viernes, 17 de octubre de 2014

Review 'Perdida (Gone Girl)', de David Fincher

La gran farsa de un matrimonio diseccionado
David Fincher recupera ese fatalismo oscurantista de anteriores filmes con una fascinante adaptación de la novela de Gillian Flynn que, más allá del juego laberíntico de géneros como el ‘thriller’ y el drama, explora los conflictos maritales llevados al extremo de la degeneración.
Es muy complicado realizar un análisis en profundidad sobre ‘Perdida’ sin cometer el indebido error de desvelar algunos temas básicos que suceden a lo largo del filme que pueden descubrir ciertos giros para el espectador que no haya visto la último película de David Fincher. Es lo que se viene llamando 'spoilers'. Si esto es así, un consejo: no sigas leyendo.
Con este oportuno y obligado advertimiento, el último y esperado filme del director de ‘La red social’ presenta sus cartas con una circunstancia que exonera uno de sus habituales recursos y diferencia el proceder del cineasta. Se trata de esas secuencias de créditos iniciales, cuya aportación reforzaban con impacto ciertas pistas argumentales para transferir esa sensación de extensión minimalista y gusto estético del cineasta. En este aspecto, a diferencia de memorables inicios como los de ‘Se7en’, ‘The Game’, ‘El Club de la Lucha’, ‘Panic Room’ o ‘Zodiac’, se ajusta a la presentación de North Carthage, una pequeña ciudad suburbial y residencial que será la ubicación principal, con unos créditos acelerados, apenas imperceptibles, como si el cineasta de Denver quisiera empezar cuanto antes a describir lo que va a acontecer en ‘Perdida’, sin revocar su gusto por la retórica de la imagen como atractivo y riguroso trazo, eso sí.
La nueva propuesta no es otra que la adaptación homónima del ‘best seller’ de Gillian Flynn, que supone su reicidencia en una adaptación literaria, como reto sinuoso en el que la autora enfrascó al lector en una variante de constantes cambios de voz entre sus protagonistas. La traslación por parte de la autora (también del guión) es tan extraordinaria que apenas hay divergencias entre el texto literario y su análogo cinematográfico. ‘Perdida’ aborda la desaparición de una mujer desaparecida en el quinto aniversario de su boda. Tras los evidentes signos de violencia y la falta de preocupación y actitud distante de su marido, éste se convierte en el principal sospechoso de su desaparición, levantando las suspicacias de su vecindario, de la policía y de los medios de comunicación que cubren el suceso.
A partir de ese momento, la narración se ocupa de ir escarbando en la relación de este matrimonio, el de una rica escritora de éxito, Amy Dunne (Rosamund Pike) que ha basado su vida en un personaje que simboliza una infancia perfecta que nunca tuvo titulada ‘Asombrosa Amy’ y Nick Dunne (Ben Affleck), columnista de una revista masculina de tendencias y moda. Un contexto en el que se suceden diversos factores que van desgranando las verdaderas intenciones omniscientes de los autores; desde ese cuento de hadas invertido en el que unos intelectuales construyen un amor perfecto que se transforma con el tiempo en una pesadilla, hasta la definición del engranaje que mueve la historia, que no es otra que la de captar una intensidad atmosférica asfixiante y retorcida para llevar al espectador donde ellos quieren. El envite hace necesario al público para que entre sin concesiones en ese juego de jeroglíficos argumentales que irán desglosando la sucia turbiedad que se desprende con cada secuencia, haciéndole cómplice en el requerimiento de desmenuzar el aparente ‘whodunwhat’, como si de una ardid se tratase.
