lunes, 1 de septiembre de 2014

Dossier Especial: 30 Aniversario de ‘Gremlins’, de Joe Dante

El lado más siniestro de la Navidad
El pasado jueves se cumplieron nada más y nada menos que tres décadas desde que se produjera el estreno en España de ‘Gremlins’. Por muy extraño que pueda parecer, una película circunscrita a una celebración tan representativa e invernal como es la navidad y que supuso uno de los clásicos de este período anual se estrenó en España un 28 de agosto de 1984, en pleno estío de aquel calor bochornoso de un año que dejó algunos de los eventos socioculturales más icónicos de una década tan nostálgica y añorada como aquélla. En USA no fue diferente, ya que la ‘premiere’ mundial tendría lugar un 8 de junio, en plena fiebre por el lanzamiento de ‘blockbusters’. La idea primigenia fue la de lanzar el filme producido por Steven Spielberg en Navidades atendiendo al contexto de la cinta. Sin embargo, Warner Bros. cayó en la cuenta de que no tenían un estreno veraniego que pudiera hacer frente a películas como ‘Cazafantasmas’, ‘Kárate Kid’, ‘Tras el corazón verde’, ‘Indiana Jones y el templo maldito’ o ‘Un, dos, tres... splash’… A pesar de lo arriesgado de la apuesta, ‘Gremlins’ sería la cuarta película más taquillera de aquel año tan representativo en el ‘box office’ norteamericano.
El origen del filme procede del imaginario de Chris Columbus, que a la postre escribiera otras joyas como ‘El secreto de la pirámide’, ‘Los Goonies’ y dirigiría las dos primeras entregas de ‘Solo en Casa’ y de la saga de ‘Harry Potter’. Entonces un joven estudiante de NYU que había logrado vender un guión que nunca sería producido. Por aquel entonces Steven Spielberg, alentado por el éxito de la producción de ‘Cuentos asombrosos’ y la traslación al cine de ‘En los límites de la realidad’, se lanzaría al sueño anhelado por los integrantes del Hollywood de principios de los 80: crear una productora de éxito sin las necesidades de otras alternativas como American Zoetrope o Lucas Films LTD. El proyecto empresarial se llamaría Amblin y apalearía a la fantasía con el logo de la silueta de la bicicleta de ‘E.T. El extraterrestre’ surcando una inmensa luna llena.
Convertido hoy en un icono cinematográfico y al amparo de Universal, Spielberg contó con Kathleen Kennedy y Frank Marshall en su aventura de albedrío como productor y formador de nuevas generaciones de directores. Amblin iba a apostar por un cine de objetivos familiares y comerciales, aderezado con efectos especiales y donde se exigía una tarifa de comedia e imaginación que no traicionara las expectativas del sinónimo de calidad que la productora se había marcado como designio. ‘Gremlins’ constituiría el primer envite que luciría por primera vez en su historia el emblemático logotipo para lograr sus objetivos en un corto plazo: erigirse con el secreto y la receta de un prototipo de cine capacitado para vincular afinidades e inquietudes a través de la infalibilidad de sus aventuras, fantasía y diversión y que forma parte de la educación sentimental y fílmica de toda una generación. Títulos como ‘Los Goonies’, ‘El secreto de la pirámide’, la trilogía de ‘Regreso al futuro’, ‘El color púrpura’, ‘Esta casa es una ruina’, ‘El chip prodigioso’, ‘Nuestros maravillosos aliados’, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’, ‘El imperio del sol’, ‘Hook’ o ‘Parque Jurásico’ son sólo algunos ejemplos de lo conseguido.
Sin embargo, el guión de Columbus no parecía comportar las directrices marcadas por una mirada infantil hacia el fantástico, sino que, al contrario, abogada por la libertad creativa alejada de los estigmas del cine más convencional enfocado a la familia. Cuando Spielberg descubrió la historia, ni siquiera se trataba de un guión al uso, ya que era un ‘spec script’, es decir, un guión especulativo lleno de anotaciones personales que se escribe sin esperar retribución, como si se tratara de una tarjeta de presentación o muestra del talento del guionista. De entre las miles de ideas en este formato que llegan a los grandes estudios, Spielberg siempre afirmó que era una de las propuestas más atrevidas y originales que había leído en su vida. El siguiente paso fue contratar al guionista, que entonces tenía veinticinco años, para reescribir junto a él hasta cuatro versiones a lo largo de un año en un ‘bungalow’ de la Universal.
