lunes, 10 de marzo de 2014

Review 'Her (Her)', de Spike Jonze

La nueva intercomunicación y la distopía sentimental
‘Her’ fabula con la fascinación hacia la tecnología actual, capaz de construir una relación fundamentada en un utópico ideal. Se trata de una historia de amor moderna que no puede evitar caer en una afectación melancólica que lastra muchas de sus intenciones reflexivas.
En la película de Luis García Berlanga de 1973, ‘Tamaño natural’, aquel distinguido y respetable dentista interpretado con calmada lucidez por Michel Picolli encontraba una salida a la soledad y a la incomprensión en una sofisticada muñeca de importación japonesa, que le ofrecía una relación enfermiza de fantasía normalizadora para establecer hasta qué punto la frustración provocada por un irreversible desamparo, componiendo un tejido humano que operaba dentro del relato como un reflejo de las relaciones de pareja destinadas al fracaso. Una obsesiva fábula de insólita y grotesca convivencia teñida con tono dramático interno que el espectador compartió desde una perspectiva casi subjetiva al afrontar el duelo solitario, la incapacidad de asumir los fracasos y, ciertamente, el carácter infantil que cincelaba al personaje protagonista a la hora de escenificar esa realidad e ilusión construida en un ideal que terminaba, lógicamente, por concebir un choque devastador con el mundo tangible. Un sendero que rescataron, con otras intenciones genéricas, otras obras más cercanas en el tiempo y sin tanto calado de profundización, como ‘Lars y una chica de verdad’, de Craig Gillespie o ‘Air Doll’, de Hirokazu Kore-eda.
Partiendo de la base de conferir cierta cotidianidad a una excepcional extravagancia sobre un improbable ideal femenino, Spike Jonze rescata varias de esas pulsiones argumentales desglosándolas en una historia que, para aquéllos que hayan visto el primer episodio de la segunda temporada de la serie británica de Channel 4 ‘Black Mirror’ titulado ‘Ahora mismo vuelvo (Be Right Back)’, dirigido y escrito por Charlie Brooker, le será muy familiar, ya que con gran infortunio, la nueva película del director de ‘Adaptation’ tiene excesivos puntos en común con aquélla. Fundamentalmente, en su reflexión acerca del nuevo modelo de vida que se fomenta en la sociedad actual y su relación y sometimiento a las nuevas tecnologías y sus derivaciones. En ambos casos, se busca esa cuidada reflexión sobre las consecuencias del impacto que han provocado éstas en nuestras vidas, transformando las rutinas a un antojo que empieza a escaparse de nuestras manos.
Si en el impactante episodio de la serie británica, una mujer prematuramente viuda comienza a ilusionarse con la recuperación de su novio malogrado a través de un móvil por el cuál puede seguir conversando con él gracias a un programa que absorbe la personalidad y que progresa hasta unas consecuencias tecnológicas que satisfacen peligrosamente el dolor ocasionado por la pérdida, en ‘Her’, el personaje al que da vida con la habitual contundencia Joaquin Phoenix explora los términos de una relación digital con un sistema operativo que va camuflando sus miedos y frustraciones como parte de una relación de pareja al uso.
Hemos llegado a un punto de no retorno en el que los teléfonos inteligentes, las tablets y los ordenadores son parte necesaria e implantada en la vida diaria y sin la que el ser humano que los creó estaría perdido. La tecnología ha pasado a ser como una prótesis virtual de almacenamiento de nuestros recuerdos más preciados. Ahora es nuestra memoria falseada y binaria. Theodore Twombly, que así se llama este excéntrico, antisocial y melancólico protagonista de este futuro inmediatamente cierto, se dedica a crear cartas íntimas para gente que contrata a su empresa, BeautifulWrittenLetters.com, instaurada para llenar el vacío que provoca el alejamiento de personas que recurren a ellos con el fin de no desatender a sus parejas, amantes, familiares y amigos, creando así una felicidad artificial. El proceso de divorcio con el que ha sido su amor de juventud (Rooney Mara) le ha sumido en una espiral de tristeza y reclusión en una patética vida personal adicta a los nuevos modelos de comunicación, incapaz de encontrar una salida a su depresión. Es cuando adquiere un sistema operativo llamado Samantha, equipada con un reconocimiento y servidumbre que metaforiza la utopía negativa de una media naranja confeccionada para satisfacer su desengaño con el mundo ¿Resultado? Genera un estado de bienestar abstracto y, a priori, perfecto.
En ese discurso de introspección, de sentimiento de soledad, Jonze profana una visión moralmente problemática en su perspectiva del amor y la tecnología, haciendo que la inteligencia artificial pase de ser un asistente virtual personal a algo mucho más profundo, constituido gracias a una conexión emocional creada a través de una intimidad en la tecnología personal. El realizador centra su objetivo en ese triste hombre que acaba sinceramente enamorado de su ordenador mediante planos cerrados construidos con muy poca profundidad de campo, dejando que sea la figura de Theodore y la sugerente voz rota de Scarlett Johansson (posiblemente en el mejor papel de su carrera) las dinamizadoras del relato. Una relación central que va marcando la progresión tradicional de la pareja, atribuyendo esa relación íntima hasta tal punto, que se subraya esa afinidad con una escena de sexo bajo un fundido en negro que evoca la simbiosis real entre la concepción humana y la robotizada fragilidad que alcanza el sistema operativo en un extraño espectro de autoerotismo imaginado. “Es una especie de locura socialmente aceptable” le dice el personaje de Amy Adams a Thedore respecto a la relación entre humano y máquina.
