viernes, 10 de octubre de 2014

La eterna influencia de 'Al final de la escapada (À bout de souffle)', de Jean-Luc Godard

Contaba François Truffaut que, durante el rodaje de ‘Al final de la escapada’, Jean-Luc Godard no se sintió a gusto dirigiendo una película de gánsteres. Tardó tiempo en asumir su autoría, incluso avergonzándose se ella. Sin embargo, en su empeño por hacer cine, no cejó en filmar de forma traslucida una visión que mostrara lo auténtico como inimitable y lo falso en términos incambiables. Aquélla opera prima, aquel filme refrescante que Luis Buñuel definió como “una idealización de lo moderno, de la eterna juventud que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo”, se transformó a través de los años en un punto de inflexión cinematográfico que auspició la evolución de esa nueva ola que constituyó la Nouvelle Vague compuesta, además de por Godard, por otros jóvenes talentos como el mencionado Truffaut, Claude Chabrol, Jacques Rivette, Alain Resnais o Eric Rohmer.
‘Al final de la escapada’ ha perdurado como la más paradigmática ejemplificación de este impulso vanguardista, la obra que rompió formalmente con las reglas de la gramática cinematográfica, abogando por una estética libre, saltándose cualquier pauta del cine convencional. Antinaturalista, con saltos de ‘raccord’ intencionados, ruptura de montaje funcional, saltos de eje, miradas a cámara para recibir órdenes visuales, improvisación sin tiempos y un grado de afectación disoluta son los elementos que Godard impuso a unos espectadores que asistieron a nuevas formas de lectura fílmica, consolidando su contenido en la discordia con la ficción basada en la grandeza del error o la simplicidad que adulteraba lo establecido y superaba cualquier tipo de virtuosismo impostado. Era la hora no responder ante el esteticismo académico o clasicismo y abordar la semántica fílmica con una concepción formal y expresiva opuesta y diferente.
La obra de culto narra la relación que se entabla entre Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo), también conocido por Laszlo Kovacs, un ladrón de coches que acaba de asesinar a un policía y Patricia Franchini (Jean Seberg), una joven norteamericana que quiere ser periodista . Un bello relato de tono ‘semi-documental’, filmado con la cámara al hombro, con quiebres narrativos y diálogos improvisados que rendía un sentido tributo al cine negro americano, como una especie de europeización de los ‘films noir’ con aroma a serie B. Si bien sus referencias de tono pedante y literario aluden a Faulkner o Dylan Thomas, axiomas existencialistas (ilustradas en Parvulecso, cineasta al que da vida el maestro Jean Pierre Melville) y cierta grandilocuencia, la ‘opera prima’ del director francés es una declaración de principios del movimiento transformado en un sublime canto a la libertad tan espontáneo como necesario en su época. La falta de justificaciones dramáticas en un entorno de albedrío artístico era la justificación implícita de la constante búsqueda de libertad creativa. Esa fotografía del maestro Raoul Coutard también incurría en ciertas licencias que iban en contra de la coherencia de un rodaje convencional, exprimiendo el negativo hasta el límite una sensibilidad por encima de lo recomendado hasta llegar hasta los 800 ASA con el único objetivo de ahorrarse la iluminación durante casi todo el rodaje.
Ese final con los neones avanzando su desenlace, las miradas entre los dos protagonistas, ese proceso de nihilismo en contraposición con la dulzura, el conflicto interna entre el sentimiento y la prudencia, la razón y el corazón. La historia de amor entre los personajes de Belmondo y Seberg en pantalla, bajo la pegadiza partitura de Martial Solal, despierta una amoralidad crispada de pudor, de franqueza y de sensibilidad. ‘Al final de la escapada’ es una película de visión obligada que, hoy en día, sigue generando un fuerte debate y confrontación entre adeptos y detractores. Uno de los filmes que más influencia ejercieran sobre todo el cine realizado con posterioridad, es hoy un clásico imprescindible en la historia del cine.
Filias personales
Concluyendo y a modo íntimo y personal, este clásico despertó desde muy pequeño una filia de la que siempre he sido consciente y que no es más que el eterno influjo hechizador que ha tenido sobre mí la figura de Jean Seberg. Desde mi infancia, procedente del embrujo de esta actriz de destino trágico, suscitan mi atención las mujeres con el cabello muy corto. Atribuido a ello, encuentro en el cuello la parte femenina más erótica. La perfección de una fémina, subjetivamente hablando, se encuentra en esa pequeña y sensual hendidura que se forma en la cerviz. Si no tienen un determinado tipo de cuello, ya puede ser una belleza modélica que jamás podrá colmar mis fantasías. Más allá de esta absurda filia fetichista, ‘Al final de la escapada’ sigue perdurando como una obra de desvergüenza inextinguible e imperecedera.