sábado, 5 de abril de 2014

Veinte años sin Kurt Cobain

Dos décadas se han cumplido de la muerte de Kurt Cobain, icono de una toda generación que hoy sigue recordando aquel día. Como cita memorística que unió en la reflexión a un mundo impactado con aquella noticia. Todos podríamos responder a la pregunta “¿Dónde estabas tú el día que murió Kurt Cobain”, como a cualquier otra vinculada a otro acontecimiento histórico mucho más trascendente. Y lo haríamos sin dudar y con total precisión. Una jornada extraña en que el cantante de Nirvana cayó como víctima sacrificial de sus propios fantasmas y de la estela de éxito de una figura contracorriente que no supo sobrellevar ni su talento ni las continuas depresiones que arrastró a lo largo de su torturada vida. Supuso el final de aquellos terroristas culturales cuya música abanderó, junto a grupos como Alice in Chains, Screaming Trees, Sonic Youth, Soundgarden o Pearl Jam, el movimiento ‘grunge’. Nirvana dejó de ser minoritario muy pronto y se convirtieron en el rostro ‘mainstream’ del movimiento. Uno de los motivos que alcanzaron de forma imprevisible a esa personalidad frágil de Cobain espoleada por tal exposición pública.
El líder del grupo y su actitud subversiva y silenciosa se transformaron en un modelo simbólico trazado a través de una adolescencia y juventud desorientada, que se identificó con la confusión e ira que marcaban unas letras en las que la espiritualidad acentuaba todo tipo de emociones réprobas y de fracaso, encaminadas hacia la incomprensión, la frustración o la soledad, que imponían una perspectiva reflexiva, rebelde e iracunda contra una sociedad incompatible. Fue una época de viajes a lo decadente, a las esperanzas destruidas por la realidad, al regreso y la partida final de Cobain y de Nirvana, pero también de una época. Desde el instante en que el mundo lloró la desaparición de aquel mártir de la música, su figura se convirtió en una efigie espectral eterna y triste, irreemplazable en la canonización de celebridades o iconos de camisetas populares, pasando a formar parte junto a figuras que murieron con esa misma edad cuando disfrutaban del culmen de su éxito; Robert Johnson, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison.
Todos, a su manera, damnificados y fagocitados por la misma bestia devoradora que habían construido a base de clarividencia y talento. Nirvana supuso un hallazgo representativo de un modelo de juventud en una época concreta, que señalaba las airadas reivindicaciones y confusiones sentimentales específicas de una década de los 80 que murió exactamente en 1994, cuando Kurt Cobain nos dejó para siempre.
A partir de ese momento, esa evolución de la que rehuyó Cobain, empezó a fraguar una sociedad deshumanizada, procesada bajo el yugo de la nueva tiranía, del capitalismo abusivo, de la falta de libertades y de todo aquello que Nirvana aludió como signo de repulsa y advertencia en sus discos. El grito de angustia vital se apagó y ni siquiera la insistencia de los otros dos integrantes de la banda, Chris Novoselic y Dave Grohl, para que intentara salir de la espiral de depresión y drogas, ni Courtney Love o la figura de su hija Frances Bean, pudieron convencer al cantante para que no llevara a cabo su punto y final en este mundo.
Después de aquel 8 de abril de 1994, cuando fue encontrado sin vida en su casa ubicada en un barrio suburbial de Seattle, en el estado de Washington, se especuló con diversas teorías conspiratorias sobre aquel sórdido final, con la imposibilidad de un suicidio con una escopeta en un estado catatónico tras la ingesta de grandes dosis de heroína, involucrando, por su actitud obstruccionista, a su propia esposa en complicidad con su amante, un ‘white trash’ de bajo perfil llamado Eldon “El Duce” Hoke, de la banda The Mentors. Sin embargo, su destino estaba escrito. Kurt Cobain nunca quiso suicidarse, porque ya llevaba mucho tiempo muerto, como dijo William S. Burroughs. Y cumplió con su predestinación dejando al mundo huérfano de aquella voz rota que ha sido, desde entonces, insustituible.