Inspiraciones, directores, calificación y reparto
Los elementos imaginativos del guión de Columbus se definieron en un par de ideas que dieron como consecuencia esta obra de culto inolvidable; por una parte, el cuento de Roald Dahl ‘The Gremlins’, basada en unas legendarias criaturas traviesas muy conocidas dentro del campo de la aeronáutica relacionadas con la Royal Air Force británica que, tras construir una fábrica de aviones en un bosque que servía de hogar para estos seres, éstos respondieron saboteando los aviones ingleses en forma de venganza para terminar alternando este dictamen cuando se trató de combatir contra las fuerzas del III Reich. Estas creaciones serían utilizadas en varias fábulas sobre la II Guerra Mundial, como el corto de Bugs Bunny dirigido por Bob Clampett titulado ‘Falling Hare’, del mismo modo que el episodio ‘Nightmare at 20,000 feet’ de The Twilight Zone protagonizado por William Shatner.
Por otra, según cuenta el propio Columbus, también aludía a unos ratones que vivían de un modo clandestino bajo el suelo de un loft de Manhattan mientras estudiada en la escuela de cine de la Universidad de Nueva York: “Durante el día apenas se percibía su presencia. Sin emabrgo, por las noches sonaban como un ejército de ratones que podían aparecer en cualquier instante en medio de la oscuridad. Lo que me provocaba una sensación espeluznante”.
Spielberg supo apreciar una miscelánea intencional que reunía y relacionaba lo cotidiano y lo inexplicable de un universo dialéctico apoyado en esa ruptura del contexto cotidiano y familiar por una situación imprevista y terrorífica que afecta a sus protagonistas con elementos de corte fantástico. En ‘Gremlins’ lo ficticio y lo mundano se entremezclaban con divertida perversidad, sin dejar escapar la posibilidad de criticar la sociedad tras ese mensaje proteccionista tan arraigado a la cultura estadounidense de no comprar productos foráneos, como advierte Murray Futterman, personaje chovinista, alcohólico y neurótico interpretado por el gran Dick Miller. A la hora de designar al director de un proyecto tan especial, el “Rey Midas” de Hollywood pensó en alguien joven para tomar las riendas de la película. Se especuló con la posibilidad de que Tim Burton, en aquélla época un prometedor cineasta que había triunfado con su cortometraje ‘Frankenweenie’, tomara las riendas de la película. Finalmente su inexperiencia en el mundo del largometraje hizo que se confiara en un autor más curtido.
El elegido fue Joe Dante, dado a conocer desde la factoría de nuevos talentos de Roger Corman que confluirían en una época de esplendor creativo de lo que se llamó nuevo cine americano. Acostumbrado a filmar pequeñas cintas de ‘drive-in’ para pasar a propuestas a medio camino entre la abstracción y lo explícito, la serie B y lo comercial. Dante se granjeó cierto estatus gracias a ‘Piraña’, desenfadada proclamación de amor al ‘Tiburón’ de Spielberg, que bajo la excusa de ese "terror acuático", encuentra una personalidad propia en el desenfado y la rotundidad de sus imágenes. Y otra obra de culto como ‘Aullidos (The Howling)’, donde la licantropía es mostrada mediante la oscuridad atmosférica de un relato de efectos especiales y labor de maquillaje del gran Rob Bottin, subrayada por una apreciable puesta en escena. Estos atributos y el juego de sarcasmo e imaginación que prevalecían frente a la carestía de medios hicieron de Dante el director ideal para llevar a cabo la filmación de la película.
Antes de su rodaje habría de superar otro escollo. ‘Gremlins’ no renunciaba a las estrategias genuinas del género ordenadas dentro de una disposición de corte familiar, sin embargo, a su vez estaba envuelta en un nada disimulado cinismo y violencia que le valieron la clasificación moral de “R”, que significa que un menor de 17 años debía ir acompañado por un padre o tutor legal. Este hecho parecía fulminar el target infantil que venía se ansiaba dentro del sello de garantía y éxito en las futuras de producciones de Amblin. No obstante, Spielberg tuvo la última palabra al sugerir a la MPAA una calificación a medio camino entre “PG” (Guía Paternal Sugerida para menores de diez años) y la restrictiva “R”. De ese escollo nacería el “PG-13” (Guía Paternal Estricta), que fue el ‘rating’ que obtuvo ‘Red Dawn’, de John Milius y que aprovecharía Spielberg no sólo para ‘Gremlins’, sino también para ‘Indiana Jones y el templo maldito’. Y a la vez fue la apertura del cine de acción a un público más generalista y amplio.
