miércoles, 14 de mayo de 2014

Una década sin 'Frasier'

Este pasado lunes se cumplían diez años de la finalización de una ‘sitcom’ que estaba destinada a convertirse en un clásico inmortal, pasando a formar parte de las elegidas en el pináculo de las comedias de situación a perpetuar dentro de los fastos televisivos. ‘Frasier’ fue una apuesta arriesgada. Cierto es que ya era un personaje conocido dentro de otro mito catódico como fue ‘Cheers’, pero el hecho convertir esa condición de secundario en protagonista y sustento de un ‘spin-off’ a un psiquiatra intelectual y fanfarrón pomposo no era algo fácil. La NBC apostó por una serie circunscrita alejamiento de su propia genealogía, rechazando el prototipo para blandir su mejor arma en una calculada y metódica racionalidad que recurría al sarcasmo inteligente y relamido con unos diálogos de progresión lapidaria.
La serie retrata a Frasier Crane (Kelsey Grammer), un entrañable urbanita acomodado de mediana edad depositario de una nulidad exacerbada en cuestiones existenciales y familiares, que regresa a Seattle, su ciudad natal, después de haber vivido ciertas experiencias traumáticas en Boston. Allí, se reencontrará con un espejo deformado de sus defectos, su hermano Niles (David Hyde Pierce) y su padre Martin (John Mahoney), un policía retirado tras recibir un disparo que le ha dejado cojo para el resto de su vida. A ellos se les unirán Daphne Moon (Jane Leeves), la fisioterapeuta de Manchester que atiende éste último y Roz (Peri Gilpin), la amiga y productora del programa radiofónico de consultas que Frasier dirige en la cadena local KACL.
Con esos ingredientes, David Lee, David Angell y Peter Casey crearon una idiosincrasia inconfundible, dándole la vuelta a lo establecido con un giro en los planteamientos de comicidad sobre la clase alta, tamizada con la sofisticación sutil que exponía personajes excéntricos y pretenciosos que vinculaban su personalidad al estatus, contrapuestos a otros caracteres más agrestes y mundanos con el objetivo de conformar un contrapunto ideal de colisión humorístico. Lo académico contra la experiencia de la vida o la mezquindad de lo complejo enfrentado a lo placentero de la sencillez se evidenciaba en las reflexiones que suscitaban dudas y comportamientos estudiados hasta el más mínimo detalle. Entre pretensiones y cappuccinos, controversias acerca de Freud y Jung, literatura clásica, ópera, catas de vinos y restaurantes de postín, ‘Frasier’ reiteraba la incapacidad de sus habitantes por resolver problemas vitales y disfrutar de las pequeñas cosas, en un enredo donde la neurosis, el narcisismo y el elitismo social en el que las apariencias son preeminentes se afinaba hacia una accesibilidad dirigida a cualquier tipo de público.
El riesgo se tradujo en un empuje sustancialmente más divertido, motivado por la falta de respeto de los estamentos estructurales de cualquier ‘sitcom’, no buscando la identificación con el público, de tal modo que ese clasismo aristócrato de abigarrada gramática y modales exquisitos se satirizaron hasta vulgarizar los conflictos hasta un extremo mucho más cercano de lo que en principio podría aparentar, afrontando la banalidad y la metáfora profunda con idéntica jerarquía. Con ello, ‘Frasier’ fue urdiendo variantes que tuvieron como tema soterrado el punto débil de los tres Cranes; la incapacidad de encontrar a una mujer que satisficiera sus exigencias.
Durante todas las temporadas, Frasier se mostró un patán seductor, víctima de sus complejos y miedos psicoanalistas, incapaz de olvidar a Diana (Shelley Long) o su ex mujer Lilith (Bebe Neuwirth) y tropezando una y otra vez con su ineptitud en esta parcela idealizada. Niles, por su parte, atado a una castradora esposa Maris (que se convirtió en un ‘gag’ recurrente al no aparecer su rostro en toda la serie), vinculó su afecto romántico a Daphne e incluso Martin, el más coherente de los Crane, tampoco acabó por abandonar su condición de viudo con personajes interpretados por Wendie Malick y Marsha Mason. Al fin y al cabo, los trazados del guión de la serie venían a incidir en problemas universales con un ‘timing’ cómico invulnerable, por mucha opulencia y refinamiento que rodeara a sus personajes. Un padre y un hijo que se ven obligados a convivir a su pesar, un hermano infeliz e insatisfecho con su vida, un perro que juega a interminables desafíos de miradas y personajes satélites llenos de complejos defectos que no hacen más que confrontar sus antológicas personalidades.
