jueves, 2 de octubre de 2014

Diez años de textos abismales (VI): Dossier ‘Búscate la vida (Get a life)' (23/09/2010)

La anarquía delirante de un humor irrepetible
Hoy es un día especial. Uno de esos en los que hay que celebrar una onomástica señalada y única dentro del calendario de celebraciones que, a buen seguro, será olvidada por los amantes de la saturación catódica que, aferrados a la nueva revolución de las series televisivas del momento, desconocen este inadvertido cumpleaños que vale la pena festejar por todo lo alto. Os preguntaréis de qué demonios estoy hablando, qué hay que ofrendar con tal énfasis y significancia. Pues bien, amigos. Hoy, día 23 de septiembre se celebra el vigésimo aniversario de la primera emisión de la que es, posiblemente, la mejor serie que ha desfilado por la parrilla en los fastos de la Historia. Sin parangón ni aparentes ponderaciones excesivas. Me refiero a ‘Búscate la vida (Get a Life)’, una ‘sitcom’ (si se puede englobar en tal categoría) que supuso un antes y un después en la mitología colectiva. Un punto y aparte en los anales de la pequeña pantalla.
Todos y cada uno de los espectadores que adoraron en su momento (y lo seguirán haciendo por siempre jamás) a Chris Peterson siguen sin encontrar algo parecido, un referente legatario de uno de los pináculos más absolutamente magistrales vistos hasta la fecha. Esta serie, fuera de toda duda una de las más genuinas al calificarla con la fácil etiqueta “de culto”, permanece de un modo perenne como referencia cultural de todas las programaciones que la han sucedido. Tan sólo 35 episodios repartidos descompensadamente en dos gloriosas temporadas que dejaron una impronta universal, minoritaria, sí, pero histórica e irreemplazable en los corazones de todos aquellos que, después de los años y del abrumante salto de calidad que dado el entorno televisivo moderno, seguimos pensando que no ha habido otra serie que haya podido reemplazar la grandeza de esta locura única y esencial en la adolescencia de una generación que no ha podido olvidar a aquel treintañero medio albino y medio calvo, con barba, algo orondo y con cara y actitud de idiota; el añorado Ser Supremo que respondía al nombre de Chris Peterson.
Su hacedor y máximo exponente fue el actor, cómico y guionista Chris Elliott, que elaboró esta paródica ‘sitcom’ junto a su amigo y compañero en el ‘Late Night with David Letterman’ Adam Resnick. Juntos unieron sus fuerzas a David Mirkin, también guionista y a la postre productor de ‘Los Simpson’, para lograr colarle una enloquecida idea la Fox a principios de los 90. Una auténtica excentricidad que nace del divertimento puro y sin límites, una serie que tenía en su argumento su mejor descripción para el delirio: un hombre algo inepto y entrañable que vive con sus padres y se gana la vida de ‘paperboy’, el repartidor de periódicos del barrio, montado en su bicicleta y habiendo alcanzado la cúspide laboral al convertirse el jefe de tres chavales de diez años que están a su cargo. Chris Peterson vive en Greenville ajeno a su condición de ‘white trash’ junto a unos progenitores que siempre van en pijama y bata, Fred y Gladys (interpretados por Bob Elliott –padre en la vida real de Chris Elliott- y Elinor Donahue, respectivamente), sin importarle realmente que todos piensen que es un pringado insensato.
La vida de Chris podría definirse como la de un ‘loser’ feliz, inconsciente de su estulticia y satisfecho con su propia estupidez. En el fondo, ‘Búscate la vida’ era fiel reflejo llevado al extremo de la parodia del inextinguible ‘peterpanismo’, donde un personaje estrambótico hacía las delicias de los telespectadores a los que acostumbró a un surrealismo bizarro revolucionario, que sustentaba su entidad humorística en la imprevisibilidad de las situaciones y argumentos, en una delirante entelequia deliciosamente subnormal. Todos recordaremos aquella cabecera con el tema de R.E.M ‘Stand’ siguiendo a Chris en el suburbio residencial repartiendo periódicos a diestro y siniestro hasta chocar con un coche debido a la distracción provocada por una exuberante mujer que se agachaba a recoger el diario matinal recién arrojado al suelo.
Durante la primera temporada, Chris aparecía en sus andanzas y desventuras junto a Larry Potter (Sam Robards), su mejor amigo y confidente, que ejerce de conciencia y nudo con la realidad. Un personaje que subsiste en una vida análoga a la Chris, puesto que es un hombre enclaustrado en la etapa adulta; con dos hijos, una casa que pagar, un trabajo absorbente y una mujer que es el Némesis de su amigo, Sharon (Robin Riker), una bruja que ejerce de simbología castradora, representación del estado de ergástulo existencial que configura el personaje enemigo de Peterson en su mundo feliz e inocentemente incoherente. No extrañó que el bueno de Potter un buen día decidiera dejar todo e irse a vivir la vida en libertad gracias a un estúpido consejo de Chris.
