jueves, 5 de junio de 2014

Los Bartleby del Siglo XXI

Un día tras otro la vida se desliza entre los dedos con una sensación de vacío sin fin, sabiendo que todo aquello que un día movió tus ideales hacia una franja de ilusión factible parece haber sucumbido hacia una irrevocable rutina que no ve un futuro satisfactorio. Te lleva a hacerte preguntas por el sentido de todo lo que te rodea. Te despiertas, desayunas, te sientas delante de una pantalla o te armas de un currículo en busca de un trabajo conociendo de antemano el infecundo desenlace de tal demanda. Miras las redes sociales, construyendo una vida mejor y repites acciones equivalentes que se confunden con el paso de los meses. Evidentemente esa lenta estrangulación del tiempo avoca a pensar algo parecido a Bartleby, la célebre creación de Herman Melville. No hay que imaginar mucho pare verse reflejado en ese hombre pulcramente pálido, lastimosamente decente e incurablemente triste. Y es entonces cuando te dan ganas de contestar con su misma letanía a cualquier interpelación que requiera tu atención: “preferiría no hacerlo”.
La dramaturgia del relato encuentra su corpus en ese sistemático declive hacia la omisión de la propia voluntad, de la resistencia pasiva, negando así uno de los principios básicos de la existencia humana. Bartleby determina no decidir nada más, provocando un golpe de efecto en un abogado narrador que va descolocando sus ordenados pensamientos con la irrupción de este extraño ser al que ve como un paradigma humano del deterioro que sustenta el absurdo de la realidad, de lo que nos rodea, lo baladí que puede ser todo. La desobediencia deja paso a la confusión de su receptor ante la insistencia de sus palabras “preferiría no hacerlo”. Allá donde no existe la ambición y la falta de pretensiones inscritas en un trabajo cómodo y gris se origina una percepción instalada en el bienestar de cualquier sociedad como es la resignación que suele propagar el abandono paulatino e invisible. El instante en el que el personaje convierte su día a día en la nulidad de acción, abandonando cualquier signo de vitalidad, puede significar la anticipación de cualquier idea de Kafka o de Sartre acerca de que en esta vida muchas veces no existe un premio a la perseverancia, aunque también no exista un espacio para el castigo, aparte de la inevitable muerte.
Sin embargo, existe en esa negativa a actuar otro prisma mucho más oscuro, más estimulante a la hora de conjeturar sobre una obra que ofrece una serie interrogaciones y nunca respuestas, evitando el análisis profundo, como si Melville quisiera decirnos que la importancia de la rebeldía sobre el orden social es también un mecanismo de actuación. Funciona como ejemplo para que otros, en este caso el abogado, vayan construyendo una idea sobre los motivos de esa negación. Cuando uno abre los ojos y los sueños desaparecen, de forma consciente o instintiva, aceptamos nuestra condición en el mundo, sin preguntarnos el porqué. Tal vez, incluso abriéndonos la puerta a pensar que ese abogado omnisciente que siente lástima y comprende la actitud a la que Bartleby se va aferrando a él mismo, como un reflejo disociado de su propia vida. Esa inmovilidad es, paradójicamente, uno de los factores que no deja espacio a una interrupción de la actividad determinista que nos coloca en un marco irrompible.
¿Y si Melville hubiera personificado en Bartleby una vaticinio de la nulidad del libre albedrío que imposibilitara la felicidad y la concordia interior? ¿Qué haríamos entonces? ¿Preferimos no hacer nada o seguimos haciendo lo que hacemos?