Para su reparto, se pensó originalmente en cierto perfil de adolescente comercial como Emilio Estévez y Judd Nelson, pero fue el propio Spielberg quien designó a Zach Galligam por la química que desprendió en la audición con Phoebe Cates. La elección de la actriz fue un tanto controvertida, puesto que su ‘top less’ en ‘Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High)’ cuando sólo tenía diecinueve años puso el grito en el cielo. Con los secundarios no hubo ningún problema; Hoyt Axton y Frances Lee McCain tenían una sólida carrera televisiva, Dick Miller ya había trabajado con Spielberg y venía siendo (y todavía lo es) el actor fetiche de Dante y tanto Judge Reinhold como Corey Feldman llegaron al proyecto con la vitola de promesas con futuro asegurado de dentro de Hollywood.
Las tres reglas
El filme exhibe desde su inicio una clara intención narrativa referida a los cuentos de tradición oral por medio de Rand Peltzer: “Soy inventor y tengo una historia que contarles. Sí, ya sé… ¿quién no tiene una historia que contar? Pero nadie tiene una como esta”. Se trata pues de un cuento infantil transmutado en una pesadilla, con una cosmogonía particular que acerca al espectador a los bajos fondos de la Chinatown de San Francisco bajo una atmósfera onírica y misteriosa, donde las reglas comunes del universo visible dejan de funcionar y la magia es una realidad. Dejándose llevar por un chaval asiático hasta la tienda de un viejo comerciante, mientras intenta colocarles su invención más prometedora (el compinche del aseo), el hombre encuentra el regalo ideal para su hijo. Se trata de un “mogwai”, una mascota de la que se advierte que implica muchas responsabilidades. Pese a la negativa del anciano, el chico consigue venderle la criatura bajo unas estrictas reglas que debe seguir a rajatabla:
1. “Que no lo dé la luz. Odia la luz brillante, sobre todo la del sol. Le mataría”.
2. “Que esté lejos del agua, que no se moje”.
3. “Pero lo más importante y que nunca debe olvidar… es que por mucho que llore, por mucho que suplique, nunca, nunca, debe comer después de medianoche”.
Obviamente, ya instalados en el día a día del idílico Kingston Falls, el descubrimiento del pequeño “mogwai”, al que llaman Gizmo, provocará que, paulatinamente y a excepción de la primera, se rompan las otras dos directrices de forma involuntaria. Tras salpicar un vaso de agua en el encantador espécimen surgen cinco nuevos “hermanitos” que estimularán la infracción de la tercera regla, transformándose de peluches encantadores en pequeños monstruos verdosos que sembrarán el caos y el pánico en la Nochebuena de un pueblo que vivirá su peor tragedia colectiva.
Llegados a este punto, el caos colectivo se corporeiza en los temores compartidos y los materializa hasta convertirlos en un emblema con el rostro unificado de unos turbadores seres que rezuman rebeldía y proponen una forma radical de actitud contestataria contra lo establecido, contra las normas y el automatismo que rige una sociedad encaminada hacia la conformidad de códigos de conductas y de vida homogénea. La llegada de los gremlins supone una especie de movimiento ‘punk’ llevado al extremo. De ahí, que el líder de este enjambre de monstruos esté liderado por uno que luce una carismática cresta blanca e invoque a la rebeldía a todos los demás, atribuida a la mitología del movimiento contestatario musical circunscrito a una actitud independiente y transgresora a la hora de romper las normas estipuladas y los estigmas sociales.
Se produce un choque entre la realidad sumergida en la fantasía que pervierte la nomotética de lo cotidiano, en una cínica ficción repleta de humor negro en la que la idealización de la sociedad se fragmenta con la llegada de estas alimañas que aportan una multiplicidad de lecturas, subvirtiéndolas hacia una parábola moral desde la perversión. La naturaleza imprevista de ese “mogwai” provoca una metamorfosis de sus hermanos, generados espontáneamente a través del contacto con el agua, pasando por una fase de pupación o periodo de incubación. La consecuencia es la transformación de estos lindos animales en auténticas bestias salvajes con aviesas intenciones por poner al descubierto todo el horror inherente a los valores típicos que definen la sociedad moderna y las relaciones sociales que, dicho sea de paso, tan poco han cambiado desde entonces. Como se dice, “para romper las reglas hay que conocerlas”.
