lunes, 20 de octubre de 2014

Piratería y paralelismos

En un país en el que el sector audiovisual carece de incentivos para la inversión de producción extranjera, que sufre una vergonzosa ausencia de política cultural adecuada y el ultraje absurdo con el que se ha visto sometido con esa aplicación envenenada del 21% de IVA en los espectáculos que ha beneficiado únicamente al Ministerio de Hacienda que ha generado ganancias con su tropelía, el panorama del cine se tambalea y malvive en un ambiente de enrarecido pesimismo. También está demostrado que las películas de gran presupuesto apoyadas por televisiones y con grandes campañas de ‘marketing’ y lanzamientos adecuados suelen recuperar sus millonarias inversiones en la taquilla, el claro objetivo de este arte. Pero eso es algo muy extraño hoy en día. Otro de los focos, bastante reiterativo a la hora de exponer la problemática dentro de los círculos del cine español, apunta al albedrío con el que las descargas ilegales de contenidos se unen al cúmulo de elementos que afectan a la exhibición cinematográfica. Se trata de un valor contextual que, a veces, se escuda en un enmohecimiento de quejas redimensionadas que encuentran su respuesta en cifras de filmes españoles un claro patrón del negocio patentizándose en el hecho de que el público puede respaldar al cine patrio y acudir en masa a los cines.
En un artículo de entrevistas de El País titulado ‘Alegrías y miserias del cines español’ realizadas a algunos de los directores cuyas películas han sido auténticos exitazos dentro de este año, el popular Santiago Segura, a raíz de este tema, lanza una interesante reflexión a modo de anécdota sobre ese libertinaje respecto a la piratería con una anécdota muy bien traída al caso: “El cinismo de la cosa es que hace poco me llevó un taxista en Madrid y va y me dice: “Soy muy fan suyo, señor Segura, me he descargado todas sus películas”. Yo le expliqué al tío que hombre, que si era tan fan mío podría... Y me dice: “¡Pero qué más le da a usted si ya gana usted en el cine!”. Fue imposible convencerle. A las cuatro semanas volví a coger el mismo taxi y era justo cuando lo de Uber. “Hombre, ¿qué tal, cómo ve eso de Uber?”, le digo. “Hay que matarlos a todos”, dice él. Fue entonces cuando empezó a entenderme”.
Leer ‘Alegrías y miserias del cines español’ (El Páis. 19 de octubre 2014).