jueves, 22 de mayo de 2014

Review 'Upstream color (Upstream color)', de Shane Carruth

Larvas, humanos, cerdos y orquídeas
Pese al desarrollo críptico e incómodo de sus planteamientos, la segunda obra de Carruth es una radiografía de las infecciones de la sociedad actual y de la necesidad de romper la cadena que acabe con el adocenamiento impuesto.
Parece ser que a Shane Carruth le va eso de poner al público en una tesitura donde lo experimental viene a ser una estimulación recíproca cuyo propósito es el ‘looping’ argumental y visual que obstruye voluntariamente la accesibilidad hacia sus trabajos, haciendo de éstos auténticos criptogramas para que sea el espectador quien vaya componiendo un puzle engarzado con información desprocesada y multilineal. Ya demostró ese punto de complejidad en su debut, ‘Primer’, elíptico ejercicio de ‘low cost’, donde manejó con destreza una múltiple ecuación de paradojas temporales que más que formular una cavilación sobre los viajes tiempo y sus consecuencias, se centraba en la reflexión sobre el modo de recuperar el mismo, con un lenguaje técnico que dividió a los que la consideran un ejemplar modelo de producción con resultados óptimos y aquéllos que no entraron en su provocación artística. Carruth impuso entonces una personalidad visceral, de cierto hermetismo intrincado y desconcierto fragmentario.
Su segunda obra, siguiendo los parámetros del entorno independiente, ‘Upstream color’, no abandona esa actitud desafiante con respecto al espectador. Carruth articula aquí a un juego de identidades, de desarrollo críptico dentro un argumento de naturaleza tan enigmática como confusa, estructurada en cuatro universos bien distintos; el de un ladrón (Thiago Martins) que trafica con una sustancia alucinógena procedente de unos parásitos que anidan en una especie muy concreta de orquídeas azules. Cuando la localiza, se dedica a suministrarla en forma de droga a la gente con la intención de desplumarles económicamente. Por otra parte, aparece un ser enigmático llamado The Sampler, que graba sonidos para componer música y extirpa las larvas del cuerpo de los afectados para transferirlas a una piara de lechones que resultan ser los análogos a esta gente y  así poder saber qué sucede en cada momento de sus vidas a través de los cerdos. Todo ello confluirá mediante Kris (Amy Seimetz), una de estas afectadas enfrascada en una historia de amor que surge de forma intuitiva tras una mutación parasitaria que unifica a dos de estos seres humanos movidos, tal vez inconscientemente, a articular una fábula contagiada por las dudas del trauma por el que han pasado y les ha unido, dando como consecuencia que ambos persigan conocer una oscura realidad de codependencia.
El cineasta no se conforma con sugerir una simbiosis de vínculos entre el hombre, animales, gusanos y el mundo, sino que impone un fuerte carácter polisémico en la comprensión de los mecanismos e interacciones que trenzan ese incómodo cruce de historias. Desde esa larva que controla el comportamiento ajeno, al ladrón que logra hacer de Kris una autómata y crear una cadena de infección microorgánica a través del libro de ‘Walden’, de Henry David Thoreau, que suscribe la liberación de las esclavitudes de la sociedad industrial y regreso a la naturaleza para despertar el animal interior del ser humano, pasando por Jeff (Shane Carruth), un adicto al trabajo encerrado en la inopia de una rutina gris que no atiende a cuestionamientos existenciales. Pero sobre todo, ese extravagante personaje llamado de The Sampler (Andrew Sensenig), que se acerca a las experiencias emocionales a personas a las que controla de un modo transversal con el conducto psíquico que suponen los cerdos de su corral, como una especie de voyeur que se aprovecha de los estados de ánimo para componer su música. Carruth parece recrear con ello una recurrente y teológica tesis de cómo los hombres llegan a ejercer de Dios a través del poder (el mencionado The sampler) o por medio del dinero (el ladrón), algo que va unido a los grandes estamentos que controlan el mundo occidental. Ese yugo que rodea a la sociedad sólo podrá ser destruido, y a su vez la cadena que perpetúa esta extraña jerarquía de posesión, con un colectivo que le haga frente.
Como si todo esto no fuera suficiente para enredar la madeja, ‘Upstream color’ recaba en las entrañas de esta experiencia desconcertante con la conexión medular que supone la relación que se establece entre Kris y Jeff, que empieza a desequilibrar la cadena de control, como un error de este macabro círculo experimental. A través de ellos empieza a abrirse el camino hacia las respuestas cuando comienzan a intercambiar recuerdos, a confundirlos y ella siente que está embarazada cuando en realidad ha sido su análogo porcino la que procrea y habilita con el sacrificio de las crías que se abra la sucesión de este proceso insano.
El poder representativo de estos cerdos desposeídos de su personalidad puede ser entendido como una metáfora de hacia dónde se encamina la propia sociedad regida por la industrialización o el derrumbe del capitalismo, en otra parábola que ejemplariza mediante la esclavitud emocional de otros seres hasta qué punto el ser humano está dominado, con nuevos modelos de sometimiento. La lucha de estos dos personajes confundidos que a través del agua, los sonidos y el color, van reconstruyendo sus recuerdos y la memoria común hacen que se acabe con la extorsión, adocenamiento y coacción impuesta.
Sin perder de vista a Thoreau, Carruth crea un mundo a medio camino entre el esteticismo poético y sensorial de Malik, la percepción onírica y surreal de Lynch o la procelosa relación entre lo psíquico y lo orgánico de Cronenberg para emitir una lóbrega entelequia sobre la desposesión de todo lo material para comenzar una vida plena, con gente conectada a través de estos traumas que, al romper esa pirámide cíclica que elimina al germen (el microorganismo) que transmite la infección, libera la limitación del ser humano y le devuelve a un entorno natural en la que recuperar su autonomía, en un ejemplo de capacidad de adaptación del hombre y de la naturaleza.
A pesar de lo que aparenta, ‘Upstream color’ no es tan críptica como puede llegar a parecer en un principio. En cierta medida, todos esos dobles juegos del ciclo de vida del parásito dentro de la alienación mental y en un contexto terrenal responden a un mundo de experimentaciones que va más allá de cábalas logísticas acerca de las múltiples teorías que se pueden extraer de esta incómoda visión de un inframundo sociobilógo. Como si el propio Carruth estuviera jugando con el espectador de la misma forma que The Sampler hace con los protagonistas.
La película establece unas formalidades drásticas sin quebrantar una esencia basada en esa fuerza retrospectiva que mezcla música y un cuidado extremo por el sonido y la sonoridad del ruido distorsionador de la realidad, que se acentúa con un montaje asociativo para reforzar los propósitos de esa atmósfera hipnótica. Habrá espectadores que contemplen el proceso sin comprender, incluso rechazando de pleno la propuesta, pero es innegable la fuerza para evocar percepciones visuales del director, con una estudiada abstracción planificada en la búsqueda de la belleza visual de cada plano, de cada sutil movimiento. Puede que la omnipresencia de ese autor total (dirección, producción, guión, montaje, banda sonora e interpretación) deje cierta atribución de una actitud demasiado consciente de todo su engranaje y de las ínfulas trascendentales de encontrar un poder filosófico artificioso y místico, pero Carruth deja patente su calidad como director, con signos de identidad provocadoramente líricos que potencian el ámbito trascendental de esta reflexión atávica sobre el lugar que ocupamos en el mundo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014