jueves, 11 de septiembre de 2014

Mundobasket España 2014: La derrota más dura y el ocaso de una generación irrepetible

La hecatombe baloncestística que se produjo en la noche ayer tardará mucho tiempo en olvidarse. La cicatriz abierta por la selección francesa se escindió aún más después de que los hombres de Vincent Collet ya arrebataran a esta generación de oro española la posibilidad de disputar el título en el pasado Eurobaket de Eslovenia el año pasado. Otra vez Francia. Otra vez surgieron los fantasmas de una selección española que contaba con la madurez suficiente y los partidos precedentes para hacer pensar que estábamos ante la mejor selección de baloncesto de la historia. Sobre el papel, así era. Sobre la pista, ya en los partidos de Irán y, sobre todo, Senegal, España había evidenciado algunas grietas en su juego que ponían sobre aviso el hecho de que todo pareciera demasiado sencillo hasta llegar a la final contra los todopoderosos NBA’s del Team USA que parecía la final soñada. Ése era el propósito de este Mundobasket jugado en casa, con la sensación de superioridad como gran aliado. Y precisamente ese contexto, y contra todo pronóstico, también ha sido un hándicap para asumir la derrota de ayer por trece puntos (65 –52) dando un esperpéntico espectáculo en el que los hombre de Orenga hicieron poco menos que el ridículo en la cancha. Dábamos por hecho que estaríamos en la final. Y esa actitud es la enemiga más cruel en la derrota.
Ayer España no fue ese colectivo unido que basa su éxito en un juego laborioso y diligente, en la calidad de sus mejores hombres y que ha acostumbrado a entregar al espectador recitales técnicos y visuales, aunque menos estratégicos. De hecho, ayer, ni siquiera se atisbó esa hambre voraz por recuperarse ante la caída, faltos de ideas e ilusión a excepción de un gran Pau Gasol que nada pudo hacer ante la debacle de sus compañeros. La circulación de balón fue inexistente, obligados a lanzar triples cuando la estadística en este campo fue catastrófica (acabó con 2/22 en este segmento), incapaces de sostener los ataques de pizarra de Francia, sin oponer resistencia mediante aclarados o bloqueos y despreciando cualquier tipo de diseño de rotaciones o alguna solución táctica que remediara el infortunio. Sólo el inicio del tercer cuarto surgió una chispa que alumbró un resquicio de esperanza, haciendo que los franceses desordenaran su juego y forzando tiros o agotando la posesión del rival. Fueron los mejores minutos de los Golden Boys.
Incluso cuando España se puso por única vez por delante en el marcador, la táctica francesa supo desequilibrar los nervios motivando una trifulca cuando Pietrus lanzó un manotazo a Llull y detuvo la reacción de los nuestros. Corría el minuto 25 y España ganaba 39-40. Pero fue un espejismo. Y se notaba en el juego. Sin un dibujo exterior dinámico y fluido tampoco hay posibilidad del éxito interior. Y ésa fue una de las claves ya anticipadas en anteriores partidos. Rudy Gobert, Boris Diaw o Joffrey Lauvergne siguieron con lo suyo, empeñados en que la pintura fuera un eje fronterizo infranqueable mientras que Diaw y Thomas Heurte lideraron la anotación que le faltó a España. A esa apatía se unió una afición sin euforia que parecía acompañar el espíritu del equipo. Sólo se encendió en los minutos previos al pitido final y cuando llegó la hora de señalar al responsable pidiendo su dimisión. Algo vergonzoso esa recriminación al entrenador en vez de aplaudir y seguir animando contra viento y marea a esta selección histórica. Al fin y al cabo, jugaban en Madrid, en la cancha del primer equipo de la ciudad.
En los días previos, Collett había estudiado con obsesivo esmero un partido que tenían muy difícil de ganar, atendiendo sobre todo a aquella semifinal de Eslovenia que solventaron en una prórroga agónica. Llegaron al Mundobasket sin Parker, Noah, De Colo, Mahinmi o Seraphin en sus filas y asumían que tendrían que hacer un partido muy completo ante España. Nosotros, sin embargo, nos preparábamos recuperando a Gasol, haciendo descansar a sus hombres más castigados por los minutos y con asuntos publicitarios y personales ajenos al baloncesto. Los de Orenga se habían acostumbrado a ganar los partidos desde la defensa con despliegue exterior para culminar con los hombres de interior. Pues bien, ayer eso lo hizo Francia, que anuló a una selección previsible y sin ideas. Los galos sabían que había que ganar a España con un proyecto trazado y una estrategia estudiada al milímetro que terminó funcionando pese a no consumar un partido en absoluto brillante. Por el flanco español, se sabía que tenían que ganar para estar en la final contra USA (porque ni se había pensado en que había semifinal), pero no sabían cómo. Y ahí estuvo la gran diferencia que marcó el choque.
