miércoles, 29 de octubre de 2014

El desencanto del Nuevo Milenio

Quedan apenas un par de meses para acabe 2014 y nos metamos de lleno en 2015. Los años se suceden a una velocidad vertiginosa y el tiempo parece acelerado. Haciendo cálculos y números, no nos damos cuenta de que llevamos escrita una porción, aunque sea muy pequeña, del Tercer Milenio. Llevamos casi tres quinquenios viviendo dentro el Siglo XXI. Lo estamos viviendo a base de palos, de crisis acrecentada por un sistema democrático bipartidista que ido destruyendo la esperanza de la sociedad que recaído en la recesión de una caída estructural. Caídas y desplomes del consumo, bajadas de producción, descenso de la importación y exportación, masiva emigración y falta de puestos de trabajo, así como un sonrojante desprecio de las fuerzas políticas hacia el ciudadano. Este es el futuro que tenemos. No el que imaginábamos ¿Acaso hace dos o tres décadas no soñábamos con un mundo mejor? ¿Recordáis cuando en vuestra infancia fantaseábais con algo muy diferente a lo que estamos viviendo? No voy a incidir en la trágica situación sociopolítica. Me refiero a otro tipo de desengaño.
Me explico. Todas aquellas cávalas y profecías que plantearon una vez los grandes escritores de Ciencia Ficción; Philip K. Dick, Van Vogt, Ray Bradbury, Robert A. Heinlein, Philip J. Farmer o Arthur C. Clarke fueron representadas en un futuro que hoy es presente y dentro de muy poco, quizá ya lo sea, será pasado. De momento habrá que esperar, al menos, a medio plazo, para ver las utopías tecnológicas y espaciales de los grandes visionarios hechos realidad. Hasta entonces vamos a hacernos a la idea que nos sigue tocando algo no tan fascinante como aquellos mundos llenos de avances para vivir la monotonía de nuestra vida cotidiana, cada vez más contemplativa e inerte. Lo que sí ha cambiado ha sido el hecho de que todas las lecturas que se han extraído de un siglo y milenio han ido girado en torno a inferencias apócrifas e historias apocalípticas en las que la ciencia-ficción, sirviendo como punto de partida para soñar con que el Tercer Milenio, nos traería narraciones extraordinarias concebidas por los grandes soñadores avanzados a su tiempo hayan perdido el sentido, en cierta medida, que tuvieron durante décadas.
Porque la decepción de no encontrarnos naves espaciales encima de nuestras cabezas, de no poder atisbar cosmos con dos lunas y no poder comprobar, entre otras cosas, qué es exactamente la criogenización o el ‘tele transporte’ impone la dura realidad que se aleja en exceso aquel futuro imaginado que nunca llegará, que parece haberse concebido como una leyenda irrealizable, un invento del hombre que ha surtido a la literatura y al cine con inolvidables novelas y películas de un género siempre infravalorado por aquellos que han sido incapaces de mirar más allá de las esplendorosas épocas artísticas pretéritas y vetustas, en realidad presentes, pero en la capacidad imperturbable del que cree que el futuro está muy lejos.
Ya hace una década y media, aquel ya pasado “efecto 2000” evidenció que la ilusión de aquellos que creyeron ver hace tiempo un nuevo mundo tecnológico y próspero se encontraron con la desilusión de lo frecuente, en que la única novedad añadida a nuestro día a día fue el avance de los teléfonos móviles, 'las tablets' o consolas de última generación. Ni siquiera la llegada de la estereoscopía al cine comercial en 3D (hoy también obsoletas) sirvió por convencer de la integración del ser humano en las nuevas tecnologías, nunca tan fantásticas como las que nos prometieron la literatura y el cine. Tal vez porque lo realmente válido de todo esto haya sido la imaginería y talento de unos extraordinarios genios que tuvieron el privilegio de soñar más allá que el resto de los mortales, que pudieron ver mundos extraterrestres y utopías colmadas de fantasía, épocas en las que androides creados por hombres a imagen y semejanza de Dios pudieran sentir y tener más fe en la vida que el propio creador...