Estereotipos y críticas metafóricas
En su acepción asiática, “mogwai” significa demonio o diablo. En la primera versión escrita por Columbus, este fascinante y suave animal con piel de terciopelo se transformaba con la ingesta de comida en el mismísimo Stripe, pero Spielberg sabía que en pantalla el público iba a reclamar la presencia de la criatura de carácter positivo e hizo que se optara por la dicotomía entre el bien y el mal que existe entre Gizmo y Stripe (con la voces de Howie Mandel y Frank Welker, respectivamente). Si algo tenían claro Columbus, Spielberg y Dante era que ‘Gremlins’ no iba a esconder sus cartas a la hora de exponer a la audiencia esa sutil crítica ideológica bajo su condición de ‘fantastique’.
La ostentación del estereotipo americano que se presenta con ese municipio perfecto llamado Kingston Falls se asienta en el tópico de ciudad sublimada en la idealización burlando deliberadamente cualquier resquicio de realidad. De hecho, el escenario es reconocible en otras películas y series de televisión clásicas como ‘Vivir de ilusión’, ‘Rebelde sin causa’, El sheriff chiflado (The Dukes Of Hazzard), ‘Tarantula’ o posteriormente por ser también otro mítico enclave como el Hill Valley de ‘Regreso al futuro’. Quizá por eso, no es de extrañar que, de inmediato, se identifique con aquel Bedford Falls del clásico cinematográfico del subgénero navideño ‘Qué bello es vivir’, con la que ‘Gremlins’ comparte ciertas referencias y espacios, ambas basadas en la concepción de esa pesadilla vivida en un entorno idílico dentro de la celebración navideña alterada por una variación de corte fantástico.
Si en la obra maestra de Frank Capra, la historia de George Bailey se entreveía como una excusa para lanzar una dura crítica al ‘New Deal’ de Roosevelt bajo un cuento con esencia de Dickens para hablar entre líneas de una filosofía individualista, de un hombre cuya generosidad ha convertido su vida en un fracaso luchando por el bienestar colectivo, en ‘Gremlins’ el objetivo principal fue la sátira “demonizante” del consumismo, con un mundo occidental en medio de la recesión por la no regulación económica del libre mercado. El trasfondo socioeconómico de esta cinta de 1984 no está muy lejos de lo que sucede en este momento a nuestro alrededor, como si se lanzara un mensaje no exento de mala uva con el lema “lo que se siembra se cosecha”, lanzando sus dardos hacia la competencia capitalista frente al idealismo o la pugna entre el ‘american way of life’ del individualismo y el materialismo, en pugna contra una amenaza natural (puede decirse que ecologista) de los instintos primarios.
Con ello, la prosperidad dentro del filme se fragua en esa bruja del cuento, la señora Ruby Deagle (Polly Holliday), una mujer rica y ferozmente mezquina que ansía matar al perro de Billy y que no es más que un modelo a medio camino entre Ebenezer Scrooge, la Malvada Bruja del Oeste y Henry Potter. La revelan como viuda de cierto empresario millonario llamado Daniel Clamp (juego de palabras obvio en Donald Trump) y es axiomática su maldad al sugerir a una pobre mujer endeudada delante de sus hijos que si necesita dinero “ya sabe lo que tiene que pedirle a Santa Claus”. O incluso Gerald Hopkins (Judge Reinhold), un arribista “lameculos” que alardea de sus logros con sólo veintitrés como subdirector de un banco, tiene apartamento de lujo con vídeo y asegura que con treinta será millonario. “El mundo cambia Peltzer y hay que cambiar con él”, le espeta como una frase de banco y paradigma del eslogan del progreso capitalista.
La “era Reagan” estableció un modelo de sueño americano que estaba destinado al fracaso, la destrucción y la decadencia en una época en el que el optimismo americano se profería de un modo omnipresente. Sin embargo, analizando los parámetros de personalidades de ‘Gremlins’, nadie parece tener las cualidades de un antihéroe como modelo ejemplarizante articulado en función del bien común siguiendo los patrones universales del mismo. Todo lo contrario. Billy Peltzer es un perdedor con aspiraciones de ser dibujante de cómics que vive encima del garaje de sus padres, trabaja sin ganas en banco sin futuro y es el soporte económico de su familia. Cierto es que los Peltzer encauzan su vida siguiendo la pauta idealista de cumplir los sueños (“si crees, puedes hacerlo”) que representa su padre, un hombre que sigue luchando por su sueño de ser un inventor de prestigio.