‘Her’ vendría a proponer esa sugerente fascinación con la tecnología en un reflejo bastante real de la codependencia que alcanzado en la sociedad actual, con una caracterización seductora y absorbente, como si se tratase de una suerte de distopía sentimental. Samantha es una transición creíble de esta idea romántica. Y Jonze la dota de una credibilidad que logra conferir a toda esa historia de amor de un hombre que ejerce de amante y a la vez enseña una visión del mundo que el sistema operativo utiliza para ir desarrollando una personalidad que supera con creces el estancamiento emocional o mecánico. No es como Siri, esa app del iOS 7 de Apple. No se trata de una voz distante que lee los mails o las noticias actualidad. Es mucho más. Sugiriendo una analogía establecida en aquella cinta de 1984 titulada ‘Sueños eléctricos (Electric Dreams)’, de Steve Barron, Jonze construye la narración bajo los pilares de un impreciso equilibrio entre lo común y lo utópico, convergiendo dos mundos expuestos en una sola persona que establece esa relación que nace, crece y se retroalimenta de la naturaleza de todo vínculo relacional. Incluso se sistematiza la aceptación por parte de todos los personajes que orbitan a su alrededor, como esa charla entre la extraña pareja con otra (ambos físicamente) a través de intercomunicadores hasta ir descubriendo la profundidad de un historia de perspectivas contrapuestas; la de un hombre expresivo y elocuente en su trabajo pero que es incapaz de hacer ver sus problemas a su pareja real y esa creación tecnológica cualificada para tener más relación con sus semejantes que hace emerger la ilusión vital perdida en su “dueño”. Obviamente, la consecuencia no es el servilismo del sistema operativo, sino un excepcional crecimiento sentimental que progresa intelectualmente mientras genera emociones humanas que le llevan a conversar a la vez con 8.316 personas y a enamorarse de 641 de ellos.
En un mundo donde la gente camina como zombies enganchados a los dispositivos de la nueva comunicación, en ‘Her’ Jonze predispone hacia la admonición sobre este futuro digital y apocalíptico, exponiendo a Samantha como un catalizador para explorar una serie de cuestiones fascinantes, como la especulación acerca de cómo la creación tecnológica puede transformarse en la consecuencia lógica de nuestra propia evolución, proyectando con ello los deseos, miedos y obsesiones del ser humano moderno. Sin evitar temas de la relación de pareja como los celos, la incomprensión o el afán de posesión, que se extienden tanto al contexto humano como al entorno de virtualidad.
Sin embargo, la fábula de amor traspira una incómoda frialdad que va congelando el interés por esas reflexiones concretas acerca de la soledad, la nostalgia, la naturaleza de la conciencia o la necesidad de una conexión de compromiso anulado por ambos que termina por desviarse hacia un territorio más tradicional y de ensimismamiento excesivamente melancólico. Falta la firmeza idiosincrática que ha ido definiendo los anteriores trabajos del cineasta. Aquí parece que ha vehiculado su cuento de (des)amor en una sugerente atmósfera que perpetúa aquellos escenarios que Sofia Coppola concibió en 'Lost in Translation’, cinta a la que esta ‘Her’ podría ser una respuesta personal del propio Jonze, cuya relación con la hija de Francis Ford duró más de una década. Por mucho que Jonze quiera enfatizar una experiencia sensorial y lumínica representada en esa pátina urbanita y estética retro como contrapunto nostálgico, se efectúa como una derivación demasiado ‘hipster’ e inundada de un tono sobrecargado que no escapa a la plétora intelectual que busca en todo momento el realizador. Falta así un entorno conmovedor que identifique esos sentimientos que desfilan por la pantalla, que tampoco evita caer en el sentimentalismo que conjuga en su conclusión con algunos de los estereotipos más simplistas del género, como ese final del protagonista acudiendo a una persona real que también ha sido abandonada y ambos suben a un ático a reencontrarse con ellos mismos y deliberar sobre un futuro más terrenal, superando sus respectivas rupturas.
‘Her’ es una ficción notable que funciona como drama romántico minimalista que delibera, ante todo, sobre el lenguaje y comunicación, confiriendo a las palabras la verdadera importancia de la relación, de la rutina y de la comprensión recíproca en la pareja. Ésa es la verdadera arma necesaria para que un compromiso se coagule en algo fructífero y duradero. O al menos es lo que parece describir esta historia de relaciones transhumanas procedente de la creciente alienación social a la que conllevan las nuevas tecnologías y la falsa felicidad que provocan. En el fondo, Jonze habla de la necesidad de encontrar el amor y asumir la responsabilidad de esos efectos secundarios que provoca. De esa condición humana a través de las diferencias entre lo que las personas y las máquinas son capaces de hacer y, en este caso, de sentir.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014