jueves, 10 de abril de 2014

Review 'El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel)', de Wes Anderson

El hotel de los líos
Anderson vuelve a explotar esa capacidad narrativa en otra descripción de valores estéticos, fundamentándose en la nostalgia y donde utiliza la metaligüística, el ritmo, la comedia y una consolidación de su estilo que la convierten en su obra más personal y representativa.
Con su octava película, Wes Anderson sigue articulando esa visión idiosincrática y original tan controvertida como divisoria con el gusto del público y, sobre todo, de la crítica. ‘El Gran Hotel Budapest’ sigue un firme continuismo en la prevalencia de un mundo onírico y ficticio, en el que se deduce un esteticismo abstracto y minimalista que Anderson cuida hasta el más mínimo detalle. El resultado sigue siendo el mismo que en sus anteriores obras; una cinta que amplia la sofisticación académica desde la extravagancia y lo absurdo, llegando a lo ‘naïf’ y ‘vintage’, narrada desde una envidiable libertad que conglomera una historia de filiaciones y necesidades humanas con el absurdo y lo excéntrico.
Como viene siendo marca de la casa, el director de ‘Life Acuatic’ compone un lienzo donde la geometría encuentra su perfecta articulación de tiempo y forma de nuevo en la frontalidad de un imaginario inagotable que fulgura colorido y despierta las ínfulas manieristas de ese universo propio creado desde la más absoluta ambigüedad, incapaz de inscribirse a un género concreto, mostrándose en todo instante ingenioso y extrañamente poético desde un prisma pictórico. El puente de contacto de esta historia definida como un retablo de casa de muñecas se inspira en la obra de Stefan Zweig, escritor vienés opositor antinacionalista y pacifista que combinó en su narrativa una extraña mezcla de sensibilidad, rebeldía, esteticismo y pesimismo histórico.
En los albores de la gestación de un conflicto global y ubicada en un lujoso hotel de ecos germánicos dentro de un país ficticio de la Europa del Este llamado Zubrowka transcurre ‘El Gran Hotel Budapest’, desvelado por la memoria de un escritor (Tom Wilkinson) al evocar el momento en el que siendo joven (Jude Law) conoció al propietario del resort de lujo, el enigmático Sr. Moustafa (F. Murray Abraham), que es la vía conductora de la narración, el hombre que cuenta cómo llegó a heredar el hotel y sus inicios como mozo de portería (Tony Revolori). Pero sobre todo, se trata una elegía al conserje jefe, Gustave (Ralph Fiennes), un exigente y hedonista ‘bon vivant’ que precisa de tanta meticulosidad laboral como imprudencia a la hora de mantener relaciones sexuales con sus huéspedes más ancianas y ricachonas.
Una de ellas, Madame D. (irreconocible Tilda Swinton) muere dejándole de herencia un valioso cuadro titulado ‘Muchacho con la Manzana’, que levanta las iras de la familia, encabezada por su vengativo hijo Dmitri (Adrien Brody) y su secuaz y despiadado sirviente Jopling (interpretado por un inquietante Williem Dafoe). A través de una estructura definida en el género de aventuras y comicidad habituales en Anderson, explota esa capacidad narrativa, de pericia y delicadeza en la descripción de los valores estéticos y la elegancia de un microcosmos alegre y lleno de vida, empalidecido por las fuerzas monstruosas que se avecinan por diversos flancos.
Es la evocación vibrante de una época pasada, de una Europa de aristocráticos hoteles, funiculares y ferrocarriles, en un tiempo apacible amenazado por las sombras de la guerra. Anderson logra traducir su aventura de comedia y enredo con una sensación generalizada de anhelo por el pasado, cercano a una especie de nuevo clasicismo, como si el cineasta evidenciara su deseo de aferrarse a un concepto merecedor de ser preservado. De ahí esa apariencia de ofrenda por lo analógico, al servicio de la alegría y vocación del cine clásico o la literatura olvidada, de su recargamiento por la decoración de época y la nostálgica mirada hacia la tecnología anticuada. Es así como enfatiza en ese aspecto de ratio de 1.33:1, pasando de sustituir los efectos digitales por perceptibles ‘stop-motions’ artesanales, como todo tipo de ‘mate paitings’ y retroproyecciones. No es algo nuevo en su cine, pero aquí, lejos de confinar sus valores visuales, logra incluso una espontaneidad mayor que en sus anteriores películas. Y si hay algo que potencia respecto a su anterior impronta es el constante movimiento, lo estrafalario a la hora de concebir y tejer una estructura vehemente y estimulada por el ritmo enloquecido a la que impulsa toda la narración.
Podría equipararse a ese ‘courtesan au chocolat’ que se cita en la película, una especialidad de repostería de Mendl’s de compleja elaboración cuya receta se compone de treinta pasos y aglutina cuarenta ingredientes. A ello contribuye un sentido metalingüístico de una película que gira en torno a una narración inmersa en otra misma, de esa una fábula dentro de otra que cuando da comienzo, parece que todo ha acabado, con un triste halo de pesadumbre; como esa historia de amor adolescente que evoca la melancolía romántica (Saoirse Ronan) y a la vez un drama inolvidable. Como si el paso del tiempo estuviera sujeto al lastre que conlleva. Por eso Anderson aboga por escapar a la realidad histórica, sin esquivar la aciaga visión de los trágicos acontecimientos que se ciernen en el fuera de campo y que se patentiza con el sutil giro cromático hacia el blanco y negro de uno de sus finales, traicionando a la realidad y asumiendo la esencia fabuladora del relato. Es el reflejo de inevitabilidad política y la nostalgia de una época.
‘El Gran Hotel Budapest’ se mueve por dioramas caleidoscópicos, en los que caben instantes caricaturescos limítrofes en la violencia, de puro ‘slapstick’, acompañado siempre de un componente de humor negro. Sin embargo, si por algo destaca este filme es por el amor que profesa el director a todos y cada uno de los personajes que desfilan por este cuento de tintes europeístas, por muy pequeña que sea su aparición (Mathieu Amalric, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Bill Murray, Edward Norton, Léa Seydoux, Jason Schwartzman, Owen Wilson…). Y aunque impere esa hermosa relación sobre la amistad, la lealtad y el heroísmo paternalista por parte de un expatriado que encuentra en todo el entramado una oportunidad de huida y de búsqueda de su destino, ejerce una particular visión mucho más amplia del mundo que describe.
La acción, que emerge como un carrusel por habitaciones de hotel, compartimentos de tren, intercambio de teleféricos o persecuciones de trineos, encuentra un punto medio de comunión en la que la música de Alexandre Desplat, el diseño de producción de Adam Stockhausen o la luminosidad de Robert Yeoman proponen como clave de la estética una vinculación con predecesores de refinamiento clásico como Lubitsch y Ophüls, pulsando la jerarquía de pintura, poesía y psicoanálisis con el idiosincrásico estilo de un autor que alcanza aquí su película más representativa.
Estamos ante una comedia de aventuras envuelta en una melancólica delicadeza de fantasía alpina, irreverente y muy divertida, que da como resultado una fascinante filiación agridulce hacia la película más personal de Anderson y que resucita, y de qué manera, al mejor Ralph Fiennes, elocuente, canalla y seductor, eso sí, siempre con el perfume L’air de panache dentro de esta preciosa confección que ilumina los destellos de esa “civilización que queda en este matadero sanguinario que una vez fue conocido como humanidad”.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014