viernes, 25 de abril de 2014

Dos décadas de la gesta que convirtió al Joventut en campeón de Europa

Esta semana se han cumplido dos décadas de un acontecimiento deportivo bastante significativo no sólo para los que amamos el deporte de la canasta, sino porque aquella gesta despertó algunas filias y admiraciones que lustraron a la que venía siendo una alternativa coherente a la comunión baloncestística nacional. Me refiero a la consecución de la Copa de Europa por parte del Joventut de Badalona, la mítica Penya, que en aquel año se consolidó como el mejor equipo del viejo continente. Al igual que mi conocida devoción por el Athletic encauza sus orígenes a una ligadura de linaje familiar, lo de mi pasión inextinguible por el club verdinegro responde a algo más baladí, pero no por ello menos importante en mi desarrollo como aficionado al baloncesto.
Desde muy pequeño, mi tendencia siempre fue proclive hacia el balón y el aro por encima de mi pasión hacia el deporte rey. A mí no me gustaba dar patadas a un balón, entre otras cosas, porque no era bueno. Nunca lo fui. Me parecía mucho atractivo y complejo el hecho de encestar, de mover el balón, de rubricar movimientos para dejar atrás al defensor y entrar a canasta o tirar desde cualquier ángulo. Enumerar todas las experiencias y grandes instantes que me dio el baloncesto durante mi infancia y, sobre todo, durante mi adolescencia, reviven en mi memoria como algunos de los recuerdos más felices de mi vida. A través de lo jugado y más que otra cosa, mediante lo vivido gracias a la televisión y multitud de revistas que aún guardo como oro en paño. El caso es que en 1983, mi padre trajo a casa un pijama que era negro y verde cuya marca coincidía con el sponsor de un equipo que, por entonces, ya me había encandilado en más de una ocasión. Fue cuando decidí que mi vinculación al Joventut Massana sería de por vida. Y desde entonces, así ha sido.
Dejando los fastos memorísticos de un nostálgico sin remedio, durante aquellos años los amantes del baloncesto disfrutamos de la progresión de un equipo destinado a obtener logros históricos. Durante mucho tiempo, el Joventut encabezó las apuestas como serio aspirante a todos los títulos que se le pusieran por delante. Durante dos temporadas seguidas se encumbró a lo más alto de la liga ACB, que correspondieron a las 1990-1991 y 1991-1992. Precisamente fue en esta última cuando el equipo de Badalona llegó a la final de la Liga Europea, hoy conocida como Euroliga, con grandes opciones de hacer un doblete que hubiera sido histórico. Era la época de los Jofresa (Rafa y Tomás), Villacampa, Mike Smith, Harold Presley, Corny Thompson, Ferran Martínez, Juanan Morales, Ruf y Jordi Pardo a las órdenes de Lolo Sainz. No hace falta recordar aquella fatídica tarde del 16 de abril de 1992 en Estambul, en la que el deporte mostró un doloroso castigo contra el destino de la gloria, escenificada en aquel triple mortal de Sasha Djordjevic que deshizo la magia, rompiendo el sueño de aquel partido infausto a favor del Partizán de Belgrado.
Sin embargo, hubo otra oportunidad. Dos años después y siendo subcampeón de liga, el Joventut (patrocinado por la bebida refrescante 7Up) se plantaba de nuevo en la final de la Liga Europea. Esta vez con otro escenario intimidatorio como es el pabellón La mano de Elías de Tel Aviv un 21 de abril de 1994. Lo había hecho ganando al Barcelona por 79-65 en las semifinales (previa durísima eliminación del Real Madrid de los correosos Sabonis y Arlauckas), mientras que el rival a batir sería el claro favorito de la época, el Olimpiakos en un disputado encuentro también fratricida cuyo pasaporte obtuvo al imponerse al Panathinaikos por 77-72. La plantilla no había tenido sustanciales cambios; seguían los hermanos Jofresa, Villacampa, Smith, Ferrán Corny Thompson y Morales como sustentáculo central del sistema de un Željko Obradović que fue el entrenador, precisamente, había dirigido al Partizán en la anterior final perdida y que había pasado una temporada bastante cuestionado en el entorno de la Penya. A ellos se le habían unido unos jovencísimos Iván Corrales, Dani Pérez y Alfonso Albert, que no disputaron ni un minuto en aquella memorable final.