Tampoco Billy parece muy listo y se rige por el credo y los prejuicios comunes al creer que la Navidad es la época más feliz de la vida. En el momento que Kate Beringer le confiesa que no celebra la Navidad, él le responde “¿eres hindú o algo así?”. Sin ir más lejos, descubriremos que como héroe también es un poco inepto, ya que será el pequeño Gizmo quien logre acabar con Stripe ante la incapacidad del joven por finalizar su rol de salvador. En una sociedad basada en el precepto de bienestar colectivo, son los propios gremlins los que parecen evidenciar las falsas premisas que rigen la sociedad estructurada en modelos erráticos, siendo los que sacan lo peor del ser humano y manifestándose como una catarsis, casi de necesidad de quebrantar los códigos sociales en función y defensa de ese vehemente regocijo vandálico.
Se trata de un choque de perspectivas, como una metáfora de libre flotación en la que el célebre monólogo de Kate esgrime un contundente argumento para exterminar el espíritu navideño por medio de una trágica historia que supone el pilar intencional del filme. En él, la chica narra con una frialdad absoluta cómo su padre trató de meterse en la chimenea vestido de Santa Claus para dar una sorpresa a la familia en estas fechas tan señaladas y fue encontrado muerto días después de romperse el cuello en el intento. Un dramático trauma que cae como un jarro de agua fría sobre el espectador y que estuvo a punto de quedar fuera en la sala de montaje. Date lo evitó. Y se glosó como una de las secuencias más recordadas de la película. Tras ese inquietante y macabro sentido del humor, el crítico Rogert Ebert se refirió a él como el cimiento de la substancia crítica de la cinta al adulterar el periodo de las guirnaldas y convertirla en otra tradición bien distinta “la de los chistes oscuros y enfermos de las viñetas de los 50”.
No fueron las únicas lecturas de fondo que se sustrajeron; como las supresiones freudianas en las que se podía percibir una interpretación de la confluencia de horror y comedia con la que el público se reía de las víctimas en confabulación y simpatía con los monstruos. Hay algo cierto en ese cuestionamiento que lleva a cuestionar nuestra naturaleza malévola, haciendo incluso que el espectador nunca se cuestione el origen o la procedencia de estos seres, pero sí llegue a disfrutar y alentar su fechorías. Llevado al extremo del paroxismo, algunos críticos afirmaron tras su estreno que los gremlins no eran más que un reflejo de los estereotipos más negativos de los afroamericanos, considerando ciertas secuencias como la que tiene lugar en el Dorry Tavern parodiaban ciertos estilemas del ‘blaxploitation’, con ese Gremlin que toca el piano con gafas de sol emulando a Ray Charles u otro que baila el ‘moonwalk’ de Michael Jackson que termina por desembocar en la prosapia alegórica de la paranoia suburbana en los años 80.
Más allá de esa predilección conspiranoide, ‘Gremlins’ supone una exhortación ilustrativa y aleccionadora sobre la irresponsabilidad del ser humano, destinado en todo momento a destruirse a sí mismo y a todo lo que le rodea. No es más que una película alegórica que funciona en gran parte como una fábula moral dirigida a los adolescentes sobre las consecuencias de no seguir las reglas. Como expresa en su discurso final el viejo Mr. Wing (Keye Luke): “Ustedes han hecho con Mogwai igual que su sociedad ha hecho con todos los dones de la naturaleza. Ustedes no entienden. No están preparados”.
Dante y la codificación cinéfila de sus propósitos
La elección de Joe Dante fue un acierto en toda regla, pues había demostrado que era un artesano centrado en el interés romántico por seguir estrictamente la metodología clásica del guión estructurado en tres actos, pero sin que esta pauta fuera un óbice para desplegar dentro de ella una fumigación de rebeldía satírica poco menos que irresistible en esa ruptura de convenciones desde el estereotipo. Siguiendo las pautas de un alejamiento del sentido lírico para establecer su eficacia en la sencillez y frontalidad de sus imágenes al margen del narrador clásico, Dante supo crear con ‘Gremlins’ lo que ya tanteó con ‘Piraña’ y ‘Aullidos’. Basándose en la creación de una arquitectura fílmica asentada en la dosificación de los instantes de terror que se producen con una armonía encaminada al flujo del humor negro, lograba desgranar el equilibrio de su nivel discursivo a través de una puesta en escena que significó el mejor trabajo de este autor a reivindicar.