Una ‘sitcom’ excepcional
El hecho de adaptarlos a un contexto distinto (psiquiatras pijos y adinerados comportándose como auténticos cretinos con actitud infantil) y proyectar o sublimar cualquier tipo de cuestión social y sentimental sin sortear su materia evasiva, hizo de ‘Frasier’ una serie abierta a todo tipo de público. Fue el factor que determinó un éxito que arrasó durante sus 264 episodios ubicados en 11 temporadas. ‘Frasier’ acumuló un total de 37 premios Emmy (cinco de ellos de forma consecutiva a la mejor serie de comedia) y tres Globos de Oro, todo un récord en el azaroso universo de la pequeña pantalla, consecuciones que alzaron a esta imponderable serie a la prestigiosa gloria de los fastos de las 625 líneas.
Hasta el momento, Kelsey Grammer sigue siendo el actor que más tiempo ha acumulado interpretando el mismo rol, sólo superado por James Arness en ‘La ley del revólver’. A lo largo de sus once años de emisión más de 130 personajes del mundo del cine, de la música y la televisión pusieron voz a los radioyentes que llamaban al programa del doctor Crane y la noche de los jueves pasó a ser una cita obligatoria e ineludible para todos los amantes de la televisión inteligente, del genio sin fin, de la lucidez lúdica que en cada episodio definía su propia razón de ser: articular mediante el humor la sofisticación de sus personajes ‘snob’ con situaciones afines a cualquier espectador, desplegando mediante sus ‘gags’ y optimizados argumentos.
‘Frasier’ atesoró durante su existencia un sentido del humor inagotable que la convirtió en la auténtica esencia de su éxito para hacer de ella un clásico de la pequeña pantalla en Estados Unidos y en el resto del mundo. Una comedia que durante once años hizo que el 35 % de los estadounidenses no conocieran un mundo sin ‘Frasier’. Durante dos décadas el telespectador vivió junto a Grammer (desde su aparición en ‘Cheers’ al final de ‘Frasier’) y ahora se cumplen otros diez desde que esta mítica sitcom finalizara. A modo personal, uno de los momentos más emotivos que he vivido frente a un televisor fue cuando se produjo esa despedida con el episodio de una hora de duración titulado ‘Adiós Seattle’. Fue un momento aciago aquel que obligaba a despedirse Grammer, David Hyde Pierce, Jane Leeves, John Mahoney y Peri Gilpin. Así como del revoltoso y entrañable terrier Moose (o Eddie, como queráis). De algún modo, esta serie ha logrado lo que tan sólo alguna otra excepción (léase ‘Búscate la vida’ o ‘Seinfled’) había conseguido: formar parte de mi vida y sufragarme con su ironía y humor un apoyo inmensurable en varias etapas de mi vida. Incluso una prueba de guión de un episodio de esta serie escrito por mí me proporcionó mi primer trabajo como guionista de televisión. Fue muy efímero, pero inolvidable experiencia de la que algún día escribiré.
‘Frasier’ es, por tanto, una serie que alcanza el mito de la magnificencia, la prosapia de una fantasía imposible de igualar, la de las grandes series, aquéllas que permanecen vivas en la memoria colectiva, encomiadas por todo el que echa un vistazo atrás en el tiempo y recuerda con nostalgia un esplendor catódico insuperable. ‘Frasier’ ha sido una serie que puede presumir de haber ofrecido opulencia en su máxima expresión de la refinada ironía, de una particular elegancia sin perder su perfilada perspectiva de la cultura. Frasier y los suyos son algo más que simples personajes televisivos. Frasier y los suyos se convirtieron en aliados de la diversión, en miembros de nuestros mejores recuerdos, en compañeros acaudalados a los que nunca olvidaremos.