lunes, 14 de julio de 2014

Mundial Brasil 2014: Cuando la “Mannschaf” recuperó el cetro

Finalmente fue la selección alemana de Joachim Löw la que se llevó este Mundial de Brasil 2014, el primero en que una escuadra europea gana un título internacional fuera en América, rompiendo así un maleficio que se había instaurado en la Historia desde sus comienzos. Ha sido posiblemente el desenlace más lógico, atribuido a esa raigambre dominadora que ha encontrado en esta generación de futbolistas una compacta consecuencia del trabajo bien hecho, sustentado en un fútbol solvente que reposa en una variante del mediocentro del campo, con dos pivotes y una línea de tres mediaspuntas, apostando por la verticalidad de una estructura que ha ido en progresión en este mes de fútbol mundialista. De ahí que ayer, cuando Philipp Lahm levantó la Copa del Mundo, nadie podía reprochar la valía y el mérito de esta selección que necesitaba un título de este calibre como testimonio de tantos años de trabajo y en el que sólo la España del triplete pudo ganarle la pugna. Löw atesora una meticulosidad detallista que transmite a sus jugadores y que ha ido variando lentamente hacia un esquema que acentúa el control del balón y el toque en el medio campo y garantiza la estabilidad de unos jugadores comprometidos y correosos con el único fin de ofrecer la imagen que se ha dado en Brasil. La Mannschaf ha sido, desde su inicio, la gran candidata a ganar el Mundial.
La final fue un partido de fuerzas, con Argentina mostrando en los primeros compases un hambre por sorprender a Alemania que hizo presagiar con esos contragolpes desequilibrantes de Messi y Lavezzi que podía haber sorpresas sobre lo esperado y que llegó a su culmen del suspense con un disparo cruzado de Higuaín tras un error de Kroos, pero se perdió por la derecha de la portería de Neuer por muy poco. Cuando Alemania se recompuso, la final empezó a ofrecer un gran duelo de poderes, con alternativas para ambas selecciones, como ese gol bien anulado al “Pipa” que lo celebró como con él hubieran ganado el partido. Y fue en ese punto, donde el juego se fue diluyendo y se acabó Argentina. Alemania siguió a lo suyo, aferrado a su guión y fue recuperando el mando del choque. Incluso estuvo a punto de evitar la prórroga cuando Howedes cabeceó con voluntad y orientación un balón que se estrelló en el palo. La prórroga sirvió de nuevo para alargar el sufrimiento albiceleste, que buscó los penalties a toda costa, como último recurso para ganar la ansiada Copa. Lo hizo templando el partido y esperando un posible contragolpe que llegó en las botas de Palacios en una opción de picar el esférico que malogró de forma catastrófica.
Fue entonces cuando Mario Götze, el hombre sacrificado en el esquema de Löw en la primera fase con la colocación de Lahm como lateral y dando espacio a Klose, ejerció de héroe tras bajar con el pecho un pase medido de Schurrle y remató a la red para inscribir su nombre con letras de oro en la historia de los mundiales. Era el minuto 113, tres menos que cuando Iniesta hiciera lo propio con Holanda hace cuatro años. El fútbol había sido justo con los méritos de los bávaros y esa falta desperdiciada por Messi en los últimos compases, definió al gran derrotado y devolvió la gloria al combinado germano. Veinticuatro años después volvían a levantar la Copa que acredita a esta selección como la campeona del Mundo.
La sorpresa llegó acabado el encuentro, cuando la FIFA le entregó a Messi un balón de oro como mejor jugador del torneo. Sorpresa porque no responde a valoración cabal, porque "la pulga" ha fracasado cuando más se esperaba de él y su presencia ha ido menguando según iban pasando los partidos. Cierto es que el argentino había sido el baluarte clave con algunos goles que decidieron partidos y algún pase que hizo que Argentina haya llegado a la final, pero en Brasil no ha estado a la altura. Más bien todo lo contrario para el que está considerado como el mejor jugador del mundo y que sale muy cuestionado de esta competición.
Instantes para el recuerdo y nombres propios.
Este Mundial ha dejado sensaciones encontradas con equipos que no se consideran grandes y que supieron competir con prestigio y buen juego, desbordando a su rival y mereciendo incluso más suerte de las que el destino les devolvió a la realidad. Selecciones como Colombia, México, Costa Rica, Estados Unidos, Chile, Bélgica… incluso Argelia, Suiza o Nigeria pusieron muchas trabas a las selecciones veteranas que, con el factor de calidad y bastante fortuna, impusieron la circunstancia de ese injusto silogismo que justifica el prestigio de los grandes.