Aquí, Dante mantiene una progresión dramática establecida en el metodismo, sin perder de vista la esencia terrorífica del fondo del relato, sabiendo jugar en todo momento con el suspense y la expectación generada en el espectador y utilizarlo como una ventaja para anticiparse a lo concebido dentro del género. Si a ello añadimos la representación distintiva y ejemplarizante del ‘slapstick’ cercano al ‘cartoon’ de Frank Tashlin, Tex Avery, Friz Freleng o Chuck Jones (que tiene un cameo en la película como habitual de la taberna), ‘Gremlins’ supone un hallazgo generacional en ese tratamiento distante y átono, abordado desde una perspectiva de diversión en la deformación de la bestia como un pequeño ser salvaje desvergonzado que disfruta llevando el mal hasta extremos de divertida e insana locura con ciertas reminiscencia artísticas. Es lo que estimula la subversión desconcertante del jolgorio de estos bichos verdosos que desvelan no sólo el escepticismo hacia los medios, sino un profundo respeto por el espectador. Algo que tendría su continuidad en las excelentes ‘Matinee’ y ‘Pequeños guerreros’.
Es como si su propósito fuera contaminar la mencionada idoneidad sentimental de ‘Qué bello es vivir’ con esas criaturas violentas, sádicas y anti-sociales que devienen en la ruptura de esas reglas irrazonables y arbitrarias. A todo esto hay que añadir una mixtura de referencias cinéfilas codificadas que adquieren su propio sentido dentro del desarrollo de la trama; desde la alusión puntual de títulos clásicos y por entonces modernos, como la emisión de ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’, un poster del ‘Mad Max’ de George Miller, la máquina del tiempo de ‘El tiempo en sus manos’ durante convención de inventores, donde vemos al mismísimo Spielberg junto a Robby, el mítico robot de ‘Planeta prohibido (Forbidden Planet)’ hasta el golpe de efecto de una película como ‘Indianápolis’, película de carreras de coches con Clark Gable que sirve como elucidario para consumar el final del maléfico Stripe.
Sin olvidar esa vena autorreferencial al universo incipiente del cine de Spielberg que llevó a ver en los cines de Kingston Falls el anuncio en cartelera de dos títulos como ‘A Boy’s Life’ o ‘Watch Skies’, dos títulos que escondió ‘E.T. El extraterrestre’ para mantener el secretismo del rodaje. O el rótulo del programa radiofónico de Rockin' Ricky Rialto, que remite directamente al logotipo de ‘Indiana Jones’ y que no es otro que el rostro de Don Steele. Pero si por algo recordaremos ese testimonio de cine dentro del cine es por el poder de fascinación cinematográfico que tiene en su punto culminante cuando la horda de ‘Gremlins’ descubre el séptimo arte a través de ‘Blancanieves y los siete enanitos’, dejando intuir que es el cine es el arte que despierta la candidez y el apaciguamiento de la bestia.
Como se ha señalado a lo largo de este extenso estudio, ‘Gremlins’ evidenció una capacidad sorprendente para convertirse en una deconstrucción de la tradición americana del ‘blockbuster’, gracias, entre otras cosas, a su rango de falsificación de la posmodernidad, abarcando los estatutos de las grandes cintas comerciales para conferir una calidez especial con un aire de cinta de serie B incluyendo como reclamo marionetas, modelaje y ‘animatronics’ sin el obsesivo prejuicio de que lo que desfila por la pantalla fuera dotado de un realismo verosímil. El trabajo a ese respecto de Chris Walas es absolutamente maravilloso. Hay algo en ‘Gremlins’ que la hace diferente. Y es la inteligente culminación por crear ilusiones con la consecuencia de la invisibilidad de las costuras y los trucos, haciendo factible el lema de las tarjetas de visita de Rand Peltzer: “Ideas fantásticas para un mundo fantástico. Hacer de lo lógico lo ilógico” y revertirlo, como hace el propio Dante, conquistando una mayor credibilidad y cercanía que las actuales y mastodónticas creaciones digitales ambicionan sin conseguirlo.
