jueves, 20 de noviembre de 2014

La muerte de Mike Nichols nos deja el sonido del silencio

Es un día triste para el mundo del cine. Ha fallecido el director de cine Mike Nichols, que compartió generación con símbolos del cambio cinematográfico norteamericano de los años 70 como Sidney Pollack, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich, Brian De Palma, Roman Polanski, Martin Scorsese, Sydney Lumet, Steven Spielberg… Tal vez Nichols no fuera tan célebre como algunos de los mencionados maestros del celuloide, pero sí simbolizó con su dirección algunas de las convulsiones más radicales de una época que vio cómo su versatilidad incitaba a crítica y público a la reflexión con una intención claramente enfocada a una crítica social más cáustica de lo debido. De lo que no hay duda, es que uno de los baluartes que contribuyó al despegue de la última gran edad de oro del cine americano que abarcó una gran dosis de creatividad, riesgo y experimentación.
Nichols debutaría en el cine siendo un reconocido director teatral de Broadway. Y lo hizo con una obra de Edward Albee con la que había triunfado, la adaptación de ‘¿Quién teme a Virginia Wolf?’. Con ella, expuso al espectador las miserias, frustraciones y anhelos de dos parejas de la clase burguesa con unos diálogos tan realistas y abruptos que iniciaron una apertura rupturista a un concepto dramático que agitó las conciencias del Hollywood de la época. Además, Nichols también saboreó las mieles del éxito musical con una pequeña discografía junto a Elaine May con el dúo cómico musical Nichols and May, con el que popularizaron un género muy poco auscultado basado en la música y los 'sketchs' que se prolongó hasta cinco discos en cinco años (1957-1962), el periplo que duró la pareja artística.
El cineasta caracterizó su cine inscrito en esa generación movida por la insubordinación temática con su siguiente filme y posiblemente su mayor legado como director: ‘El graduado’, donde la rebelión en una cultura de consumo se confundía en un entorno de incertidumbre, de desconfianza hacia la autoridad y en el que se dejaba entrever un mensaje crítico acerca de la voluntad de asumir riesgos experimentados por una generación perdida. Un filme de culto que incluso hoy sigue manteniendo su vigencia. El ingenio feroz de Nichols se cohesionaba dentro de elementos comunes encauzados a la disección de las más tortuosas relaciones humanas confinadas a un drama emocional no exento de cierta turbiedad cínica hacia sus personajes.
El realizador de origen bávaro aportó un signo de inteligencia en su exposición de prototipos de cine adulto y veraz, muy astuto a la hora de despojar a sus personajes de cualquier artificio y extrayendo de sus actores y actrices sorprendentes interpretaciones naturalistas para escarbar así en la profundidad psicológica de la fauna que pobló su carrera cinematográfica. Para Nichols las películas siempre fueron un vehículo para el lucimiento de sus estrellas, nunca para transmitir un sello personal de autoría. Su cine apenas deja ver su figura como un director omnipresente en cada plano. Todo lo contrario, su estilo, clásico y silencioso, se asentó en la fluidez casi invisible de los movimientos de cámara, sin perder de vista su propósito de control de la imagen como metáfora del concepto intrínseco de la película. Algo muy difícil de conseguir y, por supuesto, de reconocer.
La innovación devenida en proclama de la liberación sexual y rebeldía a los cánones de censura de la época en ‘Conocimiento carnal’, películas de cierto corte reivindicativo o político denunciando la corrupción corporativa o los riesgos del activismo político con ‘Silkwood’ o ‘Primary colors’, sutilizando la masculinidad en crisis de ‘A propósito de Henry’ y ‘Lobo’, la idealización de la fuerza y libertad femenina en un mundo arbitrario bajo yugo del hombre con ‘Armas de mujer’ o ‘Postales desde el filo’ en incluso esa fiesta de malentendidos que cuestionaban los valores de la familia moderna de ‘Una jaula de grillos’ son sólo algunos ejemplos de su herencia como narrador. Sin olvidar sus dos últimas contribuciones al mundo del celuloide, la sugerente ‘Closer’ y en menor medida ‘La guerra de Charlie Wilson’.
Tampoco le fue ajeno el éxito televisivo, donde destacan, como ejemplos destacados, ‘Family’ para la ABC o ‘Angels in America’ para la HBO. Su carrera como director teatral fraguó su fama entre bambalinas como uno de los grandes; desde ‘Descalzos por el parque’, ‘La extraña pareja’, ‘La loba’, ‘Tío vanía’, ‘Comedians’ ‘Annie’, ‘Hurlyburly’ hasta ‘La muerte y la doncella’, ‘Spamalot’ junto a los Monty Python o ‘Muerte de un viajante’. Se ha ido un maestro de la observación acerca de las relaciones humanas, un inspirador que supo ver mejor que nadie el proceso por el cual los individuos y los grupos interactúan sobre una idea, una rutina, una ideología y que conviven entre la ficción y la realidad, entre lo doméstico y lo complejo de la vida. Y lo hace dejando un palmarés espectacular a sus espaldas: un Grammy, un Oscar, cuatro Emmys y ocho Tonys. Ahí es nada.