Durante la segunda temporada, cuando la anarquía parecía ser el patrón del humor argumental, aparece el personaje de Gus Borden (el no menos antológico Brian Doyle-Murray -hermano de Bill Murray-), el hombre que le alquila su garaje maloliente para emprender su falsa situación de soltero emancipado, un ex agente de la ley que fue expulsado del cuerpo por orinarse en un superior durante una borrachera y que para Chris es un idolatrado modelo a seguir pese a su condición de renegado sociópata. Esta nueva etapa resulta ser de una libertad insultante, donde la locura alcanza sus cotas de máxima entelequia en el delirio y la aberración extrema del disparate, con una inmunidad ante las normas televisivas que no se han vuelto a ver desde entonces. La locura y el absurdo fueron creciendo en un progreso sin dilación hacia un fascinante histerismo en el que absolutamente todo era válido. Destacan entre los nombres guionísticos los de Charlie Kaufman, la perturbada mente creadora de ‘Cómo ser John Malkovich’ o ‘Adaptation’, que firmó dos capítulos, al igual que Marjorie Gross, que también aportó su ingenio a otra serie de culto como fue ‘Seinfeld’.
Sin embargo, el éxito de la serie no hubiera sido posible sin su verdadera alma, su núcleo cómico lleno del talento inusitado y excepcional del mítico Chris Elliott. Formado en el National Theater Institute, durante los 80 fue uno de los más aclamados colaboradores del Show de David Letterman para la NBC, donde llevó a un nivel de humor más allá sus colaboraciones, ‘gags’ y parodias del ‘late night’ con un estilo distintivo, fuertemente insólito, pero sobre todo hilarante y desconcertante. Fragmentos como ‘The Guy Under the Seats’, ‘The Fugitive’, ‘The Regulator Guy’ y sus imitaciones de Marlon Brando, Jay Leno, Marv Albert o Morton Downey Jr. son parte de la historia catódica americana. Antes de ‘Búscate la vida’ a Elliott pudimos verle como secundario en películas como ‘Abyss’, de James Cameron, dentro del tríptico ‘Historias de Nueva York’, de Woody Allen, Francis F. Coppola y Martin Scorsese o en ‘Hunter’, de Michael Mann, aunque desplegaría su vis cómica en papeles tras su paso por la serie en cintas como ‘Atrapado en el tiempo’, de Harold Ramis, ‘Vaya par de idiotas’, ‘Algo pasa con Mary’ y ‘Osmosis Jones’, de los hermanos Farrelly y personajes episódicos en diversas ‘sitcoms’ americanas o dando voz a unos de los roles de la serie de animación ‘Dilbert’. También protagonizó una joya de culto titulada ‘Caos en el alta mar (Cabin Boy), de Adam Resnick con producción de Tim Burton que se subordinó a los designios de ‘Búscate la vida’, pero sin lograr la grandeza de aquélla. Además, Peterson escribió el libro ‘Into Hot Air: Mounting Mount Everest’, parodia de aventuras y supervivencia que urde una trama a costa de las organizaciones benéficas de celebridades donde el mismo Elliott dirige un equipo de famosos en una desastrosa expedición hasta el pico más alto del mundo.
Su mayor logro, a pesar de todo, sigue siendo Chris Peterson, aquel hombre alopécico y fondón, pusilánime y llorón, que se amedrentaba ante los desafíos y retos, accedía a cualquier proposición, por excéntrica que ésta pareciera y actuaba de forma infantil e incoherente con una conducta abstraída a su burbuja de genial tontería idotizada. La serie asumió desde su inicio una capacidad de riesgo que no tuvo límites, en una paradigmática muestra de provecho de la estolidez humana, de la risa ilimitada en su variada y variable temática sin pies ni cabeza, donde la mordacidad de matices zafios, de ‘gags’ imposibles, hicieron de la burla desquiciada e incongruente una muestra imposible de humor dentro del propio humor, que sabía reírse de sí mismo, sin elucidaciones intrínsecas sobre su naturaleza o su razón de ser.