En ese camino al infierno del lujo pijo de Manhattan se traslada a la serenidad de un pueblo Missouri, se entrevé una metáfora de la crisis económica en Estados Unidos después de 2008, como detonante de la infelicidad y la ruptura de los sueños, del americano concretamente, aludiendo a una América rota por la recesión que ha entrado, además, en bancarrota moral. A partir de ese punto, la sensación de opacidad se apodera poco a poco del relato, haciendo cuestionar lo que estamos viendo y a través de qué ojos lo estamos percibiendo. El interés que sublima la construcción del filme se sustenta en el equilibrio de esas dos perspectivas que se van alterando en la subjetividad de una mentira escrita en un diario ficticio y el testimonio investigativo que adopta el engranaje de un ‘thriller’ policiaco mediante la detective Rhonda Bonie (Kim Dickens). Un intercambio de puntos de vistas que confiere ese contraste entre las apariencias y la realidad, a medio camino entre la película de suspense y una oscurísima comedia negra.
Cuando la finalidad narrativa se va descubriendo a modo de giros inesperados, se inicia otro juego mucho más siniestro y cruel de traición y venganza, donde el espectador es sometido a una maraña de acontecimientos capciosos bajo la invisible tutela de un guión con grandes dosis de perversidad que roza lo inmoral. No es el develamiento de un adulterio con una joven alumna (Emily Ratajkowski) lo que provoca la acción y reacción, si no que el relato va más allá al dibujar a un hombre que ha perdido toda motivación para hacer feliz a su perfecta esposa y que responde a un estereotipo de debilidad masculina, atrapado en las redes de una mujer araña que finge su victimismo.
La víbora que escupe veneno, por supuesto, es el verdadero incentivo de todo el relato, como paradigma del cine ‘noir’ en el que un hombre apagado en su apatía y autoasumida condición de ‘loser’, que es guiado por una hermana melliza (Carrie Coon) que es la voz de su conciencia, será víctima de una función que se transforma en, poco menos, que una sátira que evoca la venganza mortífera de las ‘femme fatale’ hasta un extremo de un paroxismo tóxico y enfermizo inimaginable.
Fincher y el paradigma de la tragedia satírica
No es difícil entender qué es lo que ha llamado la atención a Fincher para abanderar la adaptación de Flynn. ‘Perdida’ es un acercamiento entomológico, trazado con escalpelo, a una tragedia mostrada desde una maldad vampirizadora como parábola de una sociedad contagiada por el miedo. Un elemento siempre constante en la filmografía del cineasta. Con la diferencia de que aquí dicha problemática se describe desde el cauce conflictivo que encierran casi todos los matrimonios bien y mal avenidos y los recelos que puedan anidar en las llamadas “almas gemelas”.
Lo importante es diseccionar, mediante un corrosivo retrato y generado en las expectativas desvanecidas en un hipnótico juego de mentiras, las relaciones sociales y afectivas de una pareja desmontada por la falsedad y conformismo forjadas por el tiempo. Es paradójico que, desde varios flancos, se haya tachado a la película de misógina, algo que se revoca con la adulteración manipuladora que da a entender que la imposibilidad de una vida plena requiere de apariencias para fingir la idoneidad.
Más allá de eso, el discurso de ‘Perdida’ se basa en la concepción de una sociedad que se mueve en base a los valores materiales y la búsqueda de unos sueños que se dan de bruces con la realidad, aquí con una devastación conyugal y con los límites de la indiferencia. En este punto, Fincher y Flynn rehúsan posicionarse con cualquier signo de machismo o misandria camuflados en una sociopatía psicótica que no es capaz de asumir los roles dictados por la sociedad. Estos patrones de comportamiento perturbado, de ‘outsider’, podrían articular algunos de los roles de anteriores películas de Fincher, bien sea John Doe, Tyler Durden, el asesino del Zodiaco, Mark Zuckerberg o la mismísima Lisbeth Salander. Aquí es Amy, un personaje infectado por la misantropía a un nivel mucho más frío y calculador que sus predecesores, una perturbada en busca de un albedrío antisistema que oculta una oscura personalidad cuyo desquiciado propósito es el de cultivar un sentido de control que la vida le ha negado. Algo que le obliga a utilizar una máscara de absorción social con tal de encajar y fingir modelos genéricos sin responder a una ambición real más que la de sobrellevar el conformismo fragmentando violentamente en la delgada línea que separa el amor y el odio.