Otro de los aspectos que contribuyen en gran medida a su modélico corolario reverencial es esa profusión de violencia que dispensa un sentido del espectáculo tamizado con filtro salvaje y anárquico cuyo el resultado final acabó siendo original e imprevisible. La aparición de esas crisálidas con el componente de suspense que va forjando desde su incógnita por la apariencia de los bichos es el mejor ejemplo del imperceptible filo que separaba que ‘Gremlins’ fuera demasiado aterradora para los niños o complaciente con el género para los más adultos. Así, siguiendo ese equilibrio narrativo, el público asistió a algunas de las secuencias más voraces vistas en una cinta de este calado familiar; como a esa madre, víctima y verdugo de los primeros ejemplares de gremlins, con cuchillo en mano, triturando a uno de ellos en una licuadora, salpicando con la explosión dentro de un microondas de otro o decapitando con una espada medieval a otro más. Lo que pocos saben es que en el primer guión que Columbus presentó a Spielberg incluía una retahíla de escenas que no se llegaron a plantear por lo truculento de su naturaleza; desde que los pequeños y bestiales seres verdes se comieran al perro familiar y tuvieran inclinaciones caníbales, hasta que uno de estos agresivos bichos cortara la cabeza de la madre de Billy y que ésta cayera rodando por las escaleras. El rey Midas aconsejó reconducir estos excesos circunscritos al ‘gore’ hacia otro tipo de violencia más rebajada.
Sin embargo, lo que hizo de estos destructivos gremlins atrajeran la confabulación y el guiño con el público fue el asentamiento reconocible de su insubordinación a las normas, del ‘carpe diem’ que se despliega en un descenso a las profundidades de la fiesta, de la ingesta de alcohol hasta perder el conocimiento, del divertimento sin fin, de convertir esa apacible ciudad en una algarabía desordenada en la que cabe asaltar casas cantando villancicos, sabotear los semáforos de la ciudad, conducir una máquina quitanieves hacia las casas prefabricadas o atacar la misma comisaría de policía en la que unos funcionarios patanes comen donuts y han desoído la advertencia preventiva que Billy les acaba de confesar. Muchos observadores culturales de la época tildaron ‘Gremlins’ como una obra reaccionaria, apelando a la paranoia estadounidense y atacando la lección de conducta moral y social que se podía leer entre líneas. El derivación comercial fue radicalmente opuesta.
La consagración de una obra de culto
Pese a que hay grandes incógnitas dentro de la historia (¿por qué Billy lleva a su perro al trabajo? ¿los niños de Kingston Falls tiene clase el día de Nochebuena? ¿Por qué el padre asiste a una convención de inventores en una fecha tan comprometida?), ‘Gremlins’ fue un éxito sin parangón, fomentado por el revuelo que levantó el hecho de que muchos padres salieran escandalizados e indignados por esa disposición de un filme familiar caracterizado por el hervor sádico de esas grotescas criaturas verdes. Vehemente y sugestiva, su éxito primordial reside en la dimensión que ha adquirido en nuestro subconsciente como esa representación del lado oscuro navideño, desde la subversión de la imaginación o el sentido de la observación y la crítica social traducida en una fantasía de tintes realistas de horror viscoso. Tanto es así, que tuvo una ramificación como fenómeno cultural dentro del cine de serie B, con la aparición de multitud de ‘rip offs’ de inferior abolengo con sagas como ‘Critters’, ‘Ghoulies’, ‘Troll’ o películas de similar temática como ‘Munchies’ u ‘Hobgoblins’.
La película de Joe Dante constituye una propuesta que va más allá del cine de entretenimiento, siguiendo la tradición más antigua del cuento infantil e historia mágica categorizada como una comedia de humor negro que circunvala la barbarie capaz de compensar el hartazgo de almíbar, las luces de neón y consumismo que supone el periodo navideño. ‘Gremlins’ quedará en la memoria colectiva punteada bajo esa inolvidable banda sonora de Jerry Goldsmith cargada de ‘leit motives’ sintetizados que supone otro ingrediente insustituible dentro del cómputo global de la película. Una obra maestra provocadora que fue la última película rodada con película Eastmancolor 125T, como otro atributo más para la nostalgia cinéfila, la verdadera naturaleza de esta película que ha cumplido tres décadas y que mantiene el mismo vigor que desde entonces.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014