismo, corrompido por la noche. Te acercas a otro bar y pierdes la cuenta de cuántas llevas y de la hora. Cuando sales es de día y llueve. Vuelves a casa. Y miras el reloj para comprobar que el valor disponible de tu tiempo ha disminuido de un modo atroz. Aunque lo dudas, porque tu estado de ánimo no está para reflexionar. Sin embargo, el día siguiente se cristaliza en un punzante dolor de cabeza que dilapida los planes de todo un día, entre remedios caseros y la aceptación del trance post-dipsomanicaco. La indiferencia por la meteorología se aplica al detrimento proporcional de recuperación y la duración de ésta. Y así pasan las horas. Y a la mañana siguiente, te encaminas a tu trabajo dispuesto a vender tu tiempo con el propósito de poder recuperar parte de esa inversión y así volver a perderlo dependiendo de si llueve o hace sol, como un hábito. Y así, de forma cíclica.