Llegados a este punto, uno se pregunta si todas estas proyecciones de un tiempo futuro no han sido más que otra promesa incumplida, de otro sueño deshecho por el inevitable paso del tiempo, como si en la oscura soledad de la esperanza aquello por lo que se vislumbra sólo fuera un invento malvado para aplacar las ansias de conocimiento humano. Apuntaba un amigo, Saberius, que ahora la propia ciencia-ficción ha pasado a ser Historia, pero no de una forma positiva, sino todo lo contrario. Ahora el hombre sabe que lo representado sólo es eso, una quimera que no llegaremos a vivir, como un brutal desengaño para aquellos chiflados con pájaros en la cabeza aventajados a sus generaciones coetáneas que sentieron, soñaron o viajaron por universos paralelos y ulteriores que nadie podía imaginar. Todo ése afán especulativo que ha hecho grande al ser humano, ése impulso creador con suficiencia y afán de ensartar la cotidianidad que nos rodea para componer viajes excitantes y ficticios, no es más que una actitud por transformar y adelantar el espacio en el que vivimos. Pero sin llevarnos a engaño, toda esta cavilación sobre el género, sobre el presente y el futuro encuentra su piedra angular en el cine, en la representación de los sueños, en lo imposible, en la escenificación de todo el futuro imaginado, en el ansia del hombre por llevar a cabo algo que ahora comprendemos inalcanzable.
El cine ha ayudado a componer las imágenes que soñaron los grandes genios de la ciencia-ficción, abasteciéndose de títulos que han conseguido acercar al espectador más visionario a los deseos de ver un futuro incierto, pero visualmente emocionante. El cine ha contemplado la posibilidad de darle a la retina colectiva una serie de filmes que ayudaron a ver al hombre el mañana que tantas veces soñó y que, hoy por hoy, se ha tornado en espectacular, como si el futuro fuera producto del Séptimo Arte. Así cuando Fritz Lang creó la fastuosa ‘Metrópolis’, George Lucas vislumbró la saga ‘Star Wars’ o Christian Nyby perfiló sus fantasías en ‘El enigma... de otro mundo’ ese futuro se hizo un poco más cercano y cotidiano, como si lo que viéramos en pantalla fuera la promesa de lo inviable pero a la vez real e imprevisible. Que Ridley Scott compusiera la obra maestra ‘Blade Runner’ atendiendo a una estética más adyacente a la realidad que nos rodea, impone la idea de ese símbolo factible, que hace posible tener una utópica certidumbre en el género más apasionante que ha inventado el ser humano. Como si Kubrick hubiera intuido qué significaría este nuevo milenio que dio como consecuencia el cambio de siglo. Como si con ‘2001: Una Odisea del Espacio’ nos dijera lo que puede pasar en estos primeros decenios del Siglo XXI: la involución del hombre. El conocimiento desalmado y ascético de confirmar que todo en lo que el hombre creía, que el futuro, no es más que un nuevo nacimiento en la ignorancia por descubrir lo inenarrable y lo desconocido.
Títulos claves que van desde ‘Le Voyage dans la Lune’, de Georges Méliès, pasando por ‘La guerra de los mundos’, ‘El planeta de los Simios’, ‘Viaje alucinante’, ‘Ultimátum a la tierra’, ‘Forbidden Planet’, ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’, ‘Atmósfera Cero’, ‘Viaje al centro de la tierra’, ‘Alien’, ‘1997: Rescate en Nueva York’, ‘E.T’, ‘Star Trek’, especialmente la segunda entrega de ‘Regreso al futuro’, los ‘Terminator’ hasta llegar a la trilogía de ‘Matrix’ o ‘Avatar’… Todo estos títulos han hecho posible que el sueño se hiciera realidad, al menos durante una proyección cinematográfica. Probablemente, la única forma que vamos a tener nosotros de ver cómo es el futuro ilusorio que desde siempre nos han hecho fantasear. Instaurados en este Milenio, no queda más que inventar un futuro para el año 3000, dentro ya del Siglo XXII, con toda esa idiosincrasia tecnológica más avanzada, con los adelantos espaciales que permitan viajar al hombre a otros planetas y remodelar hasta el paroxismo técnico la nueva evolución del hombre. De ahí que surja esta proclama melancólica y realista. En este momento, sabemos (y comprendemos) que todo por lo que nos hicieron soñar dentro de la literatura y el cine fantástico nos queda demasiado lejos como para vivirlo. Entonces nos damos cuenta de que el cine sigue siendo la única vía para visualizar nuestros sueños futuros. La célebre frase de Roy Batty en ‘Blade Runner’ es clarividente, lo que el mismo hombre reflejado en un androide siempre soñó tener, el don de la inmortalidad para ver la evolución, para descubrir lo que ahora es utopía, para ver cosas que nosotros jamás imaginaríamos.
Esa es la verdad del Siglo XXI, de la pirotecnia y fantasía que se ha montado alrededor de unos años que fueron simbólicos y que han dejado de serlo. Aún así, debemos sentirnos satisfechos por estar aquí y ahora, en lo que no hace mucho fue el mañana. Sabemos que tenemos que empezar de cero, como bien predijo Kubrick. El año 2000 hace tiempo que pasó. Aprendamos a soñar ahora con 3001 y con un futuro que no conoceremos...