La solución: Orenga debería irse por donde ha venido
Orenga ha dejado claro que no sabe gestionar un equipo de estas condiciones, su nulidad a la hora de derrochar la entereza de sus mejores hombres en partidos de preparación u otros dentro del campeonato ganando de treinta puntos evidencian las carencias como técnico de un hombre que no sabe rotar un banquillo lleno de estrellas, que no encuentra una capacidad de reacción ni desarrollar el bloque. Este equipo mostró ayer que con unos mimbres estructurales envidiables se puede cimentar un resultado horrendo, con una falta de nivel defensivo incoherente en los momentos cruciales, lo que limitó su creatividad y energía atacante. Anoche, cuando Marc fracasó de manera rotunda como jugador referente y Pau (que venía tocado, no lo olvidemos) no pudo asumir todo el peso de un equipo perdido en el desánimo, Ibaka, Felipe o Abrines miraban desde el banquillo abatidos por la impotencia. Cuando Ricky no funcionó y Rudy o Navarro parecían estar fuera del partido, Orenga optó por mantenerlos en pista y sacar a José Manuel Calderón de escolta. O seguir obstinado en lo que ha venido haciendo en este campeonato, que es despreciar el revulsivo de un hombre como Sergio Rodríguez.
Francia vapuleó a España en todas las parcelas del juego, pero en especial en la de los rebotes. 50 rebotes contra 28 de los nuestros. Sin embargo, Felipe vio el partido desde el banquillo. La ineptitud de un seleccionador sin experiencia, sin palmarés, sin visión de juego y señalado a dedo por José Luis Saéz, un acomodado mostrenco que debería haber dejado los lujos de la federación hace tiempo, debe ser apartada de los objetivos reales de la selección. Ya en el Eurobasket de Eslovenia, Orenga demostró su poca índole ante el mando del equipo; recordemos: España volcó sus inseguridades con Eslovenia, reiteró sus errores ante Grecia y sucumbió de un modo similar contra Italia, jugando una prórroga desastrosa. El colofón fue hasta perder la semifinal contra Francia. Sólo hay que echar un vistazo a aquélla crónica para comprobar cómo se las juega Orenga en un partido que ganaba de catorce y acabó perdiendo en una prórroga por la obstinación de un entrenador falto de sentido común, de lectura para saber asumir la adversidad. “No hemos preparado bien el partido”, declaró Juan Carlos Navarro nada más acabar el partido. Poco más que añadir a este respecto.
Y ahora… ¿El futuro?
El desastre de Madrid es un acontecimiento que se plasmará por derecho propio en el recuerdo colectivo como una de las gestas más aciagas de la historia del baloncesto español. Un descalabro que hace prever el fin de ciclo con un futuro bien distinto al que ha deslumbrado hasta ahora. Esta misma mañana Orenga ha manifestado su deseo de que esto no suceda. Se engaña a sí mismo, como ha venido haciendo con los jugadores y con los aficionados. La renovación tendrá que ser radical porque habrá nombres imborrables en este deporte que hayan disputado su último partido con la selección española. Una generación que será imposible de sustituir, la de Lisboa, la que ganó un Mundial de forma heroica en Saitama en el Mundial de Japón 2006, consiguió una meritoria doble plata olímpica en dos finales antológicas contra Estados Unidos (Pekín 2008 y Londres 2012), además de dos oros (2009 y 2011), dos platas (2003 y 2009) y un bronce (2013) en el máximo campeonato continental. Anoche pudo continuar el camino hacia la gloria, poniendo punto y final a ese merecido culmen y reconocimiento que, muchas veces, está por encima de las injusticas deportivas como el mazazo de ayer. A cambio, observamos atónitos el ocaso de este grupo de brillantes jugadores que ya ha escrito con letras de oro su propia leyenda.
Sin embargo, este amargo recuerdo no debe empañar las hazañas memorables de un grupo de chavales que han crecido deportivamente entregando la excelsitud inalcanzable que sugiere este apasionante deporte, proponiendo con su juego de fantasía a la afición española los mejores y más recordados logros de la historia reciente del deporte español, sea en la disciplina que sea (incluido el fútbol). Nadie puede reprocharles a estos héroes su compromiso, profesionalidad, sacrificio, generosidad, confianza y respeto que han mostrado en todo momento por la selección y su responsabilidad. Ni siquiera en este campeonato. Ni siquiera ayer. Esta selección ha enorgullecido a un deporte que lleva siendo un referente primordial de nuestros éxitos a todos los niveles. Y pese a que la España de anoche no fuera la selección que nos malacostumbró a la victoria y a la celebración, merece nuestra reverencia, nuestro aplauso y un lugar predilecto en nuestro corazón.
Por eso hay que darle las gracias a esta generación impetuosa por haber ofrecido tantas horas de juego, de júbilo, de espectáculo y furia imparable. Gracias por dejarnos vivir ese vendaval de emociones y lágrimas junto a vosotros. Puede que no haya un colectivo de amigos tan talentosos e importantes en el futuro… Es casi imposible. Pero debemos recordar, hoy más que nunca, aquélla palabra tan magnánima que gritó Pepu Hernández (un hombre que jamás debió abandonar el banquillo de la selección) bien alto y claro en aquélla explosión de júbilo de Plaza de Castilla en Madrid cuando esta selección ganó el Mundobasket de Japón en 2006. Sólo una palabra: “!Baloncesto!”. Y vosotros habéis hecho el milagro realidad.
Gracias por todo, GOLDEN BOYS.