El Joventut mostró dos rostros divergentes; en la primera parte, los verdinegros operaron con cautela buscando a Ferrán en el perímetro, ejecutando uno de los mejores partidos de su carrera. El Olimpiakos se apoyó en el poder reboteador de Tarpley y Fassoulas que, aun así, era incapaz de ver canasta. La segunda parte evidenció el miedo y el desacierto de ambos equipos, convirtiéndose en una rocambolesca batalla de fallos y nervios. Incluso Paspalj, que se había como máximo anotador de la primera parte, no lograba anotar. Sin embargo, aunque el Joventut lo intenta, el marcador se ponía cuesta arriba para los de Obradović cinco abajo (53-57 con un parcial de 18-14) a 6:40 del final del partido. Para colmo, Tomás Jofresa había acumulado su cuarta falta personal. Los fantasmas de Estambul acuciaban los ánimos del 7Up Joventut. Pero los de Ioannidis no volverían a anotar.
Hasta la finalización del partido, todo se sostuvo en un estado constante de suspense, al borde del infarto. Villacampa tirando una sandía que no tocó el aro para, en la jugada siguiente, jugársela de nuevo y anotar un triple. Dos por debajo con un 1:57 para alcanzar la gloria. Lo pasó después, disparó los pulsómetros hasta niveles de ataques nerviosos. Fassoulas yerra el tiro con cierta torpeza con la fortuna de que un balón muerto acaba en las manos de Ferrán que pone el balón en el mayor de los Jofresa para que inicie jugada y agotan la posesión hasta el que el balón sale fuera con sólo dos segundos en el reloj de tiro, que se aprovecha para pedir un tiempo muerto por parte del equipo verdinegro. Ferrán se encarga de lanzar un triple imposible desde una larga distancia que no entra pero que, prodigiosamente, acaba en las manos de Villacampa en un rebote estratosférico, dándole otros 30 segundos de posesión a la Penya cuando queda poco menos de un minuto. De nuevo logran armar otra jugada a punto de agotar el tiempo Ferrán logra hacer un reverso hasta media distancia que desbarata, cuando Mike Smith está a punto de palmear el fallo. Y otra vez, la defensa griega no reacciona y el propio Smith se lleva el balón con una destreza que bordea el milagro.
Y entonces… fue cuando se produjo aquélla jugada de raigambre épica y protagonismo inesperado. La destinada a escribirse con letras de oro en la gesta un club que en sus sesenta y siete años de entonces no había conseguido similar hazaña. Smith ve hueco y se interna hacia la canasta, que se cierra de repente con la defensa y la ayuda de Turpley, lo que hace reridigir la jugada hacia el exterior llegando la bola hasta Rafa Jofresa, éste ve escorado a Thompson que lanza un triple que entra limpio. Su primer y único intento desde la línea de 6,25. 59-57. El resto es historia. A falta de 18 segundos pasaron muchas cosas, pero nada detuvo una proeza que les correspondía a los badaloneses. Ni que Smith cometiera falta sobre Paspalj cuando quedaban sólo cuatro segundos y ocho décimas, ni que el jugador montenegrino fallara el uno más uno, tampoco que Rafa Jofresa evitara que el balón saliera lanzándolo a las nubes y que Tomic lo regogiera para lanzar casi desde medio campo y que Paspalj tuviera tiempo de volver a intentar tirar a canasta o en el sucesivo rebote sobre la bocina Tarpley también errara. La predestinación del triunfo había decidido que el Joventut se erigiera como campeón de Europa. No importaba la falta de calidad en el juego de una final recordada por estos emocionantes minutos finales y no por el pobre juego desplegado por los dos equipos a lo largo del choque. El 7Up Joventut cumplió un sueño e hizo sentir a millones de aficionados la ilusión de una noche inolvidable que centralizó su éxtasis en Badalona, convertida por una vez en la capital del baloncesto europeo que veía una temporada salvada por la victoria más grande jamás narrada.
Este próximo domingo, se rendirá un emotivo homenaje en el Pabellón Olímpico de Badalona antes del partido que enfrentará al FIATC Joventut contra Herbalife Gran Canaria, rememorando con la presencia de aquéllos trece protagonistas aquel título continental. Dos décadas después, los aficionados y ellos mismos celebrarán ese sentimiento verdinegro arraigado a un deporte que siempre ha sido representativo de la ciudad. Y lo harán a través de un vistazo al pasado en el que la Penya logró. Nosotros seguiremos mirando al pasado y sonriendo con aquella celebración que hoy cumple veinte años.