Por si fuera poco, es también un examen cínico sobre la nueva era de la información, los ‘mass media’, las redes sociales y la telebasura sensacionalista fascinada con el terror que puede llegar a provocar la difusión de contenidos sobre abusos domésticos, adulterios y crímenes, capaces tanto de erigir un falso perfil capaz de dinamitar la imagen de cualquier persona como su instantánea redención mediática. De nuevo, Fincher no deja de advertir sobre el tejido emocional que está dibujando una sociedad actual fraccionada entre el miedo y la paranoia, convirtiendo en espejismos nuestra percepción de la vida.
Por lo demás, ‘Perdida’ recupera la oscuridad fatalista de un director que ya no requiere de malabares técnicos o CGI para superarse a sí mismo, sino que prefiere mantener y pulir sus rasgos estilísticos llevados hacia un estrato mucho más clásico, sin rehúsar a reconocibles estilemas su impronta de autor identificable como su meticulosa metodología narrativa. ‘Perdida’ es uno de los mejores trabajos de un director con un imaginario visual y autoral que continúa en el evolutivo ascenso hacia una intensidad puesta al servicio de la historia, con una visión particular como medio de expresión en el que los mecanismos fílmicos de composición están al servicio de una puesta en escena estilizada y perfeccionista. Con ‘Perdida’, Fincher vuelve a evidenciar la agudeza de su estilo, adoptando textos ajenos para transmutarlos a sus obsesiones personales y aportar así una dosis de malicia y subversión, llevándola a su habitual atmósfera sombría, sobre todo en la capacidad tecnológica que alcanza el cromatismo digital captado por la inmensa fotografía de Jeff Cronenweth y punteado por la magistral asociación musical con Trent Reznor y Atticus Ross.
Sería injusto no referirse a la eficacia impuesta por Ben Affleck en su rol, ofreciendo el equilibrio adecuado entre la condición de galán y su torpe actitud y vacuidad que suponen el mejor trabajo desde ‘Hollywoodland’. Se ve apoyado por un elenco fuera de serie, Carrie Coon, Kim Dickens, Tyler Perry, Neil Patrick Harris, Patrick Fugit, Missy Pyle o Casey Wils. Sin embargo, la maravilla interpretativa es la propuesta por Rosamund Pike, en una compleja condensación de rostros y actitudes, fríamente etérea y antipática belleza rubia con la que Hitchcock hubiera soñado.
La onda expansiva de este ‘thriller’ psicológico cínico y sombrío está destinada a despertar violentamente diversas reacciones encontradas entre el público. Bajo un ojo clínico y con la precisión de un cirujano, Fincher vuelve a construir una ambiciosa película llena de talento tanto en términos creativos como precisa en sus designios. Una inteligente, divertida y fascinante fábula sobre la destrucción de la pareja perfecta, al menos desde el exterior, que se ve obligada a simular su felicidad, como en casi todos los casos, en la corrección política de un circo montado en favor de dos almas gemelas destinadas a torturarse hasta el fin de sus días, reparado por un ritual catártico de engaños y mentiras, de hipocresía y repudio, como sucedía en ‘Eyes Wide Shut’, de Stanley Kubrick.
No hay mejor símbolo que ese plano cíclico de su prólogo y epílogo en el que los dedos de Nick acarician suavemente el cabello rubio de Amy, que conceptualiza en su doble vertiente un viaje complejo y desconcertante. “Me gustaría fracturar su cráneo y descubrir qué es lo que está pensando” advierte. Y esa ambigüedad, lo imprevisible de todo el caos de sus personajes y recovecos es lo que provoca un reconfortante escalofrío a la hora de valorar la fruición con una de las películas más brillantes de este ejercicio 2014.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014