sábado, 4 de octubre de 2014

'Warrior (Warrior)', de Gavin O'Connor

Con mucho tiempo de retraso, por fin pude ver ‘Warrior’, de Gavin O’Connor. Tras varios comentarios fiables y positivos y alguno no tan afín, me dispuse a ver una producción de 2011 inmersa en el siempre reconfortante mundo de la lucha y los combates, en este caso ese deporte de ‘full-contact’ originado en el Vale Tudo y hoy conocido como MMA o UFC.
En una esquina del cuadrilátero Tommy (Tom Hardy), un hermano resentido hacia su padre Paddy (Nick Nolte), un alcohólico maltratador del que huyó con su madre cuando tenía dieciséis años. Es hermético y rudo, un solitario lleno de odio. Resulta ser un héroe de guerra y también el único superviviente de un bombardeo con misiles que provocan su deserción durante la Guerra de Irak. En la otra esquina, Brendan Conlon (Joel Edgerton), su hermano, que se quedó con su padre por no abandonar a su amor de adolescencia, con la que terminó casándose. Sin embargo, pese a ser el padre de familia perfecto, su sueldo como profesor de ciencias de una escuela secundaria no llega para cubrir los gastos de la hipoteca. Afortunadamente, Paddy no hizo todo mal, ya que hace años entrenó a sus dos hijos en la lucha libre y el boxeo.
Con estos mimbres Gavin O’Connor construye ‘Warrior’, una antojadiza historia de épica labrada a base de tópicos y clichés del drama familiar que promulga el arquetipo de hiperbólica cinta de combates pugilísticos sin innovar en trama o ambiciones. Así, las artes marciales mixtas pasan a formar parte de un mero circo postulado como una patraña casi risible sobre este tipo de lucha, sin ningún respeto por el deporte de contacto. El sueño americano y la rivalidad de ambos congéneres es el objetivo de un argumento que se destapa desde sus primeros compases, en los que, por arte de magia, dos hermanos no profesionales, acaban disputando el ficticio torneo ‘Sparta: The War at the Shore’, en una eliminatoria donde pelean los mejores luchadores del mundo en Atlantic City.
El primero, porque se ha filtrado un vídeo de Youtube en el se aprecia cómo en un gimnasio de extrarradio noquea nada menos que al número dos del mundo en un par de golpes (sic). El otro, porque su historia se emite en una cadena local y tiene acceso a esta competición (sic). Superado este injustificable imposible, la historia se empeña en recalcar arquetipos y lugares comunes exprimidos hasta la saciedad; Tommy es una bestia que tumba a los rivales de una sola hostia. Al otro le cuesta sangre y sudor superar a sus rivales. No obstante, su amor por su familia y avidez de superación es suficiente para ganar los cinco millones de premio final y terminar con sus problemas de liquidez. Es esa fuerza espiritual la que, obviamente, le hace seguir adelante. Incluso tumbando al campeón del mundo ruso, Koba (Kurt Angle –onces veces ganador de campeonatos mundiales y medallista olímpico-) en un combate dilatado hasta el absurdo. Aquí todo vale para convertir en factible lo insostenible.
¿La final? Por supuesto, Brendan contra Tommy, hermanos con cicatrices, uno físicas provocadas por las palizas de los combates y el otro emocionales, incapaz de perdonar los errores familiares. Es la inevitable confrontación entre sus conciencias, con su padre, con Dios y con su destino. Como lo hacía David O. Russell en otra película errática y nula sobre boxeo como fue ‘The Fighter’, O’Connor pretende amplificar esa épica melodramática encaminada a la visualización de todos los fantasmas familiares en un combate final poco menos que inconsecuente, renunciando a la autenticidad, buscando afianzar la empatía del espectador en un plañidero ejemplo de los peores momentos de la saga ‘Rocky’, mujer florero sufridora de postín incluida (Jennifer Morrison). Tampco olvida a los dos bandos entregados a los vítores en montaje paralelo; marines y compañeros de una sesión de entrenamiento por un lado, todo un instituto de fieles alumnos y director en el otro.
Para el director, ese clímax entre dos representantes de la clase trabajadora Pittsburgh peleando por su aspira a ser un compendio de emociones y contradicciones, sin embargo, el anterior y dilatado combate ha mellado el desarrollo del mismo, ejemplificando su descompensación y poniendo en evidencia sus más que paradigmáticos defectos. Una cinta desequilibrada y de laxo engranaje cuya decencia se encuentra en la maravillosa composición interpretativa de Nolte, Edgerton y sobre todo un Hardy majestuoso, que dan el crédito de un filme que trata de convencernos durante 140 minutos de su importancia cuando no la tiene, por mucho que se subraye la epopeya con el ‘himno de la alegría’ de Beethoven y una magnífica partitura de Mark Isham.