viernes, 21 de marzo de 2014

Adolfo Suárez, el espejismo político de España

Hoy en día, echando un vistazo a la pestilente horda de políticos que han infectado con su ineptitud España en las últimas décadas, sería imposible escribir de alguno de ellos sin recurrir al agravio, la ofensa y el desprecio justificado. Por eso, es inaudito que la pérdida de una figura como la de un ex presidente del gobierno como es Adolfo Suárez haya suscitado una mirada hacia el pasado con cierta nostalgia. La que despierta un hombre que al menos intentó ser íntegro y honesto con sus objetivos basados en una ideología funcional dentro de una época muy compleja para un país que acababa de salir de un largo periodo de letargo cesáreo y dictatorial. Es un hecho extraordinario que, en esta triste despedida, la opinión general y los analistas señalen a Suárez como a un político que procuró liderar un cambio desde la privilegiada posición de un estadista concienciado con la mejora social.
Además contaba con algo inusual en España; carisma y una locuacidad que llenó de expectativas sus discursos con argumentos que no cayeron en la demagogia barata a la que descendió la cochambrosa política interior que emponzoña cualquier voz que tomara el relevo desde entonces. Un presidente que dimitió porque fue obligado a ello, de una forma táctica y chabacana por parte de aquellos que lograron imponer ese sistema gubernamental que se ha ido erigiendo en el estiércol de poderes fácticos con la promesa de una triste modernidad que fue ubicando los cimientos de esta situación que ahora nos asola desde tan pronto ¿La razón de aquella marcha forzada? Múltiples intereses ocultos que nunca se esclarecerán lo suficiente.
Resulta, cuanto menos paradójico, que uno de los pocos políticos serios y con ganas de trabajar por el pueblo antes que desplumarlo, fuera el único que ha dimitido en esa historia que asumió que el sistema democrático y de convivencia no fuera más que un paréntesis de espejismos dentro de la historia de España. Seguramente, hubiera sombras en la vida política de ese hombre recto del “puedo prometer y prometo”. No será este blog el que abogue por la hagiografía o la loa. Y menos por un político. Sin embargo, es una triste carambola del destino que Suárez perdiera inexorablemente la memoria en un contexto donde los últimos presidentes han luchado por querer eliminar aquellos tiempos de esperanza en favor de diversos elementos como el poder, la corrupción y el sistemático engaño a los ciudadanos. Adolfo Suárez no recuerda lo que fue. La lástima es que desde hace varias décadas a esta parte, los estafadores que maniobran con los hilos de esa marioneta que simboliza un país en declive parece que tampoco. Porque lo único claro que tienen es anteponer su bienestar y riqueza sobre los demás.
Suárez comenzó a trabajar con propósitos muy claros en torno a la inflación y el déficit, encauzando España hacia un sistema de concertación económica, sindical y laboral con decisiones fiscales para proteger a los que más lo necesitaban y con el deseo de reducir el paro sobre todo entre los jóvenes ¿Os suena de algo? En efecto, la España de entonces era como la de ahora. Sólo que entonces había un tipo que creía que el poder era un aparato de coalición para luchar por el pueblo y no contra él o utilizándolo como una vía de lucro. Y precisamente, tal vez (y sólo tal vez) un político con integridad no tuvo cabida en el posterior cambio que él mismo provocó, esa "Democracia" y "Transición" con la que a todos los impostores que han vestido traje y corbata se les ha llenado la boca a la hora de prometer una sociedad mejor desde la mentira. Hoy tenemos esto. Así de simple. Así de triste.
Hoy casi todos los ciudadanos recuerdan el semblante serio de Suárez y su figura dentro de la historia de nuestro país con cierta estima. Obviamente, no todos, pero la pregunta que concierta esta noticia de la inminente muerte del rostro visible de la Transición es si se concebirá esta memoria de apego hacia un líder político cuando muera cualquier ex presidente o personaje relacionado con el senado o el Congreso en el presente o en el futuro. De forma categórica, en absoluto. Me atrevería a pronosticar que todo lo contrario. Sólo hay que echar un vistazo a lo que nos representa, evitar la náusea y seguir con ese tópico tan patrio de que cualquier tiempo pasado fue mejor.