‘Búscate la vida’ ha sido, probablemente, la serie más extravagante y original de cuantas han poblado la parrilla catódica desde el invento del aparato receptor, logrando una idiosincrasia genuina del absurdo, transformándolo en universo simplista, pero a su vez, lleno de implicaciones arrolladoras y cómplices con un espectador que se volcó con el desparpajo de un personaje idiota, entrañable y necio al que se le cogía cariño con una extraña y fulminante empatía. La serie de Elliott rehusaba al mensaje, a la moralina, destrozando consigo los condicionamientos básicos del guión televisivo y pasándose los cánones y las normas elitistas que delinean cada trama de las ‘sitcoms’ por el forro, ridiculizando el didactismo con una maravillosa e irrepetible ilógica que traicionó como nunca (para jolgorio del fan) la cordura y la realidad en un frenético y entusiasta atentado contra el sentido común.
Aquélla extravagancia alterada, adalid de la chorrada sin venir a cuento, las frases míticas, las situaciones improbables, los ‘gags’ gloriosos, la constante insinuación y homenaje al SCI-FI de muchos de sus títulos (‘Repartidor 2000’, ‘Neptuno 2000’, ‘La acampada del 2000’, ‘Cronosync 2000’, ‘Novia 2000’) invoca momentos indescriptibles, por el humor, la diversión, el sedimento que aferra imágenes y párrafos a la memoria colectiva de aquel icono que admiraba a los fétidos y rudos obreros de la construcción, se hizo amigo íntimo de un alienígena desagradable y violento llamado V.O.M.I.T.ÓN., que trabajó como gigoló de una vieja bañada en perfume, de modelo de la agencia ‘El guapo’ para triunfar bajo el apodo de ‘Chispas’ o como inspector de sanidad que se deja sobornar por cinco pavos y luego inculpar a toda una mafia. Siempre echaremos de menos a ese iluso bobalicón que fue ‘vouyeaur’ acosador y acosado, actor teatral del espectáculo musical ‘Zoo sobre ruedas’ y viajó en el tiempo para evitar lo inevitable o acometió una aventura existencial en busca de unos supuestos padres dentro de una comunidad ‘amish’. Peterson, el mismo que visitó la gran ciudad y perdió la cartera para convertirse en un héroe, capaz de enfrentarse a unos gamberros macarras a los que intenta llevar por el buen camino o mantener una relación de amor romántica de matrimonio que empieza y acaba, descrita con su tópica problemática, en veinte minutos. Durante aquellos célebres treinta y cinco episodios, Chris tan pronto luchaba contra un novedoso repartidor de periódicos robotizado, se carteaba con una peligrosa reclusa que iba a visitarle, como se fabricaba un submarino doméstico en la bañera familiar o estaba a punto de perecer intoxicado junto a Borden por residuos nucleares para descubrir, uno, que era un diestro ‘speller’ a la hora de deletrear palabras y, otro, un portento para los origamis.
En este sentido, ‘Búscate la vida’ tuvo, en algunos de sus más míticos episodios, el tema recurrente de la violencia y la muerte, donde Chris fallecía al final de muchos capítulos, una y otra vez, de múltiples formas, que recuerdan al ‘slaptick’ extraído de cualquier y perverso ‘cartoon’ animado. Hasta en doce episodios llegó a palmarla; cayéndole una roca gigante en la cabeza, de vejez, de amigdalitis, por herida de arma blanca, atropellado, asfixiado con cereales, estrangulado, víctima de una explosión o finalmente cayendo de un avión en una cama mullidita pero cargada de explosivos. Hoy, celebrando ese vigésimo aniversario, uno recuerda, al son de ese baile culón del ‘Alley Cat’, de Bent Fabric, tantas imágenes y diálogos que serían imposibles de reproducir, incluso los más evocados. ‘Búscate la vida’ finalizó el 8 de marzo de 1992, en un antológico episodio doble que terminaba generando expectativas y dudas sobre una posible continuidad. Nunca sucedió el milagro.
En España se estrenaría gracias a la apuesta de una cadena en ciernes como Canal + en 1992 y sería repuesta, posteriormente, en 1995. Desde entonces nada ha vuelto a ser igual. Por mucho que nuestros ojos hayan visto, nada ha logrado esa sensación de fiesta continua, de diversión sin freno y absoluta genialidad como aquélla. Una serie de culto que tiene devotos en todo el mundo. Una obra maestra irrepetible que pervive en la memoria de sus acólitos como el mayor logro de la televisión por su carácter anticonvencional y contracorriente. Una ilusión que (y antes de seguir enhebrando adjetivos ponderativos) recordaremos con afecto y fervor. El mismo que Peterson al definir a su amigo extraterrestre: “Visitante de Otro Mundo que Impacta en la Tierra... Ocho Nabos”.