Nombres propios como James Rodríguez, Keylor Navas, Cuadrado, Joel Campbell o David Ospina han brillado por encima de estrellas mediáticas como Cristiano Ronaldo, Diego Costa, Balotelli, Rooney o Neymar, que se han ido por la puerta de atrás dejando una dudosa imagen. Hay otros, por contra, que sí avalan con su presencia la eficacia futbolística; Kross, Neuer, Schweinsteiger, Robben, Benzema… Brasil 2014 además nos dejó los dos goles de Miroslav Klose, que le convertían en el mayor goleador de los mundiales (cuatro disputados y dieciséis dianas) por delante de Ronaldo (quince) y de Gerd Müller (catorce) o con el mismo número de paradas en un sólo partido por parte del guardameta estadounidense Tim Howard, que pasa a la Historia superando un récord que data de 1966 durante el partido de octavos de final contra Bélgica.
También será recordado este campeonato por el lamentable incidente del mordisco de Luis Suárez a Chiellini, un incomprensible gesto del ídolo charrúa que le ha valido una ejemplar sanción de cuatro meses alejado de los campos y nueve partidos sin jugar con Uruguay.  Eso sí, parece inconcebible e ilógico que hayan ejemplificado una multa tan ejemplar con un hecho que queda casi en surreal anécdota si lo comparamos a la acción de Matuidi cuando lanzó una entrada salvaje a Onazi, fracturándole la tibia y el peroné al jugador nigeriano durante el partido entre Francia y Nigeria. Así mismo y en menor medida por la incógnita de la voluntariedad, el tremendo rodillazo de Zúñiga a Neymar que le costó la rotura de una vértebra. Recordaremos la sangre fría de Van Gaal a la hora de sustituir a Cillesen, su portero titular, un minuto antes del lanzamiento de penalties en los cuartos de final contra Costa Rica y convertir al suplente Krul en el héroe insospechado de la noche. Contra Argentina en semifinales no pudo repetir. Y así le fue.
Respecto a la selección española de Vicente del Bosque se puede decir muy poco, tanto como el juego triste y apático que desplegaron en una primera fase para olvidar, donde cayeron estrepitosamente, dramatizando una situación de fin de ciclo ante una Holanda que despertó del sueño a una generación de futbolistas que hicieron vibrar a un país entero. O contra Chile, que se ganó el derecho a ser reconocida como la auténtica y genuina selección llamada “la Roja”. Sin embargo, si por algo recordaremos este mes de fútbol, además de por el sistema GoalControl-4D para evitar los goles fantasmas y la espuma evanescente en aerosol 9.15 para la correcta colocación de las barreras ante una falta, si hay un instante que pasará a los fastos de la memoria colectiva ésa es la hazaña que la selección de Joachim Löw gestó en el estadio Mineirao de Belo Horizonte durante la primera semifinal.
El 1-7 de la humillación brasileña supone el mayor oprobio futbolístico a una anfiatriona dentro de los anales de este campeonato, ensombreciendo y sepultando con esta paliza aquel “Maracanazo” de 1950. El combinado dirigido por Luis Felipe Scolari fue un muñeco en manos de la Mannschaf, que destrozó sin piedad a la ‘canarinha’ para dejar en evidencia todas las debilidades del rival, marcando cinco goles en la primera media hora de encuentro (cuatro de ellos en sólo seis minutos -del 23 al 29-) y dejando esos desarticulados rostros de los aficionados y jugadores ante el desconcierto como la imagen de una severa derrota, del fracaso entre lágrimas de un modelo de fútbol que se vino abajo con pasmosa facilidad, arrasado con crueldad para abrir una herida nacional y deportiva cuyas consecuencias no se pueden prever.
Brasil 2014 ha finalizado emergiendo como un evento global capaz de silenciar a esas manifestaciones de protesta que generó un clima de violencia contra los gastos que el Gobierno del país había destinado al evento deportivo que beneficia a un solo licitador como es la FIFA, ese oscuro espectro salpicado por la corrupción, que compra y vende Mundiales y opera como una auténtica mafia. Un ejemplo que evidencia esas argucuias se vio ayer, cuando por un interés publicitario se le concedió a Messi el Balón de Oro del Mundial, máxime cuando ni siquiera haya sido nombrado en el once ideal del campeonato. Esto es otra historia, quedémonos con esta sobredosis de fútbol que deja un lapso muy corto de descanso de cara a la próxima liga que comienza el mes que viene.
Adeus Brasil, tem sido um prazer.
- Crónica resumen del Mundial de Alemania 2006.
- Crónica resumen del Mundial de Sudáfrica 2010.